Hay artistas que alimentan a sus países de gloria y sus países los ignoran. España tiene una larga historia de esa ingratitud, y el caso de Manuel García es uno de los más llamativos. Ayer se estrenó en el Teatro de la Zarzuela «El gitano por amor», su ópera póstuma, casi doscientos años después de que García la terminara a bordo de un barco, entre Veracruz y Europa, en 1829. Dice mucho de nosotros que hayamos tardado tanto en verla en un escenario.
Manuel del Pópulo Vicente García -su verdadero apellido era Rodríguez Aguilar, aunque eso a él no parecía importarle demasiado- nació en Sevilla el 21 de enero de 1775 y murió en París en junio de 1832, a los cincuenta y siete años. Era hijo de un zapatero del Arenal, creció entre el canto de la catedral y los teatros de la ciudad, y se marchó pronto: primero a Cádiz, luego a Madrid, después al mundo.
En 1808, con la invasión napoleónica convirtiendo España en un campo de batalla y la represión fernandina acechando a todo aquel que hubiera respirado cerca de las ideas liberales, García puso tierra de por medio y tomó rumbo a París. No volvería. La España absolutista de Fernando VII no era lugar para un artista de talento libre y convicciones cosmopolitas. Rossini lo convertiría en su tenor favorito: estrenaría el Conde Almaviva en Il Barbiere di Siviglia y el Otello del mismo autor, fundaría la primera compañía de ópera italiana en Estados Unidos y llevaría el arte lírico hasta México. Fue el primer artista español de dimensión verdaderamente internacional. Sus hijos —María Malibrán, Pauline Viardot y Manuel Patricio García, inventor del laringoscopio, nada menos— construirían una dinastía que sigue siendo la más importante de la historia vocal del siglo XIX. En España, a él no se lo conocía casi nadie. Nosotros hemos ido conociendo «Il Califfo di Bagdad», «L’isola disabitata» y poco más.
«El gitano por amor» nació del azar y de la necesidad, como tantas obras maestras. García había viajado a Nueva York con Lorenzo da Ponte en 1828 para ofrecer las obras de Mozart, pero se encontró con una orquesta y unos coros mediocres, que no le gustaron, y decidió trasladarse a México. El empresario del teatro le planteó un problema brutal en su simplicidad: el público no llenaba la sala porque no entendía lo que cantaban los artistas. García escribió una ópera completa en castellano. Música y libreto, él solo, si bien con la fuente de «La gitanilla», una de las doce novelas ejemplares de Cervantes, donde un noble se disfraza de gitano por amor a Preciosa, soporta dos años de vida al raso, es falsamente acusado de robo y acaba encontrando en el desenlace la identidad verdadera de la joven y la felicidad merecida. Una comedia de enredos con raíces en la mejor literatura española. Unos bandoleros le robaron todos los materiales cuando iba a Veracruz y la partitura se terminó a bordo del barco que lo llevaba de regreso a Europa, entre 1828 y 1829. Es su última gran ópera, posiblemente la primera en castellano, y en ella García volcó todo lo que sabía: un belcantismo de cuño rossiniano y mozartiano convive con ecos de la grand opéra francesa que empieza a despuntar -Meyerbeer asoma en los concertantes- y con un torrente de música popular española que lo empapa todo: tonadillas, fandangos, seguidillas, boleros, muñeiras, polos. Carlos Aragón, director musical de esta producción, lo ha calificado acertadamente como «un crisol de estilos».
Lo que a primera vista podría parecer una contradicción es en realidad la marca de un compositor que conocía todas las corrientes de su tiempo y las hacía suyas sin servilismo ni provincianismo. La partitura fue a parar a la Bibliothèque Nationale de París. Allí estuvo dormida durante casi doscientos años. Nadie la había llevado a escena en ningún teatro del mundo hasta que el Ópera Estudio de Málaga lo hizo en septiembre de 2024. Cincuenta años antes de que Barbieri, Bretón o Chapí promovieran la ópera nacional española, García ya había compuesto la primera ópera importante en castellano del prerromanticismo. Sin saberlo, anticipó un movimiento entero.
