Gael García Bernal podría haber elegido ser una estrella de Hollywood, un referente del cine en español, un productor libérrimo, un director verdaderamente autoral, un intérprete capaz de hacer de poeta chileno, de revolucionario cubano, de dictador argentino, de luchador texano, de travesti castellana… Pero decidió ser todo a la vez. Ahora, a sus 47 años, por si le quedaba algo pendiente, se pasa al portugués para interpretar a Fernando de Magallanes . Lo hace en la nueva película de Lav Diaz , el cineasta filipino adorado por los festivales de cine de autor que rueda películas más largas que un día (es literal) y que aquí, en «apenas» dos horas y cuarenta minutos, presenta una película igual de densa y llena de ensayo que las anteriores pero algo más abierta. Y lo es, sobre todo, gracias al personaje que Gael García Bernal construye, un Magallanes sin épica pero desbordado de ambiciones en su búsqueda. –¿Qué tienen los personajes históricos que le atraen tanto?–Es una coincidencia curiosa. Pero, a excepción quizás de Ernesto Guevara, muchos de estos personajes son para mí amalgamas, reinterpretaciones libres y muy locas. Lo que más me impresionó y agradecí de este proyecto es que hayan pensado en un mestizo para interpretar a Magallanes. De alguna manera, él inició, junto con otros, ese proceso de mezcla, de encuentro, y de ahí venimos. Hay algo ahí muy interesante. Ahora que está en boga hablar de todo esto, aunque sea por una cosa política electorera espantosa, hablar de este encuentro entre Europa y América está muy bien. Aunque es más interesante manifestarlo desde este lado, de ver cómo metemos todo esto en un caldo para ver qué sacamos. Hay algo ahí que me motiva para hacer las preguntas terribles e interesantes. –Alguna de esas preguntas llegan en el filme a través del mito de Lapulapu, el «héroe» filipino que derrotó a Fernando de Magallanes.–Precisamente en ese proceso de investigación, el director, Lav Diaz, se encontró con la oportunidad de cuestionar el mito de este personaje que en el siglo XX ha sido utilizado para reivindicar el proceso de descolonización de las Filipinas. Pero se dio cuenta de que nadie lo vio jamás, y desde ahí se atrevió a cuestionarlo. ¿No será que Lapulapu es más como un Fuenteovejuna, un nombre para ejemplificar un fenómeno que sucedió para resistir a Magallanes y a todos estos que venían del este? Esa pregunta tiene mucha pertinencia en Filipinas, a nosotros quizás nos pasa por encima porque no estamos tan al día con Magallanes. Es curioso que, dependiendo de donde estés, el personaje de Magallanes adquiere una importancia u otra. Noticia relacionada general No No Crítica de ‘Magallanes’ (**): No le des más vueltas Oti Rodríguez Marchante–En España, Magallanes no se menciona sin hablar de Elcano. –Es muy curioso, sí. Aquí dices Magallanes y salen con «bueno, pero Elcano…» (con acento castellano y entre risas). Es muy loco cómo incluso en esto todo el mundo toma equipos. La expedición la organiza Magallanes, Elcano fue de los que se amotinaron en su contra, pero al final de cuentas fue él y 17 más fueron los que sobrevivieron y dieron toda esa vuelta al mundo de una forma impresionante. La imagen de ellos entrando en Sevilla debió de haber sido una cosa loquísima. Pensamos mucho en eso durante el proceso de rodaje, como cuando llegaron a Cabo Verde, que en tierra era un miércoles y para ellos ya era jueves… decían, ‘¿cómo ha pasado?’ Creían que se habrían equivocado, pero por primera vez se dieron cuenta de lo que pasaba cuando dabas la vuelta al mundo.Fotogramas de ‘Magallanes’–Al construir este Magallanes sin épica ni gloria, ¿tuvo esa ambición de historiador o documentalista para preparar su personaje? –Sí, absolutamente. Hay ganas de entender la información, de rellenarlo todo. Pero después existe ese lugar al que llegas cuando encarnas al personaje, que encarnar es una palabra muy difícil y radical porque es casi como ser un médium. Llegas a una especie de «nirvana» de la actuación donde comprendes motivaciones que la academia o el revisionismo histórico suelen pasar por alto. Por ejemplo, yo sé qué pizza tomaría Magallanes. –¿Y cuál sería?