Se había engalanado la plaza con colchas artesanales de la época. Era la corrida del Motín, con guiños a 1808. Y dos siglos atrás fue capaz Morante de retrotraer el tiempo con su lento rezo en el quite. Tan despacito que dolía aquella media arrebujada a la cadera y muerta en aquel mar de arena. Hasta aquel océano desembocaron los ayudados a media altura, con un cambio de mano celestial. Y a partir de entonces rotó un reloj con las cuerdas ancladas, que eran las de las zapatillas del genio, gozando de las bondades de Violeto, tan mermadito de poder. Era el derecho el pitón, y por ese lado se rompió y acompañó la noble embestida, con flamencura en el dibujo, redondeado en el de pecho, que aún sigue. Cuánta armonía, rematada a la primera y premiada con una oreja. Tres verónicas como tres lunas que eclipsaban hasta a Campano, sueltecito. Buscó las tablas en banderillas y desde ese terreno le abrió los caminos por abajo, alargando el viaje de un toro medio frente a una faena sobresaliente. Muy en corto, lo incitó a embestir con ese sutil toque, tan necesario para que acudiera a las telas. Pura entrega el maestro, clavado entre los pitones, reunido y ofreciéndose tan desnudo que aquello desembocó en unos naturales magníficos, de bellísima expresión. Bajo el clamor de los tendidos se adornó con un afarolado, el molinete e incluso puso en escena la regiomontana que cruzaba el Atlántico hasta el México de Eloy Cavazos. De un espadazo reventó al de Cuvillo mientras tocaban palmas por bulerías en el umbral de Madrid, con cuya catedral se reencontrará dentro de un mes y una semana en la cita más codiciada del final del calendario.Pablo Aguado, por chicuelinas con un capote blanco Emilio MéndezEn el estribo esperó Juan Ortega al segundo, con el que ofreció un recital a la verónica, con el pecho por delante y un juego que escondía la hondura de sus brazos. Sabor en las chicuelinas al paso y en los delantales. Todo lo hizo por el camino de la pureza, pero el toro protestaba, con incómodos derrotes, cada vez más corto de viaje. Ante aquella condición, el de Triana imprimía suavidad, envuelta siempre de torería. Con listeza improvisó un trébol de afarolados al ralentí y la danza de un molinete invertido. Un pinchazo precedió al espadazo y saludó una calurosa ovación. Lidió por abajo Ortega al jabonero quinto, un toro bruscote y sin ritmo en el que no pudo surgir el acople, con más expresión que resolución. Regresaba Pablo Aguado al escenario donde en mayo floreció la más inmensa de su torería, de ese arrebato que permanece en la retina, con permiso del portuense. Dos plazas de Zúñiga, donde las musas aguadistas se mecen, intiman, se expanden… Echó las manos por delante el tercero, tan contadito de fuerza que el sevillano solo pudo dejar pinceladas con la tela fucsia. Sin obligarlo lo lidió Iván García, pero en cuanto Aguado bajó mínimamente la muleta quiso claudicar. No quedaba otra que acariciarlo a media altura, alejado de la típica labor de enfermería, sino con una naturalidad que brotaba de sus muñecas, mitad agua, mitad seda. A su aire iba y venía por el zurdo, por donde todo lo ponía el torero, sin importarle las miraditas de tan descastado animal. Y allá seguía con el valor y el temple de esta vieja fiesta, como la letra del pasodoble que sonaba. De oro y sol el torerísimo broche para cuadrar a Vinatero, con una estocada que valió el trofeo. Aranjuez Corrida del Motín Domingo, 6 de septiembre de 2026. Tres cuartos largos de entrada. Toros de Núñez del Cuvillo, de aparentes hechuras en general, manejables pero faltos de empuje. Morante de la Puebla, de gris perla y negro: estocada trasera tendida (oreja); estocada pelín desprendida (dos orejas). Juan Ortega, de turquesa y calzona blanca: pinchazo y estocada (saludos); pinchazo y estocada (saludos). Pablo Aguado, de café y calzona negra: estocada (oreja); pinchazo, media y descabello (saludos).Una chicuelina descorchó su bienvenida al sexto, al que cosió aromáticas verónicas. Se destapó en el quite por Chicuelo con un capote de seda blanca. Soberbio Iván García con los palos y prometedor el prólogo de Aguado. Todo belleza su obra mientras caía la noche encima, mientras se acercaba al toro con una oración deletreada, con el incienso de la torería ascendiendo mientras el deslucido Rescoldito hacía feos. Asomaban las chorreras blancas que parecían encararse con la testa del cuvillo. Por ayudados finales abrochó, pero el acero le privó de la salida a hombros junto con el maestro de La Puebla, que rompía así la racha a pie de su penúltima goyesca y la romana. Se