Como el nacionalismo es inasequible a la ironía, la cultura que depara no puede sobrevivir fuera del invernadero oficial protector. El nacionalismo catalán necesita la provisión intravenosa del agravio revitalizador. Los independentistas que afirman que Cataluña es una «nación» a la que solo le faltan estructuras de Estado han quedado retratados estos días al convocar un Auto de Fe contra Eduardo Mendoza . El autor de ‘La intriga del funeral inconveniente’, la novela destinada a best-seller del 23 de abril, retomó la tradición literaria de la ‘boutade’: declaró que Sant Jordi es ante todo el Día del Libro; que el caballero «era un maltratador de animales y seguramente no sabía leer». Cuando la ‘boutade’ mendocina se propagó los medios subvencionados del Movimiento Nacional tocaron a rebato en un improvisado concurso de redacciones: a ver quién insulta más al profanador de la sagrada leyenda. Al llamar al boicot contra Mendoza –siete mil octavillas de la JNC– la tropa del proceso separatista sueña con revivir aquella campaña de Pujol contra Galinsoga en 1960. Anna Navarro, el gran fichaje de Puigdemont para Junts y que lleva dos años sin dar palo al agua, advierte que «Sant Jordi no se toca»; Eduard Pujol, otra lumbrera del partido posconvergente, tacha de «mala gente y cobardes» a quienes disculparon al escritor; y otras facciones independentistas se conjuran para retirar a Mendoza la Cruz de Sant Jordi o prender una hoguera con sus libros en la verbena de San Juan.La crónica literaria está trufada de ‘boutades’. En 1922 César González-Ruano asiste teñido de rubio a un homenaje a Cervantes en el Ateneo de Madrid: «El Quijote está escrito con los pies; y se comprende, porque Cervantes era manco», espeta. Se decide su expulsión, pero a Ruano se la trae floja: no es socio. Salvador Dalí, 23 de marzo de 1930, Ateneo Barcelonés. Imparte una conferencia sobre la ‘Posición moral del surrealismo’. Califica a Àngel Guimerà, que fue presidente de la entidad, de «inmenso putrefacto peludo», «pederasta» y «gran cerdo». Autor de ‘Terra baixa’ (Tierra baja), Guimerà preside los altares del catalanismo literario. Algunos asistentes se alzan para agredir al conferenciante. Dalí huye por piernas de la sala de actos. El escándalo culmina un trienio de ruptura con la cultura oficial que inauguró en 1928 el vanguardista ‘Manifest Groc’ junto a Lluís Montanyà y Sebastià Gasch. Sus promotores abominan de la «sensiblería enfermiza» del Orfeó Català, «los lugares comunes raciales de Guimerà», los «manoseados tópicos maragallanos» de la poesía catalana, la revista infantil ‘Jordi’ con sus niños y niñas cantando «Rosó, Rosó». Añádase el escándalo de ‘Le Chien andalou’, codirigido con Luis Buñuel y el tumultuoso estreno de ‘L’Âge d’Or’: sesenta ‘Camelots du Roi’ irrumpen en el cine; lanzan tinta sobre la pantalla y bombas fétidas; agreden a los espectadores; destruyen la exposición del vestíbulo: libros, revistas surrealistas y obras de Ernst, Arp, Dalí, Miró y Man Ray. Noticia relacionada general No No LIBROS Eduardo Mendoza, continúa la fiesta, la risa José María Pozuelo YvancosSi Mendoza pretendía calibrar el encaje de su humor paródico en Cataluña ha podido constatar que nada tiene que ver con el humor de los ingleses, tan nacionalistas ellos, pero capaces de reírse de sí mismos. Aquí no se va más allá de ‘Polònia’, siempre que en el gag aparezca un personaje español que supere en ridículo al protagonista catalán. Moraleja: hay que medir las palabras; la ironía provocadora es planta exótica en Cataluña. A Boadella y sus Joglars les cuesta encontrar teatro en Barcelona y los autores catalanes que escriben en castellano acaban extramuros de la cultura etiquetados como «literatura colonial». Diga lo que diga Sánchez, a casi diez años del ‘procés’, el dinosaurio (nacionalista) sigue