Amalgama de estilos
La producción que llegó ayer al Teatro de la Zarzuela -donde permanecerá hasta el 26 de abril- es la misma que se gestó en Málaga bajo la dirección artística de Carlos Álvarez y que ha viajado a Madrid con todos sus efectivos. Emilio Sagi dirige la escena con la elegancia sobria que lo caracteriza: colores rojos y blancos casi puros, pocos elementos escenográficos, la comedia andaluza en primer plano sin adornos que la estorben. «La nobleza solo está en el corazón, seas gitano o aristócrata», dice Sagi, y esa convicción se nota en cada decisión espacial. La escenografía es de Daniel Bianco, el vestuario de Jesús Ruiz, la iluminación de Eduardo Bravo. Un equipo sólido y sabio que sirve a la música sin anteponerse a ella. Siempre lo ha hecho.
En el podio, Carlos Aragón intenta mantener la amalgama entre tantos estilos sin que la costura se note. La partitura está articulada en dos actos con una sucesión de arias, duetos, tríos y concertantes que exige cantantes capaces de dominar el bel canto puro y al mismo tiempo combinarlo con el aire popular español sin chirriar. No es tarea fácil. Aragón la conoce bien, ya que fue su trabajo en Málaga, pero se echa en falta mayor preparación de ensayos, sobre todo en el primer acto. Un acto de hora y media al que le sobra media hora, lleno de frases repetidas y gorgoritos, con más oficio que inspiración, y francamente difícil de cantar. El segundo, totalmente inspirado en Mozart y Rossini, con un interesante quinteto y una bella aria final para la gitanilla resulta mucho más redondo y también se nota más trabajado.
Reconozco que la primera vez que escuché hablar de esta partitura me pregunté si tendría interés y que el primer acto me resultó bastante insufrible. Luego, el segundo, me convenció por el oficio que muestra García y por momentos bellos, empezando por el aria de Inés, bien cantada por María José Moreno, el buen trabajo de Javier Povedano, la esforzada labor de Juan Antonio Sanabria, la clase y veterana maestría de Pietro Spagnoli, reconocible desde su primera nota, y la admirable actuación de Sabina Puértolas, resolviendo un papel complicadísimo. Todo el rato cantando en tesituras extremas y sabiendo respetar las delicadezas del bel canto.
«El gitano por amor» de Manuel García. Juan Antonio Sanabria, Sabina Puértolas, María José Moreno, Javier Povedano, Begoña Gómez, José Angel Florido, Pietro Spagnoli. Orquesta de la Comunidad de Madrid y Coro del Teatro de La Zarzuela. Dirección musical: Carlos Aragón, Dirección de escena: Emilio Sagi. Escenografía: Daniel Bianco. Vestuario: Jesús Ruiz. Iluminación: Eduardo Bravo. Teatro de la Zarzuela. Madrid, 22 de abril de 2026.
Hay artistas que alimentan a sus países de gloria y sus países los ignoran. España tiene una larga historia de esa ingratitud, y elcaso de Manuel García es uno de los más llamativos. Ayer se estrenó en elTeatro de la Zarzuela «El gitano por amor», su ópera póstuma, casi doscientos años después de que García la terminara a bordo de un barco, entre Veracruz y Europa, en 1829. Dice mucho de nosotros que hayamos tardado tanto en verla en un escenario.
Manuel del Pópulo Vicente García -su verdadero apellido era Rodríguez Aguilar, aunque eso a él no parecía importarle demasiado- nació en Sevilla el 21 de enero de 1775 y murió en París en junio de 1832, a los cincuenta y siete años. Era hijo de un zapatero del Arenal, creció entre el canto de la catedral y los teatros de la ciudad, y se marchó pronto: primero a Cádiz, luego a Madrid, después al mundo.
En 1808, con la invasión napoleónica convirtiendo España en un campo de batalla y la represión fernandina acechando a todo aquel que hubiera respirado cerca de las ideas liberales, García puso tierra de por medio y tomó rumbo a París. No volvería. La España absolutista de Fernando VII no era lugar para un artista de talento libre y convicciones cosmopolitas. Rossini lo convertiría en su tenor favorito: estrenaría el Conde Almaviva en Il Barbiere di Siviglia y elOtello del mismo autor, fundaría la primera compañía de ópera italiana en Estados Unidos y llevaría el arte lírico hasta México. Fue el primer artista español de dimensión verdaderamente internacional. Sus hijos —María Malibrán, Pauline Viardot y Manuel Patricio García, inventor del laringoscopio, nada menos— construirían una dinastía que sigue siendo la más importante de la historia vocal del siglo XIX. En España, a él no se lo conocía casi nadie. Nosotros hemos ido conociendo «Il Califfo di Bagdad», «L’isola disabitata» y poco más.
