Cuando aparece en el gran salón del Hotel Ritz de Madrid, es difícil reconocer a esa fiera gigante de la pantalla que es Isabelle Huppert. Aquí llega como una mujer enjuta, delgadísima y recubierta por prendas de marca que solo alguien con estilo parisino podría pasear con elegancia. Está aquí para hablar de ‘La mujer más rica del mundo’, la película en la que se mete en la piel de la heredera del imperio L’Oréal que acabó regalando mil millones de euros a un arribista fotógrafo que se le pegó como una lapa en sus últimos años de vida. Aunque antes de la promo, Huppert había aterrizado en Madrid para subirse durante tres días al escenario de los Teatros de Canal e interpretar ‘Bérénice’, de Romeo Castellucci , porque ella es, ante todo y sobre todo, actriz, quizá la penúltima gran estrella de aquella ‘grandeur’ con la que el cine francés colonizó las pantallas europeas. «Fueron tres representaciones muy bellas. Hay una escucha del público especialmente intensa. Son dos experiencias muy diferentes. Me encanta pasearme entre el teatro y el cine porque trabajo con directores excepcionales. Y dentro de todo eso, yo tengo una libertad extraordinaria». En esa libertad ha elegido, a sus 73 años, no parar quieta. Por eso aceptó el papel de un alter ego de Liliane Bettencourt, un personaje extremadamente conocido en Francia, con todo lo que implica eso, y que protagonizó hace pocos años un escándalo que saltó de la prensa rosa a la más seria. Incluso a la económica. Porque afectó a una de sus grandes familias en una guerra familiar entre madre e hija que salpicó a políticos y donde entraron en juego acusaciones de antisemitismo, fraude fiscal, evasión de impuestos… Ese caso Bettencourt (que Netflix popularizó con un documental) involucró a Liliane Bettencourt, la mujer más rica del mundo, y a su hija Françoise Bettencourt-Meyers, que la llevó a los tribunales para que dejase de tirar el dinero. Un culebrón que en la piel de Huppert se vuelve algo más humano, pese a la distancia con el mundo real de sus protagonistas. «El caso no es tan reciente como parece; data de los años 2000, y nuestra relación con los ultrarricos ha evolucionado mucho desde entonces », explica la intérprete. El director del filme, Thierry Klifa, que la acompaña a su izquierda, lo ratifica: «Esta mujer fue un poco la primera cara mediatizada de ese mundo de millonarios. Lo que me interesaba no era ilustrar lo que ya hubiéramos podido leer en los periódicos, sino contar esta historia de una forma diferente, cogerla más bien del principio que del final».Isabelle Huppert y Thierry Klifa en Madrid, y un fotograma de ‘La mujer más rica del mundo’ Diego La FuenteHay un momento en ‘La mujer más rica del mundo’ en el que la protagonista cuenta por qué los ricos son odiados en Francia. Ella, que vive en un universo paralelo donde no es capaz de asumir que no se puede comprar el edificio colindante solo porque el salón se ha quedado pequeño, sabe que ni desde la mayor inconsciencia podría dilapidar una fortuna inabarcable. Lo único que puede agotar es el prestigio de un apellido que se levantó sobre las ruinas de un tiempo oscuro mientras los nazis desfilaban bajo la Torre Eiffel. «Esta historia en particular ha fascinado a la gente por los ricos, sí; pero también por la personalidad del fotógrafo, que es alguien que conocemos bien en el entorno parisino. Había algo inesperado en ese amor que les ocurre. Hay una sinceridad en la relación que no se cuestiona inicialmente, pero luego hay una situación que hace que la historia se vuelva compleja y ambigua y muy interesante. Inicialmente son dos personas que se encuentran y que se aman enormemente, que se hacen reír». La fama y los moscones¿Ha sentido ella, como gran estrella del cine, ese temor a que alguien se acerque por interés? «Creo que realmente no son preguntas que uno se plantee; sería tener una visión un poco limitada de la vida pensar que, en cuanto alguien se te acerca… Porque puede ser realmente por un interés positivo, por la persona, por la inteligencia, por el talento… no necesariamente con malas intenciones o con ánimo de aprovecharse», dice Huppert. Y el director remata: «No busco qué hay detrás; cuando alguien viene a verme, no pienso: «Ah, sí, lo dice por interés, y en realidad piensa otra cosa», no. Y, francamente, en el mundo del cine evidentemente somos muy, muy privilegiados, pero tampoco somos tan ricos como para tener tiempo que perder en eso. Dicho esto, cuando estuvimos en Italia justo antes, me contaban que Gina Lollobrigida había conocido a un chico así y que la dejó completamente en la ruina». Por si acaso, Huppert replica: «Siempre hay que guardar la esperanza de que el ser humano es de forma natural más bueno que malo. Hablando de la película, el personaje del fotógrafo también aprende mucho con el contacto con esta mujer: aprende lo que es un negocio, lo que es para una mujer encabezar un imperio. Hay muchas cosas que le transmite y, como cualquier persona que tiene la cultura y la inteligencia de una mujer así, hay una amistad». Cuando