ahí. Como el nacionalismo es inasequible a la ironía, la cultura que depara no puede sobrevivir fuera del invernadero oficial protector. El nacionalismo catalán necesita la provisión intravenosa del agravio revitalizador. Los independentistas que afirman que Cataluña es una «nación» a la que solo le faltan estructuras de Estado han quedado retratados estos días al convocar un Auto de Fe contra Eduardo Mendoza . El autor de ‘La intriga del funeral inconveniente’, la novela destinada a best-seller del 23 de abril, retomó la tradición literaria de la ‘boutade’: declaró que Sant Jordi es ante todo el Día del Libro; que el caballero «era un maltratador de animales y seguramente no sabía leer». Cuando la ‘boutade’ mendocina se propagó los medios subvencionados del Movimiento Nacional tocaron a rebato en un improvisado concurso de redacciones: a ver quién insulta más al profanador de la sagrada leyenda. Al llamar al boicot contra Mendoza –siete mil octavillas de la JNC– la tropa del proceso separatista sueña con revivir aquella campaña de Pujol contra Galinsoga en 1960. Anna Navarro, el gran fichaje de Puigdemont para Junts y que lleva dos años sin dar palo al agua, advierte que «Sant Jordi no se toca»; Eduard Pujol, otra lumbrera del partido posconvergente, tacha de «mala gente y cobardes» a quienes disculparon al escritor; y otras facciones independentistas se conjuran para retirar a Mendoza la Cruz de Sant Jordi o prender una hoguera con sus libros en la verbena de San Juan.La crónica literaria está trufada de ‘boutades’. En 1922 César González-Ruano asiste teñido de rubio a un homenaje a Cervantes en el Ateneo de Madrid: «El Quijote está escrito con los pies; y se comprende, porque Cervantes era manco», espeta. Se decide su expulsión, pero a Ruano se la trae floja: no es socio. Salvador Dalí, 23 de marzo de 1930, Ateneo Barcelonés. Imparte una conferencia sobre la ‘Posición moral del surrealismo’. Califica a Àngel Guimerà, que fue presidente de la entidad, de «inmenso putrefacto peludo», «pederasta» y «gran cerdo». Autor de ‘Terra baixa’ (Tierra baja), Guimerà preside los altares del catalanismo literario. Algunos asistentes se alzan para agredir al conferenciante. Dalí huye por piernas de la sala de actos. El escándalo culmina un trienio de ruptura con la cultura oficial que inauguró en 1928 el vanguardista ‘Manifest Groc’ junto a Lluís Montanyà y Sebastià Gasch. Sus promotores abominan de la «sensiblería enfermiza» del Orfeó Català, «los lugares comunes raciales de Guimerà», los «manoseados tópicos maragallanos» de la poesía catalana, la revista infantil ‘Jordi’ con sus niños y niñas cantando «Rosó, Rosó». Añádase el escándalo de ‘Le Chien andalou’, codirigido con Luis Buñuel y el tumultuoso estreno de ‘L’Âge d’Or’: sesenta ‘Camelots du Roi’ irrumpen en el cine; lanzan tinta sobre la pantalla y bombas fétidas; agreden a los espectadores; destruyen la exposición del vestíbulo: libros, revistas surrealistas y obras de Ernst, Arp, Dalí, Miró y Man Ray. Noticia relacionada general No No LIBROS Eduardo Mendoza, continúa la fiesta, la risa José María Pozuelo YvancosSi Mendoza pretendía calibrar el encaje de su humor paródico en Cataluña ha podido constatar que nada tiene que ver con el humor de los ingleses, tan nacionalistas ellos, pero capaces de reírse de sí mismos. Aquí no se va más allá de ‘Polònia’, siempre que en el gag aparezca un personaje español que supere en ridículo al protagonista catalán. Moraleja: hay que medir las palabras; la ironía provocadora es planta exótica en Cataluña. A Boadella y sus Joglars les cuesta encontrar teatro en Barcelona y los autores catalanes que escriben en castellano acaban extramuros de la cultura etiquetados como «literatura colonial». Diga lo que diga Sánchez, a casi diez años del ‘procés’, el dinosaurio (nacionalista) sigue ahí.
