Ernest Hemingway llegó a Valencia en 1925, a bordo de un tren de madera. Tenía veintiséis años y preparaba ‘Fiesta’, su primera novela. Sus crónicas para ‘Toronto Star’ sobre tauromaquia lo hicieron seguir la gira del diestro Cayetano Ordóñez, quien, tras los Sanfermines de Pamplona, torearía ese verano en la Feria de Julio de Valencia. En ese primer viaje, Hemingway se hospedó en el Hotel Reina Victoria, donde escribió parte de aquella opera prima en la que se retrató a sí mismo y a su generación, un grupo de estadounidenses y británicos expatriados que viajan de París a España, el lugar de la autenticidad perdida.Su idilio se forjó entre la mesa, el mar y la plaza. Una de las mejores cosas de la ciudad, decía, era comer y beber. Dio buena cuenta de los arroces de La Pepica y de unos cuantos espirituosos de la calle Xàtiva. Frente a la plaza estaba el Hotel Metropol, del que, según una leyenda local, lo expulsaron por practicar tiro al blanco con un cigarrillo que Orson Welles sostenía en la boca. Aquella amistad exhibía un ego ciclópeo de parte de cada uno. Según contó el propio Orson Welles, se dieron de silletazos en 1937 después de que este dijera que el texto de Hemingway para el documental ‘Tierra de España’, de Joris Ivens, tenía frases largas y farragosas. Acabaron brindando luego con whisky.Valencia también fue para Hemingway una ciudad en guerra. Entre noviembre de 1936 y octubre de 1937, la capital acogió al Gobierno de la Segunda República, desplazado desde Madrid ante el avance franquista. Los ministerios ocuparon hoteles y los cafés se llenaron de corresponsales, diplomáticos y escritores. Hemingway regresó entonces como reportero de la ‘North American Newspaper Alliance’. El hombre que había llegado por los toros volvía para contar una guerra. En la calle de la Paz estaba el antiguo Hotel Palace, convertido en Casa de la Cultura, donde se alojaron escritores e intelectuales evacuados de Madrid. A pocos pasos, en la esquina con Comedias, se encontraba el café Ideal Room.Max Aub describió los veladores de mármol, los espejos y los ventiladores que apenas aliviaban el calor. Allí se servían horchatas, leche merengada y mantecados. Hemingway conversaba con John Dos Passos y Herbert Matthews, el corresponsal de ‘The New York Times’ que narró la resistencia de Madrid frente a Franco y, en febrero de 1957, se internó en Sierra Maestra para entrevistar a Fidel Castro. También acudían Rafael Alberti, Miguel Hernández, Francisco Ayala y otros escritores de la República. Entre sus habituales estaba José Robles Pazos, profesor de la Universidad Johns Hopkins, traductor de ‘Manhattan Transfer’ y amigo íntimo de Dos Passos. Sus conocimientos de ruso lo llevaron a trabajar como intérprete de los asesores militares soviéticos.Una tarde de diciembre de 1936, Robles faltó a su tertulia del Ideal Room. Francisco Ayala recordaría aquella ausencia y también a Márgara Villegas, su mujer, que recorría Valencia con sus dos hijos en busca de noticias de su marido. Robles había sido detenido por los servicios de seguridad soviéticos. Fue acusado de traición y ejecutado. Las circunstancias exactas de su muerte no quedaron del todo esclarecidas. Cuando Dos Passos llegó a España en 1937 para colaborar en ‘Tierra de España’, quiso averiguar qué había ocurrido. Hemingway, que defendía la causa republicana con una convicción cada vez más beligerante, recibió con irritación las preguntas y las dudas. Dos Passos se negó a aceptar que la guerra justificara lo ocurrido con Robles. «La gente desaparece todos los días», le espetó Hemingway. El desacuerdo terminó por romper la amistad entre ambos. El autor de ‘París era una fiesta’ despachó el asunto con desdén, en un texto publicado en 1938: «La ingenuidad bienintencionada de una típica mentalidad liberal estadounidense». La historia fue reconstruida por Ignacio Martínez de Pisón en ‘Enterrar a los muertos’, una investigación que devuelve a Robles su lugar entre los escritores y corresponsales extranjeros de aquella España y que resitúa el Ideal Room más como punto de desencuentro que de reunión. El local, en el número 19 de la calle de la Paz, alberga hoy una tienda especializada en repostería sin gluten. Nada dulce ni sustancioso quedó de aquel tiempo. Ni siquiera el Nobel disuadió a Hemingway de pegarse un tiro con una escopeta. Ernest