Para Mauricio Kartun, el imaginario es «okupa prepotente». No es fácil desalojar un pensamiento de su cabeza. «Hace muchos años» –explica sin precisar– se presentó a una convocatoria para «un festival de teatro griego que hubo por aquí». Sin embargo, no le escogieron. Por lo que fuera, su boceto de la obra que presenta ahora en los Teatros del Canal no convenció, pero sí anidó con fuerza en sus pensamientos. Su lectura de «El manjar de los dioses», de Ian Kott, le llevó hasta «un análisis fascinante» de «Las bacantes», de Eurípides: «Me la resignificó y me entusiasmó para reescribirla».
Y llegó así hasta este «Baco polaco» que define como «una deriva de “Las bacantes”. El mito trasladado a un pueblo de la pampa profunda, allá en los años 30. Reina Esther, la virgen vitrolera, lleva su música por la llanura en ocho discos de pasta. Una DJ mitológica. Allí donde llega, y suena su ortofónica, nace la fiesta. La bacanal. La gran orgía gaucha. La troupe llega a un pueblito durante carnavales. Penteo, el heredero, hijo del poder, y –por insoportable– condena de su madre Ágave, se obsesiona con Reina Esther. Entonces –claro– detona la tragedia. Y por criolla, esa tragedia, su ridículo inseparable».
La vida de las tragedias clásicas
Kartun ve en los clásicos más vida que en muchos lugares del presente. Si alguien le dijera que la tragedia de hace 2.500 años es un género muerto él le contestaría con una fuerte carcajada. ¿Y después? «Me costaría hablar (…) Es notable como los clásicos nos hablan de hoy. No hay mitología que no encuentre de alguna manera su conversión de norma –desarrolla–. A los que nos fascina el poder del mito tenemos en la tragedia griega una panzada».
Lo afirma un director argentino que no tiene el ansia de «sumar» nada al clásico. Casi como si fuera un objeto de museo, toma el original para usarlo «de detonador, de trampolín». Es así como traslada la acción hasta el interior de su país. Sitúa la trama en los años 30 como mera «artimaña» de escritura, comenta: «Mi imaginario la pasa siempre mejor en el pasado. Jugar con coloquiales de época, disfrutar de esos coloridos, y permitirme crear un verosímil, un creíble que no necesita ser verdad porque no hay patrón de comparación. Me gustan las dramaturgias con letra y música, inventar un lenguaje».
Olor a cabrito a la brasa e hidromiel
De este modo, Kartun monta una fiesta que huele a muchos ingredientes. «Un revoltijo», señala, de cabritos tiernos que se achurrascan sobre las brasas, pero también «pito, hidromiel y serpentina», dice el texto de un hombre que fantasea con la fiesta ideal, «aquella que miro en el pasado con nostalgia: la del ritual erótico de bailar extático hasta el amanecer». ¿Y qué sería del mundo sin esa liberación? Él todavía se lo pregunta «con horror» todos los días cuando ve «cómo lo virtual gana terreno, como la dispersión nos condensa como a vapor y nos vuelve gotas. Cómo nos amarga».
En este 2026, el director hace una comparación particular entre el teatro y el aloe vera. Cada vez le encuentra «más propiedades»: «Espacio de poder corporal y oasis del tiempo real en el desierto digital. ¡Larga vida a los cómicos!». De hecho, Kartun mantiene que la IA va a hacer del teatro un objeto de lujo mucho antes de que ñla máquina sea capaz de hacer algo decente: «Tenemos la supervivencia del teatro asegurada. Por contracultural, porque no hay nada más desafiante que un cuerpo enfrentando a la corporación. Y por su precioso valor reconstituyente: vamos al gimnasio a compensar las horas de contracción corporal. Seguiremos haciendo del teatro nuestro gimnasio de la cabeza. Un lugar compartido en el que afinarse y sincronizarse en comunidad, en un ritual hecho a mano y a pie. Un detox auténtico».
Sin miedo a la IA
Y si el director argentino no teme al poder de la inteligencia artificial sobre la escena, sí se estremece hablar del mundo actual. Señala a los «ciclos de horror»: «Mis padres emigraron a la Argentina de una Europa ganada por odios. Cuando en mi adolescencia estudié aquella historia, me parecía inverosímil. Miraba y escuchaba en documentales los discursos de Hitler, por ejemplo –continúa–, y no podía entender cómo esa demencia manifiesta podía ser seguida por un pueblo. Veo hoy a algunos líderes esperpénticos y tiemblo. Y vuelvo a preguntarme cómo llegamos hasta acá».
Mauricio Kartun desembarca por unos días en Madrid, en los Teatros del Canal, con un clásico y lo hace después de tomarse un tiempo para escribir narrativa. «Break» en el que se ha dado cuenta de «lo difícil que resulta escribir en comparación con la facilidad con la que puedo resolver un relato. Lo fácil que me resulta contar una historia, en relación al desafío de tener que vivirla encarnando en cada uno de los cuerpos que la sostienen. Los saberes teatrales tienen algo de recónditos, de misteriosos. Me da alegría transmitir el oficio, pensar que en esa herencia va algo de futuro». Le gusta a Kartun hablar de su oficio, y en Madrid no será menos; el director argentino espera impaciente una cita fuera del Canal para charlar con su público: será el lunes 5 de octubre, en La Mistral. «Esa librería es preciosa», sonríe.
