Entre el enigma ‘edípico’ y el misterio de la encarnación de Cristo, late una honda preocupación por los designios oraculares o las profecías ‘veterotestamentarias’. En última instancia, la efímera pasión del hombre, ese ser –como escribiera Sófocles– temible, nos dinamiza hacia encrucijadas críticas que, en ocasiones, tiene forma de laberinto. Gonzalo Borondo ha instalado en el Museum Villa Stuck de Múnich una impresionante materialización, valga la redundancia, de los dilemas de la materia más extraña, a saber, del espíritu que se hizo carne. Las inquietantes ‘maquinaciones’ de este extraordinario artista quedan sintetizadas en el simbolismo abismal de ‘Mater’ que es, en todos los sentidos, el origen del mundo y esa madera resonante que enlaza naturaleza y artificio.Con una modulación operística y absolutamente antagónica al literalismo del arte de consignas o a las tautologías del tardo-conceptualismo (estrictas obviedades salpimentadas con pretenciosidades pseudo-filosóficas), Borondo construye fascinantes especulaciones como la que sirve de introducción al recorrido de esta exposición: un imponente altar en el que ha ensamblado dos bañeras con aves disecadas o unos trillos que adquieren una cualidad escultórica, rodeados por espejos que, por ejemplo, completan los huesos de un torso humano pintados de rojo. El imaginario prodigiosamente híbrido de este creador le lleva a utilizar toda clase de elementos, buscando generar ‘apariciones’ que, en todos los sentidos, hacen que escapemos de la existencia rutinaria.Huir del mensaje dogmáticoEl espectador tiene, literalmente, que atravesar un enorme espejo (en un juego que podría ser interpretado como una plasmación del ‘doppelganger’ freudiano) para acceder a una oscura estancia en la que parecen haber surgido unas estalagmitas cuya sustancia material parecería el petróleo. De las cabezas de esas enormes figuras totémicas surgen proyecciones que están sometidas a distintas distorsiones, buscando, en todo momento, huir del mensaje dogmático. No hay, ciertamente, un regodeo en el hermetismo por parte de Borondo, sino una resistencia poética a reducir la experiencia estética a una mera ‘descodificación’ de un programa esquemático. Una serie de sorprendentes ensamblajes funcionan como ‘máquinas de funcionamiento simbólico’, generando sonidos o, mejor, un magma de rumores que exigen tomar(se) tiempo para ajustar nuestro ritmo vital a una situación que es aparentemente caótica y que, en el fondo, está buscando una re-animación radical. La vidriera proyectada en esa estancia del ‘anima’ da cuenta del espíritu de este creador que construye a partir de elementos destruidos o abandonados. A la manera del ‘Angelus Novus’ de Klee interpretado por Walter Benjamin, contempla cómo en el pasado crecen las ruinas hasta tocar el cielo, manifestándose el progreso como una catástrofe.La tarea de Gonzalo Borondo no es la del hermeneuta o el traductor, sino que su herencia es la del restaurador. La instalación que ha realizado con una serie de relicarios datados entre los siglos XV y XVIII que proceden de la Catedral de Segovia refuerza la intensidad espiritual. Los huesos y restos de los santos o los mártires adquieren una tonalidad ‘forense’, funcionan con el índice que activa lo Real en clave traumática. Lejos de la fosilización de cualquier cosa (una consecuencia de la globalización de la ‘duchampitis’), confronta al público con la ‘materia devocional’. Distintas propuestas de ‘Mater’, de Gonzalo Borondo, en Villa Stuck Sergio PradanaEsos espectadores ‘enteradillos’ que habitualmente circulan por los espacios del sistema artístico con la percepción distraída que solamente sale del letargo con las banalidades provocadoras o las empalagosas naderías cuquis tal vez sientan frente a esta imaginería religiosa algo de ‘inquietud’, atrapados momentáneamente en una atmósfera de siniestra intempestividad, como si retornara lo reprimido: el absurdo de la fe en tiempos descreídos. Una escalera de caracol conduce a una monumental cúpula de tubos metálicos en cuyo centro funciona un enorme zoótropo que produce casi vértigo. El mecanismo pre-cinematográfico impone la presencia fugitiva de cuadrúpedos que circulan sin fin entre columnas, alegoría acaso de una cacería que está ‘punctualizada’ en un cuchillo que gira en la base de ese dispositivo persiguiendo una mano. Desde lo alto de la estructura, otras manos