Hombre de cine, Javier Giner (Baracaldo, 49 años) llega ahora a la dirección del largometraje con su primera película, ‘Esta soledad’. Un debut que al espectador no le pilla de nuevas porque ya lo conoce (por «dentro» y por «fuera») gracias a ‘Yo, adicto’, la serie autobiográfica que estrenó en 2024. Ahora se aleja de su propia vivencia pero no del universo que conoce y reconoce: lleva a sus personajes a su ciudad de nacimiento para retratar la crisis vital de una pareja de jóvenes adultos –actor él, escritora ella– que tratan de encajar en un mundo que los deja atrás y con unas relaciones familiares que han marcado su pasado y que alteran su presente y futuro. Una historia de padres e hijos para la que vuelve a contar con Oriol Pla y en la que el espectador encontrará un personaje que, con toda probabilidad, no había visto antes en pantalla. -En la película, un personaje le pregunta a Oriol Pla por qué empezó a actuar. Le traslado la pregunta: ¿por qué empezó a dirigir?-Realmente es algo que siempre he querido hacer desde mis inicios. Hablando hace poco con mis padres, recordé que a los nueve años, volvíamos del cine (no sabían decirme si fue de ver ‘El chip prodigioso’ o la primera de Batman) y dije que quería hacer eso. Siempre he querido ser director, pero es un camino largo. No vengo de una familia vinculada a las artes, no soy un ‘nepobaby’. Crecí en Baracaldo, donde querer ser director de cine era casi como querer ser astronauta. Ha sido un camino largo que me ha llevado mucho tiempo: empecé haciendo prensa en cine y trabajos relacionados con el cine por ese deseo de pertenecer a ese mundo. Es curioso, porque si me hubieras preguntado hace veinte años cómo habría debutado, nunca hubiera imaginado este camino. Antes de ‘Yo, adicto’, intenté levantar muchos proyectos de películas y siempre se caían. De repente, escribí un libro, y se me brindó esta oportunidad y todo cobró sentido. Aunque suene un poco chamánico, la vida al final se ordena. Pero desde el principio quise ser director. -En las óperas primas siempre hay un componente biográfico; en ‘Yo, adicto’ era evidente al basarse en su libro. ¿En la película también?-Es curioso, son reflexiones que haces a posteriori porque cuando estás en pleno proceso creativo no eres consciente de ciertos impulsos. El guion original de ‘Esta soledad’, que era anterior a la serie, transcurría en Madrid y era una película completamente diferente a la que hemos rodado en atmósfera, en tono… Era menos lúgubre y más accesible. Sin embargo, tras hacer ‘Yo, adicto’, recuperé ese guion y lo transformé por completo: lo trasladé a Bilbao. Me doy cuenta de que en ‘Yo, adicto’ tenía que separar el material de mí para distanciarme del material y verlo como ficción, aquí el movimiento fue el opuesto: tomé algo lejano a mi experiencia y lo acerqué a mi entorno, al Bilbao de cielos encapotados que conozco… Y el resultado es que aunque ‘Esta soledad’ es cien por cien ficción, la siento tan cercana y autobiográfica como ‘Yo, adicto’. No hay un personaje con mi nombre ni un periodo de mi vida narrado tal cual ocurrió, pero estoy escondido por todas las esquinas de la película. – ¿Es inevitable al final hablar de uno mismo? -En la promo de ‘Yo, adicto’ coincidía mucho con Alauda (Ruiz de Azúa, ‘Querer’) y los hermanos Cabezudo (‘Nos vemos en otra vida’) y como mi serie era autobiográfica me decían que había sido muy valiente por contar mi vida. Pero creo que de alguna manera, todos los creadores estamos contando nuestra vida. A Alauda le decía que ‘Querer’ es tan autobiográfica como ‘Yo, adicto’ porque el punto de vista está siempre presente. Una película te explica un mundo, y ese mundo es inevitable que sea atravesado por tu vivencia. ‘Esta soledad’ está llena de abandono, ruptura, soledad, no encajar, no saber cuál es tu sitio en el mundo, vincularte de una manera desesperada y dañina… Todo eso me pertenece aunque lo ponga en otras experiencias diferentes a las mías y en otras caras. -¿El hecho de hablar constantemente de su obra durante la promoción le cambia la perspectiva o la idea que tenía originalmente sobre ella?