Tío Rodolfo era el hermano del padre de Gonzalo y el verano de 1989 salió con que se quería casar con nuestra minyona, con la de mi familia. «Minyona» es una palabra catalana que equivale a «asistenta», pero prefiero «minyona» porque no sólo define un empleo sino un lugar en la jerarquía familiar. Nuestra ama de llaves era Miguela, que se encargaba también de cocinar; nuestra minyona, la que limpiaba y planchaba, era Pili. El lío que se armó con el anuncio de tío Rodolfo obligó a una cena de las dos familias para tratarlo, y la cena se celebró en nuestra casa. Eran escenas que gustaban mucho a todos, porque aunque los mayores las revestían de gravedad, hablar de con quién se acuestan los otros siempre ha sido la actividad preferida de mi clase social. Y cuando el servicio está involucrado, todavía más.Aquella noche se consideró oportuno que Miguela, nuestra mayordoma, cenara con nosotros para que aportara su luz al asunto. Cuando los sirvientes tenían, por lo que fuera, que cenar con nosotros estaba la tradición de servir sólo comida fría: gazpacho, salmón ahumado, jamón, ensaladas, roast beef, latas de conservas, para no darle trabajo. Y todo lo servíamos nosotros y ellas eran a todos los efectos nuestras invitadas.El padre de Gonzalo tomó la palabra y agradeció a mi abuela que se hubiera ocupado de Pili: le pagamos la suficiente cantidad de dinero para que entendiera que no podía enredar con Rodolfo y se le buscó un empleo bien retribuido y poco exigente en Gijón, de donde era. Partió inmediatamente y sin dejar sus señas.Pero la mala noticia fue que al darse cuenta Rodolfo de la jugada, se fue sin decir nada y no conseguían dar con su paradero. La madre de Gonzalo fue severa con su marido y le acusó de clasista por no aceptar los sentimientos de su hermano. Esta tesis tuvo bastante aceptación en la mesa, y entonces mi abuela preguntó a Miguela, que hasta aquel momento había permanecido en silencio.Ella dijo que los sentimientos de un rico que se enamora del servicio no podían ser tomados en serio, y que si mi abuela no hubiera tomado cartas en el asunto, las habría tomado ella convenciendo a la muchacha que a lo máximo que podía aspirar si continuaba con aquella relación era que le acabaran pagando un aborto en Londres. Sobre la preocupación por el paradero de Rodolfo, algunos especularon con que se hubiera refugiado en un convento; otros, los más trágicos, con que se hubiera autolesionado para llamar la atención de la familia, y aunque el padre de Gonzalo sabía que tío Rodolfo era un golfo y un derrochador, y que Miguela tenía razón sobre la consistencia de sus sentimientos, decía una cosa y la contraria, claramente abrumado por los ataques sentimentales de su esposa.—«Si usted, señor, se hubiera encaprichado de Pili», le interrumpió Miguela con insólito atrevimiento, «no se habría intentado casar con ella».—«No creo, no», respondió el padre de Gonzalo, algo temeroso de dónde podía llevarle la conversación.—«Y no lo hubiera hecho por desprecio a nosotras, sino por respeto. Y esto la señora», dijo mirando a la madre de Gonzalo, «tiene que entenderlo». Para aliviar el incómodo silencio, mi abuela explicó como una gran cosa que tenía un contacto de máximo nivel en la Policía y que le pediría que activaran su búsqueda. Lo dijo con una seguridad que me sorprendió y le pregunté cuando los invitados se marcharon.