La maestra mandó a sus alumnos hacer una redacción. Al recoger la de Maria, en el recorrido de dejar su redacción sobre las otras, vio tal cantidad de faltas de todo tipo que dijo en voz alta y con desdén: “Te has dejado de poner el nombre pero aún así, sabría que es la tuya. Te lo he dicho mil veces, Maria, tú tienes que escribir frases cortas. Cooortas.” Todos rieron. Maria no, por supuesto que no. Maria solo sonrió disimulando el dolor por el desprecio público y guardó el momento en su memoria para el resto de sus días. Lo guardó junto a otros de la misma índole. Momentos que sin ser descaradamente crueles (¿acaso la profesora no estaba dándole un consejo para su bien?) irían fraguando una inseguridad permanente ante los textos y, especialmente, ante sí misma. Momentos que, de algún modo u otro, le confirmaban que ella era más tonta que los demás. Porque Maria, claro, era disléxica. Todavía lo es.
Maria me enseña cada día que el orden debe ser cuestionado, que la lógica es el menos lógico de los criterios para decidir
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos
Maria me enseña cada día que el orden debe ser cuestionado, que la lógica es el menos lógico de los criterios para decidir

La maestra mandó a sus alumnos hacer una redacción. Al recoger la de Maria, en el recorrido de dejar su redacción sobre las otras, vio tal cantidad de faltas de todo tipo que dijo en voz alta y con desdén: “Te has dejado de poner el nombre pero aún así, sabría que es la tuya. Te lo he dicho mil veces, Maria, tú tienes que escribir frases cortas. Cooortas.” Todos rieron. Maria no, por supuesto que no. Maria solo sonrió disimulando el dolor por el desprecio público y guardó el momento en su memoria para el resto de sus días. Lo guardó junto a otros de la misma índole. Momentos que sin ser descaradamente crueles (¿acaso la profesora no estaba dándole un consejo para su bien?) irían fraguando una inseguridad permanente ante los textos y, especialmente, ante sí misma. Momentos que, de algún modo u otro, le confirmaban que ella era más tonta que los demás. Porque Maria, claro, era disléxica. Todavía lo es.
Ya adulta le regalaron una vez un llavero en el que se leía “disléxica no, lo guisante”. No pilló la broma, leyó “siguiente” donde el “guisante” porque el mundo le había enseñado a disimular, y al fin y al cabo de eso se trataba. La vida le había enseñado a esforzarse más para ser como el resto. Y como el resto se quedó. Hoy lee novelas, ensayos y cómics; es una adulta funcional. Hace —muy bien— su trabajo, cría —muy bien— a sus hijos y cuida —muy bien— a los que le rodean. Y afortunadamente es mi mujer. Mi compañera de vida, mi novia, llamémosle como os de la real gana.
Pasando mi vida junto a ella he visto con mis ojos cómo, una vez superados los problemas en lo que a lengua y textos se refiere, la dislexia aparece cual espinilla en rostro juvenil. No sé yo que dirían los científicos, no sé si es causa o consecuencia de la susodicha dislexia de las narices, pero Maria se relaciona con el mundo de una forma peculiar. El metro siempre está en la misma dirección, pero al salir para cogerlo ella suele tomar la dirección contraria. Pierde siempre las llaves, el móvil e incluso las gafas que necesita para ver. No es extraño encontrar en sitios extraños cosas extrañas: un rollo de papel higiénico en el estante de los libros, unos pendientes al lado de la sal… Podría ser esta enumeración una lista de calamidades, pero tales calamidades van siempre acompañadas de una luz indescriptible: la forma en la que Maria habita el mundo es especialmente divertida. Hace el tonto como el mejor de los payasos, y como el mejor de los payasos lee las emociones como nadie. Cuando yo juego con mis hijos hago ver que juego. Cuando Maria lo hace, juega de verdad. Maria me enseña cada día que el orden debe ser cuestionado, que la productividad no es un baremo para valorar a nadie y que la lógica es el menos lógico de los criterios para tomar una decisión. Hemos abocado nuestro mundo a la efectividad y Maria me recuerda cada día que la humanidad aparece cuando nos olvidamos de ser tan efectivos.
Por eso me gusta tanto que sea la madre de mis hijos. Con suerte, aprenderán de ella a no ser tan perfectos, productivos, lógicos y aburridos como todos lo demás.
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