Una de las historias más curiosas relacionadas con la música alienígena sucede en el año 1971. El compositor alemán Karlheinz Stockhausen le regala a su hija de seis años un perrito al que pone de nombre Sirio, estrella de la constelación Canis Maior. Poco después lee un libro del místico austríaco Jakob Lorber donde se afirma que Sirio es el sol central de nuestro universo, y comienza a tener una serie de sueños que le revelan que él procede de la estrella Sirio y que fue allí, precisamente, donde completó su formación musical. Entonces escribe ‘Sirius’ , una pieza para ocho canales de electrónica, trompeta, soprano, clarinete bajo y bajo, «un misterio medieval moderno disfrazado de historia de ciencia ficción», que dura alrededor de una hora y media. Si Stockhausen proviene realmente de la estrella Sirio, y no tenemos motivos para dudar de que así sea, entonces no solo ‘Sirius’, sino toda su obra pertenecería al género de la música alienígena. Y esto nos lleva al corazón del asunto: ¿es el arte alienígena tan diferente del humano ? ¿Tiene características fácilmente reconocibles? Sun Ra , uno de los grandes innovadores del jazz moderno y creador de la Sun Ra Arkestra, afirmaba que procedía del planeta Saturno y que había venido a la Tierra para ayudar a la humanidad con su música. Dado que esto último ha resultado ser cierto, quizá lo primero lo sea también. Algunos discos suyos: ‘Interstellar Low Ways’, ‘Other Planets of There’, ‘Space is The Place’… En ‘On Jupiter’ escuchamos, por ejemplo, el tema ‘UFO’, donde el propio Sun Ra canta, con un ritmo tremendamente funky, algo así como: «O uve ene i, O uve ene i, llévame contigo allí».La música alienígena de Sun Ra es una mezcla de free jazz y swing, pero el sonido que nos viene a la cabeza cuando pensamos en platillos volantes (¡y algunos pensamos en ese tema de forma constante!) es, sin duda, el del theremin , ese maravilloso instrumento electrónico creado en 1920 que se toca moviendo las manos en el aire. Música electrónica, con algo inhumano, desolador y terrorífico , como ha de ser siempre lo alienígena, como lo son las naves espaciales (esas maravillosas de la pintora Ana de Alvear), como lo es el espacio exterior, donde «nadie puede oír tus gritos». La música de Junichi Masuda para el Pueblo Lavanda es una leyenda de internet gracias a la noticia, seguramente falsa, de que 100 colegiales japoneses se suicidaron al escucharlaPor ejemplo, la música de Junichi Masuda para el Pueblo Lavanda, convertida en una leyenda de internet (es decir, un ‘creepypasta’) gracias a la noticia, seguramente falsa, de que 100 colegiales japoneses se suicidaron al escucharla. El Pueblo Lavanda es una localidad del universo Pokémon donde hay una gran torre que es un cementerio para pokemon fallecidos. Su banda sonora combina agudos sonidos chiptune con «acordes desafinados» y crea un tremendo malestar físico en quien la escucha , seguramente también a causa de esos misterios de la «música binaural», mitad imaginarios, que tienen un papel tan importante en la novela ‘Los escorpiones’, de Sara Barquinero. Claro está que las personas más jóvenes son mucho más receptivas a ciertas frecuencias. Hace unas semanas, la hija de un amigo confesaba sentir un tremendo malestar físico tras escuchar una obra de Georg Friedrich Haas en el Auditorio del Reina Sofía, un malestar que no sentíamos los mayores. Haas, poeta de la desafinación espectral controlada , mágica y poética hasta el grito. Sin duda hay algo ahí.En ‘La llamada de Cthulhu’, Lovecraft describe un relieve o estatuilla que representa a un ser monstruoso: una cabeza de octópodo con un rostro de tentáculos se une a un cuerpo grotesco cubierto de escamas, con enormes zarpas anteriores y posteriores y unas alas de dragón. El pueblo de «los antiguos», los adoradores del horrible Cthulhu, proviene de las estrellas, llegó a nuestro planeta hace millones de años y creó un culto que perdura hasta el presente gracias, afirma el narrador, al dominio que estos seres tienen de nuestros sueños. Una vaga referencia al «Cubismo y al Futurismo» (el relato es de 1926) nos hace sospechar que quizá es el horror y la deformidad del arte moderno lo que Lovecraft quiere representar en el fondo.En el mundo de Cthulhu, escribe Lovecraft, «la geometría está equivocada», o resulta errónea. Hay algo semejante a una escalinata, pero los escalones son inmensos, y hay algo semejante a una puerta, pero es imposible entender cómo o hacia dónde se abre. Algo