iluminadas recuerdan a los exvotos indicaciones de una ‘sanación’ deseada. El altar pintado en una caja de luz con intensos colores rojos revela que las promesas y esperanzas están tensadas en relación con un ‘vaciamiento’: no hay cuerpos en la crucifixión, en el sepulcro no queda nada, los espacios están desiertos. Laberinto de espíritus cristalinosLa intensa materialización instalativa concluye con un laberinto de espíritus ‘cristalinos’ dispuesto en la hermosa sala donde se encuentra el impactante ‘altar del pecado’ de Von Stuck. Borondo ha fijado radiografías de esculturas de santos en paneles de vidrios que producen la impresión de estar deambulando entre fantasmas. Esa impresión ‘hauntológica’, por emplear un término procedente de Jacques Derrida, rematerializa paradójicamente la dinámica deconstruccionista de ‘Mater’. Aquello que nos acosa son ‘los fantasmas de nuestra vida’, los lazos familiares o, mejor, las herencias que hemos forcluido.En una de las habitaciones de la casa del ‘príncipes de los pintores de Múnich’, me atrapó la obra titulada ‘Disonancia’ (1910) en la que un joven fauno está tocando la flauta produciendo un sonido tan terrible que el anciano fauno que está sentado junto a él tiene que taparse los oídos con el semblante crispado. Esa es algo más que una imagen ‘simpática’, puesto que da cuenta del conflicto generacional, de la fricción con las imposiciones ‘historicistas’.arte_abc_0724 Gonzalo Borondo sintoniza con la búsqueda de la ‘obra de arte total’ a la que se entregó Franz Stuck, buscando también lazos simbólicos que puedan generar formas diferentes de comprender lo que somos. La sonoridad de ‘Mater’, que incluso hace vibrar las bombillas junto a los relicarios, no busca la estridencia disonante, al contrario, anhela una ‘consonancia espiritual’.Entre los muchos prodigios que ha formalizado este creador admirablemente inquieto destacan un corazón que funciona como un elemento percusivo y un globo negro que se hincha hasta casi explotar sin que termine por producirse el desastre. En un texto de Ángela Segovia, que está escrito en un muro, leo una frase rotunda: «La herencia es la ruina que queda al final de la fiesta». No podemos olvidar que lo heredado es, en sentido estricto, mortalidad. Gonzalo Bornodo ‘Mater’ Lugar: Museum Villa Stuck (Múnich) Dirección: Prinzregentenstrasse, 60 Comisaria: Helena Pereña Clausura: Hasta el 29 de marzo de 2027 Valoración: ****GBorondo restaura y deconstruye simbolismos olvidados, reactiva las reliquias, regala materia vibrante, reanima la imaginación, regala especulaciones fecundas, nos incita a recorrer una jerencia en la que pueden producirse epifanías neo-barrocas con detalles fantásticos como los de esos dibujos o garabatos infantiles que desubliman el laberinto de la santidad. A través de lo ruinoso, más allá de las verdades amargas viralizadas en nuestro mundo, puede latir un corazón esperanzado sin que suene disonante. Entre el enigma ‘edípico’ y el misterio de la encarnación de Cristo, late una honda preocupación por los designios oraculares o las profecías ‘veterotestamentarias’. En última instancia, la efímera pasión del hombre, ese ser –como escribiera Sófocles– temible, nos dinamiza hacia encrucijadas críticas que, en ocasiones, tiene forma de laberinto. Gonzalo Borondo ha instalado en el Museum Villa Stuck de Múnich una impresionante materialización, valga la redundancia, de los dilemas de la materia más extraña, a saber, del espíritu que se hizo carne. Las inquietantes ‘maquinaciones’ de este extraordinario artista quedan sintetizadas en el simbolismo abismal de ‘Mater’ que es, en todos los sentidos, el origen del mundo y esa madera resonante que enlaza naturaleza y artificio.Con una modulación operística y absolutamente antagónica al literalismo del arte de consignas o a las tautologías del tardo-conceptualismo (estrictas obviedades salpimentadas con pretenciosidades pseudo-filosóficas), Borondo construye fascinantes especulaciones como la que sirve de introducción al recorrido de esta exposición: un imponente altar en el que ha ensamblado dos bañeras con aves disecadas o unos trillos que adquieren una cualidad escultórica, rodeados por espejos que, por ejemplo, completan los huesos de un torso humano pintados de rojo. El imaginario prodigiosamente híbrido de este creador le lleva a utilizar toda clase de elementos, buscando generar ‘apariciones’ que, en todos los sentidos, hacen que escapemos de la existencia rutinaria.Huir del mensaje dogmáticoEl espectador tiene, literalmente, que atravesar un enorme espejo (en un juego que podría ser interpretado como una plasmación del ‘doppelganger’ freudiano) para acceder a una oscura estancia en la que parecen haber surgido unas estalagmitas cuya sustancia material parecería el petróleo. De las cabezas de esas enormes figuras totémicas surgen proyecciones que están sometidas a distintas distorsiones, buscando, en todo momento, huir del mensaje dogmático. No hay, ciertamente, un regodeo en el hermetismo por parte de Borondo, sino una resistencia poética a reducir la experiencia estética a una mera ‘descodificación’ de un programa esquemático. Una serie de sorprendentes ensamblajes funcionan como ‘máquinas de funcionamiento simbólico’, generando sonidos o, mejor, un magma de rumores que exigen tomar(se) tiempo para ajustar nuestro ritmo vital a una situación que es aparentemente caótica y que, en el fondo, está buscando una re-animación radical. La vidriera proyectada en esa estancia del ‘anima’ da cuenta del espíritu de este creador que construye a partir de elementos destruidos o abandonados. A la manera del ‘Angelus Novus’ de Klee interpretado por Walter Benjamin, contempla cómo en el pasado crecen las ruinas hasta tocar el cielo, manifestándose el progreso como una catástrofe.La tarea de Gonzalo Borondo no es la del hermeneuta o el traductor, sino que su herencia es la del restaurador. La instalación que ha realizado con una serie de relicarios datados entre los siglos XV y XVIII que proceden de la Catedral de Segovia refuerza la intensidad espiritual. Los huesos y restos de los santos o los mártires adquieren una tonalidad ‘forense’, funcionan con el índice que activa lo Real en clave traumática. Lejos de la fosilización de cualquier cosa (una consecuencia de la globalización de la ‘duchampitis’), confronta al público con la ‘materia devocional’. Distintas propuestas de ‘Mater’, de Gonzalo Borondo, en Villa Stuck Sergio PradanaEsos espectadores ‘enteradillos’ que habitualmente circulan por los espacios del sistema artístico con la percepción distraída que solamente sale del letargo con las banalidades provocadoras o las empalagosas naderías cuquis tal vez sientan frente a esta imaginería religiosa algo de ‘inquietud’, atrapados momentáneamente en una atmósfera de siniestra intempestividad, como si retornara lo reprimido: el absurdo de la fe en tiempos descreídos. Una escalera de caracol conduce a una monumental cúpula de tubos metálicos en cuyo centro funciona un enorme zoótropo que produce casi vértigo. El mecanismo pre-cinematográfico impone la presencia fugitiva de cuadrúpedos que circulan sin fin entre columnas, alegoría acaso de una cacería que está ‘punctualizada’ en un cuchillo que gira en la base de ese dispositivo persiguiendo una mano. Desde lo alto de la estructura, otras manos iluminadas recuerdan a los exvotos indicaciones de una ‘sanación’ deseada. El altar pintado en una caja de luz con intensos colores rojos revela que las promesas y esperanzas están tensadas en relación con un ‘vaciamiento’: no hay cuerpos en la crucifixión, en el sepulcro no queda nada, los espacios están desiertos. Laberinto de espíritus cristalinosLa intensa materialización instalativa concluye con un laberinto de espíritus ‘cristalinos’ dispuesto en la hermosa sala donde se encuentra el impactante ‘altar del pecado’ de Von Stuck. Borondo ha fijado radiografías de esculturas de santos en paneles de vidrios que producen la impresión de estar deambulando entre fantasmas. Esa impresión ‘hauntológica’, por emplear un término procedente de Jacques Derrida, rematerializa paradójicamente la dinámica deconstruccionista de ‘Mater’. Aquello que nos acosa son ‘los fantasmas de nuestra vida’, los lazos familiares o, mejor, las herencias que hemos forcluido.En una de las habitaciones de la casa del ‘príncipes de los pintores de Múnich’, me atrapó la obra titulada ‘Disonancia’ (1910) en la que un joven fauno está tocando la flauta produciendo un sonido tan terrible que el anciano fauno que está sentado junto a él tiene que taparse los oídos con el semblante crispado. Esa es algo más que una imagen ‘simpática’, puesto que da cuenta del conflicto generacional, de la fricción con las imposiciones ‘historicistas’.arte_abc_0724 Gonzalo Borondo sintoniza