–(Risas) Depende de qué día, qué momento, lugar.. pero lo puedo improvisar porque cuando actúas llegas a tener la propiedad del personaje y entonces ahí entiendes sus motivaciones, esas que a veces los historiadores no llegan a alcanzar. Por ejemplo, cuando éramos niños se nos enseñaba que Magallanes lo que buscaba era riqueza, que Hernán Cortés o Pizarro estaban obsesionados con el oro. Pero se nos pasa por encima, o más bien lo tenemos como una cosa ahí como que da un poquito de vergüenza decirlo, que ellos querían evangelizar. El fuerte fanatismo religioso que tenían era muy importante porque el Islam venía ganando y tenían la consigna personal y existencial de evangelizar; de ahí es de donde viene ese frenesí, ese hibris, ese mesianismo incluso. Eso solo se entiende cuando te sumerges realmente en la piel de quien vivió aquel momento. No era solo por dinero, es más, te diré que por dinero es la explicación fácil moderna del siglo XX. –Y el sentido de aventura, imagino. –También, claro. Eran muchas cosas: trascendencia, legado, fe. La vida que sigue… ellos lo tenían muy apegado. Además, la mayoría eran conversos y venían escapando de la inquisición. Subían al barco para ser alguien, para significar algo; en tierra eran nadie pero en el barco se volvían indispensable. Eran muchas cosas que son interesantes y que sobrepasan y que de alguna manera traicionan todo lo que queremos entender en torno a la mitología del poder.–Usted ha mencionado conceptos como «encuentro de dos mundos» o «mezcla». Dado que hoy todo se politiza y que existe un discurso muy polarizado sobre la colonización, ¿tiene un cuidado especial al hablar de ello durante la promoción?–Es inevitable. Cuando era niño, nos enseñaban, y seguro que en España también, la épica de la conquista de Hernán Cortés como si un puñado de españoles le hubiese ganado a un imperio gigantesco. Hoy sabemos que aquello fue, en realidad, una guerra civil: los españoles, entonces el reino de Castilla, fueron el interlocutor de esa sublevación en contra de los mexicas. Eran muchos españoles junto con millones de otras culturas indígenas que estaban en contra de los mexicas. Al grado que Legazpi, por ejemplo, manda a las Filipinas a los tlaxcaltecas para apaciguar el territorio. Bueno, no los manda Legazpi, los manda Carlos V, que junto con los vascos los consideraba sus primos. A ese estatus llegaron gracias a lo que hicieron. Lo que estoy diciendo con esto es que hoy en día sabemos muchísimo más acerca de lo que sucedió, por eso resulta ridículo y absurdo cuando todo se dimensiona de una manera políticamente absurda, tonta, y además llena de una estulticia brutal, donde se quiere reivindicar un acto de bondad, como si hubiese habido bondad o malicia en aquello. Al final de cuentas, fue el evento histórico de donde venimos y del que podemos tener una percepción muchísimo más interesante, aguda, en la que se reconoce todo, se reconoce el fuerte dolor que causó pero también cómo surgió una civilización y cómo el mundo cambió por completo. Eso es interesantísimo y por eso cuando me castearon para este Magallanes, cuando eligieron a un mestizo, sofistica la película de una manera distinta porque le da un matiz locochón, como tiene que ser esto. –270 personas en un barco sin saber a dónde van… Es lo más parecido a hacer cine. –Es un símil perfecto. En el mejor de los casos, el cine es una expedición hacia lo desconocido, pero en el que sabes que existe un pasaje hacia el otro lado. Cuando pasa eso, es lo máximo. El cine con certezas es completamente inservible; hay cantidad de películas que solamente fueron acerca de las certezas y no de ninguna exploración. Y lo maravilloso en el cine es descubrir: quién sabe con qué alquimia y de qué manera se logró encontrar algo distinto, algo poético a lo que no se había llegado. Freud lo expone muy bien: los poetas llegaron antes a las verdades que la ciencia, que la academia. Imagínate, Magallanes y su astrólogo, que era Ruy Faleiro, sabían exactamente que existía ese paso hacia el otro lado. No sabían dónde, pero sí que se podía hacer. Sabían la circunferencia de la Tierra. Es increíble que en ese momento, en dondequiera que estuviesen en el océano, viendo las estrellas sabían exactamente en qué paralelo estaban. Eso es alucinante. Gael