Los cuartos del Mundial me pillaron en una terraza donde la tortilla española te la servían con banderitas de España: era una tortilla muy española, al menos en apariencia (no preguntamos de dónde venían las patatas, pero por lo visto las francesas son más baratas, y en los bares tira más el precio que la prioridad nacional). Antes del partido repartieron unos churros inflables también con la bandera de España para hacer ruido y, en fin, el show pasaba a los dos lados de la pantalla, con los camareros haciendo contorsionismo cada vez que venían a hidratarnos, sin necesidad de hacer pausa ni pasar a publicidad (los inflables, eso sí, los patrocinaba un whisky, aunque allí la gente solo pedía cerveza). A la altura del minuto sesenta, una mujer a la que no le gustaba fútbol saltó de la silla después de un tiro de Lamine atajado por Courtois.—¿Pero te está gustando?—Bueno, es que ya estoy dentrísimo.El Mundial nos ha devuelto por unas semanas la televisión de antes, el evento, el quedar para ver, el ver para quedar, el hay que buscar un bar con televisión que a las nueve hay partido, y nos ha devuelto la certeza, también, de que al día siguiente el tema de conversación en la oficina será ese, el gol de Merino, la actuación de Lamine, la clase de Olmo, la suplencia de Pedri, el nuevo robo de Argentina o cualquier otra cosa que orbite alrededor de un balón: son tantas. Ahora que escasean esos lugares comunes, compartidos, ahora que cada vez hay menos series del momento, acaso porque lo que tenemos son temas del momento, polémicas del momento, el jaleo de siempre, al menos tenemos el Mundial para destensar y discutir por lo que no importa. Porque el Mundial no solo te da la emoción del directo sino también la del después y los despueses, como esa crónica de Mariano Rajoy que ha causado un lío diplomático con Francia, donde no les ha hecho gracia eso de que no tienen franceses en la selección.—Es que no entienden su humor. —¿Pero los expresidentes también pueden dedicarse al humor?En fin: en esta España mundialera o mundialista de camiseta blanca y cuello burdeos hay dos Españas: la que ve los partidos en DAZN y la que los ve en La 1. Una escucha a Juan Carlos Rivero, y otra se pierde a un hombre que hace lo que nunca jamás podrá hacer la inteligencia artificial. Igual que Mariano Rajoy. Los cuartos del Mundial me pillaron en una terraza donde la tortilla española te la servían con banderitas de España: era una tortilla muy española, al menos en apariencia (no preguntamos de dónde venían las patatas, pero por lo visto las francesas son más baratas, y en los bares tira más el precio que la prioridad nacional). Antes del partido repartieron unos churros inflables también con la bandera de España para hacer ruido y, en fin, el show pasaba a los dos lados de la pantalla, con los camareros haciendo contorsionismo cada vez que venían a hidratarnos, sin necesidad de hacer pausa ni pasar a publicidad (los inflables, eso sí, los patrocinaba un whisky, aunque allí la gente solo pedía cerveza). A la altura del minuto sesenta, una mujer a la que no le gustaba fútbol saltó de la silla después de un tiro de Lamine atajado por Courtois.—¿Pero te está gustando?—Bueno, es que ya estoy dentrísimo.El Mundial nos ha devuelto por unas semanas la televisión de antes, el evento, el quedar para ver, el ver para quedar, el hay que buscar un bar con televisión que a las nueve hay partido, y nos ha devuelto la certeza, también, de que al día siguiente el tema de conversación en la oficina será ese, el gol de Merino, la actuación de Lamine, la clase de Olmo, la suplencia de Pedri, el nuevo robo de Argentina o cualquier otra cosa que orbite alrededor de un balón: son tantas. Ahora que escasean esos lugares comunes, compartidos, ahora que cada vez hay menos series del momento, acaso porque lo que tenemos son temas del momento, polémicas del momento, el jaleo de siempre, al menos tenemos el Mundial para destensar y discutir por lo que no importa. Porque el Mundial no solo te da la emoción del directo sino también la del después y los despueses, como esa crónica de Mariano Rajoy que ha causado un lío diplomático con Francia, donde no les ha hecho gracia eso de que no tienen franceses en la selección.—Es que no entienden su humor. —¿Pero los expresidentes también pueden dedicarse al humor?En fin: en esta España mundialera o mundialista de camiseta blanca y cuello burdeos hay dos Españas: la que ve los partidos en DAZN y la que los ve en La 1. Una escucha a Juan Carlos Rivero, y otra se pierde a un hombre que hace lo que nunca jamás podrá hacer la inteligencia artificial. Igual que Mariano Rajoy.
Los cuartos del Mundial me pillaron en una terraza donde la tortilla española te la servían con banderitas de España: era una tortilla muy española, al menos en apariencia (no preguntamos de dónde venían las patatas, pero por lo visto las francesas son más baratas, … y en los bares tira más el precio que la prioridad nacional). Antes del partido repartieron unos churros inflables también con la bandera de España para hacer ruido y, en fin, el show pasaba a los dos lados de la pantalla, con los camareros haciendo contorsionismo cada vez que venían a hidratarnos, sin necesidad de hacer pausa ni pasar a publicidad (los inflables, eso sí, los patrocinaba un whisky, aunque allí la gente solo pedía cerveza).
A la altura del minuto sesenta, una mujer a la que no le gustaba fútbol saltó de la silla después de un tiro de Lamine atajado por Courtois.
—¿Pero te está gustando?
—Bueno, es que ya estoy dentrísimo.
El Mundial nos ha devuelto por unas semanas la televisión de antes, el evento, el quedar para ver, el ver para quedar, el hay que buscar un bar con televisión que a las nueve hay partido, y nos ha devuelto la certeza, también, de que al día siguiente el tema de conversación en la oficina será ese, el gol de Merino, la actuación de Lamine, la clase de Olmo, la suplencia de Pedri, el nuevo robo de Argentina o cualquier otra cosa que orbite alrededor de un balón: son tantas. Ahora que escasean esos lugares comunes, compartidos, ahora que cada vez hay menos series del momento, acaso porque lo que tenemos son temas del momento, polémicas del momento, el jaleo de siempre, al menos tenemos el Mundial para destensar y discutir por lo que no importa. Porque el Mundial no solo te da la emoción del directo sino también la del después y los despueses, como esa crónica de Mariano Rajoy que ha causado un lío diplomático con Francia, donde no les ha hecho gracia eso de que no tienen franceses en la selección.
—Es que no entienden su humor.
—¿Pero los expresidentes también pueden dedicarse al humor?
En fin: en esta España mundialera o mundialista de camiseta blanca y cuello burdeos hay dos Españas: la que ve los partidos en DAZN y la que los ve en La 1. Una escucha a Juan Carlos Rivero, y otra se pierde a un hombre que hace lo que nunca jamás podrá hacer la inteligencia artificial. Igual que Mariano Rajoy.
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