En 1519, Alonso Álvarez de Pineda dibujó por primera vez un mapa de la Costa de Texas desde Nuevo México hasta Luisiana. Pocos años más tarde, otro español, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, naufragó y exploró el interior en 1528. Más tarde, en 1690, Alonso de León lideró la primera expedición de colonización estableciendo misiones, esa fórmula que solo España llevaría a todos los rincones del nuevo mundo. Durante estos primeros siglos XVII y XVIII, la presencia española en Texas respondería a una lógica muy clara: asegurar las fronteras septentrionales de la Nueva España frente al avance de otras potencias europeas. Consolidar el territorio era una obligación y respondió a un proceso gradual, sostenido por expediciones, asentamientos modestos y una constante negociación con los pueblos indígenas. Las misiones desempeñaron un papel central en este proyecto. Eran instituciones religiosas, pero también núcleos de organización social y económica. En torno a ellas se articulaban pequeñas comunidades donde se introdujeron prácticas agrícolas, oficios y la enseñanza del cristianismo. Junto a las misiones se levantaron presidios, unas guarniciones militares que ofrecían protección y que garantizaban una presencia efectiva de la Corona, en un territorio distante y, a menudo, incierto.Noticia relacionada No No Ferrer-Dalmau recorre la historia de España con sus «gestas y gestos» Henar DíazEn este contexto se fundó en 1718 la Misión de San Antonio de Valero, origen de lo que más tarde se conocería como El Álamo. Situada en las proximidades del río San Antonio, formaba parte de un conjunto de misiones destinadas a consolidar la región y servir de enlace entre otros asentamientos de este nuevo norte hispano. Su función inicial fue eminentemente religiosa y comunitaria, orientada a la evangelización y al asentamiento de poblaciones indígenas bajo la tutela de los misioneros. Con el paso del tiempo, la misión fue perdiendo su carácter original. A finales del siglo XVIII se secularizó y sus instalaciones comenzaron a usarse con fines militares. Esto marcó un antes y un después en El Álamo y, poco a poco, fue integrado en los conflictos políticos y militares que definirían el futuro de Texas. El Álamo representa una evolución significativa en la historia de este territorio: de misión en la periferia del Imperio Español a escenario de acontecimientos militares que lo convertirían en un símbolo, la esencia de lo que después sería el alma de los Estados Unidos de América. Hoy, más de cuatro siglos después de aquellos primeros españoles, otro español, el pintor de la memoria , Augusto Ferrer-Dalmau, vuelve al Álamo en forma de obra maestra, para recordar de dónde vinieron y hasta dónde llegamos . Un cuadro en el Museo de El Álamo, que viene en forma de memoria colectiva y que estará expuesto allí donde empezó todo, con el primer ganado traído de Canarias, los primeros vaqueros con garrocha (origen de los cowboys), las primeras cruces y el don de la generosidad que los españoles convertimos gracias al mestizaje. Augusto Ferrer-Dalmau (Barcelona 1964) es un pintor que ha decidido mirar de frente a la historia . Su vocación no fue la de romper con el pasado, sino precisamente la de reconstruirlo con pincel firme, pulso disciplinado y una evidente admiración por la épica. Porque Augusto no pinta: recrea. Y lo hace con la minuciosidad y la perfección que recuerda a los viejos cronistas, aquellos que sabían el detalle de cada figura –uniformes, gestos, estribos, monturas, una nube de pólvora–, que al final es la única verdad que le otorga al relato. Su obra se ha centrado en la historia militar de España, desde los Tercios hasta las campañas más recientes. Donde algunos quieren olvidar o recordar con cierta vaguedad, Augusto pinta bajo la voluntad de la dignidad. No hay estridencias ni artificios innecesarios. Solo hay verdad. Esta mirada, a medio camino entre la documentación rigurosa y la emoción contenida, le ha valido el reconocimiento tanto del público como de las instituciones más importantes del mundo. De ahí que tenga cuadros en los museos más importantes de Estados Unidos como de Rusia, pasando por las más prestigiosas fundaciones del globo. En el lienzo deslumbra la extraordinaria combinación de inmersión ambiental, complejidad técnica y calidez cromática Hablo con María Fidalgo Casares, doctora en Historia del Arte y la mayor experta en la obra pictórica del maestro. Quiero entender artísticamente las características de esta joya que está a punto de embarcar hacia Texas, para colocarse en las paredes de ese trozo de historia que somos. Ha sido