García Bernal podría haber elegido ser una estrella de Hollywood, un referente del cine en español, un productor libérrimo, un director verdaderamente autoral, un intérprete capaz de hacer de poeta chileno, de revolucionario cubano, de dictador argentino, de luchador texano, de travesti castellana… Pero decidió ser todo a la vez. Ahora, a sus 47 años, por si le quedaba algo pendiente, se pasa al portugués para interpretar a Fernando de Magallanes . Lo hace en la nueva película de Lav Diaz , el cineasta filipino adorado por los festivales de cine de autor que rueda películas más largas que un día (es literal) y que aquí, en «apenas» dos horas y cuarenta minutos, presenta una película igual de densa y llena de ensayo que las anteriores pero algo más abierta. Y lo es, sobre todo, gracias al personaje que Gael García Bernal construye, un Magallanes sin épica pero desbordado de ambiciones en su búsqueda. –¿Qué tienen los personajes históricos que le atraen tanto?–Es una coincidencia curiosa. Pero, a excepción quizás de Ernesto Guevara, muchos de estos personajes son para mí amalgamas, reinterpretaciones libres y muy locas. Lo que más me impresionó y agradecí de este proyecto es que hayan pensado en un mestizo para interpretar a Magallanes. De alguna manera, él inició, junto con otros, ese proceso de mezcla, de encuentro, y de ahí venimos. Hay algo ahí muy interesante. Ahora que está en boga hablar de todo esto, aunque sea por una cosa política electorera espantosa, hablar de este encuentro entre Europa y América está muy bien. Aunque es más interesante manifestarlo desde este lado, de ver cómo metemos todo esto en un caldo para ver qué sacamos. Hay algo ahí que me motiva para hacer las preguntas terribles e interesantes. –Alguna de esas preguntas llegan en el filme a través del mito de Lapulapu, el «héroe» filipino que derrotó a Fernando de Magallanes.–Precisamente en ese proceso de investigación, el director, Lav Diaz, se encontró con la oportunidad de cuestionar el mito de este personaje que en el siglo XX ha sido utilizado para reivindicar el proceso de descolonización de las Filipinas. Pero se dio cuenta de que nadie lo vio jamás, y desde ahí se atrevió a cuestionarlo. ¿No será que Lapulapu es más como un Fuenteovejuna, un nombre para ejemplificar un fenómeno que sucedió para resistir a Magallanes y a todos estos que venían del este? Esa pregunta tiene mucha pertinencia en Filipinas, a nosotros quizás nos pasa por encima porque no estamos tan al día con Magallanes. Es curioso que, dependiendo de donde estés, el personaje de Magallanes adquiere una importancia u otra. Noticia relacionada general No No Crítica de ‘Magallanes’ (**): No le des más vueltas Oti Rodríguez Marchante–En España, Magallanes no se menciona sin hablar de Elcano. –Es muy curioso, sí. Aquí dices Magallanes y salen con «bueno, pero Elcano…» (con acento castellano y entre risas). Es muy loco cómo incluso en esto todo el mundo toma equipos. La expedición la organiza Magallanes, Elcano fue de los que se amotinaron en su contra, pero al final de cuentas fue él y 17 más fueron los que sobrevivieron y dieron toda esa vuelta al mundo de una forma impresionante. La imagen de ellos entrando en Sevilla debió de haber sido una cosa loquísima. Pensamos mucho en eso durante el proceso de rodaje, como cuando llegaron a Cabo Verde, que en tierra era un miércoles y para ellos ya era jueves… decían, ‘¿cómo ha pasado?’ Creían que se habrían equivocado, pero por primera vez se dieron cuenta de lo que pasaba cuando dabas la vuelta al mundo.Fotogramas de ‘Magallanes’–Al construir este Magallanes sin épica ni gloria, ¿tuvo esa ambición de historiador o documentalista para preparar su personaje? –Sí, absolutamente. Hay ganas de entender la información, de rellenarlo todo. Pero después existe ese lugar al que llegas cuando encarnas al personaje, que encarnar es una palabra muy difícil y radical porque es casi como ser un médium. Llegas a una especie de «nirvana» de la actuación donde comprendes motivaciones que la academia o el revisionismo histórico suelen pasar por alto. Por ejemplo, yo sé qué pizza tomaría Magallanes. –¿Y cuál sería?