había engalanado la plaza con colchas artesanales de la época. Era la corrida del Motín, con guiños a 1808. Y dos siglos atrás fue capaz Morante de retrotraer el tiempo con su lento rezo en el quite. Tan despacito que dolía aquella media arrebujada a la cadera y muerta en aquel mar de arena. Hasta aquel océano desembocaron los ayudados a media altura, con un cambio de mano celestial. Y a partir de entonces rotó un reloj con las cuerdas ancladas, que eran las de las zapatillas del genio, gozando de las bondades de Violeto, tan mermadito de poder. Era el derecho el pitón, y por ese lado se rompió y acompañó la noble embestida, con flamencura en el dibujo, redondeado en el de pecho, que aún sigue. Cuánta armonía, rematada a la primera y premiada con una oreja. Tres verónicas como tres lunas que eclipsaban hasta a Campano, sueltecito. Buscó las tablas en banderillas y desde ese terreno le abrió los caminos por abajo, alargando el viaje de un toro medio frente a una faena sobresaliente. Muy en corto, lo incitó a embestir con ese sutil toque, tan necesario para que acudiera a las telas. Pura entrega el maestro, clavado entre los pitones, reunido y ofreciéndose tan desnudo que aquello desembocó en unos naturales magníficos, de bellísima expresión. Bajo el clamor de los tendidos se adornó con un afarolado, el molinete e incluso puso en escena la regiomontana que cruzaba el Atlántico hasta el México de Eloy Cavazos. De un espadazo reventó al de Cuvillo mientras tocaban palmas por bulerías en el umbral de Madrid, con cuya catedral se reencontrará dentro de un mes y una semana en la cita más codiciada del final del calendario.Pablo Aguado, por chicuelinas con un capote blanco Emilio MéndezEn el estribo esperó Juan Ortega al segundo, con el que ofreció un recital a la verónica, con el pecho por delante y un juego que escondía la hondura de sus brazos. Sabor en las chicuelinas al paso y en los delantales. Todo lo hizo por el camino de la pureza, pero el toro protestaba, con incómodos derrotes, cada vez más corto de viaje. Ante aquella condición, el de Triana imprimía suavidad, envuelta siempre de torería. Con listeza improvisó un trébol de afarolados al ralentí y la danza de un molinete invertido. Un pinchazo precedió al espadazo y saludó una calurosa ovación. Lidió por abajo Ortega al jabonero quinto, un toro bruscote y sin ritmo en el que no pudo surgir el acople, con más expresión que resolución. Regresaba Pablo Aguado al escenario donde en mayo floreció la más inmensa de su torería, de ese arrebato que permanece en la retina, con permiso del portuense. Dos plazas de Zúñiga, donde las musas aguadistas se mecen, intiman, se expanden… Echó las manos por delante el tercero, tan contadito de fuerza que el sevillano solo pudo dejar pinceladas con la tela fucsia. Sin obligarlo lo lidió Iván García, pero en cuanto Aguado bajó mínimamente la muleta quiso claudicar. No quedaba otra que acariciarlo a media altura, alejado de la típica labor de enfermería, sino con una naturalidad que brotaba de sus muñecas, mitad agua, mitad seda. A su aire iba y venía por el zurdo, por donde todo lo ponía el torero, sin importarle las miraditas de tan descastado animal. Y allá seguía con el valor y el temple de esta vieja fiesta, como la letra del pasodoble que sonaba. De oro y sol el torerísimo broche para cuadrar a Vinatero, con una estocada que valió el trofeo. Aranjuez Corrida del Motín Domingo, 6 de septiembre de 2026. Tres cuartos largos de entrada. Toros de Núñez del Cuvillo, de aparentes hechuras en general, manejables pero faltos de empuje. Morante de la Puebla, de gris perla y negro: estocada trasera tendida (oreja); estocada pelín desprendida (dos orejas). Juan Ortega, de turquesa y calzona blanca: pinchazo y estocada (saludos); pinchazo y estocada (saludos). Pablo Aguado, de café y calzona negra: estocada (oreja); pinchazo, media y descabello (saludos).Una chicuelina descorchó su bienvenida al sexto, al que cosió aromáticas verónicas. Se destapó en el quite por Chicuelo con un capote de seda blanca. Soberbio Iván García con los palos y prometedor el prólogo de Aguado. Todo belleza su obra mientras caía la noche encima, mientras se acercaba al toro con una oración deletreada, con el incienso de la torería ascendiendo mientras el deslucido Rescoldito hacía feos. Asomaban las chorreras blancas que parecían encararse con la testa del cuvillo. Por ayudados finales abrochó, pero el acero le privó de la salida a hombros junto con el maestro de La Puebla, que rompía así la racha a pie de su penúltima goyesca y la romana.