posible gracias a Iberdrola y a José Manuel Guerrero Acosta, coordinador del proyecto. Juntos han sido parte fundamental y mecenas de un arte universal que tiene en Augusto a su mejor embajador. Me dice que todos los cuadros de Ferrer-Dalmau adquieren otra dimensión al verse en directo, pero este, probablemente, se lleve la palma. En el lienzo deslumbra la extraordinaria combinación de inmersión ambiental, complejidad técnica y calidez cromática en aras de la reivindicación de la huella hispana en Texas. Y lo logra sin gestos grandilocuentes: no hay batalla ni clímax heroico; hay vida cotidiana, trabajo y presencia. Sumerge al espectador en la vorágine de un traslado de reses bajo la luz limpia del cielo tejano, frente a la arquitectura inconfundible del Álamo. Todo respira Hispanidad profunda, no como nostalgia, sino como evidencia.Identidad culturalEl espectador disfruta de la belleza de la imagen sin percibir su gran dificultad técnica, especialmente la gestión espacial de la masa ganadera y la articulación de los distintos planos de profundidad. El ritmo interno se construye mediante la alternancia de volúmenes -ganado, jinetes, vegetación, edificio- y el espacio del lienzo respira con naturalidad. La composición se organiza en franjas horizontales con diferentes funciones narrativas, espaciales y simbólicas que ordenan la figuración y sostienen el discurso histórico: el paisaje de montañas y zonas boscosas, la misión del Álamo y el asentamiento humano, apenas insinuado, que subraya la condición de territorio habitado. Una luz diáfana baña toda la escena y actúa como unificador cromático, integrando figuras, animales y paisaje en una misma temperatura ambiental.La postura, la forma de empuñar las riendas y la relación entre jinete y montura responden a un conocimiento profundo del mundo vaquero hispanoUn gran eje perpendicular domina la obra: la columna visual formada por cientos de cabezas de ganado que avanzan hacia el espectador, cada una con su propio espacio, sin dar sensación de agolpamiento. Son un cuerpo vivo. El pintor huye de individualidades y los personajes no miran al espectador. Ni el vigilante dragón de cuera -el artista los devolvió a la iconografía contemporánea- ni los vaqueros, resueltos con una solidez anatómica impecable. La postura, la forma de empuñar las riendas y la relación entre jinete y montura responden a un conocimiento profundo del mundo vaquero hispano . Puede atisbarse también un indio a caballo, que refuerza la idea de mestizaje. No hay estereotipo: hay identidad cultural. La exactitud histórica es total en el paisaje, indumentaria, monturas, atrezo, arquitectura misional, tipología del ganado y disposición del asentamiento.Sostener y actualizar la tradiciónFerrer-Dalmau demuestra una vez más que, incluso dentro de los códigos estrictos de la pintura histórica, es capaz de seguir sorprendiendo con un lienzo que amplía el mapa visual de la presencia hispana en Norteamérica. Un ejercicio de excelencia, rigor, sensibilidad y memoria. Pero la calidad de Ferrer-Dalmau no reside únicamente en la corrección técnica . Hay en su obra una capacidad poco frecuente para integrar rigor histórico y emoción. Cada uniforme, cada arma, cada insignia responde a una documentación exhaustiva. Sin embargo, esa precisión histórica no convierte sus cuadros en ilustraciones frías. Al contrario, consigue que la escena respire, que los personajes tengan peso y presencia, que incluso alguno de ellos te mire de frente y te recuerde que ya estuvimos allí.Noticia relacionada No No El pintor de batallas ¿Es el pasado como lo pintan? El proceso creativo de Augusto Ferrer-Dalmau Fátima UribarriFerrer-Dalmau no es un innovador en el sentido vanguardista, ni pretende serlo. Su aportación consiste más bien en sostener y actualizar una tradición que parecía relegada . Su éxito revela algo significativo, porque existe todavía una demanda de pintura figurativa capaz de narrar, de emocionar y de transmitir memoria. Frente a la fragmentación y la ironía de buena parte del arte actual y de una sociedad que está empeñada por confundir y reescribir la historia, su obra propone continuidad, claridad y respeto por el pasado. No es poco mérito. En tiempos de ruptura, mantener el hilo también es una forma de relevancia , pero encima hacerlo a su manera, con esa destreza y sensibilidad reservada a los genios, hace que cada cuadro sea la mejor manera de recordar lo que nos ha hecho de esta manera. ¿Es posiblemente el pintor español más importante del momento? No lo duden. Pero lo más importante, como dice mi amigo Andrés Calamaro, es que todavía está todo por hacer. En 