La ventaja de pertenecer a una familia desestructurada es que enseguida dejan de exigir que les acompañes en los viajes o estancias veraniegas porque ellos son los primeros que saben que no merece la pena. Muchos de mis veranos adolescentes los pasé solo en mi casa, con la única compañía de Alice, que cada día venía a prepararme la comida, limpiaba, y me dejaba algo para cenar en la nevera. De lo que quería huir ya había escapado pero todavía no había llegado a ninguna parte. Había algo muy concreto, pero que yo vivía de un modo más abstracto, que era el Barça. No tenía una manera aficionada, futbolística, de relacionarme con el Barça, pero sentía que de alguna manera lo necesitaba poseer.En el verano de los 16, una tarde bajé desde mi casa en calle Caballeros hasta el estadio. Hacía mucho calor. No tenía una misión clara, algo detallado que hubiera pensado hacer, pero di algunas vueltas alrededor del recinto y vi que cerca de la Masía había una pequeña puerta abierta. Entré sin problema, no me vio nadie. Era un tiempo, 1991, en que no había ‘seguridad’: había vigilantes, uno o dos a lo sumo para todo el estadio.No busqué una pelota para chutar, ni me tomé una foto con la cámara que no llevaba. Sólo fui al centro del campo y pensé en las noches de partidos, en los goles, en los gritos, en cómo quería que mi vida fuera y la única idea nítida que me vino a la cabeza fue mandar, mandar yo. Hiciera lo que hiciera, hacerlo a mi manera, y concentrar en mí, para proyectarla, toda la energía de la grada. Tardó quizá una hora o un poco menos, pero al final un vigilante salió del túnel de vestuarios y sin darse, tampoco crean, mucha prisa, vino hacia mí y me dijo: «Usted no puede estar aquí». Le respondí que lo sabía, que me disculpara, y que ya me iba, pero que me dejara un par de minutos más, a lo que accedió porque igualmente no había nadie y nadie nos esperaba a ninguno de los dos en aquella infernal tarde de julio. Lo de los dos minutos se lo pedí para crear un momento de complicidad entre ambos, que luego me dio pie a preguntarle cómo le iba el trabajo, qué horarios hacía; y le expliqué que yo cuando estaba solo y aburrido me distraía pensando en algo que me gustara mucho. No tuve que insistir para que me contara que él pensaba en vino y en jamón, y quedamos para el día siguiente y llegué con tres botellas y medio kilo de paletilla ibérica cortada a lonchas.«Mi vida sólo es carnaza para que podáis ver la vuestra. Los jamones que he regalado para llegar hasta el centro»Repetí el ritual todas las tardes de lo que quedaba de julio, a veces con champán y a veces con foie, otras con unos pastelitos que también me dijo que le agradaban. Él me dejaba estar tranquilo, en el centro del campo o donde yo quisiera y se ofreció a mostrarme los vestuarios. Le dije que no hacía falta. Lo que me excitaba era haber sabido entrar al corazón del templo y tenerlo a mi disposición cuantas tardes deseara. Lo que tiraba de mi casa al Camp Nou cada tarde era el mecanismo de dominio que había establecido con el vigilante para doblegar su voluntad y ponerlo a mi servicio.Mandar en casa no es mandar. Mandar es domesticar a la bestia, concentrar en ti la fuerza. Mandar es el centro del campo del Barça, entre el silencio que hoy eres y la gloria que te espera. El 19 de mayo mi querido John Müller me mandó un whatsapp, cariñoso a su manera: «Salvador, deja de escribir de ti. Pareces una nena». Cuando Núñez se enteró de que había ido cada día, echó al vigilante y me llamó a su despacho para decirme que estaba invitado al palco siempre que quisiera. Mi vida sólo es carnaza para que podáis ver la vuestra. Los jamones que he regalado para llegar hasta el centro. La ventaja de pertenecer a una familia desestructurada es que enseguida dejan de exigir que les acompañes en los viajes o estancias veraniegas porque ellos son los primeros que saben que no merece la pena. Muchos de mis veranos adolescentes los pasé solo en mi casa, con la única compañía de Alice, que cada día venía a prepararme la comida, limpiaba, y me dejaba algo para cenar en la nevera. De lo que quería huir ya había escapado pero todavía no había llegado a ninguna parte. Había algo muy concreto, pero que yo vivía de un modo más abstracto, que era el Barça. No tenía una manera aficionada, futbolística, de relacionarme con el Barça, pero sentía que de alguna manera lo necesitaba poseer.En el verano de los 16, una tarde bajé desde mi casa en calle Caballeros hasta el estadio. Hacía mucho calor. No tenía una misión clara, algo detallado que hubiera pensado hacer, pero di algunas vueltas alrededor del recinto y vi que cerca de la Masía había una pequeña puerta abierta. Entré sin problema, no me vio nadie. Era un tiempo, 1991, en que no había ‘seguridad’: había vigilantes, uno o dos a lo sumo para todo el estadio.No busqué una pelota para chutar, ni me tomé una foto con la cámara que no llevaba. Sólo fui al centro del campo y pensé en las noches de partidos, en los goles, en los gritos, en cómo quería que mi vida fuera y la única idea nítida que me vino a la cabeza fue mandar, mandar yo. Hiciera lo que hiciera, hacerlo a mi manera, y concentrar en mí, para proyectarla, toda la energía de la grada. Tardó quizá una hora o un poco menos, pero al final un vigilante salió del túnel de vestuarios y sin darse, tampoco crean, mucha prisa, vino hacia mí y me dijo: «Usted no puede estar aquí». Le respondí que lo sabía, que me disculpara, y que ya me iba, pero que me dejara un par de minutos más, a lo que accedió porque igualmente no había nadie y nadie nos esperaba a ninguno de los dos en aquella infernal tarde de julio. Lo de los dos minutos se lo pedí para crear un momento de complicidad entre ambos, que luego me dio pie a preguntarle cómo le iba el trabajo, qué horarios hacía; y le expliqué que yo cuando estaba solo y aburrido me distraía pensando en algo que me gustara mucho. No tuve que insistir para que me contara que él pensaba en vino y en jamón, y quedamos para el día siguiente y llegué con tres botellas y medio kilo de paletilla ibérica cortada a lonchas.