Escribo a dos soplos de los cien años de Marilyn, y el tema es obligado para un cronista lírico, porque Marilyn nunca se fue, pero aún menos si estamos en su cumpleaños. Cabrera Infante , que era erotómano, no concebía mayor voluptuosidad que Marilyn. Truman Capote la amó, y pudo escribir para ella aquello inolvidable: «Si he de vivir otra vez, que sea de rubia». Hitchcock no la habría contratado nunca, porque prefería a la rubia del suspense, como Tippi Hedren, o Grace Kelly, que desvelan la lenta sospecha pero no tanto la pasión abrasiva. Rubias ha habido muchas, pero Marilyn sólo una. Creó una escuela que todavía sigue abierta, la rubia platino, que fue antes una mujer y luego un género. Muchas celebridades contemporáneas persiguen ese magisterio de peluquería interior, y de la otra. Pero ninguna ha conseguido superar la fórmula insondable. La belleza de Marilyn tenía algo más que belleza, obviamente. Había en ella una rara atadura de erotismo y fragilidad, de confianza y sobresalto, de cadera peligrosa y voltaje inocente. Las fotografías ayudan a explicar el fenómeno. Noticia relacionada reportaje No No Centenario Marilyn Monroe vs. Norma Jeane: mito construido, mujer destruida Lucía CabanelasArranca su biografía en la ausencia pura, que es donde brotan las historias difíciles. Tuvo un padre al que nunca conoció y una madre que frecuentó los hospitales psiquiátricos. Fue una huérfana de familia, y también una huérfana de sí misma. Acaso por eso nunca terminó de habitar del todo su celebridad infinita. Antes de ser estrella fue modelo. Antes de ser mito fue muchacha. Consta Marilyn, así en general, de una mitad de fama universal y otra mitad de desamparo incurable. Entre esas dos mitades giran sus películas, sus amantes sus maridos. Da casi pudor citar aquí algunos títulos, por evidentes, pero conviene hacerlo. Ahí están ‘Con faldas y a lo loco’, ‘La tentación vive arriba’, ‘Los caballeros las prefieren rubias’, o ‘Vidas rebeldes’. Las películas sobreviven porque ella continúa sobreviviendo dentro de ellas. Marilyn es un ajuar que cotiza. También una nostalgia próspera. Pocas herencias han resultado tan rentables para la memoria. En vida fue una estrella con tristeza. Después de la muerte se convirtió en una muerta vitalísima. Escribo a dos soplos de los cien años de Marilyn, y el tema es obligado para un cronista lírico, porque Marilyn nunca se fue, pero aún menos si estamos en su cumpleaños. Cabrera Infante , que era erotómano, no concebía mayor voluptuosidad que Marilyn. Truman Capote la amó, y pudo escribir para ella aquello inolvidable: «Si he de vivir otra vez, que sea de rubia». Hitchcock no la habría contratado nunca, porque prefería a la rubia del suspense, como Tippi Hedren, o Grace Kelly, que desvelan la lenta sospecha pero no tanto la pasión abrasiva. Rubias ha habido muchas, pero Marilyn sólo una. Creó una escuela que todavía sigue abierta, la rubia platino, que fue antes una mujer y luego un género. Muchas celebridades contemporáneas persiguen ese magisterio de peluquería interior, y de la otra. Pero ninguna ha conseguido superar la fórmula insondable. La belleza de Marilyn tenía algo más que belleza, obviamente. Había en ella una rara atadura de erotismo y fragilidad, de confianza y sobresalto, de cadera peligrosa y voltaje inocente. Las fotografías ayudan a explicar el fenómeno. Noticia relacionada reportaje No No Centenario Marilyn Monroe vs. Norma Jeane: mito construido, mujer destruida Lucía CabanelasArranca su biografía en la ausencia pura, que es donde brotan las historias difíciles. Tuvo un padre al que nunca conoció y una madre que frecuentó los hospitales psiquiátricos. Fue una huérfana de familia, y también una huérfana de sí misma. Acaso por eso nunca terminó de habitar del todo su celebridad infinita. Antes de ser estrella fue modelo. Antes de ser mito fue muchacha. Consta Marilyn, así en general, de una mitad de fama universal y otra mitad de desamparo incurable. Entre esas dos mitades giran sus películas, sus amantes sus maridos. Da casi pudor citar aquí algunos títulos, por evidentes, pero conviene hacerlo. Ahí están ‘Con faldas y a lo loco’, ‘La tentación vive arriba’, ‘Los caballeros las prefieren rubias’, o ‘Vidas rebeldes’. Las películas sobreviven porque ella continúa sobreviviendo dentro de ellas. Marilyn es un ajuar que cotiza. También una nostalgia próspera. Pocas herencias han resultado tan rentables para la memoria. En vida fue una estrella con tristeza. Después de la muerte se convirtió en una muerta vitalísima.
Escribo a dos soplos de los cien años de Marilyn, y el tema es obligado para un cronista lírico, porque Marilyn nunca se fue, pero aún menos si estamos en su cumpleaños. Cabrera Infante, que era erotómano, no concebía mayor voluptuosidad que Marilyn. … Truman Capote la amó, y pudo escribir para ella aquello inolvidable: «Si he de vivir otra vez, que sea de rubia». Hitchcock no la habría contratado nunca, porque prefería a la rubia del suspense, como Tippi Hedren, o Grace Kelly, que desvelan la lenta sospecha pero no tanto la pasión abrasiva.
Rubias ha habido muchas, pero Marilyn sólo una. Creó una escuela que todavía sigue abierta, la rubia platino, que fue antes una mujer y luego un género. Muchas celebridades contemporáneas persiguen ese magisterio de peluquería interior, y de la otra. Pero ninguna ha conseguido superar la fórmula insondable. La belleza de Marilyn tenía algo más que belleza, obviamente. Había en ella una rara atadura de erotismo y fragilidad, de confianza y sobresalto, de cadera peligrosa y voltaje inocente. Las fotografías ayudan a explicar el fenómeno.
Noticia relacionada
Arranca su biografía en la ausencia pura, que es donde brotan las historias difíciles. Tuvo un padre al que nunca conoció y una madre que frecuentó los hospitales psiquiátricos. Fue una huérfana de familia, y también una huérfana de sí misma. Acaso por eso nunca terminó de habitar del todo su celebridad infinita. Antes de ser estrella fue modelo. Antes de ser mito fue muchacha. Consta Marilyn, así en general, de una mitad de fama universal y otra mitad de desamparo incurable. Entre esas dos mitades giran sus películas, sus amantes sus maridos. Da casi pudor citar aquí algunos títulos, por evidentes, pero conviene hacerlo. Ahí están ‘Con faldas y a lo loco’, ‘La tentación vive arriba’, ‘Los caballeros las prefieren rubias’, o ‘Vidas rebeldes’.
Las películas sobreviven porque ella continúa sobreviviendo dentro de ellas. Marilyn es un ajuar que cotiza. También una nostalgia próspera. Pocas herencias han resultado tan rentables para la memoria. En vida fue una estrella con tristeza. Después de la muerte se convirtió en una muerta vitalísima.
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