1519, Alonso Álvarez de Pineda dibujó por primera vez un mapa de la Costa de Texas desde Nuevo México hasta Luisiana. Pocos años más tarde, otro español, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, naufragó y exploró el interior en 1528. Más tarde, en 1690, Alonso de León lideró la primera expedición de colonización estableciendo misiones, esa fórmula que solo España llevaría a todos los rincones del nuevo mundo. Durante estos primeros siglos XVII y XVIII, la presencia española en Texas respondería a una lógica muy clara: asegurar las fronteras septentrionales de la Nueva España frente al avance de otras potencias europeas. Consolidar el territorio era una obligación y respondió a un proceso gradual, sostenido por expediciones, asentamientos modestos y una constante negociación con los pueblos indígenas. Las misiones desempeñaron un papel central en este proyecto. Eran instituciones religiosas, pero también núcleos de organización social y económica. En torno a ellas se articulaban pequeñas comunidades donde se introdujeron prácticas agrícolas, oficios y la enseñanza del cristianismo. Junto a las misiones se levantaron presidios, unas guarniciones militares que ofrecían protección y que garantizaban una presencia efectiva de la Corona, en un territorio distante y, a menudo, incierto.Noticia relacionada No No Ferrer-Dalmau recorre la historia de España con sus «gestas y gestos» Henar DíazEn este contexto se fundó en 1718 la Misión de San Antonio de Valero, origen de lo que más tarde se conocería como El Álamo. Situada en las proximidades del río San Antonio, formaba parte de un conjunto de misiones destinadas a consolidar la región y servir de enlace entre otros asentamientos de este nuevo norte hispano. Su función inicial fue eminentemente religiosa y comunitaria, orientada a la evangelización y al asentamiento de poblaciones indígenas bajo la tutela de los misioneros. Con el paso del tiempo, la misión fue perdiendo su carácter original. A finales del siglo XVIII se secularizó y sus instalaciones comenzaron a usarse con fines militares. Esto marcó un antes y un después en El Álamo y, poco a poco, fue integrado en los conflictos políticos y militares que definirían el futuro de Texas. El Álamo representa una evolución significativa en la historia de este territorio: de misión en la periferia del Imperio Español a escenario de acontecimientos militares que lo convertirían en un símbolo, la esencia de lo que después sería el alma de los Estados Unidos de América. Hoy, más de cuatro siglos después de aquellos primeros españoles, otro español, el pintor de la memoria , Augusto Ferrer-Dalmau, vuelve al Álamo en forma de obra maestra, para recordar de dónde vinieron y hasta dónde llegamos . Un cuadro en el Museo de El Álamo, que viene en forma de memoria colectiva y que estará expuesto allí donde empezó todo, con el primer ganado traído de Canarias, los primeros vaqueros con garrocha (origen de los cowboys), las primeras cruces y el don de la generosidad que los españoles convertimos gracias al mestizaje. Augusto Ferrer-Dalmau (Barcelona 1964) es un pintor que ha decidido mirar de frente a la historia . Su vocación no fue la de romper con el pasado, sino precisamente la de reconstruirlo con pincel firme, pulso disciplinado y una evidente admiración por la épica. Porque Augusto no pinta: recrea. Y lo hace con la minuciosidad y la perfección que recuerda a los viejos cronistas, aquellos que sabían el detalle de cada figura –uniformes, gestos, estribos, monturas, una nube de pólvora–, que al final es la única verdad que le otorga al relato. Su obra se ha centrado en la historia militar de España, desde los Tercios hasta las campañas más recientes. Donde algunos quieren olvidar o recordar con cierta vaguedad, Augusto pinta bajo la voluntad de la dignidad. No hay estridencias ni artificios innecesarios. Solo hay verdad. Esta mirada, a medio camino entre la documentación rigurosa y la emoción contenida, le ha valido el reconocimiento tanto del público como de las instituciones más importantes del mundo. De ahí que tenga cuadros en los museos más importantes de Estados Unidos como de Rusia, pasando por las más prestigiosas fundaciones del globo. En el lienzo deslumbra la extraordinaria combinación de inmersión ambiental, complejidad técnica y calidez cromática Hablo con María Fidalgo Casares, doctora en Historia del Arte y la mayor experta en la obra pictórica del maestro. Quiero entender artísticamente las características de esta joya que está a punto de embarcar hacia Texas, para colocarse en las paredes de ese trozo de historia que somos. Ha sido