En «Couture», el universo de la alta costura podría ser un «macguffin», un pretexto, un daño colateral, porque Alice Winocour no parece en exceso interesada en el glamour de las pasarelas o las sesiones de fotos. No nos malinterpreten: «Couture» tampoco está hecha contra la moda y sus falsas apariencias, porque a veces la película admira su artesanía –el cuidado con que las bordadoras rematan sus patrones, las telas blancas y virginales, el trabajo sin horarios de las modelos– y su creatividad.
La moda es, entonces, un trampantojo que hace destacar la figura de tres mujeres que tienen mucho más que ofrecer al mundo que su belleza. Maxine es una directora de cine de terror que, en París, en pleno rodaje de un corto publicitario para la Semana de la Moda, se entera de que tiene cáncer de mama. Ada aterriza en la ciudad de la luz desde Kenia, dispuesta a ser la próxima sensación de las pasarelas. Angèle es una maquilladora que aspira a convertirse en cronista de las vidas femeninas que peina y colorea.
Los lazos narrativos que Winocour inventa para vincular a estos personajes son débiles, anecdóticos, aunque las tres tienen en común la necesidad de romper con el destino que la providencia ha escrito para ellas. Tal vez las tres respondan al grito extraordinario que clausura el corto de Maxine, y que profiere una Ada con dentadura de vampiro después de huir por un bosque de aires góticos. Es el grito de una divorciada que tiene que resetear su vida aunque no quiera, el de una estudiante de farmacia cuya familia huyó de Sudán del Sur para evitar la guerra y ahora tiene la oportunidad de reinventarse en las alfombras rojas, el de una maquilladora sensible que ha de ganar en autoestima lo que invierte en empatía.
El problema es que Winocour se esfuerza tanto en limar asperezas, en evitar el melodrama, que el espectador puede desconectarse de los personajes. Es una película de gritos sordos, que apenas se escuchan. El caso de Maxine es el más sintomático. A pesar de que [[LINK:TAG|||tag|||633611755c059a26e23f73b1|||Angelina Jolie]] hace un buen trabajo, teniendo en cuenta lo cerca que le toca la enfermedad (se sometió a una mastectomía preventiva para neutralizar su predisposición genética), su drama es demasiado difuso, y empeora cuando se le quiere dar profundidad con personajes secundarios que poco aportan a su historia (una hija indiferente al otro lado del hilo telefónico, un director de fotografía (Louis Garrel) que asiste con mirada ausente a sus peticiones de afecto). El plan distanciador de Winocour puede entenderse perfectamente en el anticlimático clímax final.
Uno piensa, por ejemplo, en «Pret-a-porter» o, mejor aún, en «The Company», en la que, como aquí, Robert Altman utilizaba el marco de una tormenta para desordenar los elementos de la puesta en escena, en aquel caso un espectáculo de danza en un parque. Pero aquí el efecto es el contrario: de la dispersión no se saca nada significativo, ni tan solo un comentario sobre la entropía del destino. Funciona más como un elemento decorativo que ayuda a finalizar una historia que hace rato que arrastra cansada sus imágenes.
Lo mejor: Angelina Jolie imprime una verdad serena a una tragedia que conoce de cerca.
Lo peor: La desvaída dirección de Winocour, insegura y dubitativa.
Dirección y guion: Alice Winocour. Intérpretes: Angelina Jolie, Anyier Anei, Ella Rumpf, Louis Garrel, Vincent Lindon. Fotografía: Andre Chemetoff. Francia, 2025. Duración: 106 minutos. Drama
En «Couture», el universo de la alta costura podría ser un «macguffin», un pretexto, un daño colateral, porque Alice Winocour no parece en exceso interesada en el glamour de las pasarelas o las sesiones de fotos. No nos malinterpreten: «Couture» tampoco está hecha contra la moda y sus falsas apariencias, porque a veces la película admira su artesanía –el cuidado con que las bordadoras rematan sus patrones, las telas blancas y virginales, el trabajo sin horarios de las modelos– y su creatividad.
La moda es, entonces, un trampantojo que hace destacar la figura de tres mujeres que tienen mucho más que ofrecer al mundo que su belleza. Maxine es una directora de cine de terror que, en París, en pleno rodaje de un corto publicitario para la Semana de la Moda, se entera de que tiene cáncer de mama. Ada aterriza en la ciudad de la luz desde Kenia, dispuesta a ser la próxima sensación de las pasarelas. Angèle es una maquilladora que aspira a convertirse en cronista de las vidas femeninas que peina y colorea.
Los lazos narrativos que Winocour inventa para vincular a estos personajes son débiles, anecdóticos, aunque las tres tienen en común la necesidad de romper con el destino que la providencia ha escrito para ellas. Tal vez las tres respondan al grito extraordinario que clausura el corto de Maxine, y que profiere una Ada con dentadura de vampiro después de huir por un bosque de aires góticos. Es el grito de una divorciada que tiene que resetear su vida aunque no quiera, el de una estudiante de farmacia cuya familia huyó de Sudán del Sur para evitar la guerra y ahora tiene la oportunidad de reinventarse en las alfombras rojas, el de una maquilladora sensible que ha de ganar en autoestima lo que invierte en empatía.
El problema es que Winocour se esfuerza tanto en limar asperezas, en evitar el melodrama, que el espectador puede desconectarse de los personajes. Es una película de gritos sordos, que apenas se escuchan. El caso de Maxine es el más sintomático. A pesar de que [[LINK:TAG|||tag|||633611755c059a26e23f73b1|||Angelina Jolie]] hace un buen trabajo, teniendo en cuenta lo cerca que le toca la enfermedad (se sometió a una mastectomía preventiva para neutralizar su predisposición genética), su drama es demasiado difuso, y empeora cuando se le quiere dar profundidad con personajes secundarios que poco aportan a su historia (una hija indiferente al otro lado del hilo telefónico, un director de fotografía (Louis Garrel) que asiste con mirada ausente a sus peticiones de afecto). El plan distanciador de Winocour puede entenderse perfectamente en el anticlimático clímax final.
Uno piensa, por ejemplo, en «Pret-a-porter» o, mejor aún, en «The Company», en la que, como aquí, Robert Altman utilizaba el marco de una tormenta para desordenar los elementos de la puesta en escena, en aquel caso un espectáculo de danza en un parque. Pero aquí el efecto es el contrario: de la dispersión no se saca nada significativo, ni tan solo un comentario sobre la entropía del destino. Funciona más como un elemento decorativo que ayuda a finalizar una historia que hace rato que arrastra cansada sus imágenes.
Lo mejor: Angelina Jolie imprime una verdad serena a una tragedia que conoce de cerca.
Lo peor: La desvaída dirección de Winocour, insegura y dubitativa.
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