aparece en el gran salón del Hotel Ritz de Madrid, es difícil reconocer a esa fiera gigante de la pantalla que es Isabelle Huppert. Aquí llega como una mujer enjuta, delgadísima y recubierta por prendas de marca que solo alguien con estilo parisino podría pasear con elegancia. Está aquí para hablar de ‘La mujer más rica del mundo’, la película en la que se mete en la piel de la heredera del imperio L’Oréal que acabó regalando mil millones de euros a un arribista fotógrafo que se le pegó como una lapa en sus últimos años de vida. Aunque antes de la promo, Huppert había aterrizado en Madrid para subirse durante tres días al escenario de los Teatros de Canal e interpretar ‘Bérénice’, de Romeo Castellucci , porque ella es, ante todo y sobre todo, actriz, quizá la penúltima gran estrella de aquella ‘grandeur’ con la que el cine francés colonizó las pantallas europeas. «Fueron tres representaciones muy bellas. Hay una escucha del público especialmente intensa. Son dos experiencias muy diferentes. Me encanta pasearme entre el teatro y el cine porque trabajo con directores excepcionales. Y dentro de todo eso, yo tengo una libertad extraordinaria». En esa libertad ha elegido, a sus 73 años, no parar quieta. Por eso aceptó el papel de un alter ego de Liliane Bettencourt, un personaje extremadamente conocido en Francia, con todo lo que implica eso, y que protagonizó hace pocos años un escándalo que saltó de la prensa rosa a la más seria. Incluso a la económica. Porque afectó a una de sus grandes familias en una guerra familiar entre madre e hija que salpicó a políticos y donde entraron en juego acusaciones de antisemitismo, fraude fiscal, evasión de impuestos… Ese caso Bettencourt (que Netflix popularizó con un documental) involucró a Liliane Bettencourt, la mujer más rica del mundo, y a su hija Françoise Bettencourt-Meyers, que la llevó a los tribunales para que dejase de tirar el dinero. Un culebrón que en la piel de Huppert se vuelve algo más humano, pese a la distancia con el mundo real de sus protagonistas. «El caso no es tan reciente como parece; data de los años 2000, y nuestra relación con los ultrarricos ha evolucionado mucho desde entonces », explica la intérprete. El director del filme, Thierry Klifa, que la acompaña a su izquierda, lo ratifica: «Esta mujer fue un poco la primera cara mediatizada de ese mundo de millonarios. Lo que me interesaba no era ilustrar lo que ya hubiéramos podido leer en los periódicos, sino contar esta historia de una forma diferente, cogerla más bien del principio que del final».Isabelle Huppert y Thierry Klifa en Madrid, y un fotograma de ‘La mujer más rica del mundo’ Diego La FuenteHay un momento en ‘La mujer más rica del mundo’ en el que la protagonista cuenta por qué los ricos son odiados en Francia. Ella, que vive en un universo paralelo donde no es capaz de asumir que no se puede comprar el edificio colindante solo porque el salón se ha quedado pequeño, sabe que ni desde la mayor inconsciencia podría dilapidar una fortuna inabarcable. Lo único que puede agotar es el prestigio de un apellido que se levantó sobre las ruinas de un tiempo oscuro mientras los nazis desfilaban bajo la Torre Eiffel. «Esta historia en particular ha fascinado a la gente por los ricos, sí; pero también por la personalidad del fotógrafo, que es alguien que conocemos bien en el entorno parisino. Había algo inesperado en ese amor que les ocurre. Hay una sinceridad en la relación que no se cuestiona inicialmente, pero luego hay una situación que hace que la historia se vuelva compleja y ambigua y muy interesante. Inicialmente son dos personas que se encuentran y que se aman enormemente, que se hacen reír». La fama y los moscones¿Ha sentido ella, como gran estrella del cine, ese temor a que alguien se acerque por interés? «Creo que realmente no son preguntas que uno se plantee; sería tener una visión un poco limitada de la vida pensar que, en cuanto alguien se te acerca… Porque puede ser realmente por un interés positivo, por la persona, por la inteligencia, por el talento… no necesariamente con malas intenciones o con ánimo de aprovecharse», dice Huppert. Y el director remata: «No busco qué hay detrás; cuando alguien viene a verme, no pienso: «Ah, sí, lo dice por interés, y en realidad piensa otra cosa», no. Y, francamente, en el mundo del cine evidentemente somos muy, muy privilegiados, pero tampoco somos tan ricos como para tener tiempo que perder en eso. Dicho esto, cuando estuvimos en Italia justo antes, me contaban que Gina Lollobrigida había conocido a un chico así y que la dejó completamente en la ruina». Por si acaso, Huppert replica: «Siempre hay que guardar la esperanza de que el ser humano es de forma natural más bueno que malo. Hablando de la película, el personaje del fotógrafo también aprende mucho con el contacto con esta mujer: aprende lo que es un negocio, lo que es para una mujer encabezar un imperio. Hay muchas cosas que le transmite y, como cualquier persona que tiene la cultura y la inteligencia de una mujer así, hay una amistad».