posible gracias a Iberdrola y a José Manuel Guerrero Acosta, coordinador del proyecto. Juntos han sido parte fundamental y mecenas de un arte universal que tiene en Augusto a su mejor embajador. Me dice que todos los cuadros de Ferrer-Dalmau adquieren otra dimensión al verse en directo, pero este, probablemente, se lleve la palma. En el lienzo deslumbra la extraordinaria combinación de inmersión ambiental, complejidad técnica y calidez cromática en aras de la reivindicación de la huella hispana en Texas. Y lo logra sin gestos grandilocuentes: no hay batalla ni clímax heroico; hay vida cotidiana, trabajo y presencia. Sumerge al espectador en la vorágine de un traslado de reses bajo la luz limpia del cielo tejano, frente a la arquitectura inconfundible del Álamo. Todo respira Hispanidad profunda, no como nostalgia, sino como evidencia.Identidad culturalEl espectador disfruta de la belleza de la imagen sin percibir su gran dificultad técnica, especialmente la gestión espacial de la masa ganadera y la articulación de los distintos planos de profundidad. El ritmo interno se construye mediante la alternancia de volúmenes -ganado, jinetes, vegetación, edificio- y el espacio del lienzo respira con naturalidad. La composición se organiza en franjas horizontales con diferentes funciones narrativas, espaciales y simbólicas que ordenan la figuración y sostienen el discurso histórico: el paisaje de montañas y zonas boscosas, la misión del Álamo y el asentamiento humano, apenas insinuado, que subraya la condición de territorio habitado. Una luz diáfana baña toda la escena y actúa como unificador cromático, integrando figuras, animales y paisaje en una misma temperatura ambiental.La postura, la forma de empuñar las riendas y la relación entre jinete y montura responden a un conocimiento profundo del mundo vaquero hispanoUn gran eje perpendicular domina la obra: la columna visual formada por cientos de cabezas de ganado que avanzan hacia el espectador, cada una con su propio espacio, sin dar sensación de agolpamiento. Son un cuerpo vivo. El pintor huye de individualidades y los personajes no miran al espectador. Ni el vigilante dragón de cuera -el artista los devolvió a la iconografía contemporánea- ni los vaqueros, resueltos con una solidez anatómica impecable. La postura, la forma de empuñar las riendas y la relación entre jinete y montura responden a un conocimiento profundo del mundo vaquero hispano . Puede atisbarse también un indio a caballo, que refuerza la idea de mestizaje. No hay estereotipo: hay identidad cultural. La exactitud histórica es total en el paisaje, indumentaria, monturas, atrezo, arquitectura misional, tipología del ganado y disposición del asentamiento.Sostener y actualizar la tradiciónFerrer-Dalmau demuestra una vez más que, incluso dentro de los códigos estrictos de la pintura histórica, es capaz de seguir sorprendiendo con un lienzo que amplía el mapa visual de la presencia hispana en Norteamérica. Un ejercicio de excelencia, rigor, sensibilidad y memoria. Pero la calidad de Ferrer-Dalmau no reside únicamente en la corrección técnica . Hay en su obra una capacidad poco frecuente para integrar rigor histórico y emoción. Cada uniforme, cada arma, cada insignia responde a una documentación exhaustiva. Sin embargo, esa precisión histórica no convierte sus cuadros en ilustraciones frías. Al contrario, consigue que la escena respire, que los personajes tengan peso y presencia, que incluso alguno de ellos te mire de frente y te recuerde que ya estuvimos allí.Noticia relacionada No No El pintor de batallas ¿Es el pasado como lo pintan? El proceso creativo de Augusto Ferrer-Dalmau Fátima UribarriFerrer-Dalmau no es un innovador en el sentido vanguardista, ni pretende serlo. Su aportación consiste más bien en sostener y actualizar una tradición que parecía relegada . Su éxito revela algo significativo, porque existe todavía una demanda de pintura figurativa capaz de narrar, de emocionar y de transmitir memoria. Frente a la fragmentación y la ironía de buena parte del arte actual y de una sociedad que está empeñada por confundir y reescribir la historia, su obra propone continuidad, claridad y respeto por el pasado. No es poco mérito. En tiempos de ruptura, mantener el hilo también es una forma de relevancia , pero encima hacerlo a su manera, con esa destreza y sensibilidad reservada a los genios, hace que cada cuadro sea la mejor manera de recordar lo que nos ha hecho de esta manera. ¿Es posiblemente el pintor español más importante del momento? No lo duden. Pero lo más importante, como dice mi amigo Andrés Calamaro, es que todavía está todo por hacer.
