Se ha escrito mucho sobre las mudanzas. No vengo yo aquí a loar sus inexistentes virtudes ni a desmentir lo que ya sabemos: el caos, el desorden, el no saber dónde ni cuándo. Pero sí me gustaría señalar que habitar lo que todavía no es una casa conlleva una pequeña alteración del orden del mundo. Durante un tiempo, las cosas dejan de estar donde les corresponde: las cucharas viven con las novelas, los jarrones esconden calcetines y los libros acaban dentro del microondas. De ese desorden nacen encuentros improbables que, en circunstancias normales, difícilmente llegarían a producirse.
Se ha escrito mucho sobre las mudanzas. No vengo yo aquí a loar sus inexistentes virtudes ni a desmentir lo que ya sabemos: el caos, el desorden, el no saber dónde ni cuándo. Pero sí me gustaría señalar que habitar lo que todavía no es una casa conlleva una pequeña alteración del orden del mundo. Durante un tiempo, las cosas dejan de estar donde les corresponde: las cucharas viven con las novelas, los jarrones esconden calcetines y los libros acaban dentro del microondas. De ese desorden nacen encuentros improbables que, en circunstancias normales, difícilmente llegarían a producirse. Seguir leyendo
Se ha escrito mucho sobre las mudanzas. No vengo yo aquí a loar sus inexistentes virtudes ni a desmentir lo que ya sabemos: el caos, el desorden, el no saber dónde ni cuándo. Pero sí me gustaría señalar que habitar lo que todavía no es una casa conlleva una pequeña alteración del orden del mundo. Durante un tiempo, las cosas dejan de estar donde les corresponde: las cucharas viven con las novelas, los jarrones esconden calcetines y los libros acaban dentro del microondas. De ese desorden nacen encuentros improbables que, en circunstancias normales, difícilmente llegarían a producirse.
En ese baile de objetos, inmersa en una larguísima y tediosa mudanza, pasé 10 días —que tenían que haber sido cuatro— viviendo en una casa prestada. Sin apenas pertenencias, me llevé los dos últimos libros que habían llegado a casa. Uno era el extraordinario Pánico y ternura, de la filósofa chilena Paz López. El otro no me lo llevé. Simplemente estaba allí, en el bolsillo exterior de una maleta, sin que yo recordara haberlo guardado. Era la reedición de los ensayos de W. G. Sebald. Los libros, incluso en medio de las mudanzas —quizá especialmente en medio de ellas—, siempre terminan encontrándote.
Desde que leí la pregunta: “¿Dónde está la ternura? ¿En quien la recibe o en quien la da?”, esta no ha dejado de acompañarme
Me encontró también la frase con la que abre el texto de contraportada de Pánico y ternura. Dice: “¿Dónde está la ternura? ¿En quien la recibe o en quien la da?”. Desde que la leí, la pregunta no ha dejado de acompañarme. Durante años pensé en la ternura como una forma de fragilidad. Algo que pertenecía al ámbito de los afectos, pero no al de las ideas. Tampoco a Paz López, cuenta ella misma, le gustaba que la llamaran tierna cuando era niña. Ahí reside uno de los hallazgos más interesantes del ensayo: en preguntarse por qué una palabra que designa una forma de relación tan fundamental ha terminado pareciéndonos blanda, ingenua o intelectualmente sospechosa.
Lo que empieza siendo una reflexión sobre la ternura acaba convirtiéndose en una exploración de los límites de la comprensión y de la extraña confianza que hemos depositado en una de las grandes consignas morales de nuestro tiempo: la empatía. En la política, en la educación, en la literatura, se nos recuerda constantemente la importancia de ponernos en el lugar del otro, y la idea parece tan evidente que rara vez nos detenemos a examinarla. Eso es lo que hace Paz López: no negar la necesidad de acercarnos a los demás, sino poner en cuestión una de las promesas más seductoras de nuestro tiempo, la de que el sufrimiento ajeno puede llegar a ser comprensible. Cuántas veces el “te entiendo” no es una forma de acompañar sino de ocupar el lugar de quien habla. Porque ¿podemos comprender? ¿Y si el otro siguiera siendo, en gran medida, inaccesible?
A pesar de que López cite a W. G. Sebald en varias ocasiones, lo tomé por una de esas coincidencias lectoras que parecen conectar libros de forma azarosa. Los libros seguían ocupando lugares distintos en mi cabeza. Hasta que llegué a Sobre la historia natural de la destrucción, uno de los ensayos reunidos en esa reedición que había aparecido de forma tan improbable en el bolsillo de mi maleta. Allí, Sebald se pregunta cómo fue posible que una devastación tan inmensa como la de las ciudades alemanas arrasadas por los bombardeos aliados encontrara una representación tan pobre en la literatura de posguerra.
Fue entonces cuando empecé a escuchar una conversación que llevaba páginas produciéndose. No porque López y Sebald hablaran de lo mismo, sino porque comparten una sospecha: que hay algo en el sufrimiento que se resiste tanto a la comprensión como al relato.
Hay una escena en Sobre la historia natural de la destrucción que no he conseguido quitarme de la cabeza. Sebald cita a Stig Dagerman, que viajó por Alemania en 1946 como corresponsal del periódico sueco Expressen. En uno de sus trayectos en tren atraviesa Hamburgo y durante 15 minutos contempla por la ventanilla un paisaje que describe como lunar: una extensión de ruinas, escombros y edificios reducidos a esqueletos. El tren va lleno, como iban llenos todos los trenes de la Alemania de posguerra, pero nadie mira a través de las ventanas. Nadie dirige la vista hacia el exterior. Dagerman comprende entonces que lo reconocen como extranjero precisamente por eso: porque él sí está mirando.
Quizá el sufrimiento ajeno no es inaccesible porque esté oculto, sino porque existe una distancia que ninguna imagen puede abolir
La destrucción estaba ahí. Era visible. Había sido experimentada por millones de personas. Y, sin embargo, algo impedía verla de verdad. O tal vez algo impedía convertir esa visión en relato. Quizá el sufrimiento ajeno no es inaccesible porque esté oculto, sino porque existe una distancia que ninguna imagen puede abolir. La pregunta no es ya cómo contamos el dolor, sino qué hacemos cuando no podemos comprenderlo.
Dice Paz López que la ternura tiene una forma particular de mirar. No consiste en cerrar los ojos, sino en entrecerrarlos. Me gusta la precisión del gesto porque contradice una de las fantasías de nuestro tiempo: la de que mirar mejor equivale a comprender más. Entrecerrar los ojos es aceptar una cierta pérdida de definición. Renunciar a la ilusión de una visión perfecta. Regreso entonces a la pregunta de la contraportada: ¿dónde está la ternura? ¿En quien la recibe o en quien la da? Diría que el lugar de la ternura está especialmente en quien mira. No en quien comprende ni en quien interpreta. Está en quien mira sin el deseo de apropiarse de lo que ve.
EL PAÍS