El director llega a España con un «pastiche», dice, de ‘Las bacantes’, de Eurípides, en el que traslada la famosa tragedia a un pueblo del interior profundo en los años 30
Para Mauricio Kartun, el imaginario es «okupa prepotente». No es fácil desalojar un pensamiento de su cabeza. «Hace muchos años» –explica sin precisar– se presentó a una convocatoria para «un festival de teatro griego que hubo por aquí». Sin embargo, no le escogieron. Por lo que fuera, su boceto de la obra que presenta ahora en los Teatros del Canal no convenció, pero sí anidó con fuerza en sus pensamientos. Su lectura de «El manjar de los dioses», de Ian Kott, le llevó hasta «un análisis fascinante» de «Las bacantes», de Eurípides: «Me la resignificó y me entusiasmó para reescribirla».
Y llegó así hasta este «Baco polaco» que define como «una deriva de “Las bacantes”. El mito trasladado a un pueblo de la pampa profunda, allá en los años 30. Reina Esther, la virgen vitrolera, lleva su música por la llanura en ocho discos de pasta. Una DJ mitológica. Allí donde llega, y suena su ortofónica, nace la fiesta. La bacanal. La gran orgía gaucha. La troupe llega a un pueblito durante carnavales. Penteo, el heredero, hijo del poder, y –por insoportable– condena de su madre Ágave, se obsesiona con Reina Esther. Entonces –claro– detona la tragedia. Y por criolla, esa tragedia, su ridículo inseparable».
La vida de las tragedias clásicas
Kartun ve en los clásicos más vida que en muchos lugares del presente. Si alguien le dijera que la tragedia de hace 2.500 años es un género muerto él le contestaría con una fuerte carcajada. ¿Y después? «Me costaría hablar (…) Es notable como los clásicos nos hablan de hoy. No hay mitología que no encuentre de alguna manera su conversión de norma –desarrolla–. A los que nos fascina el poder del mito tenemos en la tragedia griega una panzada».
Lo afirma un director argentino que no tiene el ansia de «sumar» nada al clásico. Casi como si fuera un objeto de museo, toma el original para usarlo «de detonador, de trampolín». Es así como traslada la acción hasta el interior de su país. Sitúa la trama en los años 30 como mera «artimaña» de escritura, comenta: «Mi imaginario la pasa siempre mejor en el pasado. Jugar con coloquiales de época, disfrutar de esos coloridos, y permitirme crear un verosímil, un creíble que no necesita ser verdad porque no hay patrón de comparación. Me gustan las dramaturgias con letra y música, inventar un lenguaje».
Olor a cabrito a la brasa e hidromiel
De este modo, Kartun monta una fiesta que huele a muchos ingredientes. «Un revoltijo», señala, de cabritos tiernos que se achurrascan sobre las brasas, pero también «pito, hidromiel y serpentina», dice el texto de un hombre que fantasea con la fiesta ideal, «aquella que miro en el pasado con nostalgia: la del ritual erótico de bailar extático hasta el amanecer». ¿Y qué sería del mundo sin esa liberación? Él todavía se lo pregunta «con horror» todos los días cuando ve «cómo lo virtual gana terreno, como la dispersión nos condensa como a vapor y nos vuelve gotas. Cómo nos amarga».
En este 2026, el director hace una comparación particular entre el teatro y el aloe vera. Cada vez le encuentra «más propiedades»: «Espacio de poder corporal y oasis del tiempo real en el desierto digital. ¡Larga vida a los cómicos!». De hecho, Kartun mantiene que la IA va a hacer del teatro un objeto de lujo mucho antes de que ñla máquina sea capaz de hacer algo decente: «Tenemos la supervivencia del teatro asegurada. Por contracultural, porque no hay nada más desafiante que un cuerpo enfrentando a la corporación. Y por su precioso valor reconstituyente: vamos al gimnasio a compensar las horas de contracción corporal. Seguiremos haciendo del teatro nuestro gimnasio de la cabeza. Un lugar compartido en el que afinarse y sincronizarse en comunidad, en un ritual hecho a mano y a pie. Un detox auténtico».
Sin miedo a la IA
Y si el director argentino no teme al poder de la inteligencia artificial sobre la escena, sí se estremece hablar del mundo actual. Señala a los «ciclos de horror»: «Mis padres emigraron a la Argentina de una Europa ganada por odios. Cuando en mi adolescencia estudié aquella historia, me parecía inverosímil. Miraba y escuchaba en documentales los discursos de Hitler, por ejemplo –continúa–, y no podía entender cómo esa demencia manifiesta podía ser seguida por un pueblo. Veo hoy a algunos líderes esperpénticos y tiemblo. Y vuelvo a preguntarme cómo llegamos hasta acá».
Mauricio Kartun desembarca por unos días en Madrid, en los Teatros del Canal, con un clásico y lo hace después de tomarse un tiempo para escribir narrativa. «Break» en el que se ha dado cuenta de «lo difícil que resulta escribir en comparación con la facilidad con la que puedo resolver un relato. Lo fácil que me resulta contar una historia, en relación al desafío de tener que vivirla encarnando en cada uno de los cuerpos que la sostienen. Los saberes teatrales tienen algo de recónditos, de misteriosos. Me da alegría transmitir el oficio, pensar que en esa herencia va algo de futuro». Le gusta a Kartun hablar de su oficio, y en Madrid no será menos; el director argentino espera impaciente una cita fuera del Canal para charlar con su público: será el lunes 5 de octubre, en La Mistral. «Esa librería es preciosa», sonríe.
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