Empecé a ver ‘Rooster’ (HBO) con la esperanza de escribir un artículo, pero al tercer episodio se convirtió en una de esas series que dejo de fondo mientras pierdo el tiempo con el móvil más de lo que me gustaría, que es una de las formas más concretas de la insatisfacción. No hay nada de extraño en todo esto: una pantalla lucha contra otra pantalla, un aburrimiento contra otro aburrimiento, y la vida pasa un poco más deprisa. Cuando esto sucede, el sonido de un ‘reel’ se entremezcla con el de la serie, y el resultado es un ruido de fondo que solo vuelve a ser voz en el momento en que alguien suelta alguna barbaridad: un escritor le dice a una profesora universitaria que él solo escribe novelas de verano, novelas en las que los personajes que te caen bien follan y los que no mueren, que qué les va a enseñar él a unos alumnos sedientos de profundidad, y ella le responde: «Yo doy clase sobre la poesía de Bad Bunny, te irá bien». El fenómeno tiene su equivalente lector, que consiste en ir deslizándote por un párrafo mientras piensas en tus cosas hasta que una frase rompe el hechizo y te devuelve al libro, que son las cosas de otro. Por ejemplo: «Se sintió triste como una casa sin muebles». La vida está llena de momentos así, en los que paseas con los cascos puestos mientras escuchas un pódcast que estás ignorando, como ignoras el paisaje, la gente, la ciudad, porque estás lejos de eso, en una cueva o una playa o en ninguna parte, que al final del día es donde pasamos más tiempo, ese tiempo en el que nadie nos está mirando, ni siquiera nosotros mismos… Esto ocurre hasta que te tropiezas con un bordillo o alguien te toca el hombro para saludarte y tú pones una cara similar a la de despertarte en un avión cuando aterriza y tratas de salir del paso con la mayor dignidad posible. «Perdona, estaba con mis cosas…»¿Por dónde íbamos? Diría que la mente es sabia y se evade por necesidad, y que a veces esas cosas que oímos sin escuchar nos dejan huella, igual que pasado el tiempo lo que no sucedió pero pudo haber sucedido también forma parte de tu propia biografía, y a veces ocupa más espacio en la memoria.Al final de ‘Rooster’, la protagonista consigue lo que quiere, solo que no era aquello lo que quería, pero lo necesitaba para descubrirlo. O sea, que el final ya estaba en el principio, pero no se veía, quizás porque estaba muy al fondo. Empecé a ver ‘Rooster’ (HBO) con la esperanza de escribir un artículo, pero al tercer episodio se convirtió en una de esas series que dejo de fondo mientras pierdo el tiempo con el móvil más de lo que me gustaría, que es una de las formas más concretas de la insatisfacción. No hay nada de extraño en todo esto: una pantalla lucha contra otra pantalla, un aburrimiento contra otro aburrimiento, y la vida pasa un poco más deprisa. Cuando esto sucede, el sonido de un ‘reel’ se entremezcla con el de la serie, y el resultado es un ruido de fondo que solo vuelve a ser voz en el momento en que alguien suelta alguna barbaridad: un escritor le dice a una profesora universitaria que él solo escribe novelas de verano, novelas en las que los personajes que te caen bien follan y los que no mueren, que qué les va a enseñar él a unos alumnos sedientos de profundidad, y ella le responde: «Yo doy clase sobre la poesía de Bad Bunny, te irá bien». El fenómeno tiene su equivalente lector, que consiste en ir deslizándote por un párrafo mientras piensas en tus cosas hasta que una frase rompe el hechizo y te devuelve al libro, que son las cosas de otro. Por ejemplo: «Se sintió triste como una casa sin muebles». La vida está llena de momentos así, en los que paseas con los cascos puestos mientras escuchas un pódcast que estás ignorando, como ignoras el paisaje, la gente, la ciudad, porque estás lejos de eso, en una cueva o una playa o en ninguna parte, que al final del día es donde pasamos más tiempo, ese tiempo en el que nadie nos está mirando, ni siquiera nosotros mismos… Esto ocurre hasta que te tropiezas con un bordillo o alguien te toca el hombro para saludarte y tú pones una cara similar a la de despertarte en un avión cuando aterriza y tratas de salir del paso con la mayor dignidad posible. «Perdona, estaba con mis cosas…»¿Por dónde íbamos? Diría que la mente es sabia y se evade por necesidad, y que a veces esas cosas que oímos sin escuchar nos dejan huella, igual que pasado el tiempo lo que no sucedió pero pudo haber sucedido también forma parte de tu propia biografía, y a veces ocupa más espacio en la memoria.Al final de ‘Rooster’, la protagonista consigue lo que quiere, solo que no era aquello lo que quería, pero lo necesitaba para descubrirlo. O sea, que el final ya estaba en el principio, pero no se veía, quizás porque estaba muy al fondo.

Empecé a ver ‘Rooster’ (HBO) con la esperanza de escribir un artículo, pero al tercer episodio se convirtió en una de esas series que dejo de fondo mientras pierdo el tiempo con el móvil más de lo que me gustaría, que es una de las … formas más concretas de la insatisfacción. No hay nada de extraño en todo esto: una pantalla lucha contra otra pantalla, un aburrimiento contra otro aburrimiento, y la vida pasa un poco más deprisa. Cuando esto sucede, el sonido de un ‘reel’ se entremezcla con el de la serie, y el resultado es un ruido de fondo que solo vuelve a ser voz en el momento en que alguien suelta alguna barbaridad: un escritor le dice a una profesora universitaria que él solo escribe novelas de verano, novelas en las que los personajes que te caen bien follan y los que no mueren, que qué les va a enseñar él a unos alumnos sedientos de profundidad, y ella le responde: «Yo doy clase sobre la poesía de Bad Bunny, te irá bien». El fenómeno tiene su equivalente lector, que consiste en ir deslizándote por un párrafo mientras piensas en tus cosas hasta que una frase rompe el hechizo y te devuelve al libro, que son las cosas de otro. Por ejemplo: «Se sintió triste como una casa sin muebles».
La vida está llena de momentos así, en los que paseas con los cascos puestos mientras escuchas un pódcast que estás ignorando, como ignoras el paisaje, la gente, la ciudad, porque estás lejos de eso, en una cueva o una playa o en ninguna parte, que al final del día es donde pasamos más tiempo, ese tiempo en el que nadie nos está mirando, ni siquiera nosotros mismos… Esto ocurre hasta que te tropiezas con un bordillo o alguien te toca el hombro para saludarte y tú pones una cara similar a la de despertarte en un avión cuando aterriza y tratas de salir del paso con la mayor dignidad posible. «Perdona, estaba con mis cosas…»
¿Por dónde íbamos? Diría que la mente es sabia y se evade por necesidad, y que a veces esas cosas que oímos sin escuchar nos dejan huella, igual que pasado el tiempo lo que no sucedió pero pudo haber sucedido también forma parte de tu propia biografía, y a veces ocupa más espacio en la memoria.
Al final de ‘Rooster’, la protagonista consigue lo que quiere, solo que no era aquello lo que quería, pero lo necesitaba para descubrirlo. O sea, que el final ya estaba en el principio, pero no se veía, quizás porque estaba muy al fondo.
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