L’Om Imprebís tiene por delante algo que no consiguió ni el mismísimo Stanislavski, a quien Chéjov siempre le echó en cara el no saber destilar el humor que él había dibujado sobre el papel. Ahora, la veterana compañía, se apoya en el autor ruso para saldar esa deuda pendiente con el maestro en «Moscú no existe».
Es la tercera incursión en Chéjov tras el «Vania» de 2012 y el romance entre el dramaturgo y Olga Knipper de «Tu mano en la mía», en 2019. Y lo hacen tejiendo las palabras originales de los cuatros grandes clásicos del dramaturgo: «La gaviota», «Tío Vania», «Las tres hermanas» y «El jardín de los cerezos». Juntos componen lo que denominan «una sinfonía humana» que se mueve sobre la pregunta de qué sucede cuando el futuro parece un oasis inalcanzable. «Moscú no existe» sintetiza y une los títulos citados para adentrarse «en la pérdida de los sueños, la ansiedad y el cinismo de una sociedad –exactamente igual que la nuestra– que sigue tomándose el té mientras el mundo arde», explica una compañía que no pretende levantar un museo ni una reconstrucción histórica, «sino proyectar un espejo implacable ante nuestra parálisis contemporánea. Para Chéjov, como para nosotros hoy, Moscú no es un lugar: es la salvación idealizada que nos impide vivir el presente».
Santiago Sánchez y un referente de la improvisación francesa
Santiago Sánchez capitanea un equipo que dirige de nuevo junto a Michel Lopez, referente francés de la improvisación y con el que ya trabajó en «Imprebís» y «Hoy no estrenamos». Y en escena, dos pilares de la compañía como Carles Montoliu y Víctor Lucas, a los que se suman Pilar Martínez y Beatriu Casanova. Es el cuarteto encargado de transitar del humor a la tragedia en esta historia que se centra en una familia que huye de una sociedad en llamas. La finca en la que se refugiarán terminará convirtiéndose en una asfixiante atmósfera de sueños rotos. Cuando un especulador ofrezca liquidar el pasado para salvar el presente, estallará la trama sobre «nuestra propia parálisis» a través de los personajes de Chéjov: tras un incendio que devasta Moscú, que sirve de espejo de los colapsos de nuestra era, Olga y su hija Ania se refugian en la Finca del Lago. Allí les espera Iván, un maestro rural que hace tiempo que renunció a sus ideales para cuidar la propiedad y que ahora, asomándose a la cincuentena, empieza a sospechar que el papel de mártir está terriblemente mal pagado.
Diez años después, el refugio bucólico se resquebraja. Las tazas de té dan paso al alcohol y otros paraísos químicos modernos: Iván descubre que, por hacer siempre lo correcto, olvidó vivir; Ania, una joven artista precarizada, clama por volver a una ciudad en cenizas; y Anfisa, la anciana sirvienta, soporta los dramas existenciales de la familia con la paciencia de quien sabe que los señoritos sufren mucho, pero no saben ni hacerse el té.
En pleno letargo irrumpe Aleksei como «salvación», el hijo de los antiguos guardeses convertido en especulador inmobiliario. Para ocultar su propio vacío, trae consigo el remedio infalible para la depresión familiar: liquidar el pasa do, talar los recuerdos y construir adosados.
Vigencia absoluta
Cuatro perfiles muy pensados desde la dirección y que están presentes en Chéjov como una extensión de «sus obsesiones», señala Lopez: «Alguien que a los 50 años cree que su vida ya no tiene sentido, que ha renunciado a sus placeres y sueños para dedicarse a aquello que le han dicho que debía hacer –desarrolla Sánchez–; una joven a la que la dijeron que si peleaba por sus deseos los conseguiría y que se da cuenta de que la vida no es eso; la persona que se ha dedicado a cuidar a los demás y que es aparcada cuando ya no es útil; y una última figura, que saliendo de la nada ha invertido y está convencido de que todo se puede comprar».
Juega así L’Om Imprebís a «vandalizar» –en palabras de Lucas– al dramaturgo ruso. «Eso a los jóvenes nos pone mucho. Es ver cómo se puede trasladar al siglo XX para que las nuevas generaciones pongan la lupa sobre él», continúa el actor apoyado por su compañero Carles Montoliu: «Sus palabras no pierden vigencia. Las obsesiones de las que hablaba Michel coinciden y cada uno se va reconociendo en ellas. Desde el colonialismo, la naturaleza, el mundo depredador arrasado por el mercantilismo, las aspiraciones… Moscú no existe, igual que para esos actores que vienen a Madrid en busca de trabajo y luego Madrid tampoco existe. Cosas que van rompiéndote, pero que se mantienen dentro como una llama encendida porque si no todos nos suicidaríamos», cierra Montoliu.
«Moscú no existe» es por todo ello una invitación a dejar de esperar para «mirar de frente las grietas de nuestra existencia», invita L’Om Imprebís.
- Dónde: Teatro Fernán Gómez, Madrid. Cuándo: hasta el ocho de noviembre. Cuánto: desde 14 euros.