–(Risas) Depende de qué día, qué momento, lugar.. pero lo puedo improvisar porque cuando actúas llegas a tener la propiedad del personaje y entonces ahí entiendes sus motivaciones, esas que a veces los historiadores no llegan a alcanzar. Por ejemplo, cuando éramos niños se nos enseñaba que Magallanes lo que buscaba era riqueza, que Hernán Cortés o Pizarro estaban obsesionados con el oro. Pero se nos pasa por encima, o más bien lo tenemos como una cosa ahí como que da un poquito de vergüenza decirlo, que ellos querían evangelizar. El fuerte fanatismo religioso que tenían era muy importante porque el Islam venía ganando y tenían la consigna personal y existencial de evangelizar; de ahí es de donde viene ese frenesí, ese hibris, ese mesianismo incluso. Eso solo se entiende cuando te sumerges realmente en la piel de quien vivió aquel momento. No era solo por dinero, es más, te diré que por dinero es la explicación fácil moderna del siglo XX. –Y el sentido de aventura, imagino. –También, claro. Eran muchas cosas: trascendencia, legado, fe. La vida que sigue… ellos lo tenían muy apegado. Además, la mayoría eran conversos y venían escapando de la inquisición. Subían al barco para ser alguien, para significar algo; en tierra eran nadie pero en el barco se volvían indispensable. Eran muchas cosas que son interesantes y que sobrepasan y que de alguna manera traicionan todo lo que queremos entender en torno a la mitología del poder.–Usted ha mencionado conceptos como «encuentro de dos mundos» o «mezcla». Dado que hoy todo se politiza y que existe un discurso muy polarizado sobre la colonización, ¿tiene un cuidado especial al hablar de ello durante la promoción?–Es inevitable. Cuando era niño, nos enseñaban, y seguro que en España también, la épica de la conquista de Hernán Cortés como si un puñado de españoles le hubiese ganado a un imperio gigantesco. Hoy sabemos que aquello fue, en realidad, una guerra civil: los españoles, entonces el reino de Castilla, fueron el interlocutor de esa sublevación en contra de los mexicas. Eran muchos españoles junto con millones de otras culturas indígenas que estaban en contra de los mexicas. Al grado que Legazpi, por ejemplo, manda a las Filipinas a los tlaxcaltecas para apaciguar el territorio. Bueno, no los manda Legazpi, los manda Carlos V, que junto con los vascos los consideraba sus primos. A ese estatus llegaron gracias a lo que hicieron. Lo que estoy diciendo con esto es que hoy en día sabemos muchísimo más acerca de lo que sucedió, por eso resulta ridículo y absurdo cuando todo se dimensiona de una manera políticamente absurda, tonta, y además llena de una estulticia brutal, donde se quiere reivindicar un acto de bondad, como si hubiese habido bondad o malicia en aquello. Al final de cuentas, fue el evento histórico de donde venimos y del que podemos tener una percepción muchísimo más interesante, aguda, en la que se reconoce todo, se reconoce el fuerte dolor que causó pero también cómo surgió una civilización y cómo el mundo cambió por completo. Eso es interesantísimo y por eso cuando me castearon para este Magallanes, cuando eligieron a un mestizo, sofistica la película de una manera distinta porque le da un matiz locochón, como tiene que ser esto. –270 personas en un barco sin saber a dónde van… Es lo más parecido a hacer cine. –Es un símil perfecto. En el mejor de los casos, el cine es una expedición hacia lo desconocido, pero en el que sabes que existe un pasaje hacia el otro lado. Cuando pasa eso, es lo máximo. El cine con certezas es completamente inservible; hay cantidad de películas que solamente fueron acerca de las certezas y no de ninguna exploración. Y lo maravilloso en el cine es descubrir: quién sabe con qué alquimia y de qué manera se logró encontrar algo distinto, algo poético a lo que no se había llegado. Freud lo expone muy bien: los poetas llegaron antes a las verdades que la ciencia, que la academia. Imagínate, Magallanes y su astrólogo, que era Ruy Faleiro, sabían exactamente que existía ese paso hacia el otro lado. No sabían dónde, pero sí que se podía hacer. Sabían la circunferencia de la Tierra. Es increíble que en ese momento, en dondequiera que estuviesen en el océano, viendo las estrellas sabían exactamente en qué paralelo estaban. Eso es alucinante.