-Sí, ocurre algo muy bonito, aunque al principio da vértigo: descubro la propia obra a través de vuestros ojos, de los periodistas y críticos. Hay reflexiones que no tenía en el radar o que no eran intencionadas. Creo que nunca se está cien por cien satisfecho con algo que has hecho, y esa insatisfacción es necesaria, pues es el impulso para el siguiente proyecto. A veces, ver cómo una secuencia impacta en otros me reconcilia con ella. Por ejemplo, hay quien ha mencionado que en la película hay un personaje que nunca había visto en cine antes. Yo no era consciente de esa novedad, solo quería al personaje y me parecía muy especial. Al final, dedicarme a esto es entablar un diálogo con los espectadores, y para mí eso es muy importante. Es una comunicación que mantiene viva la obra y donde muchas veces descubres matices en los que no habías pensado y te descubres en la mirada del otro. -Centrándonos en esa mirada, ¿qué le impulsó a realizar una película sobre «estas soledades»?-Comencé escribiendo sobre una ruptura. A medida que avanzaba el proceso junto a la guionista Luisa Matienzo, comprendí que no era tanto una película sobre la ruptura, sino sobre esa sensación con la que yo convivo y con la que convive mucha gente a mi alrededor: un mundo que no para, basado en una productividad continua, donde no tenemos espacios para relacionarnos y vamos agotados. No tenemos tiempo ni a pensar en lo que nos pasa. La película se convirtió en un reto: intentar reflejar esa emoción y esa sensación en pantalla más que contar una historia. La película es un estado emocional más allá de la narrativa y los giros de guion. Nunca quise hacer una tesis generacional, aunque es inevitable que resuene al poner el foco en ciertos personajes de una edad y unos contextos determinados. Era la emoción de estos tiempos. Sí quería capturar la emoción. Y perdona la arrogancia porque no me quiero comparar para nada, pero quería hacer algo parecido al cine de Kieslowski: puede que no recuerde la trama exacta, pero sé perfectamente cómo me hace sentir.-La película está llena de referencias literarias. ¿Hay un mensaje detrás de la presencia tan marcada de estos libros?-Intento utilizar todos los elementos dentro del encuadre para explicar el mundo de los personajes, algo que aprendí de Pedro Almodóvar. Los libros aparecen tienen relación con lo que viven los personajes o el momento de su vida en el que están atravesando. Hay dos muy evidentes que se ven: ‘Si me necesitas, llámame’, de Raymond Carver, que es un relato sobre un matrimonio que se desmorona; y ‘La invención de la soledad’, un ensayo sobre la muerte del padre de Paul Auster. Este juego metanarrativo me divierte; como espectador, he descubierto películas y libros muy importantes para mi vida gracias a verlos en películas. Es una especie de rastro de miguitas de pan. Creo que esta película necesita un espectador activo para completarse; hay lugares tenebrosos que no están explicados del todo. Si alguien, a través de ‘Esta Soledad’, descubre las obras que aparecen, me sentiré feliz.-¿Cómo trabajó con Oriol Pla y Marina Salas?-Mi directriz para los actores y el equipo era intentar capturar la vida con el desorden y la complejidad que tiene, aunque sea un objetivo imposible. Me fijé mucho en el cine de Cassavetes, donde las secuencias parecen estar ocurriendo en ese momento, cambian de tono, muta… Quería mostrar que la vida es mucho más compleja que el querer ayudar: puedes estar lleno de buenas intenciones, pero si estás inmerso en tu propio dolor, no ves el del otro y puedes ser injusto. Simultáneamente pueden convivir la injusticia y las ganas de ayudar. Eso toca muchas de nuestras formas de relacionarnos hoy en día.