No recuerdo quién me habló de ella por primera vez. Tampoco a raíz de qué. Recuerdo que fue hace unos años y que el nombre sonaba como un pistoletazo. ‘La Fallaci’ . Empecé a leer cosas escritas sobre ella. Empecé a leer cosas escritas por ella. ‘Un hombre’. ‘Carta a un niño que nunca nació’. Entonces llegué a su libro de entrevistas, un tomo que contiene en sus páginas un pedazo de la historia del siglo pasado y que ella misma llamó así. ‘Entrevista con la historia’. No basta con leerlo una vez. Hay que leerlo tres, cinco, veinte veces. Hay que leerlo hasta no saber cuántas veces se ha leído. Hay que diseccionar cada conversación de la misma forma en la que ella diseccionaba a sus interlocutores , como un cirujano que estudia cada respuesta hasta dar con la arteria de la contradicción. Porque desnudar al poder era su objetivo. Indagar, presionar, persistir hasta alcanzar el punto exacto en el que esos grandes personajes, esos egos desmedidos, empezaban a pulverizarse hasta mostrar a un humano más.Es difícil no sentir admiración por su insolencia, por su terquedad. Por su temeridad. Oriana Fallaci era extravagante en sus formas, irritante en sus planteamientos. Había algo profundamente teatral en la elegancia con la que desplegaba los primeros compases de su violencia dialéctica . Pero tenía un hambre voraz por hallar una respuesta a esa cuestión tan molesta como necesaria de «en-qué-son-distintos-de-nosotros» quienes están en el poder.Y para conseguirlo entendió que la entrevista no es una charla entre dos desconocidos que se quieren caer bien. Entendió que la entrevista no es un altavoz de unas declaraciones cuidadosamente preparadas por el director de comunicación. Entendió que la entrevista requiere de atrevimiento y coraje, de audacia y arrojo. De un combate en el que dejar jirones de sí misma , de su temperamento, de sus ideas, en cada conversación.En sus entrevistas no había truco. Había valor y rigor. Había ganchos y directos. A las incongruencias. A los errores. Al ego. Los daba con eso que llaman hacer preguntas claras. Con eso que llaman incomodar. Con eso que llaman hacer periodismo. No recuerdo quién me habló de ella por primera vez. Tampoco a raíz de qué. Recuerdo que fue hace unos años y que el nombre sonaba como un pistoletazo. ‘La Fallaci’ . Empecé a leer cosas escritas sobre ella. Empecé a leer cosas escritas por ella. ‘Un hombre’. ‘Carta a un niño que nunca nació’. Entonces llegué a su libro de entrevistas, un tomo que contiene en sus páginas un pedazo de la historia del siglo pasado y que ella misma llamó así. ‘Entrevista con la historia’. No basta con leerlo una vez. Hay que leerlo tres, cinco, veinte veces. Hay que leerlo hasta no saber cuántas veces se ha leído. Hay que diseccionar cada conversación de la misma forma en la que ella diseccionaba a sus interlocutores , como un cirujano que estudia cada respuesta hasta dar con la arteria de la contradicción. Porque desnudar al poder era su objetivo. Indagar, presionar, persistir hasta alcanzar el punto exacto en el que esos grandes personajes, esos egos desmedidos, empezaban a pulverizarse hasta mostrar a un humano más.Es difícil no sentir admiración por su insolencia, por su terquedad. Por su temeridad. Oriana Fallaci era extravagante en sus formas, irritante en sus planteamientos. Había algo profundamente teatral en la elegancia con la que desplegaba los primeros compases de su violencia dialéctica . Pero tenía un hambre voraz por hallar una respuesta a esa cuestión tan molesta como necesaria de «en-qué-son-distintos-de-nosotros» quienes están en el poder.Y para conseguirlo entendió que la entrevista no es una charla entre dos desconocidos que se quieren caer bien. Entendió que la entrevista no es un altavoz de unas declaraciones cuidadosamente preparadas por el director de comunicación. Entendió que la entrevista requiere de atrevimiento y coraje, de audacia y arrojo. De un combate en el que dejar jirones de sí misma , de su temperamento, de sus ideas, en cada conversación.En sus entrevistas no había truco. Había valor y rigor. Había ganchos y directos. A las incongruencias. A los errores. Al ego. Los daba con eso que llaman hacer preguntas claras. Con eso que llaman incomodar. Con eso que llaman hacer periodismo.
No recuerdo quién me habló de ella por primera vez. Tampoco a raíz de qué. Recuerdo que fue hace unos años y que el nombre sonaba como un pistoletazo. ‘La Fallaci’. Empecé a leer cosas escritas sobre ella. Empecé a leer cosas escritas por … ella. ‘Un hombre’. ‘Carta a un niño que nunca nació’. Entonces llegué a su libro de entrevistas, un tomo que contiene en sus páginas un pedazo de la historia del siglo pasado y que ella misma llamó así. ‘Entrevista con la historia’.
No basta con leerlo una vez. Hay que leerlo tres, cinco, veinte veces. Hay que leerlo hasta no saber cuántas veces se ha leído. Hay que diseccionar cada conversación de la misma forma en la que ella diseccionaba a sus interlocutores, como un cirujano que estudia cada respuesta hasta dar con la arteria de la contradicción.
Porque desnudar al poder era su objetivo. Indagar, presionar, persistir hasta alcanzar el punto exacto en el que esos grandes personajes, esos egos desmedidos, empezaban a pulverizarse hasta mostrar a un humano más.
Es difícil no sentir admiración por su insolencia, por su terquedad. Por su temeridad. Oriana Fallaci era extravagante en sus formas, irritante en sus planteamientos. Había algo profundamente teatral en la elegancia con la que desplegaba los primeros compases de su violencia dialéctica. Pero tenía un hambre voraz por hallar una respuesta a esa cuestión tan molesta como necesaria de «en-qué-son-distintos-de-nosotros» quienes están en el poder.
Y para conseguirlo entendió que la entrevista no es una charla entre dos desconocidos que se quieren caer bien. Entendió que la entrevista no es un altavoz de unas declaraciones cuidadosamente preparadas por el director de comunicación. Entendió que la entrevista requiere de atrevimiento y coraje, de audacia y arrojo. De un combate en el que dejar jirones de sí misma, de su temperamento, de sus ideas, en cada conversación.
En sus entrevistas no había truco. Había valor y rigor. Había ganchos y directos. A las incongruencias. A los errores. Al ego.
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