En 1519, Alonso Álvarez de Pineda dibujó por primera vez un mapa de la Costa de Texas desde Nuevo México hasta Luisiana. Pocos años más tarde, otro español, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, naufragó y exploró el interior en 1528. Más tarde, en 1690, Alonso … de León lideró la primera expedición de colonización estableciendo misiones, esa fórmula que solo España llevaría a todos los rincones del nuevo mundo. Durante estos primeros siglos XVII y XVIII, la presencia española en Texas respondería a una lógica muy clara: asegurar las fronteras septentrionales de la Nueva España frente al avance de otras potencias europeas. Consolidar el territorio era una obligación y respondió a un proceso gradual, sostenido por expediciones, asentamientos modestos y una constante negociación con los pueblos indígenas.
Las misiones desempeñaron un papel central en este proyecto. Eran instituciones religiosas, pero también núcleos de organización social y económica. En torno a ellas se articulaban pequeñas comunidades donde se introdujeron prácticas agrícolas, oficios y la enseñanza del cristianismo. Junto a las misiones se levantaron presidios, unas guarniciones militares que ofrecían protección y que garantizaban una presencia efectiva de la Corona, en un territorio distante y, a menudo, incierto.
En este contexto se fundó en 1718 la Misión de San Antonio de Valero, origen de lo que más tarde se conocería como El Álamo. Situada en las proximidades del río San Antonio, formaba parte de un conjunto de misiones destinadas a consolidar la región y servir de enlace entre otros asentamientos de este nuevo norte hispano. Su función inicial fue eminentemente religiosa y comunitaria, orientada a la evangelización y al asentamiento de poblaciones indígenas bajo la tutela de los misioneros. Con el paso del tiempo, la misión fue perdiendo su carácter original. A finales del siglo XVIII se secularizó y sus instalaciones comenzaron a usarse con fines militares. Esto marcó un antes y un después en El Álamo y, poco a poco, fue integrado en los conflictos políticos y militares que definirían el futuro de Texas.
El Álamo representa una evolución significativa en la historia de este territorio: de misión en la periferia del Imperio Español a escenario de acontecimientos militares que lo convertirían en un símbolo, la esencia de lo que después sería el alma de los Estados Unidos de América. Hoy, más de cuatro siglos después de aquellos primeros españoles, otro español, el pintor de la memoria, Augusto Ferrer-Dalmau, vuelve al Álamo en forma de obra maestra, para recordar de dónde vinieron y hasta dónde llegamos. Un cuadro en el Museo de El Álamo, que viene en forma de memoria colectiva y que estará expuesto allí donde empezó todo, con el primer ganado traído de Canarias, los primeros vaqueros con garrocha (origen de los cowboys), las primeras cruces y el don de la generosidad que los españoles convertimos gracias al mestizaje.
Augusto Ferrer-Dalmau (Barcelona 1964) es un pintor que ha decidido mirar de frente a la historia. Su vocación no fue la de romper con el pasado, sino precisamente la de reconstruirlo con pincel firme, pulso disciplinado y una evidente admiración por la épica. Porque Augusto no pinta: recrea. Y lo hace con la minuciosidad y la perfección que recuerda a los viejos cronistas, aquellos que sabían el detalle de cada figura –uniformes, gestos, estribos, monturas, una nube de pólvora–, que al final es la única verdad que le otorga al relato. Su obra se ha centrado en la historia militar de España, desde los Tercios hasta las campañas más recientes. Donde algunos quieren olvidar o recordar con cierta vaguedad, Augusto pinta bajo la voluntad de la dignidad. No hay estridencias ni artificios innecesarios. Solo hay verdad. Esta mirada, a medio camino entre la documentación rigurosa y la emoción contenida, le ha valido el reconocimiento tanto del público como de las instituciones más importantes del mundo. De ahí que tenga cuadros en los museos más importantes de Estados Unidos como de Rusia, pasando por las más prestigiosas fundaciones del globo.