con la búsqueda de la ‘obra de arte total’ a la que se entregó Franz Stuck, buscando también lazos simbólicos que puedan generar formas diferentes de comprender lo que somos. La sonoridad de ‘Mater’, que incluso hace vibrar las bombillas junto a los relicarios, no busca la estridencia disonante, al contrario, anhela una ‘consonancia espiritual’.Entre los muchos prodigios que ha formalizado este creador admirablemente inquieto destacan un corazón que funciona como un elemento percusivo y un globo negro que se hincha hasta casi explotar sin que termine por producirse el desastre. En un texto de Ángela Segovia, que está escrito en un muro, leo una frase rotunda: «La herencia es la ruina que queda al final de la fiesta». No podemos olvidar que lo heredado es, en sentido estricto, mortalidad. Gonzalo Bornodo ‘Mater’ Lugar: Museum Villa Stuck (Múnich) Dirección: Prinzregentenstrasse, 60 Comisaria: Helena Pereña Clausura: Hasta el 29 de marzo de 2027 Valoración: ****GBorondo restaura y deconstruye simbolismos olvidados, reactiva las reliquias, regala materia vibrante, reanima la imaginación, regala especulaciones fecundas, nos incita a recorrer una jerencia en la que pueden producirse epifanías neo-barrocas con detalles fantásticos como los de esos dibujos o garabatos infantiles que desubliman el laberinto de la santidad. A través de lo ruinoso, más allá de las verdades amargas viralizadas en nuestro mundo, puede latir un corazón esperanzado sin que suene disonante.
Entre el enigma ‘edípico’ y el misterio de la encarnación de Cristo, late una honda preocupación por los designios oraculares o las profecías ‘veterotestamentarias’.
En última instancia, la efímera pasión del hombre, ese ser –como escribiera Sófocles– temible, nos dinamiza hacia encrucijadas críticas que, … en ocasiones, tiene forma de laberinto. Gonzalo Borondo ha instalado en el Museum Villa Stuck de Múnich una impresionante materialización, valga la redundancia, de los dilemas de la materia más extraña, a saber, del espíritu que se hizo carne.
Las inquietantes ‘maquinaciones’ de este extraordinario artista quedan sintetizadas en el simbolismo abismal de ‘Mater’ que es, en todos los sentidos, el origen del mundo y esa madera resonante que enlaza naturaleza y artificio.
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Con una modulación operística y absolutamente antagónica al literalismo del arte de consignas o a las tautologías del tardo-conceptualismo (estrictas obviedades salpimentadas con pretenciosidades pseudo-filosóficas), Borondo construye fascinantes especulaciones como la que sirve de introducción al recorrido de esta exposición: un imponente altar en el que ha ensamblado dos bañeras con aves disecadas o unos trillos que adquieren una cualidad escultórica, rodeados por espejos que, por ejemplo, completan los huesos de un torso humano pintados de rojo. El imaginario prodigiosamente híbrido de este creador le lleva a utilizar toda clase de elementos, buscando generar ‘apariciones’ que, en todos los sentidos, hacen que escapemos de la existencia rutinaria.
Huir del mensaje dogmático
El espectador tiene, literalmente, que atravesar un enorme espejo (en un juego que podría ser interpretado como una plasmación del ‘doppelganger’ freudiano) para acceder a una oscura estancia en la que parecen haber surgido unas estalagmitas cuya sustancia material parecería el petróleo. De las cabezas de esas enormes figuras totémicas surgen proyecciones que están sometidas a distintas distorsiones, buscando, en todo momento, huir del mensaje dogmático. No hay, ciertamente, un regodeo en el hermetismo por parte de Borondo, sino una resistencia poética a reducir la experiencia estética a una mera ‘descodificación’ de un programa esquemático.
Una serie de sorprendentes ensamblajes funcionan como ‘máquinas de funcionamiento simbólico’, generando sonidos o, mejor, un magma de rumores que exigen tomar(se) tiempo para ajustar nuestro ritmo vital a una situación que es aparentemente caótica y que, en el fondo, está buscando una re-animación radical. La vidriera proyectada en esa estancia del ‘anima’ da cuenta del espíritu de este creador que construye a partir de elementos destruidos o abandonados. A la manera del ‘Angelus Novus’ de Klee interpretado por Walter Benjamin, contempla cómo en el pasado crecen las ruinas hasta tocar el cielo, manifestándose el progreso como una catástrofe.
