Fui uno de esos niños afortunados en una España y en un mundo que nos vendía un optimismo que no parecía tener fin. El golpe de realidad llegó con la crisis de 2007 y mi etapa universitaria, donde empecé a atisbar el principio del largo asesinato del Estado del bienestar.
Hubo un tiempo en el que podías rellenar cualquier conversación con frases de la familia de Springfield y ahora es una alerta de ‘boomers’
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado
Hubo un tiempo en el que podías rellenar cualquier conversación con frases de la familia de Springfield y ahora es una alerta de ‘boomers’


Fui uno de esos niños afortunados en una España y en un mundo que nos vendía un optimismo que no parecía tener fin. El golpe de realidad llegó con la crisis de 2007 y mi etapa universitaria, donde empecé a atisbar el principio del largo asesinato del Estado del bienestar.
Pero antes, mucho antes, recibí las bendiciones del escalón social. De unos padres que salieron adelante y vivieron una buena vida gracias a abuelos que se rompieron la espalda sin poder ofrecerles mucho más a sus hijos que unos estudios universitarios. ¿Mi premio? Una casa con piscina y una infancia entre los noventa y principios de los 2000. Un lujo.
La piscina, eso sí, apenas recibía luz durante todo el día y estaba fría como una poza. Y el suelo de alrededor tenía un patrón muy feo con unos relieves que te tronchaban los dedos de los pies como se te ocurriera echarte una carrera. ¿La solución? Estar a remojo, pero con abundante actividad física. Por lo que echábamos horas jugando a un waterpolo improvisado, con la escalera como un palo y una chancla como el otro, que fue motivo de grandes disputas sobre si aquello era gol o se había ido fuera.
Mi madre fue también una de tantas mujeres que se incorporaron al mundo laboral mientras que se ocupaba, en su mayor parte, de las tareas del hogar. El peaje en este caso pasaba por la cocina, donde muchas veces se cenaba sano, pero para salir del apuro. Ahora, los fines de semana, eso era otra cosa. Un día a la semana mi madre se encerraba en la cocina para hacer una deliciosa bechamel y una sabrosa boloñesa y a hacer uno a uno una fuente de canelones que se tenía que racionar, porque me podía bajar una bandeja de una tacada. En invierno, primavera, otoño o verano, supongo que por mi insistencia. A pesar del calor, siempre entraba bien.
En aquellos tórridos mediodías solo había un grito que me pudiese sacar de la piscina. Y era el de esos canelones cuyo calor contrastaba con las gotas de agua que aún me resbalaban por la espalda. Los Simpson se unían a la mesa, o más bien al suelo [para no manchar el sofá], donde tampoco faltaba el sonido del ventilador dando vueltas. Era millonario y no lo sabía.
Los Simpson, para los chavales de mi generación, fueron más que una serie y un refugio climático en la hora punta de calor. Fueron los primeros tacos que podía escuchar y una ventana a los problemas de los adultos que me escondían en casa. La primera mirada crítica a los gobernantes, la rebeldía ante la autoridad regida por mi estricto padre. Y a la vez, un retrato del machirulo o del borrachillo que se parecía a tu tío cuando se pasaba por el vino. Ese cabeza de familia con gran iniciativa y aún mayor ignorancia que votaba a George W. Bush para que invadiese Irak y cerraba el puño de rabia ante “los liberales”. Ahora wokes, ahora es Donald Trump en Irán.
Hubo un tiempo en el instituto en que podías rellenar cualquier conversación con frases de Los Simpson y hacías partirse de risa a la pandilla. Ahora es una alerta para que te llamen boomer, aunque seas milenialo generación X. Creo que llego tarde para avisarte, porque ya te ha pasado. Un recuerdo de que ya no eres joven ni lo serás, aunque digas “bro”. Y, de corazón, te deseo que no lo digas si tienes mi edad. Sería como cuando tu padre decía: “Multiplícate por cero”
Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos
Archivado En
Feed MRSS-S Noticias
