Nadie pensaba que aquella idea fuera a hacerle rico, pero un día le vieron aparecer por el bar de la piscina con un refulgente Mercedes blanco y de repente asumieron que vivimos, al fin y al cabo, en la era de los facillonarios. Matías llevaba tres años como encargado del bar de la piscina. Como el ayuntamiento no encontraba a nadie, puso un anuncio ofreciendo además vivienda en el pequeño apartamento de la recepción. Total, que aquí se presentó él, recién caído de Venezuela, junto con su mujer, hijos y suegra. Trabajó duro para sacar adelante el negocio, pero no se conformaba.Hay muchos venezolanos con historias increíbles sobre su pasado reciente: jardineros que antes eran cirujanos plásticos o albañiles con doctorados en Arte Indígena Caribeño. De Matías se rumoreaba que había hecho una fortuna en el sector tecnológico veneco, aunque era siempre muy esquivo a la hora de hablar de ello.En aquellos primeros años del siglo XX, el único éxito notable de una startup tecnológica en un país bolivariano tremendamente desconectado del futuro había sido Smartmatic, empresa pionera en la automatización de procesos electorales por medio del voto electrónico y la autenticación biométrica. O dicho de otra forma, especializada en el fraude masivo de elecciones y referéndum dentro y fuera de Venezuela . La edad de oro de Smartmatic concluyó abruptamente en 2008 con la muerte de su fundador, el ingeniero Alfredo Alzola, mientras se dirigía en avión privado a la sede de Smartmatic, en la fiscalmente ventajosa isla de Curazao.Al tema. Matías había creado, con ayuda de un amigo informático expatriado, una aplicación que transforma las videollamadas en audio, posteriormente lo transcribe e incorpora además algunos detalles contextuales -por ejemplo, si alguien se ha puesto el fondo de pantalla borroso o incluso si otra persona ha estado media reunión muteada y nadie se lo ha advertido- y finalmente, la aplicación redacta toda esa información en un estilo epistolar y con un encabezado a la antigua usanza.Inicialmente el plan de Matías era imprimir las cartas en un papel de gramaje decente y remitirlas a través de un servicio que ofrece Correos llamado Carta Digital. Cada uno de estos envíos cuesta 36 céntimos y llegan entre tres y cuatro días después. Él los cobra a un euro a través de su aplicación y además, suele dejar en reposo las cartas un par de días sobre la mesa, porque cree que una semana de plazo resulta más verosímil.Últimamente ha doblado el brazo y para las reuniones que hayan sido importantes su aplicación permite convertir la videollamada en un telegramaSin embargo, últimamente ha doblado el brazo y para las reuniones que hayan sido importantes su aplicación permite convertir la videollamada en un telegrama, que es remitido de forma urgente, aunque el coste es mayor. Correos le cobra unos 8,47 euros por envío y él pide a sus clientes 12 euros.No hay otra forma de pagar un Mercedes así, que hasta el polvo del aparcamiento se apartaba a su paso. La gente que salía de la piscina, cargada con colchonetas y sillas plegables, se quedaba cegada con el brillo plateado de la palabra Coupé junto a las luces traseras.Le gustaba la inseguridad que le aportaba Correos, creía que le daba a su negocio ese aire retro que buscabaAlguien le comentó un día en el bar si había pensado en trabajar con empresas privadas de reparto. Matías negó con la cabeza. Le gustaba la inseguridad que le aportaba Correos , creía que le daba a su negocio ese aire retro que buscaba. Lo último que quería era que sus clientes, que habían pagado por transformar una tecnología del siglo XXI en una del siglo XVIII andaran recibiendo llamadas de un transportista o un SMS con el seguimiento de su envío. Las cartas llegaban cuando llegaban y se dejaban en el buzón.Inicialmente, su aplicación no tuvo mucho éxito. Pero actualmente su crecimiento de envíos, dice Matías, es de «tres dígitos al mes». Siempre es así de enigmático. En la página web, que da más información que él, dice que más de 50 empresas utilizan semanalmente la aplicación que convierte las videollamadas en cartas manuscritas que reciben cómodamente franqueadas a los muchos días.En las llamadas con los clientes, siempre dejaba caer que era la aplicación que usaba AmancioUn día, tras mucho insistir, nos confesó el secreto del despegue . Era una idea que le había dado su hija. En las llamadas con los clientes, siempre dejaba caer, así como el que no quiere la cosa, que era la aplicación que usaba Amancio.«¿Amancio, ese Amancio?», le preguntamos, «¿Pero eso es verdad?»