En la primavera de 1959 un escritor norteamericano regresa a España. «El último buen país que queda» (la frase es suya) empieza a abandonar la autarquía. Desde su paso como reportero por la Guerra Civil, ha vuelto intermitentemente. En 1953, a los sanfermines, en el apogeo de la gloria literaria. En 1956, junto al lecho de muerte de Pío Baroja , de quien se declara aprendiz. El sol de los felices años veinte, la epifanía taurina de ‘Fiesta’, irradia todavía sus fulgores.En 1932 había dado a las prensas un personal vademécum taurómaco, para uso de anglosajones, en el que alternan, en un clima de tragedia, juicios estrambóticos con informaciones de segunda mano (cuando no con la pluma de terceros). El título enuncia un credo: ‘Muerte en la tarde’. Ahora que la tarde declina, el escritor sigue acechando el juego con la muerte, «el paso del cuerno por el vientre del hombre». Gregorio Corrochano lo definió en ‘Cuando suena el clarín’: «hacer de la muerte tremendismo especulativo».Don Ernesto ha venido a relatar para la revista ‘Life’ el ‘verano peligroso’ de la rivalidad entre Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordoñez. El primero destaca por la largura y el dominio. El segundo, por el arte y el temple. La pactada competencia entre los cuñados, aparte de las cogidas sufridas por uno y otro diestro, se salda con el mando de uno solo. Nada nuevo en el planeta de los toros. Pero don Ernesto, que ‘oye campanas’, lleva el toro a su terreno. Desde el callejón imparte doctrina, vilipendia a Manolete, toma partido denostando a Luis Miguel y ensalzando a Ordoñez. Nada nuevo tampoco. Ramón Pérez de Ayala lo había denominado ‘psicología taurina’.Noticia relacionada opinion No No Letras Taurinas El toreo, ciencia de la vida Alejandro del Río Herrmann¿Sabemos lo que está en juego cuando rivalizan dos matadores? ¿Oímos los clarines de la pugna por la jerarquía, ante la cara del toro, o las campanas del enfrentamiento, el runrún fuera del ruedo? ¿Y no son ambas cosas consustanciales al toreo y a su mitología? Esa a la que pertenece también, en corto y por derecho, con su panoplia de trucos de literato, Ernest Hemingway. En la primavera de 1959 un escritor norteamericano regresa a España. «El último buen país que queda» (la frase es suya) empieza a abandonar la autarquía. Desde su paso como reportero por la Guerra Civil, ha vuelto intermitentemente. En 1953, a los sanfermines, en el apogeo de la gloria literaria. En 1956, junto al lecho de muerte de Pío Baroja , de quien se declara aprendiz. El sol de los felices años veinte, la epifanía taurina de ‘Fiesta’, irradia todavía sus fulgores.En 1932 había dado a las prensas un personal vademécum taurómaco, para uso de anglosajones, en el que alternan, en un clima de tragedia, juicios estrambóticos con informaciones de segunda mano (cuando no con la pluma de terceros). El título enuncia un credo: ‘Muerte en la tarde’. Ahora que la tarde declina, el escritor sigue acechando el juego con la muerte, «el paso del cuerno por el vientre del hombre». Gregorio Corrochano lo definió en ‘Cuando suena el clarín’: «hacer de la muerte tremendismo especulativo».Don Ernesto ha venido a relatar para la revista ‘Life’ el ‘verano peligroso’ de la rivalidad entre Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordoñez. El primero destaca por la largura y el dominio. El segundo, por el arte y el temple. La pactada competencia entre los cuñados, aparte de las cogidas sufridas por uno y otro diestro, se salda con el mando de uno solo. Nada nuevo en el planeta de los toros. Pero don Ernesto, que ‘oye campanas’, lleva el toro a su terreno. Desde el callejón imparte doctrina, vilipendia a Manolete, toma partido denostando a Luis Miguel y ensalzando a Ordoñez. Nada nuevo tampoco. Ramón Pérez de Ayala lo había denominado ‘psicología taurina’.Noticia relacionada opinion No No Letras Taurinas El toreo, ciencia de la vida Alejandro del Río Herrmann¿Sabemos lo que está en juego cuando rivalizan dos matadores? ¿Oímos los clarines de la pugna por la jerarquía, ante la cara del toro, o las campanas del enfrentamiento, el runrún fuera del ruedo? ¿Y no son ambas cosas consustanciales al toreo y a su mitología? Esa a la que pertenece también, en corto y por derecho, con su panoplia de trucos de literato, Ernest Hemingway.
En la primavera de 1959 un escritor norteamericano regresa a España. «El último buen país que queda» (la frase es suya) empieza a abandonar la autarquía. Desde su paso como reportero por la Guerra Civil, ha vuelto intermitentemente. En 1953, a los sanfermines, en el … apogeo de la gloria literaria. En 1956, junto al lecho de muerte de Pío Baroja, de quien se declara aprendiz. El sol de los felices años veinte, la epifanía taurina de ‘Fiesta’, irradia todavía sus fulgores.
En 1932 había dado a las prensas un personal vademécum taurómaco, para uso de anglosajones, en el que alternan, en un clima de tragedia, juicios estrambóticos con informaciones de segunda mano (cuando no con la pluma de terceros). El título enuncia un credo: ‘Muerte en la tarde’. Ahora que la tarde declina, el escritor sigue acechando el juego con la muerte, «el paso del cuerno por el vientre del hombre». Gregorio Corrochano lo definió en ‘Cuando suena el clarín’: «hacer de la muerte tremendismo especulativo».
Don Ernesto ha venido a relatar para la revista ‘Life’ el ‘verano peligroso’ de la rivalidad entre Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordoñez. El primero destaca por la largura y el dominio. El segundo, por el arte y el temple. La pactada competencia entre los cuñados, aparte de las cogidas sufridas por uno y otro diestro, se salda con el mando de uno solo. Nada nuevo en el planeta de los toros. Pero don Ernesto, que ‘oye campanas’, lleva el toro a su terreno. Desde el callejón imparte doctrina, vilipendia a Manolete, toma partido denostando a Luis Miguel y ensalzando a Ordoñez. Nada nuevo tampoco. Ramón Pérez de Ayala lo había denominado ‘psicología taurina’.
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