Es ya una tradición en los eventos en los que se habla de política general que la Cultura acabe eclipsada por otros asuntos que nuestros representantes consideran siempre más urgentes, más importantes o más graves. Que ni se la mencione, vamos; o, como mucho, que se la meta con calzador, un simple adorno añadido por algún asesor astuto, que arroja una cita como un hueso para que no se diga. Hemos visto muchos eclipses de política cultural en los debates electorales de candidatos, donde no se la siente ni se la nombra. De hecho, gobiernos de distintos partidos han tutelado frecuentemente al Ministerio de Cultura como si fuera una entidad política menor de edad. O la han despreciado en el mercadeo de sillones, que de todo ha habido.Pero en el año del eclipse total de Presupuestos Generales del Estado en el que estamos instalados, todo es posible, incluso que los temas importantes de la Cultura se sienten a la mesa de los (problemas) mayores de la cosa pública. Por algo será.Borja Sémper habló ayer en un desayuno informativo de su segunda vuelta a la política (y es muy bienvenido), tras la superación de un cáncer que le tuvo diez meses concentrado en sobrevivir, al margen de todo o, como él mismo dice, viendo los toros desde la barrera. Desde esa perspectiva dejó constancia de lo patente que le parece el deterioro de nuestra vida pública, en general, y de la política en particular.Noticia relacionada general No No PORTADA La grieta en la legitimidad Jesús García CaleroContra todo pronóstico, en su alocución como portavoz de su partido dejó ayer espacio para la política cultural, junto a otras grandes prioridades que suponen la vivienda, la inmigración o el respeto institucional. Dijo que para la formación que representa, la cultura va a ser «un elemento troncal y esencial de la acción del Partido Popular». Y después se extendió, en el turno de preguntas, en alguno de los temas que más preocupan ahora mismo al sector, como el impacto de la IA en la creación, la desidia que el llamado gobierno de progreso se gasta con las industrias culturales, o las mejoras fiscales que les permiten prosperar, entre ellas la rebaja del IVA para la compraventa de obras de arte, que es un clamor en el sector y todos pudimos escuchar en ARCO el pasado marzo.Que el Partido Popular convierta la cultura en ‘asignatura troncal’ de sus propuestas es una indudable buena noticia. Primero porque lo hace con la seriedad de quien trae hechos los cálculos (ayer Sémper citaba la complicidad del vicesecretario económico del PP, Juan Bravo, cuando hablaba de estos temas y la pasada semana el secretario económico, Alberto Nadal –junto con la portavoz, Ester Muñoz–, apoyó en el Congreso las iniciativas de los consejeros autonómicos de Cultura en apoyo de las industrias culturales). Poco caso hay que hacer ya a promesas para la Cultura que no vengan respaldadas por la oficina económica.Segundo, porque si España es una potencia cultural resulta idiota renunciar a la ambición de un sector que da trabajo a más de 700.000 personas, tiene un mercado potencial de más de 600 millones de hablantes y tanto influye en los ingresos por turismo, de ahí que uno de los proyectos estrella que el PP anuncia en la nueva etapa será una nueva Ley de Mecenazgo.Y tal vez lo más importante: porque la cultura es el último espacio de encuentro que nos queda, a pesar de los esfuerzos de los populismos de ambos extremos por arrastrarlo todo hacia la confrontación y la intolerancia. Tenemos un ministro de Cultura que incumple la ley censurando todo lo taurino que está llamado a proteger, tratando de aplicar la ideología de la descolonización a todo lo que existe o que ha eliminado la dirección general de industrias culturales y dedica el solomillo de su presupuesto a los chiringuitos de los «derechos culturales» que ya están recogidos en la Constitución. Pero las ideas circulan y su debate es una escuela de civismo, por más que haya que descontar el empeño ideológico de algunos de los más famosos exponentes de ese mundo cultural. Está bien el debate. Como las películas, las obras de teatro, el arte, los libros y las demás actividades culturales reflejan lo que somos, contribuyen al enriquecimiento de los valores a los que aspiramos como sociedad. Quien los censura o los poda, nos empequeñece a todos.Hay una conclusión evidente. Con la cantidad que votantes a los que representan en el PP y el poder territorial que ya gestionan, solos o en compañía de otros, deberían construir una alternativa a la política cultural hegemónica hasta ahora, la del país de los tuertos, que fomenta una visión ideológica con esos Presupuestos eclipsados para señalar, acosar o censurar a los que disienten. Por eso es muy buena noticia que, con la vuelta de Borja Sémper, el PP escenifique su apuesta sólida por la cultura. Y defienda una cultura transgresora, no una de partido único, la que sueñan los tuertos. Que haya otra visión, que se programen otras posibilidades, que se hable de otros temas, para hacer más complejo el debate y más cívico el espacio. Es el mejor momento, justo ahora que estamos en el eclipse. ● Es ya una tradición en los eventos en los que se habla de política general que la Cultura acabe eclipsada por otros asuntos que nuestros representantes consideran siempre más urgentes, más importantes o más graves. Que ni se la mencione, vamos; o, como mucho, que se la meta con calzador, un simple adorno añadido por algún asesor astuto, que arroja una cita como un hueso