-Es difícil hablar de la película sin caer en el ‘spoiler’… Hay un giro que marca la trama pero en la película no se vive con efectismo ni se busca esa forma de efecto wow. Narra todo con la naturalidad de lo que pasa en la vida. ¿Cómo trabajó esa fórmula para no caer en las trampas efectistas?-‘Yo, adicto’ era más explosiva y explicativa; en ‘Esta soledad’ he intentado evitar momentos que dramáticamente pertenecerían más al cine que a la vida. He sacado todos esos momentos. Lanzo el guante al espectador de enseñarle la vida tal y como es, y sé que el público quiere que el final fuera otra cosa, pero en la vida no ocurren esos finales. Y me refiero también a todo lo que ocurre antes. Hay momentos antes que, narrativamente hablando, puede parecer escenas vacías en los que ves a un personaje dentro de una habitación «sin hacer nada». Para mí, esos momentos eran muy importantes para esa experiencia del espectador. La película empieza in media res y sé que el espectador va a sentir esa sensación de desorientación, pero es intencionada porque quiero que el público se sienta tan desorientado como los personajes en sus propias vidas. He preferido ese tempo, que por momentos puede resultar incómodo, frente a un guion matemático.-Para concluir, ¿quién es Javier Giner, más allá de su faceta profesional?-Javier Giner es una persona que hace lo que puede con lo que tiene, que tiene muchas ganas y que, a diario, pelea por intentar ser la mejor versión de sí mismo. Hombre de cine, Javier Giner (Baracaldo, 49 años) llega ahora a la dirección del largometraje con su primera película, ‘Esta soledad’. Un debut que al espectador no le pilla de nuevas porque ya lo conoce (por «dentro» y por «fuera») gracias a ‘Yo, adicto’, la serie autobiográfica que estrenó en 2024. Ahora se aleja de su propia vivencia pero no del universo que conoce y reconoce: lleva a sus personajes a su ciudad de nacimiento para retratar la crisis vital de una pareja de jóvenes adultos –actor él, escritora ella– que tratan de encajar en un mundo que los deja atrás y con unas relaciones familiares que han marcado su pasado y que alteran su presente y futuro. Una historia de padres e hijos para la que vuelve a contar con Oriol Pla y en la que el espectador encontrará un personaje que, con toda probabilidad, no había visto antes en pantalla. -En la película, un personaje le pregunta a Oriol Pla por qué empezó a actuar. Le traslado la pregunta: ¿por qué empezó a dirigir?-Realmente es algo que siempre he querido hacer desde mis inicios. Hablando hace poco con mis padres, recordé que a los nueve años, volvíamos del cine (no sabían decirme si fue de ver ‘El chip prodigioso’ o la primera de Batman) y dije que quería hacer eso. Siempre he querido ser director, pero es un camino largo. No vengo de una familia vinculada a las artes, no soy un ‘nepobaby’. Crecí en Baracaldo, donde querer ser director de cine era casi como querer ser astronauta. Ha sido un camino largo que me ha llevado mucho tiempo: empecé haciendo prensa en cine y trabajos relacionados con el cine por ese deseo de pertenecer a ese mundo. Es curioso, porque si me hubieras preguntado hace veinte años cómo habría debutado, nunca hubiera imaginado este camino. Antes de ‘Yo, adicto’, intenté levantar muchos proyectos de películas y siempre se caían. De repente, escribí un libro, y se me brindó esta oportunidad y todo cobró sentido. Aunque suene un poco chamánico, la vida al final se ordena. Pero desde el principio quise ser director. -En las óperas primas siempre hay un componente biográfico; en ‘Yo, adicto’ era evidente al basarse en su libro. ¿En la película también?