Era 16 de julio, como hoy. Día de la Virgen del Carmen, patrona de los marinos. Aquella mañana de 1893, San Sebastián miraba al mar aguardando la llegada de una gallarda corbeta que había dado la vuelta al mundo con 300 españoles a bordo. Ángel María Castell nunca olvidó aquella escena en que la Nautilus entró en La Concha, «navegando a toda vela sobre mar terso de espléndida esmeralda y bajo cielo de intenso azul». Al largar anclas, lanzó un estrecho y largo gallardete que flotó sobre el mar desde su palo mayor y al periodista burgalés le pareció que su punta trazaba «la rúbrica con que Fernando Villaamil firmaba uno de los capítulos más interesantes de la historia de la Armada española». Al mando de este capitán de fragata, el antepasado del buque escuela Juan Sebastián de Elcano había enseñado el oficio a una treintena de guardiamarinas, surcando los mares durante 20 meses en un viaje de unas 40.000 millas náuticas. Apenas 7.000 leguas marinas menos que el submarino del capitán Nemo de Julio Verne.Desde su partida de Ferrol en noviembre de 1892, la expedición de la Nautilus había navegado a Las Palmas y de ahí a Salvador de Bahía. Había bordeado el cabo de Buena Esperanza para desplazarse hasta Melbourne y a Sídney, luego se había dirigido a Nueva Zelanda y, tras tocar las islas de Sociedad, había llegado a la costa de California. Su travesía había continuado después al Callao y seguido hasta Valparaíso para doblar el peligroso cabo de Hornos y, ya en el Atlántico, dar fondo en la famosa isla de Santa Elena, donde fue recluido Napoleón. El clíper de guerra, adquirido en Inglaterra por Villaamil por 12.000 duros, había dirigido su proa después a Nueva York, Plymouth, Cherburgo y Brest, antes de finalizar en San Sebastián su largo periplo. A bordo de la corbeta Nautilus, el comandante Manuel Mendívil esplicando al Príncipe de Asturias el manejo del telémetro en 1921. Alfonso XIII abandonando el barco en San Sebastián en 1922 y una imagen del buque escuela en 1915 ABCEl compositor y crítico donostiarra Antonio Peña y Goñi, que lo esperaba desde hacía días en San Sebastián, se quejó en las páginas de ‘Blanco y Negro’ de que la prensa hubiese anunciado su salida en 1892 como la «de un Pérez o de un García cualesquiera para las posesiones de Villacernícalo o para las aguas de Villamelón», como si el abandono del hogar de 300 valientes españoles para servir a la patria, afrontando toda suerte de dificultades y peligros, representara «poca cosa comparados con la infecta bazofia de la cocina política o con el más insignificante crimen». El amigo de Villaamil, que años después prologó su libro, solo esperaba que en la arribada del Nautilus –a él le sonaba mejor en masculino por su pasado de clíper– la política se hubiera calmado y los criminales descansaran , para que el país recibiera como se merecían a los valerosos marinos que habían llevado la bandera española por todo el planeta.Noticia relacionada general No No Decíamos ayer «¡Paz en adelante!»: el histórico pacto que se renueva cada año con tres vacas Mónica ArrizabalagaEse día, en San Sebastián, Doña María Cristina subió a bordo de la Nautilus con Alfonso XIII aún niño y cuentan que se sorprendió al contemplar la camareta donde Villaamil le había dicho que se alojaban los ‘michis’. La Reina preguntó si allí dormían 30 personas, creyendo que había oído mal, y el comandante replicó: « Es que, Señora, he dicho 30 guardiamarinas », subrayando la casta y capacidad de sacrificio de los jóvenes marinos. Terminados los actos oficiales, subieron también Peña y Castell y ambos conversaron con Villaamil, vieron cómo las camaretas se habían convertido «en curioso museo de primorosas manufacturas de los remotos países visitados» y escucharon los cánticos que los marineros entonaron a instancias del propio comandante cuando, terminada la maniobra de Descubierta, apuraban vasos de cerveza y la ciudad les enviaba ecos de fiesta de la terraza de su casino.Quince años después, este periódico recordaba en sus páginas a Villaamil, fallecido en el barco que mandaba en aguas de Santiago de Cuba en 1898 . Justo le parecía a ABC, al hablar de la fiesta de la patrona de los marinos, «rendir homenaje a la memoria de aquel hombre ilustre y marino heroico». Y justo parece también hoy. Era 