similar sucede en el cuento ‘There Are More Things’, de Borges , un homenaje a Lovecraft, cuyo desdichado protagonista describe una habitación llena de muebles imposibles e incomprensibles. El arte alienígena ha de ser incomprensible y poseer, quizá, esa «deformidad intencionada» que Chesterton veía en el arte asiático. ¿Es eso el alienígena? ¿El extranjero?En la ciencia ficción, el arte alienígena suele ser multicolor , chillón, predecible y un poco hortera, como en las obras de arte del resort tropical ‘Vermilion Sands’, de J. G. Ballard , con sus flores cantoras (‘Prima Belladona’), sus esculturas cantantes o el nuevo género de la escultura de nubes, a las que podemos unir las obras de música y luz de John Brunner (‘El hombre completo’), la psicoescultura de Silverberg (‘El segundo viaje’) o las recargadas y barrocas descripciones que llenan ‘El tapiz de Malacia’, de Brian Aldiss. En sus ‘Crónicas marcianas’, Ray Bradbury afirma que los marcianos no pusieron el arte en segundo lugar como nosotros, sino que «combinaron religión, arte y ciencia, y no permitieron que la ciencia aplastara la belleza». En uno de los patios de los edificios marcianos, un astronauta encuentra un cilindro de música marciana de cincuenta mil años de antigüedad que todavía funciona y tiene «una música incomparable» . Uno se pregunta cómo sonaría. ¿Como música espectral de Haas? ¿Como el jazz de Sun Ra? ¿Como un theremin? Una de las historias más curiosas relacionadas con la música alienígena sucede en el año 1971. El compositor alemán Karlheinz Stockhausen le regala a su hija de seis años un perrito al que pone de nombre Sirio, estrella de la constelación Canis Maior. Poco después lee un libro del místico austríaco Jakob Lorber donde se afirma que Sirio es el sol central de nuestro universo, y comienza a tener una serie de sueños que le revelan que él procede de la estrella Sirio y que fue allí, precisamente, donde completó su formación musical. Entonces escribe ‘Sirius’ , una pieza para ocho canales de electrónica, trompeta, soprano, clarinete bajo y bajo, «un misterio medieval moderno disfrazado de historia de ciencia ficción», que dura alrededor de una hora y media. Si Stockhausen proviene realmente de la estrella Sirio, y no tenemos motivos para dudar de que así sea, entonces no solo ‘Sirius’, sino toda su obra pertenecería al género de la música alienígena. Y esto nos lleva al corazón del asunto: ¿es el arte alienígena tan diferente del humano ? ¿Tiene características fácilmente reconocibles? Sun Ra , uno de los grandes innovadores del jazz moderno y creador de la Sun Ra Arkestra, afirmaba que procedía del planeta Saturno y que había venido a la Tierra para ayudar a la humanidad con su música. Dado que esto último ha resultado ser cierto, quizá lo primero lo sea también. Algunos discos suyos: ‘Interstellar Low Ways’, ‘Other Planets of There’, ‘Space is The Place’… En ‘On Jupiter’ escuchamos, por ejemplo, el tema ‘UFO’, donde el propio Sun Ra canta, con un ritmo tremendamente funky, algo así como: «O uve ene i, O uve ene i, llévame contigo allí».La música alienígena de Sun Ra es una mezcla de free jazz y swing, pero el sonido que nos viene a la cabeza cuando pensamos en platillos volantes (¡y algunos pensamos en ese tema de forma constante!) es, sin duda, el del theremin , ese maravilloso instrumento electrónico creado en 1920 que se toca moviendo las manos en el aire. Música electrónica, con algo inhumano, desolador y terrorífico , como ha de ser siempre lo alienígena, como lo son las naves espaciales (esas maravillosas de la pintora Ana de Alvear), como lo es el espacio exterior, donde «nadie puede oír tus gritos». La música de Junichi Masuda para el Pueblo Lavanda es una leyenda de internet gracias a la noticia, seguramente falsa, de que 100 colegiales japoneses se suicidaron al escucharlaPor ejemplo, la música de Junichi Masuda para el Pueblo Lavanda, convertida en una leyenda de internet (es decir, un ‘creepypasta’) gracias a la noticia, seguramente falsa, de que 100 colegiales japoneses se suicidaron al escucharla. El Pueblo Lavanda es una localidad del universo Pokémon donde hay una gran torre que es un cementerio para pokemon fallecidos. Su banda sonora combina agudos sonidos chiptune con «acordes desafinados» y crea un tremendo malestar físico en quien la escucha , seguramente también a causa de esos misterios de la «música binaural», mitad imaginarios, que tienen un papel tan importante en la novela ‘Los escorpiones’, de