En el lienzo deslumbra la extraordinaria combinación de inmersión ambiental, complejidad técnica y calidez cromática
Hablo con María Fidalgo Casares, doctora en Historia del Arte y la mayor experta en la obra pictórica del maestro. Quiero entender artísticamente las características de esta joya que está a punto de embarcar hacia Texas, para colocarse en las paredes de ese trozo de historia que somos. Ha sido posible gracias a Iberdrola y a José Manuel Guerrero Acosta, coordinador del proyecto. Juntos han sido parte fundamental y mecenas de un arte universal que tiene en Augusto a su mejor embajador. Me dice que todos los cuadros de Ferrer-Dalmau adquieren otra dimensión al verse en directo, pero este, probablemente, se lleve la palma. En el lienzo deslumbra la extraordinaria combinación de inmersión ambiental, complejidad técnica y calidez cromática en aras de la reivindicación de la huella hispana en Texas. Y lo logra sin gestos grandilocuentes: no hay batalla ni clímax heroico; hay vida cotidiana, trabajo y presencia. Sumerge al espectador en la vorágine de un traslado de reses bajo la luz limpia del cielo tejano, frente a la arquitectura inconfundible del Álamo. Todo respira Hispanidad profunda, no como nostalgia, sino como evidencia.
Identidad cultural
El espectador disfruta de la belleza de la imagen sin percibir su gran dificultad técnica, especialmente la gestión espacial de la masa ganadera y la articulación de los distintos planos de profundidad. El ritmo interno se construye mediante la alternancia de volúmenes -ganado, jinetes, vegetación, edificio- y el espacio del lienzo respira con naturalidad.
La composición se organiza en franjas horizontales con diferentes funciones narrativas, espaciales y simbólicas que ordenan la figuración y sostienen el discurso histórico: el paisaje de montañas y zonas boscosas, la misión del Álamo y el asentamiento humano, apenas insinuado, que subraya la condición de territorio habitado. Una luz diáfana baña toda la escena y actúa como unificador cromático, integrando figuras, animales y paisaje en una misma temperatura ambiental.
La postura, la forma de empuñar las riendas y la relación entre jinete y montura responden a un conocimiento profundo del mundo vaquero hispano
Un gran eje perpendicular domina la obra: la columna visual formada por cientos de cabezas de ganado que avanzan hacia el espectador, cada una con su propio espacio, sin dar sensación de agolpamiento. Son un cuerpo vivo. El pintor huye de individualidades y los personajes no miran al espectador. Ni el vigilante dragón de cuera -el artista los devolvió a la iconografía contemporánea- ni los vaqueros, resueltos con una solidez anatómica impecable. La postura, la forma de empuñar las riendas y la relación entre jinete y montura responden a un conocimiento profundo del mundo vaquero hispano. Puede atisbarse también un indio a caballo, que refuerza la idea de mestizaje. No hay estereotipo: hay identidad cultural. La exactitud histórica es total en el paisaje, indumentaria, monturas, atrezo, arquitectura misional, tipología del ganado y disposición del asentamiento.
Sostener y actualizar la tradición
Ferrer-Dalmau demuestra una vez más que, incluso dentro de los códigos estrictos de la pintura histórica, es capaz de seguir sorprendiendo con un lienzo que amplía el mapa visual de la presencia hispana en Norteamérica. Un ejercicio de excelencia, rigor, sensibilidad y memoria.
Pero la calidad de Ferrer-Dalmau no reside únicamente en la corrección técnica. Hay en su obra una capacidad poco frecuente para integrar rigor histórico y emoción. Cada uniforme, cada arma, cada insignia responde a una documentación exhaustiva. Sin embargo, esa precisión histórica no convierte sus cuadros en ilustraciones frías. Al contrario, consigue que la escena respire, que los personajes tengan peso y presencia, que incluso alguno de ellos te mire de frente y te recuerde que ya estuvimos allí.
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El pintor de batallas
Fátima Uribarri
Ferrer-Dalmau no es un innovador en el sentido vanguardista, ni pretende serlo. Su aportación consiste más bien en sostener y actualizar una tradición que parecía relegada. Su éxito revela algo significativo, porque existe todavía una demanda de pintura figurativa capaz de narrar, de emocionar y de transmitir memoria. Frente a la fragmentación y la ironía de buena parte del arte actual y de una sociedad que está empeñada por confundir y reescribir la historia, su obra propone continuidad, claridad y respeto por el pasado. No es poco mérito. En tiempos de ruptura, mantener el hilo también es una forma de relevancia, pero encima hacerlo a su manera, con esa destreza y sensibilidad reservada a los genios, hace que cada cuadro sea la mejor manera de recordar lo que nos ha hecho de esta manera. ¿Es posiblemente el pintor español más importante del momento? No lo duden. Pero lo más importante, como dice mi amigo Andrés Calamaro, es que todavía está todo por hacer.
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