Cuando aparece en el gran salón del Hotel Ritz de Madrid, es difícil reconocer a esa fiera gigante de la pantalla que es Isabelle Huppert. Aquí llega como una mujer enjuta, delgadísima y recubierta por prendas de marca que solo alguien con estilo parisino podría … pasear con elegancia. Está aquí para hablar de ‘La mujer más rica del mundo’, la película en la que se mete en la piel de la heredera del imperio L’Oréal que acabó regalando mil millones de euros a un arribista fotógrafo que se le pegó como una lapa en sus últimos años de vida. Aunque antes de la promo, Huppert había aterrizado en Madrid para subirse durante tres días al escenario de los Teatros de Canal e interpretar ‘Bérénice’, de Romeo Castellucci, porque ella es, ante todo y sobre todo, actriz, quizá la penúltima gran estrella de aquella ‘grandeur’ con la que el cine francés colonizó las pantallas europeas.
«Fueron tres representaciones muy bellas. Hay una escucha del público especialmente intensa. Son dos experiencias muy diferentes. Me encanta pasearme entre el teatro y el cine porque trabajo con directores excepcionales. Y dentro de todo eso, yo tengo una libertad extraordinaria». En esa libertad ha elegido, a sus 73 años, no parar quieta. Por eso aceptó el papel de un alter ego de Liliane Bettencourt, un personaje extremadamente conocido en Francia, con todo lo que implica eso, y que protagonizó hace pocos años un escándalo que saltó de la prensa rosa a la más seria. Incluso a la económica. Porque afectó a una de sus grandes familias en una guerra familiar entre madre e hija que salpicó a políticos y donde entraron en juego acusaciones de antisemitismo, fraude fiscal, evasión de impuestos…
Ese caso Bettencourt (que Netflix popularizó con un documental) involucró a Liliane Bettencourt, la mujer más rica del mundo, y a su hija Françoise Bettencourt-Meyers, que la llevó a los tribunales para que dejase de tirar el dinero. Un culebrón que en la piel de Huppert se vuelve algo más humano, pese a la distancia con el mundo real de sus protagonistas. «El caso no es tan reciente como parece; data de los años 2000, y nuestra relación con los ultraricos ha evolucionado mucho desde entonces», explica la intérprete. El director del filme, Thierry Klifa, que la acompaña a su izquierda, lo ratifica: «Esta mujer fue un poco la primera cara mediatizada de ese mundo de millonarios. Lo que me interesaba no era ilustrar lo que ya hubiéramos podido leer en los periódicos, sino contar esta historia de una forma diferente, cogerla más bien del principio que del final».
(Diego La Fuente)
Hay un momento en ‘La mujer más rica del mundo’ en el que la protagonista cuenta por qué los ricos son odiados en Francia. Ella, que vive en un universo paralelo donde no es capaz de asumir que no se puede comprar el edificio colindante solo porque el salón se ha quedado pequeño, sabe que ni desde la mayor inconsciencia podría dilapidar una fortuna inabarcable. Lo único que puede agotar es el prestigio de un apellido que se levantó sobre las ruinas de un tiempo oscuro mientras los nazis desfilaban bajo la Torre Eiffel. «Esta historia en particular ha fascinado a la gente por los ricos, sí; pero también por la personalidad del fotógrafo, que es alguien que conocemos bien en el entorno parisino. Había algo inesperado en ese amor que les ocurre. Hay una sinceridad en la relación que no se cuestiona inicialmente, pero luego hay una situación que hace que la historia se vuelva compleja y ambigua y muy interesante. Inicialmente son dos personas que se encuentran y que se aman enormemente, que se hacen reír».
La fama y los moscones
¿Ha sentido ella, como gran estrella del cine, ese temor a que alguien se acerque por interés? «Creo que realmente no son preguntas que uno se plantee; sería tener una visión un poco limitada de la vida pensar que, en cuanto alguien se te acerca… Porque puede ser realmente por un interés positivo, por la persona, por la inteligencia, por el talento… no necesariamente con malas intenciones o con ánimo de aprovecharse», dice Huppert. Y el director remata: «No busco qué hay detrás; cuando alguien viene a verme, no pienso: «Ah, sí, lo dice por interés, y en realidad piensa otra cosa», no. Y, francamente, en el mundo del cine evidentemente somos muy, muy privilegiados, pero tampoco somos tan ricos como para tener tiempo que perder en eso. Dicho esto, cuando estuvimos en Italia justo antes, me contaban que Gina Lollobrigida había conocido a un chico así y que la dejó completamente en la ruina».
Por si acaso, Huppert replica: «Siempre hay que guardar la esperanza de que el ser humano es de forma natural más bueno que malo. Hablando de la película, el personaje del fotógrafo también aprende mucho con el contacto con esta mujer: aprende lo que es un negocio, lo que es para una mujer encabezar un imperio. Hay muchas cosas que le transmite y, como cualquier persona que tiene la cultura y la inteligencia de una mujer así, hay una amistad».
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