«Na, es solo marketing», respondió. «Algo que ellos quieren creer y yo también». Nadie pensaba que aquella idea fuera a hacerle rico, pero un día le vieron aparecer por el bar de la piscina con un refulgente Mercedes blanco y de repente asumieron que vivimos, al fin y al cabo, en la era de los facillonarios. Matías llevaba tres años como encargado del bar de la piscina. Como el ayuntamiento no encontraba a nadie, puso un anuncio ofreciendo además vivienda en el pequeño apartamento de la recepción. Total, que aquí se presentó él, recién caído de Venezuela, junto con su mujer, hijos y suegra. Trabajó duro para sacar adelante el negocio, pero no se conformaba.Hay muchos venezolanos con historias increíbles sobre su pasado reciente: jardineros que antes eran cirujanos plásticos o albañiles con doctorados en Arte Indígena Caribeño. De Matías se rumoreaba que había hecho una fortuna en el sector tecnológico veneco, aunque era siempre muy esquivo a la hora de hablar de ello.En aquellos primeros años del siglo XX, el único éxito notable de una startup tecnológica en un país bolivariano tremendamente desconectado del futuro había sido Smartmatic, empresa pionera en la automatización de procesos electorales por medio del voto electrónico y la autenticación biométrica. O dicho de otra forma, especializada en el fraude masivo de elecciones y referéndum dentro y fuera de Venezuela . La edad de oro de Smartmatic concluyó abruptamente en 2008 con la muerte de su fundador, el ingeniero Alfredo Alzola, mientras se dirigía en avión privado a la sede de Smartmatic, en la fiscalmente ventajosa isla de Curazao.Al tema. Matías había creado, con ayuda de un amigo informático expatriado, una aplicación que transforma las videollamadas en audio, posteriormente lo transcribe e incorpora además algunos detalles contextuales -por ejemplo, si alguien se ha puesto el fondo de pantalla borroso o incluso si otra persona ha estado media reunión muteada y nadie se lo ha advertido- y finalmente, la aplicación redacta toda esa información en un estilo epistolar y con un encabezado a la antigua usanza.Inicialmente el plan de Matías era imprimir las cartas en un papel de gramaje decente y remitirlas a través de un servicio que ofrece Correos llamado Carta Digital. Cada uno de estos envíos cuesta 36 céntimos y llegan entre tres y cuatro días después. Él los cobra a un euro a través de su aplicación y además, suele dejar en reposo las cartas un par de días sobre la mesa, porque cree que una semana de plazo resulta más verosímil.Últimamente ha doblado el brazo y para las reuniones que hayan sido importantes su aplicación permite convertir la videollamada en un telegramaSin embargo, últimamente ha doblado el brazo y para las reuniones que hayan sido importantes su aplicación permite convertir la videollamada en un telegrama, que es remitido de forma urgente, aunque el coste es mayor. Correos le cobra unos 8,47 euros por envío y él pide a sus clientes 12 euros.No hay otra forma de pagar un Mercedes así, que hasta el polvo del aparcamiento se apartaba a su paso. La gente que salía de la piscina, cargada con colchonetas y sillas plegables, se quedaba cegada con el brillo plateado de la palabra Coupé junto a las luces traseras.Le gustaba la inseguridad que le aportaba Correos, creía que le daba a su negocio ese aire retro que buscabaAlguien le comentó un día en el bar si había pensado en trabajar con empresas privadas de reparto. Matías negó con la cabeza. Le gustaba la inseguridad que le aportaba Correos , creía que le daba a su negocio ese aire retro que buscaba. Lo último que quería era que sus clientes, que habían pagado por transformar una tecnología del siglo XXI en una del siglo XVIII andaran recibiendo llamadas de un transportista o un SMS con el seguimiento de su envío. Las cartas llegaban cuando llegaban y se dejaban en el buzón.Inicialmente, su aplicación no tuvo mucho éxito. Pero actualmente su crecimiento de envíos, dice Matías, es de «tres dígitos al mes». Siempre es así de enigmático. En la página web, que da más información que él, dice que más de 50 empresas utilizan semanalmente la aplicación que convierte las videollamadas en cartas manuscritas que reciben cómodamente franqueadas a los muchos días.En las llamadas con los clientes, siempre dejaba caer que era la aplicación que usaba AmancioUn día, tras mucho insistir, nos confesó el secreto del despegue . Era una idea que le había dado su hija. En las llamadas con los clientes, siempre dejaba caer, así como el que no quiere la cosa, que era la aplicación que usaba Amancio.«¿Amancio, ese Amancio?», le preguntamos, «¿Pero eso es verdad?»«Na, es solo marketing», respondió. «Algo que ellos quieren creer y yo también».
