Dice Emiliano Monge (Ciudad de México, 48 años) que cada persona construye su pasado a la medida de lo que necesita para que su presente se sostenga, tales son las posibilidades. De ese proceso de reinvención constante, añade, lo que más le interesa no es tanto lo que cada quien recuerda, “sino por qué lo recuerda de esa manera”: “Qué nos dice eso de un personaje o de una persona”. En ese laberinto sin fin se adentra en En lengua privada (Random House), un conjunto de relatos, a caballo entre la ficción y lo ensayístico, en los que pone a dialogar sus lecturas con diversos episodios de su vida y de la de los que lo rodean. Los hermanos Joyce, Virginia Woolf o Coetzee, entre otros, van desfilando para conversar ―a veces literal, a veces metafóricamente― con las vivencias de Monge, que se pone a sí mismo en el centro por primera vez y rebusca en sus recuerdos para hablar de la muerte, la enfermedad y esa cosa esquiva y obsesiva para cualquier escritor: el lenguaje.
El escritor mexicano publica ‘En lengua privada’, un conjunto de relatos en los que se adentra en los laberintos de la escritura y los recuerdos a partir de sus lecturas y de diversos episodios autobiográficos
Dice Emiliano Monge (Ciudad de México, 48 años) que cada persona construye su pasado a la medida de lo que necesita para que su presente se sostenga, tales son las posibilidades. De ese proceso de reinvención constante, añade, lo que más le interesa no es tanto lo que cada quien recuerda, “sino por qué lo recuerda de esa manera”: “Qué nos dice eso de un personaje o de una persona”. En ese laberinto sin fin se adentra en En lengua privada (Random House), un conjunto de relatos, a caballo entre la ficción y lo ensayístico, en los que pone a dialogar sus lecturas con diversos episodios de su vida y de la de los que lo rodean. Los hermanos Joyce, Virginia Woolf o Coetzee, entre otros, van desfilando para conversar ―a veces literal, a veces metafóricamente― con las vivencias de Monge, que se pone a sí mismo en el centro por primera vez y rebusca en sus recuerdos para hablar de la muerte, la enfermedad y esa cosa esquiva y obsesiva para cualquier escritor: el lenguaje.
Pregunta. ¿Qué hace falta para ser un escritor de los que transforman y no de los que inventan?
Respuesta. No sé si estoy de acuerdo con eso que pasa entre los hermanos Joyce. Es muy difícil pensar que el escritor puede ser una cosa o la otra. Creo que el que transforma, sin darse cuenta, está recapitulando mucho, y el que cree que solamente recapitula está transformando de manera natural. Todos los escritores y escritoras, por más que sepamos el proyecto en el que estamos y si el germen fue de la imaginación o es autobiográfico, todos los días que nos sentamos a escribir tenemos una monedita y tiramos un volado y a veces cae del lado la imaginación y, a veces, de la memoria.
P. ¿Puede la ficción que construye a partir de los recuerdos alterar totalmente lo que luego recuerda como real?
R. Totalmente. El texto de los hermanos Joyce tiene el detonante del día que le dio el ictus a mi hermano. Ahora que el libro salió, me dijo: “Oye, cabrón, lo único es que no pasó así una parte”. Yo le dije: “Cabrón, estás loco, tú qué vas a saber si estabas adentro, estabas inconsciente”. Y dijo: “No, no. Yo me acuerdo perfecto de que antes de que empezaran el procedimiento los vi por una ventana a ti y a Ceci”. Yo dije: “No, eso no pasó”; y Ceci dijo: “Sí pasó, fue tal cual como lo dice tu hermano”. Y yo lo había convertido ya en la ficción que había escrito. Entonces es tal cual. Ahora, es curioso, porque yo escribí convencido de que había sucedido así. Es decir, ya me había engañado la memoria antes de la escritura.
P. ¿Piensa que algo es susceptible de convertirse en literatura mientras está sucediendo?
R. No. Una sola vez me ha pasado y fue en este libro. Es la única vez que, mientras me lo contaban, yo pensaba… pero claro, porque estaba escribiendo el libro. Ahí sí pensé: “Puta, me quiero ir ya a mi casa a escribir”. No me suele pasar. En realidad me siento a pensar en momentos de mi memoria y los busco, y hay una transformación enorme para que funcionen como piezas de ficción. Yo sé que hay escritores que llevan libretas y anotan cosas y frases. Yo no voy recolectando. De algún modo el primer filtro que necesito es que sobreviva al tiempo.
P. ¿Quién queda más expuesto, usted o las personas de su alrededor?
R. Ese es un tema. A mí me cansa escuchar a tantas escritoras y escritores que dicen esta cosa de: “A lo único a lo que yo no le puedo fallar es a la honestidad y al compromiso con la literatura, y la literatura no permite que yo le ponga límites”. Y entiendo, pues uno no puede censurarse ni protegerse. Estar haciendo esas protecciones mata la literatura pero, para mí, hay una sola cosa que es peor que el censor, y es el delator. Y sí hay una línea que cuido, que es que por lo menos no haya ningún tufo de delación. El único acto de justicia mínima que trato de hacer es tratarme a mí, cuando estoy en el texto, exactamente igual que a los demás. Trato de ser igual de transparente, pero afectas más a los otros, y a veces de maneras insospechadas.