-Es curioso, son reflexiones que haces a posteriori porque cuando estás en pleno proceso creativo no eres consciente de ciertos impulsos. El guion original de ‘Esta soledad’, que era anterior a la serie, transcurría en Madrid y era una película completamente diferente a la que hemos rodado en atmósfera, en tono… Era menos lúgubre y más accesible. Sin embargo, tras hacer ‘Yo, adicto’, recuperé ese guion y lo transformé por completo: lo trasladé a Bilbao. Me doy cuenta de que en ‘Yo, adicto’ tenía que separar el material de mí para distanciarme del material y verlo como ficción, aquí el movimiento fue el opuesto: tomé algo lejano a mi experiencia y lo acerqué a mi entorno, al Bilbao de cielos encapotados que conozco… Y el resultado es que aunque ‘Esta soledad’ es cien por cien ficción, la siento tan cercana y autobiográfica como ‘Yo, adicto’. No hay un personaje con mi nombre ni un periodo de mi vida narrado tal cual ocurrió, pero estoy escondido por todas las esquinas de la película. – ¿Es inevitable al final hablar de uno mismo? -En la promo de ‘Yo, adicto’ coincidía mucho con Alauda (Ruiz de Azúa, ‘Querer’) y los hermanos Cabezudo (‘Nos vemos en otra vida’) y como mi serie era autobiográfica me decían que había sido muy valiente por contar mi vida. Pero creo que de alguna manera, todos los creadores estamos contando nuestra vida. A Alauda le decía que ‘Querer’ es tan autobiográfica como ‘Yo, adicto’ porque el punto de vista está siempre presente. Una película te explica un mundo, y ese mundo es inevitable que sea atravesado por tu vivencia. ‘Esta soledad’ está llena de abandono, ruptura, soledad, no encajar, no saber cuál es tu sitio en el mundo, vincularte de una manera desesperada y dañina… Todo eso me pertenece aunque lo ponga en otras experiencias diferentes a las mías y en otras caras. -¿El hecho de hablar constantemente de su obra durante la promoción le cambia la perspectiva o la idea que tenía originalmente sobre ella?-Sí, ocurre algo muy bonito, aunque al principio da vértigo: descubro la propia obra a través de vuestros ojos, de los periodistas y críticos. Hay reflexiones que no tenía en el radar o que no eran intencionadas. Creo que nunca se está cien por cien satisfecho con algo que has hecho, y esa insatisfacción es necesaria, pues es el impulso para el siguiente proyecto. A veces, ver cómo una secuencia impacta en otros me reconcilia con ella. Por ejemplo, hay quien ha mencionado que en la película hay un personaje que nunca había visto en cine antes. Yo no era consciente de esa novedad, solo quería al personaje y me parecía muy especial. Al final, dedicarme a esto es entablar un diálogo con los espectadores, y para mí eso es muy importante. Es una comunicación que mantiene viva la obra y donde muchas veces descubres matices en los que no habías pensado y te descubres en la mirada del otro. -Centrándonos en esa mirada, ¿qué le impulsó a realizar una película sobre «estas soledades»?-Comencé escribiendo sobre una ruptura. A medida que avanzaba el proceso junto a la guionista Luisa Matienzo, comprendí que no era tanto una película sobre la ruptura, sino sobre esa sensación con la que yo convivo y con la que convive mucha gente a mi alrededor: un mundo que no para, basado en una productividad continua, donde no tenemos espacios para relacionarnos y vamos agotados. No tenemos tiempo ni a pensar en lo que nos pasa. La película se convirtió en un reto: intentar reflejar esa emoción y esa sensación en pantalla más que contar una historia. La película es un estado emocional más allá de la narrativa y los giros de guion. Nunca quise hacer una tesis generacional, aunque es inevitable que resuene al poner el foco en ciertos personajes de una edad y unos contextos determinados. Era la emoción de estos tiempos. Sí quería capturar la emoción. Y perdona la arrogancia porque no me quiero comparar para nada, pero quería hacer algo parecido al cine de Kieslowski: puede que no recuerde la trama exacta, pero sé perfectamente cómo me hace sentir.-La película está llena de referencias literarias. ¿Hay un mensaje detrás de la presencia tan marcada de estos libros?