He visto el documental ‘Ícaro: la semana en llamas’ . Les animo a que lo vean, dense prisa porque lo retiran en breve del catálogo de Filmin. Lo he visto por dos razones: una es que me interesa el tema. La otra es que sé que lo puedo ver por los pelos, que casi no. El cofundador de Filmin, Jaume Ripoll, contaba en una entrevista que, si lo llega a ver antes, no lo programa ; que es sesgado, malo y fallido. Así que tenemos la suerte de que no lo vio él y así podemos verlo nosotros. Agradezco a todos los santos paganos la desidia que ha provocado que el mozo no pueda ejercer de tutor ideológico, de prescriptor doctrinal. La excusa de la calidad del mismo la podemos obviar (solo hay que echar un vistazo a algunas de las cosas que tienen en oferta para saber que no es esa, precisamente, la razón). Así que vi ‘Ícaro’, como les digo, y entendí perfectamente que le guste tan poco al separatismo: es la constatación misma de su propia derrota y sin necesidad de verbalizarlo. No sale nadie a decir barbaridades como hacen ellos con cualquiera que levemente discrepe o les señale una mínima incongruencia de las expuestas por ellos. Y es peor, porque no nos lo cuenta nadie, lo vemos con nuestros propios ojos. Aquí lo que tenemos son las imágenes y el audio de aquellos días desde el lado del que se nos racaneó, cuando no ocultó directamente, toda la información. Del lado silenciado. Y no es bonito. Las declaraciones de los agentes a cámara no entran en mayor valoración ideológica, solo narran los hechos de aquellos días. «Coged lo que tengáis que coger de la furgoneta y haced lo que podáis», explica una agente que les dijo su jefe. Y añade: «Y ahí dijimos: que sea lo que tenga que ser. Se pone la cosa peligrosa». Y, efectivamente, a continuación vemos lo peligrosa que se llegó a poner la cosa. Vemos, gracias a que no han podido evitarlo, cómo se lanzaban carros y extintores desde una altura de tres pisos a los policías, cómo coreaban «a por ellos» mientras los acorralaban, cómo el parking de un aeropuerto se convertía en un motín en Alcatraz, cómo en la puerta de Delegación llovían los objetos y quemaban contenedores, cómo los energúmenos arrancaban vallas y señales. Cómo ardía Urquinaona. Porque así es como defiende el separatismo sus ideas: mediante el terror y la violencia. Un documental fantástico, más que recomendable, pero que deja mal cuerpo por la impotencia ante la injusticia de que una parte del relato de aquellos días se nos haya rapiñado hasta ahora. ¿Que cómo me sacudí la mala leche? Pues poniéndome el photocall de los premios Feroz, que parecía que el ‘dress code’ imponía mamarrachez. Me pregunto si a la hora de elegir vestido se decantan todas por lo más horrible que les ponen delante de las narices. ¿Por qué ese chaleco, Vicky Luengo ? ¿Por qué ese estampado, Tamar Novas? ¿Por qué esas mangas, Laia Manzanares? ¿Con qué te enganchaste, Julia de Castro? Daría un brazo por la mitad de la seguridad en una misma que hay que tener para calzarse un trapo que sienta fatal, plantarte delante de una cámara y posar. La ceremonia, lo esperable: chistes malos y demasiado largos, presentaciones demasiado largas, agradecimientos demasiado largos, actuaciones demasiado largas… Todo muy largo. Hasta la vida se me hacía larga mientras lo veía. Y, no quiero mentir, no lo vi entero. Acabó mutando mi mala leche en puro tedio y me quedé dormida en el sofá (lo recomiendo si tienen mal dormir o se quedan sin orfidal). Qué nostalgia recordar que en algún momento tuvimos en España a una Rosa María Sarda. Pero ya no. Ahora tenemos a Samantha Hudson y hay que hacer como que nos pilla de nuevas porque jamás existió Bibi Andersen. Y sin tanto aspaviento. He visto