Gael García Bernal podría haber elegido ser una estrella de Hollywood, un referente del cine en español, un productor libérrimo, un director verdaderamente autoral, un intérprete capaz de hacer de poeta chileno, de revolucionario cubano, de dictador argentino, de luchador texano, de travesti castellana… Pero … decidió ser todo a la vez. Ahora, a sus 47 años, por si le quedaba algo pendiente, se pasa al portugués para interpretar a Fernando de Magallanes. Lo hace en la nueva película de Lav Diaz, el cineasta filipino adorado por los festivales de cine de autor que rueda películas más largas que un día (es literal) y que aquí, en «apenas» dos horas y cuarenta minutos, presenta una película igual de densa y llena de ensayo que las anteriores pero algo más abierta. Y lo es, sobre todo, gracias al personaje que Gael García Bernal construye, un Magallanes sin épica pero desbordado de ambiciones en su búsqueda.
–¿Qué tienen los personajes históricos que le atraen tanto?
–Es una coincidencia curiosa. Pero, a excepción quizás de Ernesto Guevara, muchos de estos personajes son para mí amalgamas, reinterpretaciones libres y muy locas. Lo que más me impresionó y agradecí de este proyecto es que hayan pensado en un mestizo para interpretar a Magallanes. De alguna manera, él inició, junto con otros, ese proceso de mezcla, de encuentro, y de ahí venimos. Hay algo ahí muy interesante. Ahora que está en boga hablar de todo esto, aunque sea por una cosa política electorera espantosa, hablar de este encuentro entre Europa y América está muy bien. Aunque es más interesante manifestarlo desde este lado, de ver cómo metemos todo esto en un caldo para ver qué sacamos. Hay algo ahí que me motiva para hacer las preguntas terribles e interesantes.
–Alguna de esas preguntas llegan en el filme a través del mito de Lapulapu, el «héroe» filipino que derrotó a Fernando de Magallanes.
–Precisamente en ese proceso de investigación, el director, Lav Diaz, se encontró con la oportunidad de cuestionar el mito de este personaje que en el siglo XX ha sido utilizado para reivindicar el proceso de descolonización de las Filipinas. Pero se dio cuenta de que nadie lo vio jamás, y desde ahí se atrevió a cuestionarlo. ¿No será que Lapulapu es más como un Fuenteovejuna, un nombre para ejemplificar un fenómeno que sucedió para resistir a Magallanes y a todos estos que venían del este? Esa pregunta tiene mucha pertinencia en Filipinas, a nosotros quizás nos pasa por encima porque no estamos tan al día con Magallanes. Es curioso que, dependiendo de donde estés, el personaje de Magallanes adquiere una importancia u otra.
Noticia relacionada
-
Oti Rodríguez Marchante
–En España, Magallanes no se menciona sin hablar de Elcano.
Newsletter
–Es muy curioso, sí. Aquí dices Magallanes y salen con «bueno, pero Elcano…» (con acento castellano y entre risas). Es muy loco cómo incluso en esto todo el mundo toma equipos. La expedición la organiza Magallanes, Elcano fue de los que se amotinaron en su contra, pero al final de cuentas fue él y 17 más fueron los que sobrevivieron y dieron toda esa vuelta al mundo de una forma impresionante. La imagen de ellos entrando en Sevilla debió de haber sido una cosa loquísima. Pensamos mucho en eso durante el proceso de rodaje, como cuando llegaron a Cabo Verde, que en tierra era un miércoles y para ellos ya era jueves… decían, ‘¿cómo ha pasado?’ Creían que se habrían equivocado, pero por primera vez se dieron cuenta de lo que pasaba cuando dabas la vuelta al mundo.
–Al construir este Magallanes sin épica ni gloria, ¿tuvo esa ambición de historiador o documentalista para preparar su personaje?
–Sí, absolutamente. Hay ganas de entender la información, de rellenarlo todo. Pero después existe ese lugar al que llegas cuando encarnas al personaje, que encarnar es una palabra muy difícil y radical porque es casi como ser un médium. Llegas a una especie de «nirvana» de la actuación donde comprendes motivaciones que la academia o el revisionismo histórico suelen pasar por alto. Por ejemplo, yo sé qué pizza tomaría Magallanes.
–¿Y cuál sería?