La veterana compañía L’Om Imprebís, con Santiago Sánchez y Michel Lopez a la cabeza, estrena en Madrid un retrato de las obsesiones del dramaturgo ruso (y de las nuestras)
L’Om Imprebís tiene por delante algo que no consiguió ni el mismísimo Stanislavski, a quien Chéjov siempre le echó en cara el no saber destilar el humor que él había dibujado sobre el papel. Ahora, la veterana compañía, se apoya en el autor ruso para saldar esa deuda pendiente con el maestro en «Moscú no existe».
Es la tercera incursión en Chéjov tras el «Vania» de 2012 y el romance entre el dramaturgo y Olga Knipper de «Tu mano en la mía», en 2019. Y lo hacen tejiendo las palabras originales de los cuatros grandes clásicos del dramaturgo: «La gaviota», «Tío Vania», «Las tres hermanas» y «El jardín de los cerezos». Juntos componen lo que denominan «una sinfonía humana» que se mueve sobre la pregunta de qué sucede cuando el futuro parece un oasis inalcanzable. «Moscú no existe» sintetiza y une los títulos citados para adentrarse «en la pérdida de los sueños, la ansiedad y el cinismo de una sociedad –exactamente igual que la nuestra– que sigue tomándose el té mientras el mundo arde», explica una compañía que no pretende levantar un museo ni una reconstrucción histórica, «sino proyectar un espejo implacable ante nuestra parálisis contemporánea. Para Chéjov, como para nosotros hoy, Moscú no es un lugar: es la salvación idealizada que nos impide vivir el presente».
Santiago Sánchez y un referente de la improvisación francesa
Santiago Sánchez capitanea un equipo que dirige de nuevo junto a Michel Lopez, referente francés de la improvisación y con el que ya trabajó en «Imprebís» y «Hoy no estrenamos». Y en escena, dos pilares de la compañía como Carles Montoliu y Víctor Lucas, a los que se suman Pilar Martínez y Beatriu Casanova. Es el cuarteto encargado de transitar del humor a la tragedia en esta historia que se centra en una familia que huye de una sociedad en llamas. La finca en la que se refugiarán terminará convirtiéndose en una asfixiante atmósfera de sueños rotos. Cuando un especulador ofrezca liquidar el pasado para salvar el presente, estallará la trama sobre «nuestra propia parálisis» a través de los personajes de Chéjov: tras un incendio que devasta Moscú, que sirve de espejo de los colapsos de nuestra era, Olga y su hija Ania se refugian en la Finca del Lago. Allí les espera Iván, un maestro rural que hace tiempo que renunció a sus ideales para cuidar la propiedad y que ahora, asomándose a la cincuentena, empieza a sospechar que el papel de mártir está terriblemente mal pagado.
Diez años después, el refugio bucólico se resquebraja. Las tazas de té dan paso al alcohol y otros paraísos químicos modernos: Iván descubre que, por hacer siempre lo correcto, olvidó vivir; Ania, una joven artista precarizada, clama por volver a una ciudad en cenizas; y Anfisa, la anciana sirvienta, soporta los dramas existenciales de la familia con la paciencia de quien sabe que los señoritos sufren mucho, pero no saben ni hacerse el té.
En pleno letargo irrumpe Aleksei como «salvación», el hijo de los antiguos guardeses convertido en especulador inmobiliario. Para ocultar su propio vacío, trae consigo el remedio infalible para la depresión familiar: liquidar el pasa do, talar los recuerdos y construir adosados.
Vigencia absoluta
Cuatro perfiles muy pensados desde la dirección y que están presentes en Chéjov como una extensión de «sus obsesiones», señala Lopez: «Alguien que a los 50 años cree que su vida ya no tiene sentido, que ha renunciado a sus placeres y sueños para dedicarse a aquello que le han dicho que debía hacer –desarrolla Sánchez–; una joven a la que la dijeron que si peleaba por sus deseos los conseguiría y que se da cuenta de que la vida no es eso; la persona que se ha dedicado a cuidar a los demás y que es aparcada cuando ya no es útil; y una última figura, que saliendo de la nada ha invertido y está convencido de que todo se puede comprar».
Juega así L’Om Imprebís a «vandalizar» –en palabras de Lucas– al dramaturgo ruso. «Eso a los jóvenes nos pone mucho. Es ver cómo se puede trasladar al siglo XX para que las nuevas generaciones pongan la lupa sobre él», continúa el actor apoyado por su compañero Carles Montoliu: «Sus palabras no pierden vigencia. Las obsesiones de las que hablaba Michel coinciden y cada uno se va reconociendo en ellas. Desde el colonialismo, la naturaleza, el mundo depredador arrasado por el mercantilismo, las aspiraciones… Moscú no existe, igual que para esos actores que vienen a Madrid en busca de trabajo y luego Madrid tampoco existe. Cosas que van rompiéndote, pero que se mantienen dentro como una llama encendida porque si no todos nos suicidaríamos», cierra Montoliu.
«Moscú no existe» es por todo ello una invitación a dejar de esperar para «mirar de frente las grietas de nuestra existencia», invita L’Om Imprebís.
- Dónde: Teatro Fernán Gómez, Madrid. Cuándo: hasta el ocho de noviembre. Cuánto: desde 14 euros.
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