16 de julio, como hoy. Día de la Virgen del Carmen, patrona de los marinos. Aquella mañana de 1893, San Sebastián miraba al mar aguardando la llegada de una gallarda corbeta que había dado la vuelta al mundo con 300 españoles a bordo. Ángel María Castell nunca olvidó aquella escena en que la Nautilus entró en La Concha, «navegando a toda vela sobre mar terso de espléndida esmeralda y bajo cielo de intenso azul». Al largar anclas, lanzó un estrecho y largo gallardete que flotó sobre el mar desde su palo mayor y al periodista burgalés le pareció que su punta trazaba «la rúbrica con que Fernando Villaamil firmaba uno de los capítulos más interesantes de la historia de la Armada española». Al mando de este capitán de fragata, el antepasado del buque escuela Juan Sebastián de Elcano había enseñado el oficio a una treintena de guardiamarinas, surcando los mares durante 20 meses en un viaje de unas 40.000 millas náuticas. Apenas 7.000 leguas marinas menos que el submarino del capitán Nemo de Julio Verne.Desde su partida de Ferrol en noviembre de 1892, la expedición de la Nautilus había navegado a Las Palmas y de ahí a Salvador de Bahía. Había bordeado el cabo de Buena Esperanza para desplazarse hasta Melbourne y a Sídney, luego se había dirigido a Nueva Zelanda y, tras tocar las islas de Sociedad, había llegado a la costa de California. Su travesía había continuado después al Callao y seguido hasta Valparaíso para doblar el peligroso cabo de Hornos y, ya en el Atlántico, dar fondo en la famosa isla de Santa Elena, donde fue recluido Napoleón. El clíper de guerra, adquirido en Inglaterra por Villaamil por 12.000 duros, había dirigido su proa después a Nueva York, Plymouth, Cherburgo y Brest, antes de finalizar en San Sebastián su largo periplo. A bordo de la corbeta Nautilus, el comandante Manuel Mendívil esplicando al Príncipe de Asturias el manejo del telémetro en 1921. Alfonso XIII abandonando el barco en San Sebastián en 1922 y una imagen del buque escuela en 1915 ABCEl compositor y crítico donostiarra Antonio Peña y Goñi, que lo esperaba desde hacía días en San Sebastián, se quejó en las páginas de ‘Blanco y Negro’ de que la prensa hubiese anunciado su salida en 1892 como la «de un Pérez o de un García cualesquiera para las posesiones de Villacernícalo o para las aguas de Villamelón», como si el abandono del hogar de 300 valientes españoles para servir a la patria, afrontando toda suerte de dificultades y peligros, representara «poca cosa comparados con la infecta bazofia de la cocina política o con el más insignificante crimen». El amigo de Villaamil, que años después prologó su libro, solo esperaba que en la arribada del Nautilus –a él le sonaba mejor en masculino por su pasado de clíper– la política se hubiera calmado y los criminales descansaran , para que el país recibiera como se merecían a los valerosos marinos que habían llevado la bandera española por todo el planeta.Noticia relacionada general No No Decíamos ayer «¡Paz en adelante!»: el histórico pacto que se renueva cada año con tres vacas Mónica ArrizabalagaEse día, en San Sebastián, Doña María Cristina subió a bordo de la Nautilus con Alfonso XIII aún niño y cuentan que se sorprendió al contemplar la camareta donde Villaamil le había dicho que se alojaban los ‘michis’. La Reina preguntó si allí dormían 30 personas, creyendo que había oído mal, y el comandante replicó: « Es que, Señora, he dicho 30 guardiamarinas », subrayando la casta y capacidad de sacrificio de los jóvenes marinos. Terminados los actos oficiales, subieron también Peña y Castell y ambos conversaron con Villaamil, vieron cómo las camaretas se habían convertido «en curioso museo de primorosas manufacturas de los remotos países visitados» y escucharon los cánticos que los marineros entonaron a instancias del propio comandante cuando, terminada la maniobra de Descubierta, apuraban vasos de cerveza y la ciudad les enviaba ecos de fiesta de la terraza de su casino.Quince años después, este periódico recordaba en sus páginas a Villaamil, fallecido en el barco que mandaba en aguas de Santiago de Cuba en 1898 . Justo le parecía a ABC, al hablar de la fiesta de la patrona de los marinos, «rendir homenaje a la memoria de aquel hombre ilustre y marino heroico». Y justo parece también hoy.