-Intento utilizar todos los elementos dentro del encuadre para explicar el mundo de los personajes, algo que aprendí de Pedro Almodóvar. Los libros aparecen tienen relación con lo que viven los personajes o el momento de su vida en el que están atravesando. Hay dos muy evidentes que se ven: ‘Si me necesitas, llámame’, de Raymond Carver, que es un relato sobre un matrimonio que se desmorona; y ‘La invención de la soledad’, un ensayo sobre la muerte del padre de Paul Auster. Este juego metanarrativo me divierte; como espectador, he descubierto películas y libros muy importantes para mi vida gracias a verlos en películas. Es una especie de rastro de miguitas de pan. Creo que esta película necesita un espectador activo para completarse; hay lugares tenebrosos que no están explicados del todo. Si alguien, a través de ‘Esta Soledad’, descubre las obras que aparecen, me sentiré feliz.-¿Cómo trabajó con Oriol Pla y Marina Salas?-Mi directriz para los actores y el equipo era intentar capturar la vida con el desorden y la complejidad que tiene, aunque sea un objetivo imposible. Me fijé mucho en el cine de Cassavetes, donde las secuencias parecen estar ocurriendo en ese momento, cambian de tono, muta… Quería mostrar que la vida es mucho más compleja que el querer ayudar: puedes estar lleno de buenas intenciones, pero si estás inmerso en tu propio dolor, no ves el del otro y puedes ser injusto. Simultáneamente pueden convivir la injusticia y las ganas de ayudar. Eso toca muchas de nuestras formas de relacionarnos hoy en día.-Es difícil hablar de la película sin caer en el ‘spoiler’… Hay un giro que marca la trama pero en la película no se vive con efectismo ni se busca esa forma de efecto wow. Narra todo con la naturalidad de lo que pasa en la vida. ¿Cómo trabajó esa fórmula para no caer en las trampas efectistas?-‘Yo, adicto’ era más explosiva y explicativa; en ‘Esta soledad’ he intentado evitar momentos que dramáticamente pertenecerían más al cine que a la vida. He sacado todos esos momentos. Lanzo el guante al espectador de enseñarle la vida tal y como es, y sé que el público quiere que el final fuera otra cosa, pero en la vida no ocurren esos finales. Y me refiero también a todo lo que ocurre antes. Hay momentos antes que, narrativamente hablando, puede parecer escenas vacías en los que ves a un personaje dentro de una habitación «sin hacer nada». Para mí, esos momentos eran muy importantes para esa experiencia del espectador. La película empieza in media res y sé que el espectador va a sentir esa sensación de desorientación, pero es intencionada porque quiero que el público se sienta tan desorientado como los personajes en sus propias vidas. He preferido ese tempo, que por momentos puede resultar incómodo, frente a un guion matemático.-Para concluir, ¿quién es Javier Giner, más allá de su faceta profesional?-Javier Giner es una persona que hace lo que puede con lo que tiene, que tiene muchas ganas y que, a diario, pelea por intentar ser la mejor versión de sí mismo.
Hombre de cine, Javier Giner (Baracaldo, 49 años) llega ahora a la dirección del largometraje con su primera película, ‘Esta soledad’. Un debut que al espectador no le pilla de nuevas porque ya lo conoce (por «dentro» y por «fuera») gracias a ‘Yo, adicto’, la … serie autobiográfica que estrenó en 2024. Ahora se aleja de su propia vivencia pero no del universo que conoce y reconoce: lleva a sus personajes a su ciudad de nacimiento para retratar la crisis vital de una pareja de jóvenes adultos –actor él, escritora ella– que tratan de encajar en un mundo que los deja atrás y con unas relaciones familiares que han marcado su pasado y que alteran su presente y futuro. Una historia de padres e hijos para la que vuelve a contar con Oriol Pla y en la que el espectador encontrará un personaje que, con toda probabilidad, no había visto antes en pantalla.
-En la película, un personaje le pregunta a Oriol Pla por qué empezó a actuar. Le traslado la pregunta: ¿por qué empezó a dirigir?