Sara Barquinero. Claro está que las personas más jóvenes son mucho más receptivas a ciertas frecuencias. Hace unas semanas, la hija de un amigo confesaba sentir un tremendo malestar físico tras escuchar una obra de Georg Friedrich Haas en el Auditorio del Reina Sofía, un malestar que no sentíamos los mayores. Haas, poeta de la desafinación espectral controlada , mágica y poética hasta el grito. Sin duda hay algo ahí.En ‘La llamada de Cthulhu’, Lovecraft describe un relieve o estatuilla que representa a un ser monstruoso: una cabeza de octópodo con un rostro de tentáculos se une a un cuerpo grotesco cubierto de escamas, con enormes zarpas anteriores y posteriores y unas alas de dragón. El pueblo de «los antiguos», los adoradores del horrible Cthulhu, proviene de las estrellas, llegó a nuestro planeta hace millones de años y creó un culto que perdura hasta el presente gracias, afirma el narrador, al dominio que estos seres tienen de nuestros sueños. Una vaga referencia al «Cubismo y al Futurismo» (el relato es de 1926) nos hace sospechar que quizá es el horror y la deformidad del arte moderno lo que Lovecraft quiere representar en el fondo.En el mundo de Cthulhu, escribe Lovecraft, «la geometría está equivocada», o resulta errónea. Hay algo semejante a una escalinata, pero los escalones son inmensos, y hay algo semejante a una puerta, pero es imposible entender cómo o hacia dónde se abre. Algo similar sucede en el cuento ‘There Are More Things’, de Borges , un homenaje a Lovecraft, cuyo desdichado protagonista describe una habitación llena de muebles imposibles e incomprensibles. El arte alienígena ha de ser incomprensible y poseer, quizá, esa «deformidad intencionada» que Chesterton veía en el arte asiático. ¿Es eso el alienígena? ¿El extranjero?En la ciencia ficción, el arte alienígena suele ser multicolor , chillón, predecible y un poco hortera, como en las obras de arte del resort tropical ‘Vermilion Sands’, de J. G. Ballard , con sus flores cantoras (‘Prima Belladona’), sus esculturas cantantes o el nuevo género de la escultura de nubes, a las que podemos unir las obras de música y luz de John Brunner (‘El hombre completo’), la psicoescultura de Silverberg (‘El segundo viaje’) o las recargadas y barrocas descripciones que llenan ‘El tapiz de Malacia’, de Brian Aldiss. En sus ‘Crónicas marcianas’, Ray Bradbury afirma que los marcianos no pusieron el arte en segundo lugar como nosotros, sino que «combinaron religión, arte y ciencia, y no permitieron que la ciencia aplastara la belleza». En uno de los patios de los edificios marcianos, un astronauta encuentra un cilindro de música marciana de cincuenta mil años de antigüedad que todavía funciona y tiene «una música incomparable» . Uno se pregunta cómo sonaría. ¿Como música espectral de Haas? ¿Como el jazz de Sun Ra? ¿Como un theremin?
Una de las historias más curiosas relacionadas con la música alienígena sucede en el año 1971. El compositor alemán Karlheinz Stockhausen le regala a su hija de seis años un perrito al que pone de nombre Sirio, estrella de la constelación Canis Maior.
Poco después lee un libro del místico austríaco Jakob Lorber donde se afirma que Sirio es el sol central de nuestro universo, y comienza a tener una serie de sueños que le revelan que él procede de la estrella Sirio y que fue allí, precisamente, donde completó su formación musical.
Entonces escribe ‘Sirius’, una pieza para ocho canales de electrónica, trompeta, soprano, clarinete bajo y bajo, «un misterio medieval moderno disfrazado de historia de ciencia ficción», que dura alrededor de una hora y media.
Si Stockhausen proviene realmente de la estrella Sirio, y no tenemos motivos para dudar de que así sea, entonces no solo ‘Sirius’, sino toda su obra pertenecería al género de la música alienígena. Y esto nos lleva al corazón del asunto: ¿es el arte alienígena tan diferente del humano? ¿Tiene características fácilmente reconocibles?
Sun Ra, uno de los grandes innovadores del jazz moderno y creador de la Sun Ra Arkestra, afirmaba que procedía del planeta Saturno y que había venido a la Tierra para ayudar a la humanidad con su música. Dado que esto último ha resultado ser cierto, quizá lo primero lo sea también. Algunos discos suyos: ‘Interstellar Low Ways’, ‘Other Planets of There’, ‘Space is The Place’… En ‘On Jupiter’ escuchamos, por ejemplo, el tema ‘UFO’, donde el propio Sun Ra canta, con un ritmo tremendamente funky, algo así como: «O uve ene i, O uve ene i, llévame contigo allí».
