El filósofo estadounidense C. Thi Nguyen, profesor en la Universidad de Utah, estaba a punto de escribir otro libro sobre cómo Instagram han hackeado nuestro cerebro cuando se puso a mirar el ranking de colegios y universidades del U.S. News & World Report. “Es un aburrido libro de rankings que se publica una vez al año. No tiene gráficos, ni app, pero captura nuestra atención y altera nuestra visión del mundo”. Después conoció al gerente de una universidad que se quejaba de los estudiantes y su falta de atención y “al mismo tiempo, estaba recortando los programas de Periodismo, Literatura y Artes porque los estudiantes no conseguían salarios lo suficientemente altos en su primer año después de la graduación”.
El filósofo estadounidense C. Thi Nguyen, profesor en la Universidad de Utah, estaba a punto de escribir otro libro sobre cómo Instagram han hackeado nuestro cerebro cuando se puso a mirar el ranking de colegios y universidades del U.S. News & World Report. “Es un aburrido libro de rankings que se publica una vez al año. No tiene gráficos, ni app, pero captura nuestra atención y altera nuestra visión del mundo”. Después conoció al gerente de una universidad que se quejaba de los estudiantes y su falta de atención y “al mismo tiempo, estaba recortando los programas de Periodismo, Literatura y Artes porque los estudiantes no conseguían salarios lo suficientemente altos en su primer año después de la graduación”. Seguir leyendo
El filósofo estadounidense C. Thi Nguyen, profesor en la Universidad de Utah, estaba a punto de escribir otro libro sobre cómo Instagram han hackeado nuestro cerebro cuando se puso a mirar el ranking de colegios y universidades del U.S. News & World Report. “Es un aburrido libro de rankings que se publica una vez al año. No tiene gráficos, ni app, pero captura nuestra atención y altera nuestra visión del mundo”. Después conoció al gerente de una universidad que se quejaba de los estudiantes y su falta de atención y “al mismo tiempo, estaba recortando los programas de Periodismo, Literatura y Artes porque los estudiantes no conseguían salarios lo suficientemente altos en su primer año después de la graduación”.
El administrador culpaba a las aplicaciones de secuestrar la atención de los estudiantes sin darse cuenta de que la suya estaba puesta en indicadores que nada tienen que ver con lo educativo. Hemos ido delegando la autoridad de decidir qué es lo importante en máquinas y procesos cuya verdadera virtud es simplificar la realidad para poder medirla, clasificarla y hacer rankings comparativos. En Métricas, recién publicado en castellano por Ediciones Península, Nguyen lo llama un secuestro del valor.
Es anterior a las apps. “El auge de la contabilidad y de la justificación cuantificada es del siglo XVIII, y transformó por completo la manera en que los gobiernos determinaban qué programas estaban justificados y cuáles no”, explica por Zoom desde su casa de Utah. A diferencia de David Graeber o James C. Scott, académicos que han analizado las fórmulas de simplificación de realidad que se inventa el poder para poder administrarla, Nguyen no es un abolicionista. “Antes de este libro, estaba completamente convencido de las ideas de Scott. Había asumido plenamente que el problema eran las reglas, que el problema eran los sistemas de puntuación claros”. Pero ha encontrado un lugar que plantea otra forma de pensar nuestra relación con las métricas: los juegos. “Es la idea de que, de esas estructuras restrictivas surge una gran cantidad de juego y experimentación”.
Pregunta. En el libro explora cómo un sistema de reglas sencillo y rígido nos puede conducir a una experiencia de apertura y trascendencia. ¿Ha descubierto qué mecánicas son las que conducen a la liberación?
Respuesta. Los juegos como el ajedrez o el Civilización te llevan a un estado de conciencia muy limitado, en el que estás calculando constantemente y con precisión, ajeno a lo que te rodea. En cambio, en la pesca con mosca, al principio hay cierto grado de cálculo, pero al final te conduce a experimentar una especie de conciencia muy delicada, de atención difusa y sutil, no verbal, hacia todo lo que te rodea. Una sensibilidad especial que te permite percibir y reparar en las cosas de una determinada manera.
P. El ajedrez estrecha la atención y la pesca con mosca la expande
R. Tienen procesos opuestos: el ajedrez tiene algunos momentos intuitivos, pero toda la experiencia de conciencia es estrecha, de principio a fin. La pesca con mosca tiene cierta estrechez al principio y sus movimientos iniciales se parecen a los del ajedrez, pero después se abre hacia algo que es justamente lo contrario: un estado de flujo zen, muy abierto y sutil. No te concentras en nada en particular, sino que dejas que tu mente se expanda hacia el mundo y empiezas a percibir todos esos pequeños detalles en los límites de tu percepción. Así que terminas llegando a un lugar completamente distinto.