-Realmente es algo que siempre he querido hacer desde mis inicios. Hablando hace poco con mis padres, recordé que a los nueve años, volvíamos del cine (no sabían decirme si fue de ver ‘El chip prodigioso’ o la primera de Batman) y dije que quería hacer eso. Siempre he querido ser director, pero es un camino largo. No vengo de una familia vinculada a las artes, no soy un ‘nepobaby’. Crecí en Baracaldo, donde querer ser director de cine era casi como querer ser astronauta. Ha sido un camino largo que me ha llevado mucho tiempo: empecé haciendo prensa en cine y trabajos relacionados con el cine por ese deseo de pertenecer a ese mundo. Es curioso, porque si me hubieras preguntado hace veinte años cómo habría debutado, nunca hubiera imaginado este camino. Antes de ‘Yo, adicto’, intenté levantar muchos proyectos de películas y siempre se caían. De repente, escribí un libro, y se me brindó esta oportunidad y todo cobró sentido. Aunque suene un poco chamánico, la vida al final se ordena. Pero desde el principio quise ser director.
-En las óperas primas siempre hay un componente biográfico; en ‘Yo, adicto’ era evidente al basarse en su libro. ¿En la película también?
-Es curioso, son reflexiones que haces a posteriori porque cuando estás en pleno proceso creativo no eres consciente de ciertos impulsos. El guion original de ‘Esta soledad’, que era anterior a la serie, transcurría en Madrid y era una película completamente diferente a la que hemos rodado en atmósfera, en tono… Era menos lúgubre y más accesible. Sin embargo, tras hacer ‘Yo, adicto’, recuperé ese guion y lo transformé por completo: lo trasladé a Bilbao. Me doy cuenta de que en ‘Yo, adicto’ tenía que separar el material de mí para distanciarme del material y verlo como ficción, aquí el movimiento fue el opuesto: tomé algo lejano a mi experiencia y lo acerqué a mi entorno, al Bilbao de cielos encapotados que conozco… Y el resultado es que aunque ‘Esta soledad’ es cien por cien ficción, la siento tan cercana y autobiográfica como ‘Yo, adicto’. No hay un personaje con mi nombre ni un periodo de mi vida narrado tal cual ocurrió, pero estoy escondido por todas las esquinas de la película.
–¿Es inevitable al final hablar de uno mismo?
-En la promo de ‘Yo, adicto’ coincidía mucho con Alauda (Ruiz de Azúa, ‘Querer’) y los hermanos Cabezudo (‘Nos vemos en otra vida’) y como mi serie era autobiográfica me decían que había sido muy valiente por contar mi vida. Pero creo que de alguna manera, todos los creadores estamos contando nuestra vida. A Alauda le decía que ‘Querer’ es tan autobiográfica como ‘Yo, adicto’ porque el punto de vista está siempre presente. Una película te explica un mundo, y ese mundo es inevitable que sea atravesado por tu vivencia. ‘Esta soledad’ está llena de abandono, ruptura, soledad, no encajar, no saber cuál es tu sitio en el mundo, vincularte de una manera desesperada y dañina… Todo eso me pertenece aunque lo ponga en otras experiencias diferentes a las mías y en otras caras.
-¿El hecho de hablar constantemente de su obra durante la promoción le cambia la perspectiva o la idea que tenía originalmente sobre ella?
-Sí, ocurre algo muy bonito, aunque al principio da vértigo: descubro la propia obra a través de vuestros ojos, de los periodistas y críticos. Hay reflexiones que no tenía en el radar o que no eran intencionadas. Creo que nunca se está cien por cien satisfecho con algo que has hecho, y esa insatisfacción es necesaria, pues es el impulso para el siguiente proyecto. A veces, ver cómo una secuencia impacta en otros me reconcilia con ella. Por ejemplo, hay quien ha mencionado que en la película hay un personaje que nunca había visto en cine antes. Yo no era consciente de esa novedad, solo quería al personaje y me parecía muy especial. Al final, dedicarme a esto es entablar un diálogo con los espectadores, y para mí eso es muy importante. Es una comunicación que mantiene viva la obra y donde muchas veces descubres matices en los que no habías pensado y te descubres en la mirada del otro.
-Centrándonos en esa mirada, ¿qué le impulsó a realizar una película sobre «estas soledades»?