Hemingway llegó a Valencia en 1925, a bordo de un tren de madera. Tenía veintiséis años y preparaba ‘Fiesta’, su primera novela. Sus crónicas para ‘Toronto Star’ sobre tauromaquia lo hicieron seguir la gira del diestro Cayetano Ordóñez, quien, tras los Sanfermines de Pamplona, torearía ese verano en la Feria de Julio de Valencia. En ese primer viaje, Hemingway se hospedó en el Hotel Reina Victoria, donde escribió parte de aquella opera prima en la que se retrató a sí mismo y a su generación, un grupo de estadounidenses y británicos expatriados que viajan de París a España, el lugar de la autenticidad perdida.Su idilio se forjó entre la mesa, el mar y la plaza. Una de las mejores cosas de la ciudad, decía, era comer y beber. Dio buena cuenta de los arroces de La Pepica y de unos cuantos espirituosos de la calle Xàtiva. Frente a la plaza estaba el Hotel Metropol, del que, según una leyenda local, lo expulsaron por practicar tiro al blanco con un cigarrillo que Orson Welles sostenía en la boca. Aquella amistad exhibía un ego ciclópeo de parte de cada uno. Según contó el propio Orson Welles, se dieron de silletazos en 1937 después de que este dijera que el texto de Hemingway para el documental ‘Tierra de España’, de Joris Ivens, tenía frases largas y farragosas. Acabaron brindando luego con whisky.Valencia también fue para Hemingway una ciudad en guerra. Entre noviembre de 1936 y octubre de 1937, la capital acogió al Gobierno de la Segunda República, desplazado desde Madrid ante el avance franquista. Los ministerios ocuparon hoteles y los cafés se llenaron de corresponsales, diplomáticos y escritores. Hemingway regresó entonces como reportero de la ‘North American Newspaper Alliance’. El hombre que había llegado por los toros volvía para contar una guerra. En la calle de la Paz estaba el antiguo Hotel Palace, convertido en Casa de la Cultura, donde se alojaron escritores e intelectuales evacuados de Madrid. A pocos pasos, en la esquina con Comedias, se encontraba el café Ideal Room.Max Aub describió los veladores de mármol, los espejos y los ventiladores que apenas aliviaban el calor. Allí se servían horchatas, leche merengada y mantecados. Hemingway conversaba con John Dos Passos y Herbert Matthews, el corresponsal de ‘The New York Times’ que narró la resistencia de Madrid frente a Franco y, en febrero de 1957, se internó en Sierra Maestra para entrevistar a Fidel Castro. También acudían Rafael Alberti, Miguel Hernández, Francisco Ayala y otros escritores de la República. Entre sus habituales estaba José Robles Pazos, profesor de la Universidad Johns Hopkins, traductor de ‘Manhattan Transfer’ y amigo íntimo de Dos Passos. Sus conocimientos de ruso lo llevaron a trabajar como intérprete de los asesores militares soviéticos.Una tarde de diciembre de 1936, Robles faltó a su tertulia del Ideal Room. Francisco Ayala recordaría aquella ausencia y también a Márgara Villegas, su mujer, que recorría Valencia con sus dos hijos en busca de noticias de su marido. Robles había sido detenido por los servicios de seguridad soviéticos. Fue acusado de traición y ejecutado. Las circunstancias exactas de su muerte no quedaron del todo esclarecidas. Cuando Dos Passos llegó a España en 1937 para colaborar en ‘Tierra de España’, quiso averiguar qué había ocurrido. Hemingway, que defendía la causa republicana con una convicción cada vez más beligerante, recibió con irritación las preguntas y las dudas. Dos Passos se negó a aceptar que la guerra justificara lo ocurrido con Robles. «La gente desaparece todos los días», le espetó Hemingway. El desacuerdo terminó por romper la amistad entre ambos. El autor de ‘París era una fiesta’ despachó el asunto con desdén, en un texto publicado en 1938: «La ingenuidad bienintencionada de una típica mentalidad liberal estadounidense». La historia fue reconstruida por Ignacio Martínez de Pisón en ‘Enterrar a los muertos’, una investigación que devuelve a Robles su lugar entre los escritores y corresponsales extranjeros de aquella España y que resitúa el Ideal Room más como punto de desencuentro que de reunión. El local, en el número 19 de la calle de la Paz, alberga hoy una tienda especializada en repostería sin gluten. Nada dulce ni sustancioso quedó de aquel tiempo. Ni siquiera el Nobel disuadió a Hemingway de pegarse un tiro con una escopeta.