el documental ‘Ícaro: la semana en llamas’ . Les animo a que lo vean, dense prisa porque lo retiran en breve del catálogo de Filmin. Lo he visto por dos razones: una es que me interesa el tema. La otra es que sé que lo puedo ver por los pelos, que casi no. El cofundador de Filmin, Jaume Ripoll, contaba en una entrevista que, si lo llega a ver antes, no lo programa ; que es sesgado, malo y fallido. Así que tenemos la suerte de que no lo vio él y así podemos verlo nosotros. Agradezco a todos los santos paganos la desidia que ha provocado que el mozo no pueda ejercer de tutor ideológico, de prescriptor doctrinal. La excusa de la calidad del mismo la podemos obviar (solo hay que echar un vistazo a algunas de las cosas que tienen en oferta para saber que no es esa, precisamente, la razón). Así que vi ‘Ícaro’, como les digo, y entendí perfectamente que le guste tan poco al separatismo: es la constatación misma de su propia derrota y sin necesidad de verbalizarlo. No sale nadie a decir barbaridades como hacen ellos con cualquiera que levemente discrepe o les señale una mínima incongruencia de las expuestas por ellos. Y es peor, porque no nos lo cuenta nadie, lo vemos con nuestros propios ojos. Aquí lo que tenemos son las imágenes y el audio de aquellos días desde el lado del que se nos racaneó, cuando no ocultó directamente, toda la información. Del lado silenciado. Y no es bonito. Las declaraciones de los agentes a cámara no entran en mayor valoración ideológica, solo narran los hechos de aquellos días. «Coged lo que tengáis que coger de la furgoneta y haced lo que podáis», explica una agente que les dijo su jefe. Y añade: «Y ahí dijimos: que sea lo que tenga que ser. Se pone la cosa peligrosa». Y, efectivamente, a continuación vemos lo peligrosa que se llegó a poner la cosa. Vemos, gracias a que no han podido evitarlo, cómo se lanzaban carros y extintores desde una altura de tres pisos a los policías, cómo coreaban «a por ellos» mientras los acorralaban, cómo el parking de un aeropuerto se convertía en un motín en Alcatraz, cómo en la puerta de Delegación llovían los objetos y quemaban contenedores, cómo los energúmenos arrancaban vallas y señales. Cómo ardía Urquinaona. Porque así es como defiende el separatismo sus ideas: mediante el terror y la violencia. Un documental fantástico, más que recomendable, pero que deja mal cuerpo por la impotencia ante la injusticia de que una parte del relato de aquellos días se nos haya rapiñado hasta ahora. ¿Que cómo me sacudí la mala leche? Pues poniéndome el photocall de los premios Feroz, que parecía que el ‘dress code’ imponía mamarrachez. Me pregunto si a la hora de elegir vestido se decantan todas por lo más horrible que les ponen delante de las narices. ¿Por qué ese chaleco, Vicky Luengo ? ¿Por qué ese estampado, Tamar Novas? ¿Por qué esas mangas, Laia Manzanares? ¿Con qué te enganchaste, Julia de Castro? Daría un brazo por la mitad de la seguridad en una misma que hay que tener para calzarse un trapo que sienta fatal, plantarte delante de una cámara y posar. La ceremonia, lo esperable: chistes malos y demasiado largos, presentaciones demasiado largas, agradecimientos demasiado largos, actuaciones demasiado largas… Todo muy largo. Hasta la vida se me hacía larga mientras lo veía. Y, no quiero mentir, no lo vi entero. Acabó mutando mi mala leche en puro tedio y me quedé dormida en el sofá (lo recomiendo si tienen mal dormir o se quedan sin orfidal). Qué nostalgia recordar que en algún momento tuvimos en España a una Rosa María Sarda. Pero ya no. Ahora tenemos a Samantha Hudson y hay que hacer como que nos pilla de nuevas porque jamás existió Bibi Andersen. Y sin tanto aspaviento. He visto el