Era 16 de julio, como hoy. Día de la Virgen del Carmen, patrona de los marinos. Aquella mañana de 1893, San Sebastián miraba al mar aguardando la llegada de una gallarda corbeta que había dado la vuelta al mundo con 300 españoles a bordo. Ángel María Castell nunca olvidó aquella escena … en que la Nautilus entró en La Concha, «navegando a toda vela sobre mar terso de espléndida esmeralda y bajo cielo de intenso azul». Al largar anclas, lanzó un estrecho y largo gallardete que flotó sobre el mar desde su palo mayor y al periodista burgalés le pareció que su punta trazaba «la rúbrica con que Fernando Villaamil firmaba uno de los capítulos más interesantes de la historia de la Armada española». Al mando de este capitán de fragata, el antepasado del buque escuela Juan Sebastián de Elcano había enseñado el oficio a una treintena de guardiamarinas, surcando los mares durante 20 meses en un viaje de unas 40.000 millas náuticas. Apenas 7.000 leguas marinas menos que el submarino del capitán Nemo de Julio Verne.
Desde su partida de Ferrol en noviembre de 1892, la expedición de la Nautilus había navegado a Las Palmas y de ahí a Salvador de Bahía. Había bordeado el cabo de Buena Esperanza para desplazarse hasta Melbourne y a Sídney, luego se había dirigido a Nueva Zelanda y, tras tocar las islas de Sociedad, había llegado a la costa de California. Su travesía había continuado después al Callao y seguido hasta Valparaíso para doblar el peligroso cabo de Hornos y, ya en el Atlántico, dar fondo en la famosa isla de Santa Elena, donde fue recluido Napoleón. El clíper de guerra, adquirido en Inglaterra por Villaamil por 12.000 duros, había dirigido su proa después a Nueva York, Plymouth, Cherburgo y Brest, antes de finalizar en San Sebastián su largo periplo.
(ABC)
El compositor y crítico donostiarra Antonio Peña y Goñi, que lo esperaba desde hacía días en San Sebastián, se quejó en las páginas de ‘Blanco y Negro’ de que la prensa hubiese anunciado su salida en 1892 como la «de un Pérez o de un García cualesquiera para las posesiones de Villacernícalo o para las aguas de Villamelón», como si el abandono del hogar de 300 valientes españoles para servir a la patria, afrontando toda suerte de dificultades y peligros, representara «poca cosa comparados con la infecta bazofia de la cocina política o con el más insignificante crimen». El amigo de Villaamil, que años después prologó su libro, solo esperaba que en la arribada del Nautilus –a él le sonaba mejor en masculino por su pasado de clíper– la política se hubiera calmado y los criminales descansaran, para que el país recibiera como se merecían a los valerosos marinos que habían llevado la bandera española por todo el planeta.
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Decíamos ayer
Mónica Arrizabalaga
Ese día, en San Sebastián, Doña María Cristina subió a bordo de la Nautilus con Alfonso XIII aún niño y cuentan que se sorprendió al contemplar la camareta donde Villaamil le había dicho que se alojaban los ‘michis’. La Reina preguntó si allí dormían 30 personas, creyendo que había oído mal, y el comandante replicó: «Es que, Señora, he dicho 30 guardiamarinas», subrayando la casta y capacidad de sacrificio de los jóvenes marinos. Terminados los actos oficiales, subieron también Peña y Castell y ambos conversaron con Villaamil, vieron cómo las camaretas se habían convertido «en curioso museo de primorosas manufacturas de los remotos países visitados» y escucharon los cánticos que los marineros entonaron a instancias del propio comandante cuando, terminada la maniobra de Descubierta, apuraban vasos de cerveza y la ciudad les enviaba ecos de fiesta de la terraza de su casino.
Quince años después, este periódico recordaba en sus páginas a Villaamil, fallecido en el barco que mandaba en aguas de Santiago de Cuba en 1898. Justo le parecía a ABC, al hablar de la fiesta de la patrona de los marinos, «rendir homenaje a la memoria de aquel hombre ilustre y marino heroico». Y justo parece también hoy.
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