Uno de los autobuses de la gira de La Adictiva se ha convertido por momentos en el escenario de una sesión de fotos. Varios de sus músicos salen uno tras otro de la zona de literas, enfundados en trajes del color del vino tinto y adoptan ante la cámara una pose que parece estudiada: las piernas algo abiertas, el cuerpo ligeramente girado, las manos agarrando los bordes del saco y una gran sonrisa de dibujo animado.
La banda sinaloense prepara su salto a Madrid y Barcelona tras casi cuatro décadas de trayectoria. “Poder llevar nuestra música allá es un orgullo enorme”
Uno de los autobuses de la gira de La Adictiva se ha convertido por momentos en el escenario de una sesión de fotos. Varios de sus músicos salen uno tras otro de la zona de literas, enfundados en trajes del color del vino tinto y adoptan ante la cámara una pose que parece estudiada: las piernas algo abiertas, el cuerpo ligeramente girado, las manos agarrando los bordes del saco y una gran sonrisa de dibujo animado.
El autobús está aparcado en un amplio estacionamiento que comparten un hotel y un centro comercial al norte de Ecatepec, en Estado de México. De él baja Isaac Salas (Mazatlán, 40 años), uno de los cantantes de la agrupación. “Ando medio desvelado, anoche trabajamos”, dice antes de desperezarse en su paso hacia el hotel. Será allí donde Salas y otro de los cantantes de la agrupación, Omar Melendres (Escuinapa, 25 años), conversarán con este diario acerca de la evolución de La Adictiva, de su música y del gran reto que se han planteado para el año que viene, viajar al otro lado del Atlántico para intentar agotar las entradas en Madrid y Barcelona. “Para nosotros es algo nuevo. Yo creo que veíamos inalcanzable llegar a España, llegar al viejo continente. Poder llevar nuestra música es un orgullo enorme”, apunta Salas.
Están algo cansados porque hace unas horas actuaron en Purísima del Rincón, Guanajuato, y en la noche lo harán en Chimalhuacán, Estado de México. Pasaron la noche viajando en el autobús, esa especie de segunda casa con ruedas que los mueve por todo el país durante gran parte del año. Dicen desde su equipo que llegan a hacer más de 80 fechas anualmente. Esas presentaciones son parte del éxito cosechado por la banda, que inició sus andanzas hace casi cuatro décadas en la pequeña localidad de Mesillas, en Concordia, Sinaloa. Desde entonces, no ha parado de evolucionar. Cambian sus músicos y sus cantantes, pero hay algo en la idiosincrasia de la agrupación que remite a su origen. “Yo creo que La Adictiva es perseverancia, no quitar el dedo del renglón, no rendirse. Aquí somos muy tercos”, dice Salas, mientras Melendres secunda asintiendo con la cabeza.








Los 17 miembros de La Adictiva suelen salir a los escenarios ataviados con los trajes a juego, sin que ninguno sobresalga sobre el resto. “Tienes que sacar los egos a un lado, llegar a adaptarte y trabajar en equipo. Puede ser algo complicado a veces, pero nada que no se pueda lograr trabajando en equipo”, subraya Melendres, que se convirtió en la joven voz de la agrupación (“el pollito”, bromea su compañero) hace un par de años. La intensidad de las voces de los cantantes queda compensada sobre el escenario por la fuerza de los instrumentos de viento y la energía de la percusión. Es una combinación algo barroca, recargada hasta el exceso, que invade la atención del público. La Adictiva suma más de diez millones de oyentes mensuales solo en Spotify.
Sus letras pasan por el amor, el desamor o la pasión, parte de esos ejes temáticos de la tradición musical en México. “Creo que el público a veces ni siquiera tiene que haber vivido la emoción real de lo que habla la canción. Nunca me han roto el corazón, pero si escucho una canción de desamor la siento y me llega. Esa es la magia de la música también, despertar emociones que ni siquiera has vivido, pero que estás sintiendo”, reflexiona Melendres. Salas destaca los esfuerzos que hace la banda para que el público interiorice las letras: “La Adictiva obviamente trata de hacer una interacción con el público en su show, en su performance”.
La música despierta emociones que ni siquiera has vivido.
Omar Melendres, cantante de La Adictiva
La apuesta de los nuevos artistas mexicanos por sus raíces y la experimentación con la cultura urbana ha llevado a la música del país a un nuevo nivel de éxito en los últimos años, impulsado por el público latino. La Adictiva también ha sabido encontrar un hueco en ese nuevo esquema de la industria, apostando por un continuo relevo generacional y colaborando con los artistas de éxito de la nueva escuela, como el cantante Xavi.
La evolución en la banda también pasa por la búsqueda de nuevos públicos. Las actuaciones del año que viene en España serán las primeras de La Adictiva al otro lado del Atlántico. Por el momento, la gira incluirá conciertos en el madrileño Palacio de Vistalegre (para unas 14.000 personas) y en la barcelonesa sala Razzmatazz (para unas 3.000). “En España son muy apasionados con lo que hacen, con su música, con todo lo que ofrecen. Su música es muy entrañable, hablan de sus raíces, hablan de su pueblo, de todo lo que quieren ofrecer a la gente que los visita”, apunta expectante Salas.
La fuerza del público latino también tiene un papel clave en España. Salas agradece durante la entrevista “la hospitalidad” que se le da los migrantes que llegan al país: “Algunas personas emigran de su país para mejorar, pero hay personas que van por su trabajo o por necesidades diferentes. El que nos den la hospitalidad de poder tener tanta gente mexicana en España. Creo que también es parte muy importante de que nuestra música se escuche más por allá”. Melendres espera que su música cale entre el público español, como ya lograron antes artistas como Carín León o Peso Pluma, capaces de actuar en escenarios de relevancia como el WiZink Center de Madrid.








La Adictiva ha recorrido Estados Unidos en varias ocasiones (“cuando empezamos a ir a cantarle a nuestros paisanos allá veía a la gente llorar con nuestras canciones”, recuerda Salas) y Centroamérica. Siempre en esos autobuses en los que pasan largas horas. Los músicos bromean con la idea de qué pasaría si pasasen esas horas con gente que les cayesen mal. “No… ¿Se imagina?”, comenta entre risas el trompetista Francisco Castro. Esta vez tendrán que cambiar esa comodidad adquirida del autobús por los vuelos transoceánicos de once horas.
Los músicos de la banda pasean tras la entrevista por el vestíbulo del hotel sin sus trajes, salvo Salas y Melendres. Salen a la calle y se acercan al autobús con el nombre de la banda rotulado en vinilo. Es la hora de una última foto: ambos separan levemente las piernas, giran ligeramente sus cuerpos, agarran los bordes de sus sacos con las manos. Esta vez, miran al horizonte, como si esperasen ya la llegada de esas actuaciones en España.
EL PAÍS