Nadie pensaba que aquella idea fuera a hacerle rico, pero un día le vieron aparecer por el bar de la piscina con un refulgente Mercedes blanco y de repente asumieron que vivimos, al fin y al cabo, en la era de los facillonarios.
Matías llevaba … tres años como encargado del bar de la piscina. Como el ayuntamiento no encontraba a nadie, puso un anuncio ofreciendo además vivienda en el pequeño apartamento de la recepción. Total, que aquí se presentó él, recién caído de Venezuela, junto con su mujer, hijos y suegra. Trabajó duro para sacar adelante el negocio, pero no se conformaba.
Hay muchos venezolanos con historias increíbles sobre su pasado reciente: jardineros que antes eran cirujanos plásticos o albañiles con doctorados en Arte Indígena Caribeño. De Matías se rumoreaba que había hecho una fortuna en el sector tecnológico veneco, aunque era siempre muy esquivo a la hora de hablar de ello.
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En aquellos primeros años del siglo XX, el único éxito notable de una startup tecnológica en un país bolivariano tremendamente desconectado del futuro había sido Smartmatic, empresa pionera en la automatización de procesos electorales por medio del voto electrónico y la autenticación biométrica. O dicho de otra forma, especializada en el fraude masivo de elecciones y referéndum dentro y fuera de Venezuela. La edad de oro de Smartmatic concluyó abruptamente en 2008 con la muerte de su fundador, el ingeniero Alfredo Alzola, mientras se dirigía en avión privado a la sede de Smartmatic, en la fiscalmente ventajosa isla de Curazao.
Al tema. Matías había creado, con ayuda de un amigo informático expatriado, una aplicación que transforma las videollamadas en audio, posteriormente lo transcribe e incorpora además algunos detalles contextuales -por ejemplo, si alguien se ha puesto el fondo de pantalla borroso o incluso si otra persona ha estado media reunión muteada y nadie se lo ha advertido- y finalmente, la aplicación redacta toda esa información en un estilo epistolar y con un encabezado a la antigua usanza.
Inicialmente el plan de Matías era imprimir las cartas en un papel de gramaje decente y remitirlas a través de un servicio que ofrece Correos llamado Carta Digital. Cada uno de estos envíos cuesta 36 céntimos y llegan entre tres y cuatro días después. Él los cobra a un euro a través de su aplicación y además, suele dejar en reposo las cartas un par de días sobre la mesa, porque cree que una semana de plazo resulta más verosímil.
Últimamente ha doblado el brazo y para las reuniones que hayan sido importantes su aplicación permite convertir la videollamada en un telegrama
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Sin embargo, últimamente ha doblado el brazo y para las reuniones que hayan sido importantes su aplicación permite convertir la videollamada en un telegrama, que es remitido de forma urgente, aunque el coste es mayor. Correos le cobra unos 8,47 euros por envío y él pide a sus clientes 12 euros.
No hay otra forma de pagar un Mercedes así, que hasta el polvo del aparcamiento se apartaba a su paso. La gente que salía de la piscina, cargada con colchonetas y sillas plegables, se quedaba cegada con el brillo plateado de la palabra Coupé junto a las luces traseras.
Le gustaba la inseguridad que le aportaba Correos, creía que le daba a su negocio ese aire retro que buscaba
Alguien le comentó un día en el bar si había pensado en trabajar con empresas privadas de reparto. Matías negó con la cabeza. Le gustaba la inseguridad que le aportaba Correos, creía que le daba a su negocio ese aire retro que buscaba. Lo último que quería era que sus clientes, que habían pagado por transformar una tecnología del siglo XXI en una del siglo XVIII andaran recibiendo llamadas de un transportista o un SMS con el seguimiento de su envío. Las cartas llegaban cuando llegaban y se dejaban en el buzón.
Inicialmente, su aplicación no tuvo mucho éxito. Pero actualmente su crecimiento de envíos, dice Matías, es de «tres dígitos al mes». Siempre es así de enigmático. En la página web, que da más información que él, dice que más de 50 empresas utilizan semanalmente la aplicación que convierte las videollamadas en cartas manuscritas que reciben cómodamente franqueadas a los muchos días.
En las llamadas con los clientes, siempre dejaba caer que era la aplicación que usaba Amancio
Un día, tras mucho insistir, nos confesó el secreto del despegue. Era una idea que le había dado su hija. En las llamadas con los clientes, siempre dejaba caer, así como el que no quiere la cosa, que era la aplicación que usaba Amancio.
«¿Amancio, ese Amancio?», le preguntamos, «¿Pero eso es verdad?»
«Na, es solo marketing», respondió. «Algo que ellos quieren creer y yo también».
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