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La tarea de Gonzalo Borondo no es la del hermeneuta o el traductor, sino que su herencia es la del restaurador. La instalación que ha realizado con una serie de relicarios datados entre los siglos XV y XVIII que proceden de la Catedral de Segovia refuerza la intensidad espiritual. Los huesos y restos de los santos o los mártires adquieren una tonalidad ‘forense’, funcionan con el índice que activa lo Real en clave traumática. Lejos de la fosilización de cualquier cosa (una consecuencia de la globalización de la ‘duchampitis’), confronta al público con la ‘materia devocional’.
(Sergio Pradana)
Esos espectadores ‘enteradillos’ que habitualmente circulan por los espacios del sistema artístico con la percepción distraída que solamente sale del letargo con las banalidades provocadoras o las empalagosas naderías cuquis tal vez sientan frente a esta imaginería religiosa algo de ‘inquietud’, atrapados momentáneamente en una atmósfera de siniestra intempestividad, como si retornara lo reprimido: el absurdo de la fe en tiempos descreídos.
Una escalera de caracol conduce a una monumental cúpula de tubos metálicos en cuyo centro funciona un enorme zoótropo que produce casi vértigo. El mecanismo pre-cinematográfico impone la presencia fugitiva de cuadrúpedos que circulan sin fin entre columnas, alegoría acaso de una cacería que está ‘punctualizada’ en un cuchillo que gira en la base de ese dispositivo persiguiendo una mano.
Desde lo alto de la estructura, otras manos iluminadas recuerdan a los exvotos indicaciones de una ‘sanación’ deseada. El altar pintado en una caja de luz con intensos colores rojos revela que las promesas y esperanzas están tensadas en relación con un ‘vaciamiento’: no hay cuerpos en la crucifixión, en el sepulcro no queda nada, los espacios están desiertos.
Laberinto de espíritus cristalinos
La intensa materialización instalativa concluye con un laberinto de espíritus ‘cristalinos’ dispuesto en la hermosa sala donde se encuentra el impactante ‘altar del pecado’ de Von Stuck. Borondo ha fijado radiografías de esculturas de santos en paneles de vidrios que producen la impresión de estar deambulando entre fantasmas. Esa impresión ‘hauntológica’, por emplear un término procedente de Jacques Derrida, rematerializa paradójicamente la dinámica deconstruccionista de ‘Mater’. Aquello que nos acosa son ‘los fantasmas de nuestra vida’, los lazos familiares o, mejor, las herencias que hemos forcluido.
En una de las habitaciones de la casa del ‘príncipes de los pintores de Múnich’, me atrapó la obra titulada ‘Disonancia’ (1910) en la que un joven fauno está tocando la flauta produciendo un sonido tan terrible que el anciano fauno que está sentado junto a él tiene que taparse los oídos con el semblante crispado. Esa es algo más que una imagen ‘simpática’, puesto que da cuenta del conflicto generacional, de la fricción con las imposiciones ‘historicistas’.
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Gonzalo Borondo sintoniza con la búsqueda de la ‘obra de arte total’ a la que se entregó Franz Stuck, buscando también lazos simbólicos que puedan generar formas diferentes de comprender lo que somos. La sonoridad de ‘Mater’, que incluso hace vibrar las bombillas junto a los relicarios, no busca la estridencia disonante, al contrario, anhela una ‘consonancia espiritual’.
Entre los muchos prodigios que ha formalizado este creador admirablemente inquieto destacan un corazón que funciona como un elemento percusivo y un globo negro que se hincha hasta casi explotar sin que termine por producirse el desastre. En un texto de Ángela Segovia, que está escrito en un muro, leo una frase rotunda: «La herencia es la ruina que queda al final de la fiesta». No podemos olvidar que lo heredado es, en sentido estricto, mortalidad.
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Gonzalo Bornodo

‘Mater’
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Lugar:
Museum Villa Stuck (Múnich) -
Dirección:
Prinzregentenstrasse, 60 -
Comisaria:
Helena Pereña -
Clausura:
Hasta el 29 de marzo de 2027 -
Valoración:
****
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GBorondo restaura y deconstruye simbolismos olvidados, reactiva las reliquias, regala materia vibrante, reanima la imaginación, regala especulaciones fecundas, nos incita a recorrer una jerencia en la que pueden producirse epifanías neo-barrocas con detalles fantásticos como los de esos dibujos o garabatos infantiles que desubliman el laberinto de la santidad.
A través de lo ruinoso, más allá de las verdades amargas viralizadas en nuestro mundo, puede latir un corazón esperanzado sin que suene disonante.
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