«El gitano por amor» nació del azar y de la necesidad, como tantas obras maestras. García había viajado a Nueva York con Lorenzo da Ponte en 1828 para ofrecer las obras de Mozart, pero se encontró con una orquesta y unos coros mediocres, que no le gustaron, y decidió trasladarse a México. El empresario del teatro le planteó un problema brutal en su simplicidad: el público no llenaba la sala porque no entendía lo que cantaban los artistas. García escribió una ópera completa en castellano. Música y libreto, él solo, si bien con la fuente de «La gitanilla», una de las doce novelas ejemplares de Cervantes, donde un noble se disfraza de gitanoporamor a Preciosa, soporta dos años de vida al raso, es falsamente acusado de robo y acaba encontrando en el desenlace la identidad verdadera de la joven y la felicidad merecida. Una comedia de enredos con raíces en la mejor literatura española. Unos bandoleros le robaron todos los materiales cuando iba a Veracruz y la partitura se terminó a bordo del barco que lo llevaba de regreso a Europa, entre 1828 y 1829. Es su última gran ópera, posiblemente la primera en castellano, y en ella García volcó todo lo que sabía: un belcantismo de cuño rossiniano y mozartiano convive con ecos de la grand opéra francesa que empieza a despuntar -Meyerbeer asoma en los concertantes- y con un torrente de música popular española que lo empapa todo: tonadillas, fandangos, seguidillas, boleros, muñeiras, polos. Carlos Aragón, director musical de esta producción, lo ha calificado acertadamente como «un crisol de estilos».
Lo que a primera vista podría parecer una contradicción es en realidad la marca de un compositor que conocía todas las corrientes de su tiempo y las hacía suyas sin servilismo ni provincianismo. La partitura fue a parar a la Bibliothèque Nationale de París. Allí estuvo dormida durante casi doscientos años. Nadie la había llevado a escena en ningún teatro del mundo hasta que el Ópera Estudio de Málaga lo hizo en septiembre de 2024. Cincuenta años antes de que Barbieri, Bretón o Chapí promovieran la ópera nacional española, García ya había compuesto la primera ópera importante en castellano del prerromanticismo. Sin saberlo, anticipó un movimiento entero.
La producción que llegó ayer al Teatro de la Zarzuela -donde permanecerá hastael26 de abril- es la misma que se gestó en Málaga bajo la dirección artística de Carlos Álvarez y que ha viajado a Madrid con todos sus efectivos. Emilio Sagi dirige la escena con laelegancia sobria que lo caracteriza: colores rojos y blancos casi puros, pocos elementos escenográficos, la comedia andaluza en primer plano sin adornos que la estorben. «La nobleza solo está en elcorazón, seas gitanoo aristócrata», dice Sagi, y esa convicción se nota en cada decisión espacial. La escenografía es de Daniel Bianco,elvestuario de Jesús Ruiz, la iluminación de Eduardo Bravo. Un equipo sólido y sabio que sirve a la música sin anteponerse aella. Siempre lo ha hecho.
En el podio, Carlos Aragón intenta mantener la amalgama entre tantos estilos sin que la costura se note. La partitura está articulada en dos actos con una sucesión de arias, duetos, tríos y concertantes que exige cantantes capaces de dominar el bel canto puro y al mismo tiempo combinarlo con el aire popular español sin chirriar. No es tarea fácil. Aragón la conoce bien, ya que fue su trabajo en Málaga, pero se echa en falta mayor preparación de ensayos, sobre todo en el primer acto. Un acto de hora y media al que le sobra media hora, lleno de frases repetidas y gorgoritos, con más oficio que inspiración, y francamente difícil de cantar. El segundo, totalmente inspirado en Mozart y Rossini, con un interesante quinteto y una bella aria final para la gitanilla resulta mucho más redondo y también se nota más trabajado.
Reconozco que la primera vez que escuché hablar de esta partitura me pregunté si tendría interés y que el primer acto me resultó bastante insufrible. Luego, el segundo, me convenció porel oficio que muestra García y por momentos bellos, empezando porel aria de Inés, bien cantada por María José Moreno, el buen trabajo de Javier Povedano, la esforzada labor de Juan Antonio Sanabria, la clase y veterana maestría de Pietro Spagnoli, reconocible desde su primera nota, y la admirable actuación de Sabina Puértolas, resolviendo un papel complicadísimo. Todo el rato cantando en tesituras extremas y sabiendo respetar las delicadezas del bel canto.
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