P. Esta dinámica me hace pensar en el surf, donde pasas el 97 % del tiempo mirando al horizonte hasta que algo agita la superficie plana y agudizas todos tus sentidos para interpretar las señales de cuándo y por dónde viene la ola. O cuando en un club o festival de música electrónica, el DJ te acomoda en un patrón para después romperlo con anomalías tan delicadas que te parten el corazón. Todas estas experiencias están conectadas por un mismo hilo. Algo relacionado con una especie de frecuencia de la atención.
R. Hablando con un amigo al que introduje a la pesca con mosca y que se dedica también a la escalada y la búsqueda de setas encontramos un término para describirlas: deportes de atención. Porque son actividades en las que tienes éxito cuando aprendes a desarrollar una forma de prestar atención muy particular y poco habitual. No me sorprende que la música me lleve a ese lugar tan extraño y casi sagrado, porque me acerco a ella sin un sistema de reglas, pero es más extraño.

P. ¡Depende de la música! Yo amo el jazz, pero es la música electrónica la que produce experiencias místicas porque dirige tu atención a un espacio muy reducido y la rigidez de su estructura permite que surja lo trascendente a través de interrupciones absolutas e inesperadas.
R. Una de las cosas interesantes que subyacen a todo esto es la relación entre la rigidez y la belleza. Existe la teoría de que el juego alcanza su máxima expresión cuando está completamente libre de restricciones, pero no puedo dejar de pensar que todo, desde las estructuras poéticas hasta los juegos, nos enseña que eso no es verdad. Mi amigo Matt [Strohl, tiene un libro que se llama Why It’s OK to Love Bad Movies donde hace una defensa maravillosa de las películas muy sujetas a fórmulas, como los westerns y las de artes marciales] dice que, en muchas películas de autor, lo que haces es jugar dentro de un espacio increíblemente abierto, con muchísimas posibilidades, pero en géneros como el western o las películas de artes marciales juegas en un espacio cuyas convenciones son extremadamente rígidas, y lo que acaba siendo hermoso es la más mínima variación, ese pequeño detalle que cambia. Un plano ligeramente diferente de una pelea. O que el desenlace de la pelea es un poco más lento de lo que esperabas. O que el golpe final llega de repente y es solo un poquito más rápido. Y eso solo es posible porque la estructura es tan rígida y tus expectativas están tan claramente definidas que esas pequeñas variaciones adquieren un significado enorme. Creo que lo que piensa de las artes marciales y la belleza de lo que estás describiendo sobre la música electrónica son, en realidad, experiencias muy, muy parecidas.
P. Estamos hablando de formas fascinantes en las que la rigidez hace que tu atención se estreche hasta atravesar una pequeña abertura que te conduce a una expansión. Pero, cuando las instituciones estrechan su campo de atención, sucede lo contrario. Por ejemplo, los observatorios culturales recopilan y procesan datos cuantitativos que indican al Gobierno dónde destinar sus recursos para que la cultura prospere. Pero el valor del arte es fundamentalmente intangible e inclasificable. Ahora que la IA puede hacer parte de ese trabajo de recopilación, ¿qué pueden hacer los observatorios para incorporar más datos cualitativos?
R. La respuesta sería dejar que los aspectos mecánicos constituyan la base, y utilizar esa base como punto de partida para tomar decisiones más complejas y enriquecedoras, incorporando información de carácter cualitativo. La pregunta es ¿por qué nos resistimos a una solución tan obvia? Una de las explicaciones que ofrece Theodore Porter [académico estadounidense, famoso por su por sus investigaciones sobre estadística, cuantificación y la sociología de las métricas] es que, cuando los burócratas se limitan a utilizar los datos, se sitúan fuera del ámbito de la responsabilidad personal. Pero, cuando incorporan su propio criterio al proceso de toma de decisiones, de repente pasan a ser responsables de las consecuencias. La otra explicación de Porter es más profunda y tiene que ver con la medida en que los juicios cuantitativos están diseñados para transmitirse rápidamente. Por eso, acaban convirtiéndose en el patrón de pensamiento básico de las grandes instituciones.
