Hace más de diez años Curtis Yarvin escribía bajo seudónimo en un blog que casi nadie leía. El día de la investidura de Trump, sus ideas se sentaban en primera fila, con traje y sin seudónimo, bajo los nombres de los hombres más ricos del mundo. Algo que durante años vivió en los márgenes de internet ha llegado al centro del poder, y con un plan. Ese viaje del foro anónimo a la Casa Blanca es el que reconstruye Arnaud Miranda en La Ilustración oscura, un intento riguroso y necesario de tomarse la neorreacción como lo que es: no una anécdota digital, sino un cuerpo de ideas con genealogía.
Hace más de diez años Curtis Yarvin escribía bajo seudónimo en un blog que casi nadie leía. El día de la investidura de Trump, sus ideas se sentaban en primera fila, con traje y sin seudónimo, bajo los nombres de los hombres más ricos del mundo. Algo que durante años vivió en los márgenes de internet ha llegado al centro del poder, y con un plan. Ese viaje del foro anónimo a la Casa Blanca es el que reconstruye Arnaud Miranda en La Ilustración oscura, un intento riguroso y necesario de tomarse la neorreacción como lo que es: no una anécdota digital, sino un cuerpo de ideas con genealogía. Seguir leyendo
Hace más de diez años Curtis Yarvin escribía bajo seudónimo en un blog que casi nadie leía. El día de la investidura de Trump, sus ideas se sentaban en primera fila, con traje y sin seudónimo, bajo los nombres de los hombres más ricos del mundo. Algo que durante años vivió en los márgenes de internet ha llegado al centro del poder, y con un plan. Ese viaje del foro anónimo a la Casa Blanca es el que reconstruye Arnaud Miranda en La Ilustración oscura, un intento riguroso y necesario de tomarse la neorreacción como lo que es: no una anécdota digital, sino un cuerpo de ideas con genealogía.
Durante años tratamos todas estas ideas como el desahogo de unos frikis resentidos y no como un pensamiento que mereciera discutirse. Los memes de El Señor de los Anillos, los seudónimos absurdos, el tono de broma perpetua componían una imagen demasiado inofensiva para tomarla en serio. Lo que Miranda demuestra, con las herramientas del historiador de las ideas, es que ese desdén era la trampa. Ya en 2009 Yarvin predicaba el “pasivismo”: formar en la sombra a una contraélite, sin agitación pública, y esperar. Por eso, cuando propone despedir de golpe a todos los funcionarios del Estado o abrir “centros de reubicación” para las “poblaciones descivilizadas”, lo hace “en tono de humor”, para garantizar que nadie las tome en serio mientras se corre, chiste a chiste, la frontera de lo que puede ser dicho, hasta que lo que ayer era impensable hoy se hace sin escándalo.
Y así ha sido. El plan de despedir a los funcionarios que Yarvin bautizó como RAGE tiene hoy nombre de agencia, DOGE, y lo ejecutó el hombre más rico del mundo; el “Gaza Inc” reapareció, en boca de Trump, como una “Riviera de Oriente Medio”; y su recomendación de 2022 de que Estados Unidos abandonara Europa para que el continente, sin tutela, se hiciera “un laboratorio de la reacción” la hizo suya el vicepresidente Vance en Múnich, en 2025. Y esto es solo la avanzadilla: las piezas mayores siguen siendo profecía, empezando por el rey, ese golpe monárquico que entregaría el Estado, convertido en empresa, a un consejero delegado con poderes de soberano. Nada de esto tiene aún su decreto, pero hace tres años tampoco lo tenía el RAGE.
El mayor mérito de Miranda es darnos el instrumento para pensar todo esto sin caer ni en el pánico ni en la burla. Lo suyo no es la denuncia apocalíptica ni la caricatura, sino la cartografía paciente de un pensamiento: de dónde nace cada idea, de qué tradición viene, con cuáles se cruza. El resultado es lo que el autor llama, con acierto, una “constelación”: autores masculinos surgidos en foros al margen de la universidad o desertores de ella, que reactivan la vieja reacción europea, la de Carlyle, De Maistre o Schmitt, sobre una base poslibertaria y tecnológica. Va del “formalismo” de Yarvin, que quiere convertir el Estado en una empresa soberana regida por un monarca-consejero delegado, mezcla de Hobbes y libertarismo, al “aceleracionismo” de Nick Land, que hace de la aceleración un programa: disolverlo todo, lo humano incluido, en la velocidad del tecnocapital.
Pero hay una ironía que no conviene perderse. Estos autores sueñan con abolir la universidad y la prensa, la “Catedral” que Yarvin quiere confiscar. Y, sin embargo, el libro que permite comprenderlos es producto de esas mismas instituciones. Lo inquietante es que ese saber, la educación humanista, la filosofía, lo que se retira de escuelas y universidades, empieza a escasear justo cuando más falta hace, porque es la única defensa firme que tenemos.
La respuesta de Miranda a la pregunta por la Ilustración Oscura, la neorreacción, va más hondo que el diagnóstico habitual, porque lo que une a estos autores no es solo el odio a la democracia, sino el rechazo de la política como esfera autónoma, la negativa a admitir un ámbito propio de lo político, indeterminado y no escrito de antemano, en lugar de un terreno ya decidido por un absoluto que lo gobierna desde fuera, sea una verdad religiosa, una ley biológica o el destino del tecnocapital. Ahí toca su idea mayor, pero ahí se detiene: la nombra con precisión y, fiel a un método que quiere describir sin juzgar, la deja sin respuesta. Cierra pidiendo, con Camus, la modestia del demócrata que reconoce su ignorancia y necesita de los otros. Uno querría suscribirla, pero Camus discutía con otros demócratas, y estos autores no discuten. Lo que quieren es clausurar la discusión. Y contra quien no juzga la democracia arrogante, sino ilegítima, la humildad no basta: hay que reivindicar lo que niegan, un ámbito donde nada esté decidido de antemano y donde, por eso, quepa empezar algo nuevo. Es lo único que Land, cuando nos susurra “desespera”, necesita que olvidemos.

La ilustración oscura. Comprender el pensamiento neorreaccionario
Arnaud Miranda
Traducción de Robert Juan-Cantavella
Taurus, 2026
208 páginas. 19,90 euros

La Il·lustració fosca. Entendre el pensament neoreaccionari
Arnaud Miranda
Traducción de Mireia Alegre
Edicions 62, 2026
192 páginas. 19,90 euros
EL PAÍS