«Mi vida sólo es carnaza para que podáis ver la vuestra. Los jamones que he regalado para llegar hasta el centro»Repetí el ritual todas las tardes de lo que quedaba de julio, a veces con champán y a veces con foie, otras con unos pastelitos que también me dijo que le agradaban. Él me dejaba estar tranquilo, en el centro del campo o donde yo quisiera y se ofreció a mostrarme los vestuarios. Le dije que no hacía falta. Lo que me excitaba era haber sabido entrar al corazón del templo y tenerlo a mi disposición cuantas tardes deseara. Lo que tiraba de mi casa al Camp Nou cada tarde era el mecanismo de dominio que había establecido con el vigilante para doblegar su voluntad y ponerlo a mi servicio.Mandar en casa no es mandar. Mandar es domesticar a la bestia, concentrar en ti la fuerza. Mandar es el centro del campo del Barça, entre el silencio que hoy eres y la gloria que te espera. El 19 de mayo mi querido John Müller me mandó un whatsapp, cariñoso a su manera: «Salvador, deja de escribir de ti. Pareces una nena». Cuando Núñez se enteró de que había ido cada día, echó al vigilante y me llamó a su despacho para decirme que estaba invitado al palco siempre que quisiera. Mi vida sólo es carnaza para que podáis ver la vuestra. Los jamones que he regalado para llegar hasta el centro. La ventaja de pertenecer a una familia desestructurada es que enseguida dejan de exigir que les acompañes en los viajes o estancias veraniegas porque ellos son los primeros que saben que no merece la pena. Muchos de mis veranos adolescentes los pasé solo en mi casa, con la única compañía de Alice, que cada día venía a prepararme la comida, limpiaba, y me dejaba algo para cenar en la nevera. De lo que quería huir ya había escapado pero todavía no había llegado a ninguna parte. Había algo muy concreto, pero que yo vivía de un modo más abstracto, que era el Barça. No tenía una manera aficionada, futbolística, de relacionarme con el Barça, pero sentía que de alguna manera lo necesitaba poseer.En el verano de los 16, una tarde bajé desde mi casa en calle Caballeros hasta el estadio. Hacía mucho calor. No tenía una misión clara, algo detallado que hubiera pensado hacer, pero di algunas vueltas alrededor del recinto y vi que cerca de la Masía había una pequeña puerta abierta. Entré sin problema, no me vio nadie. Era un tiempo, 1991, en que no había ‘seguridad’: había vigilantes, uno o dos a lo sumo para todo el estadio.No busqué una pelota para chutar, ni me tomé una foto con la cámara que no llevaba. Sólo fui al centro del campo y pensé en las noches de partidos, en los goles, en los gritos, en cómo quería que mi vida fuera y la única idea nítida que me vino a la cabeza fue mandar, mandar yo. Hiciera lo que hiciera, hacerlo a mi manera, y concentrar en mí, para proyectarla, toda la energía de la grada. Tardó quizá una hora o un poco menos, pero al final un vigilante salió del túnel de vestuarios y sin darse, tampoco crean, mucha prisa, vino hacia mí y me dijo: «Usted no puede estar aquí». Le respondí que lo sabía, que me disculpara, y que ya me iba, pero que me dejara un par de minutos más, a lo que accedió porque igualmente no había nadie y nadie nos esperaba a ninguno de los dos en aquella infernal tarde de julio. Lo de los dos minutos se lo pedí para crear un momento de complicidad entre ambos, que luego me dio pie a preguntarle cómo le iba el trabajo, qué horarios hacía; y le expliqué que yo cuando estaba solo y aburrido me distraía pensando en algo que me gustara mucho. No tuve que insistir para que me contara que él pensaba en vino y en jamón, y quedamos para el día siguiente y llegué con tres botellas y medio kilo de paletilla ibérica cortada a lonchas.«Mi vida sólo es carnaza para que podáis ver la vuestra. Los jamones que he regalado para llegar hasta el centro»Repetí el ritual todas las tardes de lo que quedaba de julio, a veces con champán y a veces con foie, otras con unos pastelitos que también me dijo que le agradaban. Él me dejaba estar tranquilo, en el centro del campo o donde yo quisiera y se ofreció a mostrarme los vestuarios. Le dije que no hacía falta. Lo que me excitaba era haber sabido entrar al corazón del templo y tenerlo a mi disposición cuantas tardes deseara. Lo que tiraba de mi casa al Camp Nou cada tarde era el mecanismo de dominio que había establecido con el vigilante para doblegar su voluntad y ponerlo a mi servicio.Mandar en casa no es mandar. Mandar es domesticar a la bestia, concentrar en ti la fuerza. Mandar es el centro del campo del Barça, entre el silencio que hoy eres y la gloria que te espera. El 19 de mayo mi querido John Müller me mandó un whatsapp, cariñoso a su manera: «Salvador, deja de escribir de ti. Pareces una nena». Cuando Núñez se enteró de que había ido cada día, echó al vigilante y me llamó a su despacho para decirme que estaba invitado al palco siempre que quisiera. Mi vida sólo es carnaza para que podáis ver la vuestra. Los jamones que he regalado para llegar hasta el centro. RSS de noticias de cultura