documental ‘Ícaro: la semana en llamas’ . Les animo a que lo vean, dense prisa porque lo retiran en breve del catálogo de Filmin. Lo he visto por dos razones: una es que me interesa el tema. La otra es que sé que lo puedo ver por los pelos, que casi no. El cofundador de Filmin, Jaume Ripoll, contaba en una entrevista que, si lo llega a ver antes, no lo programa ; que es sesgado, malo y fallido. Así que tenemos la suerte de que no lo vio él y así podemos verlo nosotros. Agradezco a todos los santos paganos la desidia que ha provocado que el mozo no pueda ejercer de tutor ideológico, de prescriptor doctrinal. La excusa de la calidad del mismo la podemos obviar (solo hay que echar un vistazo a algunas de las cosas que tienen en oferta para saber que no es esa, precisamente, la razón). Así que vi ‘Ícaro’, como les digo, y entendí perfectamente que le guste tan poco al separatismo: es la constatación misma de su propia derrota y sin necesidad de verbalizarlo. No sale nadie a decir barbaridades como hacen ellos con cualquiera que levemente discrepe o les señale una mínima incongruencia de las expuestas por ellos. Y es peor, porque no nos lo cuenta nadie, lo vemos con nuestros propios ojos. Aquí lo que tenemos son las imágenes y el audio de aquellos días desde el lado del que se nos racaneó, cuando no ocultó directamente, toda la información. Del lado silenciado. Y no es bonito. Las declaraciones de los agentes a cámara no entran en mayor valoración ideológica, solo narran los hechos de aquellos días. «Coged lo que tengáis que coger de la furgoneta y haced lo que podáis», explica una agente que les dijo su jefe. Y añade: «Y ahí dijimos: que sea lo que tenga que ser. Se pone la cosa peligrosa». Y, efectivamente, a continuación vemos lo peligrosa que se llegó a poner la cosa. Vemos, gracias a que no han podido evitarlo, cómo se lanzaban carros y extintores desde una altura de tres pisos a los policías, cómo coreaban «a por ellos» mientras los acorralaban, cómo el parking de un aeropuerto se convertía en un motín en Alcatraz, cómo en la puerta de Delegación llovían los objetos y quemaban contenedores, cómo los energúmenos arrancaban vallas y señales. Cómo ardía Urquinaona. Porque así es como defiende el separatismo sus ideas: mediante el terror y la violencia. Un documental fantástico, más que recomendable, pero que deja mal cuerpo por la impotencia ante la injusticia de que una parte del relato de aquellos días se nos haya rapiñado hasta ahora. ¿Que cómo me sacudí la mala leche? Pues poniéndome el photocall de los premios Feroz, que parecía que el ‘dress code’ imponía mamarrachez. Me pregunto si a la hora de elegir vestido se decantan todas por lo más horrible que les ponen delante de las narices. ¿Por qué ese chaleco, Vicky Luengo ? ¿Por qué ese estampado, Tamar Novas? ¿Por qué esas mangas, Laia Manzanares? ¿Con qué te enganchaste, Julia de Castro? Daría un brazo por la mitad de la seguridad en una misma que hay que tener para calzarse un trapo que sienta fatal, plantarte delante de una cámara y posar. La ceremonia, lo esperable: chistes malos y demasiado largos, presentaciones demasiado largas, agradecimientos demasiado largos, actuaciones demasiado largas… Todo muy largo. Hasta la vida se me hacía larga mientras lo veía. Y, no quiero mentir, no lo vi entero. Acabó mutando mi mala leche en puro tedio y me quedé dormida en el sofá (lo recomiendo si tienen mal dormir o se quedan sin orfidal). Qué nostalgia recordar que en algún momento tuvimos en España a una Rosa María Sarda. Pero ya no. Ahora tenemos a Samantha Hudson y hay que hacer como que nos pilla de nuevas porque jamás existió Bibi Andersen. Y sin tanto aspaviento. RSS de noticias de play
