De dos de los momentos televisivos que están ligados a mi infancia lo que más recuerdo no son las imágenes en la pantalla, sino los momentos que vinieron a continuación. El primero fue una gran alegría, el segundo, una decepción. Era agosto de 1992 y, por las horas, debía estar jugando con mis amigos al boti boti, al pañuelo o algo similar. Pasaba el verano en El Palmar (Cádiz), en una parcela en la que se distribuían 11 pequeñas casas construidas poco tiempo antes y en las que no había electricidad. Así que la única televisión de lo que nosotros llamamos la comunidad era la de nuestro vecino Emilio, que funcionaba con batería.
No comprendía por qué, si ese hombre le había pegado a uno de nuestros jugadores, el árbitro no hacía nada y encima España perdía
Exposición didáctica de ideas, conjeturas o hipótesis, a partir de unos hechos de actualidad comprobados —no necesariamente del día— que se reflejan en el propio texto. Excluye los juicios de valor y se aproxima más al género de opinión, pero se diferencia de él en que no juzga ni pronostica, sino que sólo formula hipótesis, ofrece explicaciones argumentadas y pone en relación datos dispersos
No comprendía por qué, si ese hombre le había pegado a uno de nuestros jugadores, el árbitro no hacía nada y encima España perdía
El audio de esta noticia utiliza una voz sintética generada por Inteligencia Artificial y podría tener algunas inconsistencias.

KOTE RODRIGO (EFE)

De dos de los momentos televisivos que están ligados a mi infancia lo que más recuerdo no son las imágenes en la pantalla, sino los momentos que vinieron a continuación. El primero fue una gran alegría, el segundo, una decepción. Era agosto de 1992 y, por las horas, debía estar jugando con mis amigos al boti boti, al pañuelo o algo similar. Pasaba el verano en El Palmar (Cádiz), en una parcela en la que se distribuían 11 pequeñas casas construidas poco tiempo antes y en las que no había electricidad. Así que la única televisión de lo que nosotros llamamos la comunidad era la de nuestro vecino Emilio, que funcionaba con batería.
Frente a ella se arremolinaron nuestros padres para ver la final de fútbol de los Juegos Olímpicos en la que España ganó el oro. Cuando el árbitro pitó el final, estalló la alegría, y lo que sí recuerdo perfectamente es cómo los adultos empezaron a mantear a uno de los vecinos, David. El motivo, su parecido, o eso decían los mayores, con Kiko Narváez, el gaditano, como nosotros, que marcó el gol definitivo en el tiempo de descuento. Dos veranos después llegaría la decepción.

Se jugaba en Estados Unidos el Mundial, y España se enfrentaba a Italia en los cuartos de final. Los adultos debieron pensar que era una cita con la suficiente importancia como para irnos a ver el partido a uno de los pocos bares que entonces había en El Palmar. No como ahora, que una ardilla podría saltar de uno a otro sin mancharse sus patitas de arena, desde la torre hasta la rotonda de entrada.
No recuerdo el camino de ida, ni siquiera todo el partido. Sí que tengo grabada en la memoria la sangre que manchaba la camiseta blanca de Luis Enrique después de que Mauro Tassotti le diera un codazo. Y lo que más recuerdo es el camino de vuelta a la comunidad. Todos entre cabizbajos, enfadados y resignados. A mis 10 años, no comprendía por qué, si ese hombre le había pegado a uno de nuestros jugadores, el árbitro no hacía nada y encima España perdía. No era justo. Pobrecita, lo que me quedaba por aprender.
Imagino que la pena no me duraría mucho tiempo, lo que tardáramos en cenar y ponernos a jugar en la calle. Entonces mi mayor preocupación pasaría a ser que no me la quedara yo en el boti boti, y tener que pasar toda la noche buscando a mis amigos. O no caerme en una de las carreras para coger el pañuelo. Al día siguiente volveríamos a nuestra rutina de playa, comer, siesta, playa, cenar, jugar. Confieso que ese sigue siendo mi día perfecto de vacaciones ahora como adulta. Salvo la parte de jugar, eso se lo dejo a las nuevas generaciones de la comunidad.
Los niños que fuimos en los ochenta y noventa volvemos cada verano a esas casas. Recorremos el mismo carril y nos tumbamos en nuestro trozo de arena. Pero muchas cosas han cambiado. Ya no estamos dos meses de vacaciones, qué más quisiéramos. Y apenas coincidimos. Ahora en las casas hay electricidad, aunque no son extraños los cortes de suministro en pleno verano, cuando llegan más visitantes (los veraneantes siempre son los otros) de los que debería absorber un lugar como El Palmar, con sus pocas infraestructuras, sus caminos de tierra y sin suministro de agua corriente ni saneamiento. Para mi pesar, nuestra playa ahora es un destino de moda, en el que la música ha sustituido al ruido de las olas.
Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos
Archivado En
Feed MRSS-S Noticias
