Está surgiendo un nuevo tipo de investigación forense para determinar si los libros de ficción son obra de seres humanos, o de la Inteligencia Artificial. Con poco tiempo de diferencia, dos obras premiadas han sido descalificadas, o puestas en cuestión: la novela C’était ça ou mourir (Era eso o morir) del escritor haitiano Thélyson Orélien, nacionalizado canadiense, ganador del premio de la FNAC en Francia, y finalista del Goncourt; y la novela corta Donde el agua trabaja, del peruano David Silva Rojas, recién galardonada en el concurso convocado por la editorial Almadía de México.
Está surgiendo un nuevo tipo de investigación forense para determinar si los libros de ficción son obra de seres humanos, o de la Inteligencia Artificial. Con poco tiempo de diferencia, dos obras premiadas han sido descalificadas, o puestas en cuestión: la novela C’était ça ou mourir (Era eso o morir) del escritor haitiano Thélyson Orélien, nacionalizado canadiense, ganador del premio de la FNAC en Francia, y finalista del Goncourt; y la novela corta Donde el agua trabaja, del peruano David Silva Rojas, recién galardonada en el concurso convocado por la editorial Almadía de México. Seguir leyendo
Está surgiendo un nuevo tipo de investigación forense para determinar si los libros de ficción son obra de seres humanos, o de la Inteligencia Artificial. Con poco tiempo de diferencia, dos obras premiadas han sido descalificadas, o puestas en cuestión: la novela C’était ça ou mourir (Era eso o morir) del escritor haitiano Thélyson Orélien, nacionalizado canadiense, ganador del premio de la FNAC en Francia, y finalista del Goncourt; y la novela corta Donde el agua trabaja, del peruano David Silva Rojas, recién galardonada en el concurso convocado por la editorial Almadía de México.
El detector de mentiras Pangram, usado en ambos casos, funciona como “un modelo de red neuronal inspirado en el cerebro humano”. Puede analizar millones de señales estilísticas y estructurales, creando “un mapa de estilos de escritura”. Difícil entonces escaparse a su escrutinio.
Antes, el baldón para un escritor era el plagio, el desdoroso delito de servirse con la cuchara grande de lo creado por otros escritores y firmarlo como propio. Hoy se trata de encargar la escritura de un libro a la IA, que tiene una memoria inconmensurable, se ha leído todos lo que se ha escrito en el planeta, y sigue leyendo de manera incansable, más allá de cualquier propuesta borgiana. Una máquina que no tiene el don del olvido, y que si se tratara de un ser humano acabaría en la locura.
La IA viene así a sustituir a “los evangelistas” que, armados de máquinas de escribir, se instalan cada día al portal de Santo Domingo en la ciudad de México, para atender a la clientela que les encarga inspiradas cartas de amor y otras piezas.
El Pengram actúa como fiscal literario, midiéndole las costillas a otro modelo de IA, digamos el ChatGPT generativo, cuando es utilizado aviesamente para escribir libros, en todo o en parte, por un escritor indolente que persigue la fama y el dinero con el menor esfuerzo.
Los dos escritores bajo acusación de haber hecho uso de la IA tenían historias singulares que relatar, basadas en su propia experiencia. Orélien huyó de Haití, un país desguazado por la violencia endémica de las pandillas criminales, y hambrunas, sequías, insalubridad, miseria. La novela cuenta ese éxodo extraviado, que es el de miles de sus compatriotas, desde República Dominicana a Brasil, y desde allí hacia el norte del continente, pasando por la selva del Darién. Largas caminatas, transportes clandestinos, las bandas de traficantes de personas, la travesía en el desierto. Nada que no valga la pena contar.
Por su parte, Donde el agua trabaja de Silva Rojas, narra la relación de dos trabajadoras temporales en los viñedos de Ica, Perú, en medio del “agotamiento físico, la vigilancia constante, la precariedad”, un relato sobre la deshumanización del trabajo agrícola que puede verse en distintos sitios de América Latina, empezando por el más tradicional de todos, el de las bananeras.
Tanto Orélien como Silva Rojas desmienten enfáticamente haber hecho uso de la IA para escribir sus novelas. La suya, afirma este último, “surgió de una investigación sobre las condiciones de vida y trabajo de las personas que llegan a Ica para trabajar en el sector agrícola”, y sostiene: “Conservo versiones anteriores del manuscrito, mi cuaderno de notas y materiales relacionados con la investigación que dio origen a la novela”.
Que me parece es el quid del asunto. Una novela, lo sabemos quienes escribimos, no es nunca una sola versión, sin borrones ni tachaduras sino el fruto de un proceso en el que intervienen hojas sueltas, tarjetas con notas, inserciones en el texto, anotaciones al margen, capítulos enteros sustituidos o cambiados de lugar, y varios borradores trabajados por meses o años. Esas serían las mejores pruebas forenses de la defensa.
Tiendo a imaginar a la IA en una versión primitiva, como esas películas del cine mudo donde la imagen salta y los personajes andan a toda velocidad. La imperfección que cada día se perfecciona, y no sabemos que será mañana, o dentro de cinco o diez años. Pero que un modelo de IA pueda escribir con la complejidad suficiente como para engañar a un jurado literario, me llena de asombro. El jurado francés del premio de la FNAC se rindió ante la destreza creativa de Era eso o morir, y lo mismo el de Almadía ante Donde el agua trabaja.
No puede pensarse en un jurado más solvente que el que premio a Silva Rojas: la novelista mexicana Cristina Rivera Garza, ganadora del premio Pulitzer en Estados Unidos; la argentina Selva Amada, y la ecuatoriana Mónica Ojeda, las tres de primera línea. Encontraron en la novela elegida “el uso de los silencios” y una construcción “con un lenguaje sutil, oraciones breves como el goteo de los regadores en las viñas, sin caer nunca en la tentación del panfleto ni la declamación”. Es decir, originalidad creativa.
El agua de los regadíos juega un papel central en esa narración. El agua que alimenta también a los centros de datos donde la IA incuba sus demonios, y sin la cual no podría vivir.
EL PAÍS
