
El mecanismo es recurrente: amparado en la incorrección política, alguien con un relativo número de seguidores lanza un disparate —la de cosas que dicen los que se quejan de que no se puede decir nada— en el salvaje Oeste de las redes sociales. Sus acólitos lo celebran —bravo, por fin alguien se atreve a verbalizar lo que el resto callamos por miedo—, sus detractores lo insultan y se genera una polémica absurda alrededor de un debate que cualquiera con los deberes democráticos hechos ni considera.
Quizá los responsables de ‘Espejo público’ se amparen en que en el espacio hubo tertulianos a favor y en contra, pero todos sabemos que el verdadero problema es que el debate fija el marco en el que nos movemos 
El mecanismo es recurrente: amparado en la incorrección política, alguien con un relativo número de seguidores lanza un disparate —la de cosas que dicen los que se quejan de que no se puede decir nada— en el salvaje Oeste de las redes sociales. Sus acólitos lo celebran —bravo, por fin alguien se atreve a verbalizar lo que el resto callamos por miedo—, sus detractores lo insultan y se genera una polémica absurda alrededor de un debate que cualquiera con los deberes democráticos hechos ni considera.
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