-Comencé escribiendo sobre una ruptura. A medida que avanzaba el proceso junto a la guionista Luisa Matienzo, comprendí que no era tanto una película sobre la ruptura, sino sobre esa sensación con la que yo convivo y con la que convive mucha gente a mi alrededor: un mundo que no para, basado en una productividad continua, donde no tenemos espacios para relacionarnos y vamos agotados. No tenemos tiempo ni a pensar en lo que nos pasa. La película se convirtió en un reto: intentar reflejar esa emoción y esa sensación en pantalla más que contar una historia. La película es un estado emocional más allá de la narrativa y los giros de guion. Nunca quise hacer una tesis generacional, aunque es inevitable que resuene al poner el foco en ciertos personajes de una edad y unos contextos determinados. Era la emoción de estos tiempos. Sí quería capturar la emoción. Y perdona la arrogancia porque no me quiero comparar para nada, pero quería hacer algo parecido al cine de Kieslowski: puede que no recuerde la trama exacta, pero sé perfectamente cómo me hace sentir.
-La película está llena de referencias literarias. ¿Hay un mensaje detrás de la presencia tan marcada de estos libros?
-Intento utilizar todos los elementos dentro del encuadre para explicar el mundo de los personajes, algo que aprendí de Pedro Almodóvar. Los libros aparecen tienen relación con lo que viven los personajes o el momento de su vida en el que están atravesando. Hay dos muy evidentes que se ven: ‘Si me necesitas, llámame’, de Raymond Carver, que es un relato sobre un matrimonio que se desmorona; y ‘La invención de la soledad’, un ensayo sobre la muerte del padre de Paul Auster. Este juego metanarrativo me divierte; como espectador, he descubierto películas y libros muy importantes para mi vida gracias a verlos en películas. Es una especie de rastro de miguitas de pan. Creo que esta película necesita un espectador activo para completarse; hay lugares tenebrosos que no están explicados del todo. Si alguien, a través de ‘Esta Soledad’, descubre las obras que aparecen, me sentiré feliz.
-¿Cómo trabajó con Oriol Pla y Marina Salas?
-Mi directriz para los actores y el equipo era intentar capturar la vida con el desorden y la complejidad que tiene, aunque sea un objetivo imposible. Me fijé mucho en el cine de Cassavetes, donde las secuencias parecen estar ocurriendo en ese momento, cambian de tono, muta… Quería mostrar que la vida es mucho más compleja que el querer ayudar: puedes estar lleno de buenas intenciones, pero si estás inmerso en tu propio dolor, no ves el del otro y puedes ser injusto. Simultáneamente pueden convivir la injusticia y las ganas de ayudar. Eso toca muchas de nuestras formas de relacionarnos hoy en día.
-Es difícil hablar de la película sin caer en el ‘spoiler’… Hay un giro que marca la trama pero en la película no se vive con efectismo ni se busca esa forma de efecto wow. Narra todo con la naturalidad de lo que pasa en la vida. ¿Cómo trabajó esa fórmula para no caer en las trampas efectistas?
-‘Yo, adicto’ era más explosiva y explicativa; en ‘Esta soledad’ he intentado evitar momentos que dramáticamente pertenecerían más al cine que a la vida. He sacado todos esos momentos. Lanzo el guante al espectador de enseñarle la vida tal y como es, y sé que el público quiere que el final fuera otra cosa, pero en la vida no ocurren esos finales. Y me refiero también a todo lo que ocurre antes. Hay momentos antes que, narrativamente hablando, puede parecer escenas vacías en los que ves a un personaje dentro de una habitación «sin hacer nada». Para mí, esos momentos eran muy importantes para esa experiencia del espectador. La película empieza in media res y sé que el espectador va a sentir esa sensación de desorientación, pero es intencionada porque quiero que el público se sienta tan desorientado como los personajes en sus propias vidas. He preferido ese tempo, que por momentos puede resultar incómodo, frente a un guion matemático.
-Para concluir, ¿quién es Javier Giner, más allá de su faceta profesional?
-Javier Giner es una persona que hace lo que puede con lo que tiene, que tiene muchas ganas y que, a diario, pelea por intentar ser la mejor versión de sí mismo.
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