—«No conozco a nadie pero es para que se queden tranquilos. No te preocupes, que a Rodolfo no le ha pasado nada». Al cabo de unos días el padre de Gonzalo llamó para explicar el fin del misterio, y que ya no estaban preocupados, porque el contable de la empresa había recibido unas facturas del hotel Principe di Savoia, de Milán, con portentosos extras bajo el concepto de «chicas». Tío Rodolfo era el hermano del padre de Gonzalo y el verano de 1989 salió con que se quería casar con nuestra minyona, con la de mi familia. «Minyona» es una palabra catalana que equivale a «asistenta», pero prefiero «minyona» porque no sólo define un empleo sino un lugar en la jerarquía familiar. Nuestra ama de llaves era Miguela, que se encargaba también de cocinar; nuestra minyona, la que limpiaba y planchaba, era Pili. El lío que se armó con el anuncio de tío Rodolfo obligó a una cena de las dos familias para tratarlo, y la cena se celebró en nuestra casa. Eran escenas que gustaban mucho a todos, porque aunque los mayores las revestían de gravedad, hablar de con quién se acuestan los otros siempre ha sido la actividad preferida de mi clase social. Y cuando el servicio está involucrado, todavía más.Aquella noche se consideró oportuno que Miguela, nuestra mayordoma, cenara con nosotros para que aportara su luz al asunto. Cuando los sirvientes tenían, por lo que fuera, que cenar con nosotros estaba la tradición de servir sólo comida fría: gazpacho, salmón ahumado, jamón, ensaladas, roast beef, latas de conservas, para no darle trabajo. Y todo lo servíamos nosotros y ellas eran a todos los efectos nuestras invitadas.El padre de Gonzalo tomó la palabra y agradeció a mi abuela que se hubiera ocupado de Pili: le pagamos la suficiente cantidad de dinero para que entendiera que no podía enredar con Rodolfo y se le buscó un empleo bien retribuido y poco exigente en Gijón, de donde era. Partió inmediatamente y sin dejar sus señas.Pero la mala noticia fue que al darse cuenta Rodolfo de la jugada, se fue sin decir nada y no conseguían dar con su paradero. La madre de Gonzalo fue severa con su marido y le acusó de clasista por no aceptar los sentimientos de su hermano. Esta tesis tuvo bastante aceptación en la mesa, y entonces mi abuela preguntó a Miguela, que hasta aquel momento había permanecido en silencio.Ella dijo que los sentimientos de un rico que se enamora del servicio no podían ser tomados en serio, y que si mi abuela no hubiera tomado cartas en el asunto, las habría tomado ella convenciendo a la muchacha que a lo máximo que podía aspirar si continuaba con aquella relación era que le acabaran pagando un aborto en Londres. Sobre la preocupación por el paradero de Rodolfo, algunos especularon con que se hubiera refugiado en un convento; otros, los más trágicos, con que se hubiera autolesionado para llamar la atención de la familia, y aunque el padre de Gonzalo sabía que tío Rodolfo era un golfo y un derrochador, y que Miguela tenía razón sobre la consistencia de sus sentimientos, decía una cosa y la contraria, claramente abrumado por los ataques sentimentales de su esposa.—«Si usted, señor, se hubiera encaprichado de Pili», le interrumpió Miguela con insólito atrevimiento, «no se habría intentado casar con ella».—«No creo, no», respondió el padre de Gonzalo, algo temeroso de dónde podía llevarle la conversación.—«Y no lo hubiera hecho por desprecio a nosotras, sino por respeto. Y esto la señora», dijo mirando a la madre de Gonzalo, «tiene que entenderlo». Para aliviar el incómodo silencio, mi abuela explicó como una gran cosa que tenía un contacto de máximo nivel en la Policía y que le pediría que activaran su búsqueda. Lo dijo con una seguridad que me sorprendió y le pregunté cuando los invitados se marcharon.—«No conozco a nadie pero es para que se queden tranquilos. No te preocupes, que a Rodolfo no le ha pasado nada». Al cabo de unos días el padre de Gonzalo llamó para explicar el fin del misterio, y que ya no estaban preocupados, porque el contable de la empresa había recibido unas facturas del hotel Principe di Savoia, de Milán, con portentosos extras bajo el concepto de «chicas».