P. Hay muchas experiencias relacionadas con la muerte en este libro. ¿Por qué?
R. Por un lado, tiene que ver con que llevo un par de años con la muerte muy presente. Mi generación está viendo enfermar y envejecer de golpe a los padres, a los tíos… Y eso le da a la muerte un rostro que no había tenido hasta ahora. De pronto se me volvió un tema, y no lo era. Por otro lado, tiene que ver con que las historias y muchos de los autores que atraviesan los textos también escribían de la muerte. Hay un punto en el que uno ve que se convierte en tema la idea de que la muerte es el reducto final, no de nosotros sino de la escritura. Igual el lenguaje. Hay un punto en el que todos los escritores se dan cuenta de que el lenguaje no alcanza. Que llevas 25, 30, 40 años peleándote con el lenguaje, escribiendo, y de pronto no alcanza. Eso está relacionado con el silencio y con la muerte.
P. ¿Qué nos revelan las enfermedades de los demás sobre nosotros mismos?
R. Uno pensaría, a bote pronto, que tiene que ver con el miedo a padecer lo mismo. Lo que nos revelan en realidad es la intensidad de nuestros cariños y las diferentes formas de la ternura. Lo que se siente al estar con un enfermo, al cuidarlo, al tener terror de que algo le pase. La ternura desata un montón de sentimientos, de ideas, de acciones, que a veces no nos damos cuenta que están desatadas por eso. Y nos cambia los roles. Uno tiene una relación con alguien y está muy estereotipada, aunque no nos demos cuenta.

P. ¿Pasa lo mismo con la vejez?
R. Sí, totalmente. Es muy fácil pensar que la vejez los transforma a ellos, a los viejos, pero la vejez de ellos implica que nosotros también crecimos y cambiamos de etapa. La vejez los transforma a ellos y a nosotros ante ellos. Además, también me parece que la vejez destila cosas y van quedando esencias muy chingonas en las personas. Vas viendo cómo las personas van salvando de ese proceso de desmontaje lo que quieren ir salvando y se van aferrando a lo que quieren irse aferrando de sí mismas. Es una etapa interesante.
P. También está presente la mirada de la infancia.
R. Me obsesiona la idea de que los narradores sean muy distintos entre sí en mis libros y, en este caso, en vez de construir un narrador —asumiendo que es un libro muy autobiográfico, por primera vez de verdad, y no biográfico de alguien cercano—, fue tratar de ponerme en la voz que yo tenía en el momento en que viví el suceso. Fue una manera de ver la infancia, no como una serie de hechos sino como una serie de hechos sentidos, porque cuando buscas la voz también estás buscando la sensibilidad de esa época. Ver esa sensibilidad me gustó, porque es el germen de la imaginación. Como viví tantas enfermedades de chico y pasé tanto tiempo sin poder salir a jugar, empecé a jugar en la imaginación y me metí en esos juegos de los demás imaginándome en ellos. Volver a esa infancia fue entender todo esto.
P. ¿Qué abismo es mayor: el pasado o el futuro?
R. Es muy curioso que la infancia esté tan marcada por la imaginación y que luego nuestra única vuelta a la infancia sea a través de la memoria, que es otra forma de la imaginación. Y, pensando hacia el futuro, también lo único que podemos hacer con él es imaginarlo. Nuestro escape al presente, lo único que permite que existan ese futuro y ese pasado, son la imaginación, la memoria y el lenguaje, que es el que nos transporta. Ese abismo tiene que ver con eso. Hay un texto de Berger precioso en el que dice que todos los textos escritos por el ser humano acaban ante un precipicio, puede ser un abismo o puede ser una montaña gigantesca.
P. También cita de Joyce que el lenguaje es lo que nos permite estar cuando no estamos…
R. Es el primer y último legado de la vida, porque todos los animales y los seres vivos tienen un lenguaje. El lenguaje de la música o de las matemáticas son completamente distintos, pero son lenguajes. Es la primera tecnología a la que accedimos. Es una herramienta de la vida, como lo es la necesidad de alimentos, es decir, la vida se reproduce también a través del lenguaje y garantiza que sigamos estando ahí también a través del lenguaje, no solo a través de procesos químicos y físicos. Gracias al lenguaje seguimos reproduciéndonos. Al mismo tiempo, creo que somos usados por el lenguaje. Un poco esta idea de que el lenguaje es un virus.
P. Nos coloniza y nos sobrevive.
R. Tal cual, exacto. Y a mí me interesa mucho el lenguaje como motor de la vida, porque además, si piensas en cómo accedemos al lenguaje cuando estamos chiquitos, es una colonización, va entrando poco a poco y nos infecta, y muta. Así como en la pandemia escuchábamos que ya había mutado la cepa. El lenguaje muta también para asegurarse la supervivencia. Trascendimos el tiempo que nos había sido dado para estar en la Tierra. Estábamos hechos para estar en el presente, y eso lo rompimos con la lengua.
P. Si “la vida comienza donde empieza la mirada”, como cita de Amélie Nothomb, ¿dónde termina?
R. No sé si termina, es extraño, porque cualquier cosa que empieza tiene un eco. La memoria hace que perdure. Sabemos que el Big Bang estuvo ahí, pero no sabemos nada del final del universo, por más que digan que un día se va a acabar. Todo inicio es un estallido de energía, incluso una historia. Se te ocurre una historia, estalla y va hacia miles de lugares y lo que hace el lenguaje es elegir un camino de esa explosión. Tratas de meter todo lo que puedes en ese pequeño río, pero se quedó fuera muchísimo. Aunque termine el río que tú decidiste, ya no estás en posición de hacer nada con eso que se fue a otros lugares, por eso algo que tiene un inicio tiene miles de finales.
P. Otra vez el abismo del futuro.
R. Pues sí, un abismo del que hay ecos rebotando.
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