P. ¿Cómo se cambia eso?
R. Hace falta que una persona, o un grupo reducido de personas examine los datos y después aporte algo más: una valoración cualitativa. Esto sucede constantemente. En la enseñanza, cuando un estudiante está justo en el límite entre dos calificaciones, tiene una situación médica compleja o una justificación complicada para no haber hecho algo, lo que haces en esos casos es hablar con otras personas de una manera bastante profunda y matizada sobre cómo actuar. Pero no sucede lo mismo en los niveles más altos. Ya te he dado dos explicaciones de porqué. La tercera, que explico en el libro, es lo que llamo el colapso de valores. Es lo que ocurre cuando las instituciones recompensan a personas que están dispuestas a no mirar el panorama general.
P. Dice que lo que los datos hacen por nosotros es inseparable de lo que nos hacen a nosotros. En eso se separa de James C. Scott.
R. Todo lo malo que tienen los datos es inseparable de todo lo bueno que nos aportan. Podemos imaginar una utopía al estilo de Scott en la que rechazamos todo esto y nos trasladamos a un lugar más feliz. La perspectiva de Porter es mucho más aterradora, porque nos dice que no podemos separar las cosas que amamos de los problemas que conllevan. Tenemos que vivir en ese espacio de tensión, y eso me parece una idea muy convincente.
P. Paul Virilio explicaba que cuando se inventó el barco, se inventó también el naufragio.
R. Rachel Fraser, que es una amiga y una filósofa extraordinaria, me dijo que el mayor problema de mi libro era que no había reconocido plenamente hasta qué punto todos los juegos que me encantan, y mi propia capacidad para disfrutarlos, depende del mundo moderno de la estandarización. Sin él, no habría juegos de rol ni juegos de mesa, ni gente intercambiando estas cosas. Todo eso fue posible gracias a un mundo de especialización y tecnología que les servía de soporte. Y creo que eso es algo profundamente cierto.
Creo que la perspectiva de Porter es más profunda que la de Scott: estamos en una situación de la que no podemos escapar, en la que la estandarización a gran escala genera cosas extraordinariamente buenas y, al mismo tiempo, problemas enormes. Es absurdo pensar que podemos alejarnos de todo eso y retirarnos a un mundo idílico, anárquico y a pequeña escala. Tenemos que vivir en este mundo y averiguar cómo hacerlo mejor.
P. Este dualismo es muy pertinente en la era de la inteligencia artificial, que se anuncia y se comercializa como la herramienta que va a ayudarnos a resolver la crisis climática, la democracia y otras cuestiones, pero se está utilizando precisamente para contar, clasificar, localizar, perseguir y encarcelar personas en EE UU, Gaza o Irán. ¿Podemos resistir a todo esto sin renunciar a las ventajas que esas herramientas también nos ofrecen?
R. No tengo nada demasiado original que añadir a lo que ya han dicho muchas personas sobre la IA: quizá sea más importante garantizar que el control del recurso esté distribuido entre la población que limitarse a resistirse a ella de manera frontal. Pero también me he encontrado con algunos usos bastante curiosos, un poco fuera de lo habitual. No van a cambiar en absoluto mi postura ante los usos horribles de vigilancia de los que estás hablando, pero he empezado a ver a algunas personas utilizar la IA en sus juegos de una manera que va en la dirección contraria a lo que me preocupa. Como ajustar personajes no jugables peculiares y crear sus personalidades dentro de entornos de realidad virtual. Luego estaba leyendo este libro precioso, Dilla Time.
P. Es la biografía de James Dewitt Yancey, conocido como J Dilla.
R. Sí, pero es también una historia de las cajas de ritmos y de la música electrónica. Cuenta cómo, cuando apareció la música electrónica, todo el mundo decía: “Esto va a matar la música. Esta automatización va a destruir todo lo que tiene de hermoso”. Y estaban completamente equivocados. Encontraron una manera de utilizar esa tecnología para hacer algo extraordinario.
No quiero restar importancia a nada: todas las preocupaciones sobre el capitalismo de IA y la vigilancia con IA son reales y están justificadas. Pero también hay algo extraño cuando uno observa la historia del arte: es, en cierto modo, una historia de optimismo tecnológico. En cada etapa de la historia del arte aparece una nueva tecnología —la fotografía, el cine, las cajas de ritmos— y la gente dice: “Esto va a acabar con el arte”. Hasta ahora, toda esa gente se equivocó.

C. Thi Nguyen
Traducción de Arnau Figueras Deulofeu
Península, 2026
416 páginas. 22,90 euros
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