Tío Rodolfo era el hermano del padre de Gonzalo y el verano de 1989 salió con que se quería casar con nuestra minyona, con la de mi familia. «Minyona» es una palabra catalana que equivale a «asistenta», pero prefiero «minyona» porque no sólo define un … empleo sino un lugar en la jerarquía familiar. Nuestra ama de llaves era Miguela, que se encargaba también de cocinar; nuestra minyona, la que limpiaba y planchaba, era Pili.
El lío que se armó con el anuncio de tío Rodolfo obligó a una cena de las dos familias para tratarlo, y la cena se celebró en nuestra casa. Eran escenas que gustaban mucho a todos, porque aunque los mayores las revestían de gravedad, hablar de con quién se acuestan los otros siempre ha sido la actividad preferida de mi clase social. Y cuando el servicio está involucrado, todavía más.
Aquella noche se consideró oportuno que Miguela, nuestra mayordoma, cenara con nosotros para que aportara su luz al asunto. Cuando los sirvientes tenían, por lo que fuera, que cenar con nosotros estaba la tradición de servir sólo comida fría: gazpacho, salmón ahumado, jamón, ensaladas, roast beef, latas de conservas, para no darle trabajo. Y todo lo servíamos nosotros y ellas eran a todos los efectos nuestras invitadas.
El padre de Gonzalo tomó la palabra y agradeció a mi abuela que se hubiera ocupado de Pili: le pagamos la suficiente cantidad de dinero para que entendiera que no podía enredar con Rodolfo y se le buscó un empleo bien retribuido y poco exigente en Gijón, de donde era. Partió inmediatamente y sin dejar sus señas.
Pero la mala noticia fue que al darse cuenta Rodolfo de la jugada, se fue sin decir nada y no conseguían dar con su paradero. La madre de Gonzalo fue severa con su marido y le acusó de clasista por no aceptar los sentimientos de su hermano. Esta tesis tuvo bastante aceptación en la mesa, y entonces mi abuela preguntó a Miguela, que hasta aquel momento había permanecido en silencio.
Ella dijo que los sentimientos de un rico que se enamora del servicio no podían ser tomados en serio, y que si mi abuela no hubiera tomado cartas en el asunto, las habría tomado ella convenciendo a la muchacha que a lo máximo que podía aspirar si continuaba con aquella relación era que le acabaran pagando un aborto en Londres.
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Sobre la preocupación por el paradero de Rodolfo, algunos especularon con que se hubiera refugiado en un convento; otros, los más trágicos, con que se hubiera autolesionado para llamar la atención de la familia, y aunque el padre de Gonzalo sabía que tío Rodolfo era un golfo y un derrochador, y que Miguela tenía razón sobre la consistencia de sus sentimientos, decía una cosa y la contraria, claramente abrumado por los ataques sentimentales de su esposa.
—«Si usted, señor, se hubiera encaprichado de Pili», le interrumpió Miguela con insólito atrevimiento, «no se habría intentado casar con ella».
—«No creo, no», respondió el padre de Gonzalo, algo temeroso de dónde podía llevarle la conversación.
—«Y no lo hubiera hecho por desprecio a nosotras, sino por respeto. Y esto la señora», dijo mirando a la madre de Gonzalo, «tiene que entenderlo».
Para aliviar el incómodo silencio, mi abuela explicó como una gran cosa que tenía un contacto de máximo nivel en la Policía y que le pediría que activaran su búsqueda. Lo dijo con una seguridad que me sorprendió y le pregunté cuando los invitados se marcharon.
—«No conozco a nadie pero es para que se queden tranquilos. No te preocupes, que a Rodolfo no le ha pasado nada».
Al cabo de unos días el padre de Gonzalo llamó para explicar el fin del misterio, y que ya no estaban preocupados, porque el contable de la empresa había recibido unas facturas del hotel Principe di Savoia, de Milán, con portentosos extras bajo el concepto de «chicas».
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