Se había engalanado la plaza con colchas artesanales de la época. Era la corrida del Motín, con guiños a 1808. Y dos siglos atrás fue capaz Morante de retrotraer el tiempo con su lento rezo en el quite. Tan despacito que dolía aquella media arrebujada … a la cadera y muerta en aquel mar de arena. Hasta aquel océano desembocaron los ayudados a media altura, con un cambio de mano celestial. Y a partir de entonces rotó un reloj con las cuerdas ancladas, que eran las de las zapatillas del genio, gozando de las bondades de Violeto, tan mermadito de poder. Era el derecho el pitón, y por ese lado se rompió y acompañó la noble embestida, con flamencura en el dibujo, redondeado en el de pecho, que aún sigue. Cuánta armonía, rematada a la primera y premiada con una oreja.
Tres verónicas como tres lunas que eclipsaban hasta a Campano, sueltecito. Buscó las tablas en banderillas y desde ese terreno le abrió los caminos por abajo, alargando el viaje de un toro medio frente a una faena sobresaliente. Muy en corto, lo incitó a embestir con ese sutil toque, tan necesario para que acudiera a las telas. Pura entrega el maestro, clavado entre los pitones, reunido y ofreciéndose tan desnudo que aquello desembocó en unos naturales magníficos, de bellísima expresión. Bajo el clamor de los tendidos se adornó con un afarolado, el molinete e incluso puso en escena la regiomontana que cruzaba el Atlántico hasta el México de Eloy Cavazos. De un espadazo reventó al de Cuvillo mientras tocaban palmas por bulerías en el umbral de Madrid, con cuya catedral se reencontrará dentro de un mes y una semana en la cita más codiciada del final del calendario.

(Emilio Méndez)
En el estribo esperó Juan Ortega al segundo, con el que ofreció un recital a la verónica, con el pecho por delante y un juego que escondía la hondura de sus brazos. Sabor en las chicuelinas al paso y en los delantales. Todo lo hizo por el camino de la pureza, pero el toro protestaba, con incómodos derrotes, cada vez más corto de viaje. Ante aquella condición, el de Triana imprimía suavidad, envuelta siempre de torería. Con listeza improvisó un trébol de afarolados al ralentí y la danza de un molinete invertido. Un pinchazo precedió al espadazo y saludó una calurosa ovación.
Lidió por abajo Ortega al jabonero quinto, un toro bruscote y sin ritmo en el que no pudo surgir el acople, con más expresión que resolución.
Regresaba Pablo Aguado al escenario donde en mayo floreció la más inmensa de su torería, de ese arrebato que permanece en la retina, con permiso del portuense. Dos plazas de Zúñiga, donde las musas aguadistas se mecen, intiman, se expanden… Echó las manos por delante el tercero, tan contadito de fuerza que el sevillano solo pudo dejar pinceladas con la tela fucsia. Sin obligarlo lo lidió Iván García, pero en cuanto Aguado bajó mínimamente la muleta quiso claudicar. No quedaba otra que acariciarlo a media altura, alejado de la típica labor de enfermería, sino con una naturalidad que brotaba de sus muñecas, mitad agua, mitad seda. A su aire iba y venía por el zurdo, por donde todo lo ponía el torero, sin importarle las miraditas de tan descastado animal. Y allá seguía con el valor y el temple de esta vieja fiesta, como la letra del pasodoble que sonaba. De oro y sol el torerísimo broche para cuadrar a Vinatero, con una estocada que valió el trofeo.
Aranjuez
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Corrida del Motín
Domingo, 6 de septiembre de 2026. Tres cuartos largos de entrada. Toros de Núñez del Cuvillo, de aparentes hechuras en general, manejables pero faltos de empuje.
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Morante de la Puebla,
de gris perla y negro: estocada trasera tendida (oreja); estocada pelín desprendida (dos orejas). -
Juan Ortega,
de turquesa y calzona blanca: pinchazo y estocada (saludos); pinchazo y estocada (saludos). -
Pablo Aguado,
de café y calzona negra: estocada (oreja); pinchazo y media (saludos).
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Una chicuelina descorchó su bienvenida al sexto, al que cosió aromáticas verónicas. Se destapó en el quite por Chicuelo con un capote de seda blanca. Soberbio Iván García con los palos y prometedor el prólogo de Aguado. Todo belleza su obra mientras caía la noche encima, mientras se acercaba al toro con una oración deletreada, con el incienso de la torería ascendiendo mientras el deslucido Rescoldito hacía feos. Asomaban las chorreras blancas que parecían encararse con la testa del cuvillo. Por ayudados finales abrochó, pero el acero le privó de la salida a hombros junto con el maestro de La Puebla, que rompía así la racha a pie de su penúltima goyesca y la romana.
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