
Existe, en la mitología nórdica y la literatura de horror cósmico de H. P. Lovecraft, un monstruo marino conocido como kraken. ¿Y saben qué aspecto tiene? El de un calamar gigante, extremadamente inteligente, un habitante de una profundidad tan abismal que su existencia tiene más de mito que de realidad, aunque nunca se ha descartado que no esté ahí abajo. De hecho, el naturalista Carl von Linné —Carlos Linneo—, el creador de la clasificación de los seres vivos, lo incluyó como cefalópodo con el nombre científico de Microcosmus en la primera edición de su Systema naturæ (1735), pero lo eliminó en las posteriores. Bien, Bajo la superficie (Netflix), de Jesse McKeown (The Umbrella Academy, The Sinner), recupera tan fantástica criatura —en más de un sentido— y la sitúa en un presente de recursos menguantes y comunidades desplazadas de lo más interesante.
Josh Hartnett protagoniza esta miniserie con monstruo marino tan trepidante como aparentemente superficial en la que se reflexiona sobre el fanatismo, la pequeña comunidad amenazada por un Goliat y un nuevo orden natural
Existe, en la mitología nórdica y la literatura de horror cósmico de H. P. Lovecraft, un monstruo marino conocido como kraken. ¿Y saben qué aspecto tiene? El de un calamar gigante, extremadamente inteligente, un habitante de una profundidad tan abismal que su existencia tiene más de mito que de realidad, aunque nunca se ha descartado que no esté ahí abajo. De hecho, el naturalista Carl von Linné —Carlos Linneo—, el creador de la clasificación de los seres vivos, lo incluyó como cefalópodo con el nombre científico de Microcosmus en la primera edición de su Systema naturæ (1735), pero lo eliminó en las posteriores. Bien, Bajo la superficie(Netflix), de Jesse McKeown (The Umbrella Academy, The Sinner), recupera tan fantástica criatura —en más de un sentido— y la sitúa en un presente de recursos menguantes y comunidades desplazadas de lo más interesante.
¿Cómo lo hace? Coloca a una familia con un padre, Calvin (un recuperado Josh Hartnett en un papel sorprendentemente atípico para alguien como él: de un lobo de mar deconstruido), traumatizado por un episodio del pasado que está a punto de repetirse —su familia fue reasentada y el padre murió en el traslado de la casa de una isla a otra, en muy extrañas circunstancias: sí, el kraken—, en un momento clave: el de la vuelta a casa de sus hijos y buena parte de la pequeña comunidad en la que viven, cada vez más desplobada. El lugar es curioso. Viven sobre el mar sobre el que se hundió el Titanic, rodeados de icebergs, sacando partido no tanto de la pesca como de la captura de pedazos de hielo gigantes que vender a distribuidores de hielo. Ocurre que el hielo que capturan empieza a apestar, y que desaparecen bancos de peces, y luego, turistas.

Y lo que empieza siendo una especie de psicosis de un solo personaje, el propio Hartnett, similar a la que se da en los primeros fotogramas de Tiburón, de Steven Spielberg —con, al menos, una línea de guion idéntica: “¡Salgan todos del agua!”—, va tejiendo capas a su alrededor hasta lograr edificar en tan solo seis capítulos un artefacto que igual sirve para atacar la idea del fanatismo —la familia que vive al margen y resiste no siempre es lo que parece, o se diría, es justo lo que parece—; la de la pequeña comunidad amenazada por un Goliat mentiroso —aquí representado por otra familia, los Crocker, con un interés oculto en el reasentamiento de los habitantes de la isla—, y la de la naturaleza como agente de un caos que intenta sembrar otro tipo de orden involutario pero imparable. El fin de un mundo y el nacimiento de otro genera todo tipo de monstruos.
Y uno es real, el enorme cefalópodo, el kraken de ojos aparentemente empáticos —¿parece o no reconocer a Calvin (Hartnett)?— y centra buena parte del metraje. Son formidables y trepidantes los capítulos de busca y captura de la cosa en cuestión, una vuelta al mar desde el descontrol total, desde el lado salvaje de los clásicos, Moby Dick en cabeza. El resto tienen que ver con la codicia del ser humano. Con la codicia, y a la vez, su desconsideración. La noche en la que todo el pueblo se reúne en el Linda’s, el único bar de la isla, un lugar acogedor con aspecto de cabaña, para celebrar que los que se fueron han vuelto por unos días —su peculiar fiesta mayor—, Linda decide utilizar el hielo extraído de un iceberg que se descartó por estar “contaminado”, ¿y adivinan qué? Se desata algo parecido a lo que se desata en La cosa, de John Carpenter: el virus de la locura.
Lo que mejor maneja McKeown, su creador, es precisamente el espejo con todo eso que le precede en la colocación de, por un lado, el monstruo, en el mundo, y por otro, la relación con los montones de hielo que están dejando de serlo. Esto es, con el pasado —eso que los icebergs contienen y de lo que nada sabemos, y que también contenía el hielo arcaico de la Antártida en La cosa— que la acción desconsiderada del ser humano está desenterrando. Un pasado que, Lovecraft estaría de acuerdo, no puede ser sino cósmico, estar relacionado con todo aquello que el planeta fue antes de nuestra llegada, y que podría volver a ser después, y que, elucubra McKeown, podría convertirnos —observen bien a Wade (Charlie Heaton, el Jonathan Byers de Stranger Things)— en instrumentos de algún tipo de reordenamiento salvaje del, en palabras de Linneo, Systema naturæ.
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