La música alienígena de Sun Ra es una mezcla de free jazz y swing, pero el sonido que nos viene a la cabeza cuando pensamos en platillos volantes (¡y algunos pensamos en ese tema de forma constante!) es, sin duda, el del theremin, ese maravilloso instrumento electrónico creado en 1920 que se toca moviendo las manos en el aire. Música electrónica, con algo inhumano, desolador y terrorífico, como ha de ser siempre lo alienígena, como lo son las naves espaciales (esas maravillosas de la pintora Ana de Alvear), como lo es el espacio exterior, donde «nadie puede oír tus gritos».
La música de Junichi Masuda para el Pueblo Lavanda es una leyenda de internet gracias a la noticia, seguramente falsa, de que 100 colegiales japoneses se suicidaron al escucharla
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Por ejemplo, la música de Junichi Masuda para el Pueblo Lavanda, convertida en una leyenda de internet (es decir, un ‘creepypasta’) gracias a la noticia, seguramente falsa, de que 100 colegiales japoneses se suicidaron al escucharla. El Pueblo Lavanda es una localidad del universo Pokémon donde hay una gran torre que es un cementerio para pokemon fallecidos. Su banda sonora combina agudos sonidos chiptune con «acordes desafinados» y crea un tremendo malestar físico en quien la escucha, seguramente también a causa de esos misterios de la «música binaural», mitad imaginarios, que tienen un papel tan importante en la novela ‘Los escorpiones’, de Sara Barquinero.
Claro está que las personas más jóvenes son mucho más receptivas a ciertas frecuencias. Hace unas semanas, la hija de un amigo confesaba sentir un tremendo malestar físico tras escuchar una obra de Georg Friedrich Haas en el Auditorio del Reina Sofía, un malestar que no sentíamos los mayores. Haas, poeta de la desafinación espectral controlada, mágica y poética hasta el grito. Sin duda hay algo ahí.
En ‘La llamada de Cthulhu’, Lovecraft describe un relieve o estatuilla que representa a un ser monstruoso: una cabeza de octópodo con un rostro de tentáculos se une a un cuerpo grotesco cubierto de escamas, con enormes zarpas anteriores y posteriores y unas alas de dragón. El pueblo de «los antiguos», los adoradores del horrible Cthulhu, proviene de las estrellas, llegó a nuestro planeta hace millones de años y creó un culto que perdura hasta el presente gracias, afirma el narrador, al dominio que estos seres tienen de nuestros sueños. Una vaga referencia al «Cubismo y al Futurismo» (el relato es de 1926) nos hace sospechar que quizá es el horror y la deformidad del arte moderno lo que Lovecraft quiere representar en el fondo.
En el mundo de Cthulhu, escribe Lovecraft, «la geometría está equivocada», o resulta errónea. Hay algo semejante a una escalinata, pero los escalones son inmensos, y hay algo semejante a una puerta, pero es imposible entender cómo o hacia dónde se abre. Algo similar sucede en el cuento ‘There Are More Things’, de Borges, un homenaje a Lovecraft, cuyo desdichado protagonista describe una habitación llena de muebles imposibles e incomprensibles. El arte alienígena ha de ser incomprensible y poseer, quizá, esa «deformidad intencionada» que Chesterton veía en el arte asiático. ¿Es eso el alienígena? ¿El extranjero?
En la ciencia ficción, el arte alienígena suele ser multicolor, chillón, predecible y un poco hortera, como en las obras de arte del resort tropical ‘Vermilion Sands’, de J. G. Ballard, con sus flores cantoras (‘Prima Belladona’), sus esculturas cantantes o el nuevo género de la escultura de nubes, a las que podemos unir las obras de música y luz de John Brunner (‘El hombre completo’), la psicoescultura de Silverberg (‘El segundo viaje’) o las recargadas y barrocas descripciones que llenan ‘El tapiz de Malacia’, de Brian Aldiss.
En sus ‘Crónicas marcianas’, Ray Bradbury afirma que los marcianos no pusieron el arte en segundo lugar como nosotros, sino que «combinaron religión, arte y ciencia, y no permitieron que la ciencia aplastara la belleza». En uno de los patios de los edificios marcianos, un astronauta encuentra un cilindro de música marciana de cincuenta mil años de antigüedad que todavía funciona y tiene «una música incomparable» . Uno se pregunta cómo sonaría. ¿Como música espectral de Haas? ¿Como el jazz de Sun Ra? ¿Como un theremin?
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