El Teatro Real fue uno de los primeros escenarios en incorporar Manon Lescaut de Puccini a su repertorio. En noviembre de 1893, apenas nueve meses después de su primer y apoteósico telón en Turín, el público de Madrid recibió con más frialdad que entusiasmo la tercera ópera del que estaba llamado a recoger el testigo de Verdi. La anunciada sucesión tenía más de estrategia comercial que de afinidad estilística. La editorial Ricordi ofrecía una rebaja en los derechos a los teatros que programaran en una misma temporada Falstaff, la última ópera del octogenario maestro de Busseto, y el flamante éxito de su joven promesa.
El Teatro Real fue uno de los primeros escenarios en incorporar Manon Lescaut de Puccini a su repertorio. En noviembre de 1893, apenas nueve meses después de su primer y apoteósico telón en Turín, el público de Madrid recibió con más frialdad que entusiasmo la tercera ópera del que estaba llamado a recoger el testigo de Verdi. La anunciada sucesión tenía más de estrategia comercial que de afinidad estilística. La editorial Ricordi ofrecía una rebaja en los derechos a los teatros que programaran en una misma temporada Falstaff, la última ópera del octogenario maestro de Busseto, y el flamante éxito de su joven promesa. Seguir leyendo
El Teatro Real fue uno de los primeros escenarios en incorporar Manon Lescaut de Puccini a su repertorio. En noviembre de 1893, apenas nueve meses después de su primer y apoteósico telón en Turín, el público de Madrid recibió con más frialdad que entusiasmo la tercera ópera del que estaba llamado a recoger el testigo de Verdi. La anunciada sucesión tenía más de estrategia comercial que de afinidad estilística. La editorial Ricordi ofrecía una rebaja en los derechos a los teatros que programaran en una misma temporada Falstaff, la última ópera del octogenario maestro de Busseto, y el flamante éxito de su joven promesa.
“Su capacidad de emocionar y su belleza perturbadora explican que haya cautivado a generaciones de melómanos y convocado a los cantantes más destacados de cada época”, señala Joan Matabosch, director artístico del coliseo madrileño, que el miércoles inaugurará con este título su trigésima temporada desde la reapertura. “Por eso cuesta tanto entender que Manon Lescaut haya estado ausente de este escenario durante 102 años, incluso si tenemos en cuenta el tiempo que el teatro estuvo cerrado”. Y añade: “Le debíamos a Puccini este regreso para reparar un olvido injustificable”.
Con Manon Lescaut, el compositor italiano consiguió lo que no había logrado con Le villi y Edgar, esto es, ganarse al gran público y afianzar su posición en el circuito operístico internacional. Y eso a pesar de las antipatías que su adaptación de la novela de Antoine-François Prévost despertó entre un buen número de críticos e intelectuales españoles, incluido el compositor Tomás Bretón, en plena pugna entre wagnerianos y defensores de la ópera italiana. De ahí en adelante, Puccini se vería envuelto en un fuego cruzado de polémicas, no siempre estrictamente musicales, que su astuto editor supo rentabilizar.
El nuevo montaje de Carlos Wagner —una coproducción con la Ópera de Colonia, donde se estrenó el año pasado— convierte en un frenético carrusel las pasiones de Manon, una mujer que se niega a elegir entre el amor de Des Grieux y el lujo que le ofrece Geronte. “El tiovivo empieza como una imagen infantil, muy juguetona”, describe el director de escena venezolano. “En el segundo acto quitamos los caballos y utilizamos las barras para un número semierótico de pole dance frente a los invitados de Geronte. Finalmente, esas mismas barras se convierten en una prisión, antes de que Manon sea deportada a América”.

La caótica gestación del libreto, que pasó de mano en mano hasta llegar al estreno sin firma, dejó grietas y carencias narrativas que Puccini compensó con una música de desbordante vitalidad y riqueza melódica. “Aquí el reto consiste en dar continuidad dramática a una serie de viñetas inconexas”, reconoce Wagner. “Y hacerlo desde una mirada más feminista, liberando a Manon de los prejuicios con los que tantas veces se la juzga”. Su adaptación retrata una sociedad represiva y obsesionada con la belleza. “Más que la codicia o el hedonismo, lo que mueve a la protagonista es el instinto de supervivencia”.
Nicola Luisotti gobernará el foso de la Sinfónica de Madrid durante 13 funciones hasta el 11 de octubre. “La etiqueta verista no le corresponde, pues la Manon de Puccini pertenece al tardorromanticismo, con una orquestación de ascendencia wagneriana que funciona casi como un poema sinfónico con voces”, aclara el maestro italiano. “No es una obra innovadora, pero culmina el lenguaje del siglo XIX y abre las puertas a todo lo que vendría después”. La partitura recupera materiales de Edgar, del Agnus Dei de su misa y de la elegía Crisantemi, que podrá escucharse el día 27 en los Domingos de Cámara del Real.
Para Luisotti, los errores de los personajes no restan humanidad a la historia. “Frente a los desenlaces sangrientos de obras italianas del mismo periodo, como Cavalleria rusticana o Pagliacci, aquí nadie mata a nadie”, apunta. “Des Grieux perdona porque ama de verdad, no porque se considere dueño de Manon”. La intensidad de los sentimientos encuentra su equivalente en una densidad orquestal que exige voces grandes capaces de atravesar lo que el director define como un muro de sonido. “Hacer un pianísimo con tanto instrumento es muy, muy difícil. Y, si respeto todas las dinámicas, me como a los cantantes…”.
La soprano estadounidense Sondra Radvanovsky defenderá el rol principal con el aval de casi dos décadas de experiencia. “Necesito encontrar una verdad que resuene en mí, y Manon ha vivido rodeada de hombres que le decían qué hacer”, contaba durante la rueda de prensa de presentación. “Por desgracia, yo también sé lo que es eso”. Su homóloga, la madrileña Saioa Hernández, debutará en el papel atraída por la naturalidad con la que la música dibuja al personaje. “Para que el público se emocione, no solo tienes que habitar los personajes, también dejar que habiten en ti”, explicó la cantante en el mismo encuentro.

El tenor estadounidense Michael Fabiano se estrenará como Des Grieux tras veinte años de carrera. “Me siento preparado para abordar un personaje que arde desde el primer momento hasta el último”, aclaró en su cita con los medios. “Yo también llevo ese fuego dentro”. El canario Jorge de León afrontará, en cambio, su quinta producción de Manon Lescaut, fascinado por la obstinación de un joven que se entrega a una causa perdida. “Al leer la novela ves cómo se aferra a una relación que lo lleva a la perdición”, señaló. “Todo es tan extremo que, cuando lo cantas, debes tomar distancia para no quedarte sin voz”.
El best seller del abate Prévost, publicado en 1731, inspiró varias óperas anteriores a la de Puccini, a quien no le intimidó la larga ovación que la Manon de Jules Massenet había cosechado nueve años antes en la Opéra-Comique de París. “La versión francesa flota en el aire, mientras que la italiana pertenece al mundo terrenal”, resume Luisotti. “De una salimos pensando que hemos visto una obra muy bonita; la otra nos deja destrozados”. Matabosch recuerda el desenfado con que Puccini insistió en medirse con Massenet: “Pensaba, con muy buen criterio, que una mujer como Manon podía tener más de un amante”.
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