Cuesta asumir que los primeros memes de internet ya son vintage, parte de las chanzas infantiles de los actuales universitarios y girones de la juventud de la primera generación que empezó a perder el tiempo en internet, aquel invento que iba a facilitar que todos pudiéramos familiarizarnos con las teorías de Richard Feynman y la obra de Tirso de Molina, sistemáticamente ignorada en los cada vez más exiguos temarios de Secundaria, entonces B.U.P. (o la E.S.O.).
Estamos a veintiún años del “Contigo no, bicho”, a diez del celebrado bofetón al tonto del ‘caranchoa’ y a nueve del vídeo de los ‘tipofijos’. Y parece que fue ayer, al menos para nosotros, los que no los protagonizamos
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Estamos a veintiún años del “Contigo no, bicho”, a diez del celebrado bofetón al tonto del ‘caranchoa’ y a nueve del vídeo de los ‘tipofijos’. Y parece que fue ayer, al menos para nosotros, los que no los protagonizamos
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Cuesta asumir que los primeros memes de internet ya son vintage, parte de las chanzas infantiles de los actuales universitarios y girones de la juventud de la primera generación que empezó a perder el tiempo en internet, aquel invento que iba a facilitar que todos pudiéramos familiarizarnos con las teorías de Richard Feynman y la obra de Tirso de Molina, sistemáticamente ignorada en los cada vez más exiguos temarios de Secundaria, entonces B.U.P. (o la E.S.O.).
La aparición de YouTube en 2005 coincidió, en España, con la llegada de La Sexta, una cadena necesitada —dentro de sus códigos— de contenidos sencillos pero efectivos. Esto, unido al auge de la estética cani y de cierto clasismo, provocó la llegada de un aluvión de personajes (voluntarios e involuntarios) que no atisbaban a ver el alcance de sus intervenciones.
Estamos a veintiún años del “Contigo no, bicho”, a quince del “Un año juntos Palomita”, a diez del celebrado bofetón al tonto del caranchoa y a nueve del vídeo de los tipofijos. Y parece que fue ayer, al menos para nosotros, los que no los protagonizamos. El caranchoa ha terminado teniendo que pagarle un buen dinero al repartidor al que tocó las narices. Los tipofijos han arruinado su vida y la de quienes les rodean. El chico de “contigo no, bicho” se ha escondido debajo de una piedra, y el novio tóxico que cumplía un año con Paloma tuvo tanta, tanta suerte, que salió totalmente a contraluz.
Dos de estos personajes del pasado vuelven a ser noticia. La conocida como “socorrista tóxica” ha logrado una indemnización de 50.000 euros dieciocho años después de la emisión del vídeo de “La he liao parda”, y el niño de “la tranquilidad es lo que se busca”, ya adulto, ha entrado en un seminario. Ellos y todos los demás han salido en vídeos que recuerdo, en lo personal, como breves alivios a tiempos a veces tristes, y solo les puedo estar agradecida por la sorpresa, la risa, y la naturalidad.
Pero siempre hay burros y cafres, y aguantar durante veinte años el mismo chiste todos los días, sentirse el blanco de las burlas, y no conseguir el olvido es lo más parecido a ser actriz porno, donde un montón de desagradecidos se creen con derecho a tratarte sin dignidad alguna. Sirvan estos casos para recordarnos que las palabras ya no se las lleva el viento. El Gran Hermano, sin grandilocuencia alguna, nos vigila.
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