Como el nacionalismo es inasequible a la ironía, la cultura que depara no puede sobrevivir fuera del invernadero oficial protector. El nacionalismo catalán necesita la provisión intravenosa del agravio revitalizador. Los independentistas que afirman que Cataluña es una «nación» a la que solo le faltan … estructuras de Estado han quedado retratados estos días al convocar un Auto de Fe contra Eduardo Mendoza. El autor de ‘La intriga del funeral inconveniente’, la novela destinada a best-seller del 23 de abril, retomó la tradición literaria de la ‘boutade’: declaró que Sant Jordi es ante todo el Día del Libro; que el caballero «era un maltratador de animales y seguramente no sabía leer». Cuando la ‘boutade’ mendocina se propagó los medios subvencionados del Movimiento Nacional tocaron a rebato en un improvisado concurso de redacciones: a ver quién insulta más al profanador de la sagrada leyenda. Al llamar al boicot contra Mendoza –siete mil octavillas de la JNC– la tropa del proceso separatista sueña con revivir aquella campaña de Pujol contra Galinsoga en 1960. Anna Navarro, el gran fichaje de Puigdemont para Junts y que lleva dos años sin dar palo al agua, advierte que «Sant Jordi no se toca»; Eduard Pujol, otra lumbrera del partido posconvergente, tacha de «mala gente y cobardes» a quienes disculparon al escritor; y otras facciones independentistas se conjuran para retirar a Mendoza la Cruz de Sant Jordi o prender una hoguera con sus libros en la verbena de San Juan.
La crónica literaria está trufada de ‘boutades’. En 1922 César González-Ruano asiste teñido de rubio a un homenaje a Cervantes en el Ateneo de Madrid: «El Quijote está escrito con los pies; y se comprende, porque Cervantes era manco», espeta. Se decide su expulsión, pero a Ruano se la trae floja: no es socio. Salvador Dalí, 23 de marzo de 1930, Ateneo Barcelonés. Imparte una conferencia sobre la ‘Posición moral del surrealismo’. Califica a Àngel Guimerà, que fue presidente de la entidad, de «inmenso putrefacto peludo», «pederasta» y «gran cerdo». Autor de ‘Terra baixa’ (Tierra baja), Guimerà preside los altares del catalanismo literario. Algunos asistentes se alzan para agredir al conferenciante. Dalí huye por piernas de la sala de actos. El escándalo culmina un trienio de ruptura con la cultura oficial que inauguró en 1928 el vanguardista ‘Manifest Groc’ junto a Lluís Montanyà y Sebastià Gasch. Sus promotores abominan de la «sensiblería enfermiza» del Orfeó Català, «los lugares comunes raciales de Guimerà», los «manoseados tópicos maragallanos» de la poesía catalana, la revista infantil ‘Jordi’ con sus niños y niñas cantando «Rosó, Rosó». Añádase el escándalo de ‘Le Chien andalou’, codirigido con Luis Buñuel y el tumultuoso estreno de ‘L’Âge d’Or’: sesenta ‘Camelots du Roi’ irrumpen en el cine; lanzan tinta sobre la pantalla y bombas fétidas; agreden a los espectadores; destruyen la exposición del vestíbulo: libros, revistas surrealistas y obras de Ernst, Arp, Dalí, Miró y Man Ray.
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Si Mendoza pretendía calibrar el encaje de su humor paródico en Cataluña ha podido constatar que nada tiene que ver con el humor de los ingleses, tan nacionalistas ellos, pero capaces de reírse de sí mismos. Aquí no se va más allá de ‘Polònia’, siempre que en el gag aparezca un personaje español que supere en ridículo al protagonista catalán. Moraleja: hay que medir las palabras; la ironía provocadora es planta exótica en Cataluña. A Boadella y sus Joglars les cuesta encontrar teatro en Barcelona y los autores catalanes que escriben en castellano acaban extramuros de la cultura etiquetados como «literatura colonial». Diga lo que diga Sánchez, a casi diez años del ‘procés’, el dinosaurio (nacionalista) sigue ahí.
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