–(Risas) Depende de qué día, qué momento, lugar.. pero lo puedo improvisar porque cuando actúas llegas a tener la propiedad del personaje y entonces ahí entiendes sus motivaciones, esas que a veces los historiadores no llegan a alcanzar. Por ejemplo, cuando éramos niños se nos enseñaba que Magallanes lo que buscaba era riqueza, que Hernán Cortés o Pizarro estaban obsesionados con el oro. Pero se nos pasa por encima, o más bien lo tenemos como una cosa ahí como que da un poquito de vergüenza decirlo, que ellos querían evangelizar. El fuerte fanatismo religioso que tenían era muy importante porque el Islam venía ganando y tenían la consigna personal y existencial de evangelizar; de ahí es de donde viene ese frenesí, ese hibris, ese mesianismo incluso. Eso solo se entiende cuando te sumerges realmente en la piel de quien vivió aquel momento. No era solo por dinero, es más, te diré que por dinero es la explicación fácil moderna del siglo XX.
–Y el sentido de aventura, imagino.
–También, claro. Eran muchas cosas: trascendencia, legado, fe. La vida que sigue… ellos lo tenían muy apegado. Además, la mayoría eran conversos y venían escapando de la inquisición. Subían al barco para ser alguien, para significar algo; en tierra eran nadie pero en el barco se volvían indispensable. Eran muchas cosas que son interesantes y que sobrepasan y que de alguna manera traicionan todo lo que queremos entender en torno a la mitología del poder.
–Usted ha mencionado conceptos como «encuentro de dos mundos» o «mezcla». Dado que hoy todo se politiza y que existe un discurso muy polarizado sobre la colonización, ¿tiene un cuidado especial al hablar de ello durante la promoción?
–Es inevitable. Cuando era niño, nos enseñaban, y seguro que en España también, la épica de la conquista de Hernán Cortés como si un puñado de españoles le hubiese ganado a un imperio gigantesco. Hoy sabemos que aquello fue, en realidad, una guerra civil: los españoles, entonces el reino de Castilla, fueron el interlocutor de esa sublevación en contra de los mexicas. Eran muchos españoles junto con millones de otras culturas indígenas que estaban en contra de los mexicas. Al grado que Legazpi, por ejemplo, manda a las Filipinas a los tlaxcaltecas para apaciguar el territorio. Bueno, no los manda Legazpi, los manda Carlos V, que junto con los vascos los consideraba sus primos. A ese estatus llegaron gracias a lo que hicieron. Lo que estoy diciendo con esto es que hoy en día sabemos muchísimo más acerca de lo que sucedió, por eso resulta ridículo y absurdo cuando todo se dimensiona de una manera políticamente absurda, tonta, y además llena de una estulticia brutal, donde se quiere reivindicar un acto de bondad, como si hubiese habido bondad o malicia en aquello. Al final de cuentas, fue el evento histórico de donde venimos y del que podemos tener una percepción muchísimo más interesante, aguda, en la que se reconoce todo, se reconoce el fuerte dolor que causó pero también cómo surgió una civilización y cómo el mundo cambió por completo. Eso es interesantísimo y por eso cuando me castearon para este Magallanes, cuando eligieron a un mestizo, sofistica la película de una manera distinta porque le da un matiz locochón, como tiene que ser esto.
–270 personas en un barco sin saber a dónde van… Es lo más parecido a hacer cine.
–Es un símil perfecto. En el mejor de los casos, el cine es una expedición hacia lo desconocido, pero en el que sabes que existe un pasaje hacia el otro lado. Cuando pasa eso, es lo máximo. El cine con certezas es completamente inservible; hay cantidad de películas que solamente fueron acerca de las certezas y no de ninguna exploración. Y lo maravilloso en el cine es descubrir: quién sabe con qué alquimia y de qué manera se logró encontrar algo distinto, algo poético a lo que no se había llegado. Freud lo expone muy bien: los poetas llegaron antes a las verdades que la ciencia, que la academia. Imagínate, Magallanes y su astrólogo, que era Ruy Faleiro, sabían exactamente que existía ese paso hacia el otro lado. No sabían dónde, pero sí que se podía hacer. Sabían la circunferencia de la Tierra. Es increíble que en ese momento, en dondequiera que estuviesen en el océano, viendo las estrellas sabían exactamente en qué paralelo estaban. Eso es alucinante.
RSS de noticias de cultura

-U04046368315OKP-366x256@diario_abc.jpg)