Ernest Hemingway llegó a Valencia en 1925, a bordo de un tren de madera. Tenía veintiséis años y preparaba ‘Fiesta’, su primera novela. Sus crónicas para ‘Toronto Star’ sobre tauromaquia lo hicieron seguir la gira del diestro Cayetano Ordóñez, quien, tras los Sanfermines de Pamplona, … torearía ese verano en la Feria de Julio de Valencia. En ese primer viaje, Hemingway se hospedó en el Hotel Reina Victoria, donde escribió parte de aquella opera prima en la que se retrató a sí mismo y a su generación, un grupo de estadounidenses y británicos expatriados que viajan de París a España, el lugar de la autenticidad perdida.
Su idilio se forjó entre la mesa, el mar y la plaza. Una de las mejores cosas de la ciudad, decía, era comer y beber. Dio buena cuenta de los arroces de La Pepica y de unos cuantos espirituosos de la calle Xàtiva. Frente a la plaza estaba el Hotel Metropol, del que, según una leyenda local, lo expulsaron por practicar tiro al blanco con un cigarrillo que Orson Welles sostenía en la boca. Aquella amistad exhibía un ego ciclópeo de parte de cada uno. Según contó el propio Orson Welles, se dieron de silletazos en 1937 después de que este dijera que el texto de Hemingway para el documental ‘Tierra de España’, de Joris Ivens, tenía frases largas y farragosas. Acabaron brindando luego con whisky.
Valencia también fue para Hemingway una ciudad en guerra. Entre noviembre de 1936 y octubre de 1937, la capital acogió al Gobierno de la Segunda República, desplazado desde Madrid ante el avance franquista. Los ministerios ocuparon hoteles y los cafés se llenaron de corresponsales, diplomáticos y escritores. Hemingway regresó entonces como reportero de la ‘North American Newspaper Alliance’. El hombre que había llegado por los toros volvía para contar una guerra. En la calle de la Paz estaba el antiguo Hotel Palace, convertido en Casa de la Cultura, donde se alojaron escritores e intelectuales evacuados de Madrid. A pocos pasos, en la esquina con Comedias, se encontraba el café Ideal Room.
Max Aub describió los veladores de mármol, los espejos y los ventiladores que apenas aliviaban el calor. Allí se servían horchatas, leche merengada y mantecados. Hemingway conversaba con John Dos Passos y Herbert Matthews, el corresponsal de ‘The New York Times’ que narró la resistencia de Madrid frente a Franco y, en febrero de 1957, se internó en Sierra Maestra para entrevistar a Fidel Castro. También acudían Rafael Alberti, Miguel Hernández, Francisco Ayala y otros escritores de la República. Entre sus habituales estaba José Robles Pazos, profesor de la Universidad Johns Hopkins, traductor de ‘Manhattan Transfer’ y amigo íntimo de Dos Passos. Sus conocimientos de ruso lo llevaron a trabajar como intérprete de los asesores militares soviéticos.
Una tarde de diciembre de 1936, Robles faltó a su tertulia del Ideal Room. Francisco Ayala recordaría aquella ausencia y también a Márgara Villegas, su mujer, que recorría Valencia con sus dos hijos en busca de noticias de su marido. Robles había sido detenido por los servicios de seguridad soviéticos. Fue acusado de traición y ejecutado. Las circunstancias exactas de su muerte no quedaron del todo esclarecidas. Cuando Dos Passos llegó a España en 1937 para colaborar en ‘Tierra de España’, quiso averiguar qué había ocurrido. Hemingway, que defendía la causa republicana con una convicción cada vez más beligerante, recibió con irritación las preguntas y las dudas. Dos Passos se negó a aceptar que la guerra justificara lo ocurrido con Robles. «La gente desaparece todos los días», le espetó Hemingway. El desacuerdo terminó por romper la amistad entre ambos. El autor de ‘París era una fiesta’ despachó el asunto con desdén, en un texto publicado en 1938: «La ingenuidad bienintencionada de una típica mentalidad liberal estadounidense». La historia fue reconstruida por Ignacio Martínez de Pisón en ‘Enterrar a los muertos’, una investigación que devuelve a Robles su lugar entre los escritores y corresponsales extranjeros de aquella España y que resitúa el Ideal Room más como punto de desencuentro que de reunión. El local, en el número 19 de la calle de la Paz, alberga hoy una tienda especializada en repostería sin gluten. Nada dulce ni sustancioso quedó de aquel tiempo. Ni siquiera el Nobel disuadió a Hemingway de pegarse un tiro con una escopeta.
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