para que no se diga. Hemos visto muchos eclipses de política cultural en los debates electorales de candidatos, donde no se la siente ni se la nombra. De hecho, gobiernos de distintos partidos han tutelado frecuentemente al Ministerio de Cultura como si fuera una entidad política menor de edad. O la han despreciado en el mercadeo de sillones, que de todo ha habido.Pero en el año del eclipse total de Presupuestos Generales del Estado en el que estamos instalados, todo es posible, incluso que los temas importantes de la Cultura se sienten a la mesa de los (problemas) mayores de la cosa pública. Por algo será.Borja Sémper habló ayer en un desayuno informativo de su segunda vuelta a la política (y es muy bienvenido), tras la superación de un cáncer que le tuvo diez meses concentrado en sobrevivir, al margen de todo o, como él mismo dice, viendo los toros desde la barrera. Desde esa perspectiva dejó constancia de lo patente que le parece el deterioro de nuestra vida pública, en general, y de la política en particular.Noticia relacionada general No No PORTADA La grieta en la legitimidad Jesús García CaleroContra todo pronóstico, en su alocución como portavoz de su partido dejó ayer espacio para la política cultural, junto a otras grandes prioridades que suponen la vivienda, la inmigración o el respeto institucional. Dijo que para la formación que representa, la cultura va a ser «un elemento troncal y esencial de la acción del Partido Popular». Y después se extendió, en el turno de preguntas, en alguno de los temas que más preocupan ahora mismo al sector, como el impacto de la IA en la creación, la desidia que el llamado gobierno de progreso se gasta con las industrias culturales, o las mejoras fiscales que les permiten prosperar, entre ellas la rebaja del IVA para la compraventa de obras de arte, que es un clamor en el sector y todos pudimos escuchar en ARCO el pasado marzo.Que el Partido Popular convierta la cultura en ‘asignatura troncal’ de sus propuestas es una indudable buena noticia. Primero porque lo hace con la seriedad de quien trae hechos los cálculos (ayer Sémper citaba la complicidad del vicesecretario económico del PP, Juan Bravo, cuando hablaba de estos temas y la pasada semana el secretario económico, Alberto Nadal –junto con la portavoz, Ester Muñoz–, apoyó en el Congreso las iniciativas de los consejeros autonómicos de Cultura en apoyo de las industrias culturales). Poco caso hay que hacer ya a promesas para la Cultura que no vengan respaldadas por la oficina económica.Segundo, porque si España es una potencia cultural resulta idiota renunciar a la ambición de un sector que da trabajo a más de 700.000 personas, tiene un mercado potencial de más de 600 millones de hablantes y tanto influye en los ingresos por turismo, de ahí que uno de los proyectos estrella que el PP anuncia en la nueva etapa será una nueva Ley de Mecenazgo.Y tal vez lo más importante: porque la cultura es el último espacio de encuentro que nos queda, a pesar de los esfuerzos de los populismos de ambos extremos por arrastrarlo todo hacia la confrontación y la intolerancia. Tenemos un ministro de Cultura que incumple la ley censurando todo lo taurino que está llamado a proteger, tratando de aplicar la ideología de la descolonización a todo lo que existe o que ha eliminado la dirección general de industrias culturales y dedica el solomillo de su presupuesto a los chiringuitos de los «derechos culturales» que ya están recogidos en la Constitución. Pero las ideas circulan y su debate es una escuela de civismo, por más que haya que descontar el empeño ideológico de algunos de los más famosos exponentes de ese mundo cultural. Está bien el debate. Como las películas, las obras de teatro, el arte, los libros y las demás actividades culturales reflejan lo que somos, contribuyen al enriquecimiento de los valores a los que aspiramos como sociedad. Quien los censura o los poda, nos empequeñece a todos.Hay una conclusión evidente. Con la cantidad que votantes a los que representan en el PP y el poder territorial que ya gestionan, solos o en compañía de otros, deberían construir una alternativa a la política cultural hegemónica hasta ahora, la del país de los tuertos, que fomenta una visión ideológica con esos Presupuestos eclipsados para señalar, acosar o censurar a los que disienten. Por eso es muy buena noticia que, con la vuelta de Borja Sémper, el PP escenifique su apuesta sólida por la cultura. Y defienda una cultura transgresora, no una de partido único, la que sueñan los tuertos. Que haya otra visión, que se programen otras posibilidades, que se hable de otros temas, para hacer más complejo el debate y más cívico el espacio. Es el mejor momento, justo ahora que estamos en el eclipse. ●
Es ya una tradición en los eventos en los que se habla de política general que la Cultura acabe eclipsada por otros asuntos que nuestros representantes consideran siempre más urgentes, más importantes o más graves. Que ni se la mencione, vamos; o, como mucho, … que se la meta con calzador, un simple adorno añadido por algún asesor astuto, que arroja una cita como un hueso para que no se diga. Hemos visto muchos eclipses de política cultural en los debates electorales de candidatos, donde no se la siente ni se la nombra. De hecho, gobiernos de distintos partidos han tutelado frecuentemente al Ministerio de Cultura como si fuera una entidad política menor de edad. O la han despreciado en el mercadeo de sillones, que de todo ha habido.
Pero en el año del eclipse total de Presupuestos Generales del Estado en el que estamos instalados, todo es posible, incluso que los temas importantes de la Cultura se sienten a la mesa de los (problemas) mayores de la cosa pública. Por algo será.
Borja Sémper habló ayer en un desayuno informativo de su segunda vuelta a la política (y es muy bienvenido), tras la superación de un cáncer que le tuvo diez meses concentrado en sobrevivir, al margen de todo o, como él mismo dice, viendo los toros desde la barrera. Desde esa perspectiva dejó constancia de lo patente que le parece el deterioro de nuestra vida pública, en general, y de la política en particular.
Noticia relacionada
Contra todo pronóstico, en su alocución como portavoz de su partido dejó ayer espacio para la política cultural, junto a otras grandes prioridades que suponen la vivienda, la inmigración o el respeto institucional. Dijo que para la formación que representa, la cultura va a ser «un elemento troncal y esencial de la acción del Partido Popular». Y después se extendió, en el turno de preguntas, en alguno de los temas que más preocupan ahora mismo al sector, como el impacto de la IA en la creación, la desidia que el llamado gobierno de progreso se gasta con las industrias culturales, o las mejoras fiscales que les permiten prosperar, entre ellas la rebaja del IVA para la compraventa de obras de arte, que es un clamor en el sector y todos pudimos escuchar en ARCO el pasado marzo.
Que el Partido Popular convierta la cultura en ‘asignatura troncal’ de sus propuestas es una indudable buena noticia. Primero porque lo hace con la seriedad de quien trae hechos los cálculos (ayer Sémper citaba la complicidad del vicesecretario económico del PP, Juan Bravo, cuando hablaba de estos temas y la pasada semana el secretario económico, Alberto Nadal –junto con la portavoz, Ester Muñoz–, apoyó en el Congreso las iniciativas de los consejeros autonómicos de Cultura en apoyo de las industrias culturales). Poco caso hay que hacer ya a promesas para la Cultura que no vengan respaldadas por la oficina económica.
Segundo, porque si España es una potencia cultural resulta idiota renunciar a la ambición de un sector que da trabajo a más de 700.000 personas, tiene un mercado potencial de más de 600 millones de hablantes y tanto influye en los ingresos por turismo, de ahí que uno de los proyectos estrella que el PP anuncia en la nueva etapa será una nueva Ley de Mecenazgo.
Y tal vez lo más importante: porque la cultura es el último espacio de encuentro que nos queda, a pesar de los esfuerzos de los populismos de ambos extremos por arrastrarlo todo hacia la confrontación y la intolerancia. Tenemos un ministro de Cultura que incumple la ley censurando todo lo taurino que está llamado a proteger, tratando de aplicar la ideología de la descolonización a todo lo que existe o que ha eliminado la dirección general de industrias culturales y dedica el solomillo de su presupuesto a los chiringuitos de los «derechos culturales» que ya están recogidos en la Constitución.
Pero las ideas circulan y su debate es una escuela de civismo, por más que haya que descontar el empeño ideológico de algunos de los más famosos exponentes de ese mundo cultural. Está bien el debate. Como las películas, las obras de teatro, el arte, los libros y las demás actividades culturales reflejan lo que somos, contribuyen al enriquecimiento de los valores a los que aspiramos como sociedad. Quien los censura o los poda, nos empequeñece a todos.
Hay una conclusión evidente. Con la cantidad que votantes a los que representan en el PP y el poder territorial que ya gestionan, solos o en compañía de otros, deberían construir una alternativa a la política cultural hegemónica hasta ahora, la del país de los tuertos, que fomenta una visión ideológica con esos Presupuestos eclipsados para señalar, acosar o censurar a los que disienten.
Por eso es muy buena noticia que, con la vuelta de Borja Sémper, el PP escenifique su apuesta sólida por la cultura. Y defienda una cultura transgresora, no una de partido único, la que sueñan los tuertos. Que haya otra visión, que se programen otras posibilidades, que se hable de otros temas, para hacer más complejo el debate y más cívico el espacio. Es el mejor momento, justo ahora que estamos en el eclipse. ●
RSS de noticias de cultura

