En un chalet de Boadilla del Monte con más metros cuadrados que muchos bloques de viviendas, están intentando matar a alguien. La cosa parece seria: los gritos desde la azotea llegan hasta el salón, donde media docena de tipos vestidos de negro, uniformados y perfectamente coordinados, podrían pasar por un clan. Los alaridos, lejos de asustarles, les hacen gracia. Cuando la víctima consigue escapar de las puñaladas y atraviesa el salón cubierto de sangre, en lugar de ayudarlo se ponen a vacilarle por la cicatriz de la frente y el chorretón rojo que le resbala por la camisa. Los gritos se transforman en risas en el momento en que el hombre abre la boca y se rompe el hechizo: es José Mota en pleno rodaje de ‘Matar a Ramón’, la comedia negra dirigida por Álvaro Fernández Armero en la que el actor se convierte en la «víctima perfecta».La película, que ya ha cerrado su rodaje tras un intenso y caluroso mes de trabajo en localizaciones de la Comunidad de Madrid y Castilla-La Mancha, juega con el formato de falso documental (al estilo de ‘The Office’). Un equipo de televisión sigue a dos guardias civiles de un aburrido pueblo manchego que, por casualidades de la vida, se ven obligados a investigar un extraño atropello. La pregunta que vertebra la historia es clara: ¿cómo reaccionan unos personajes desbordados ante un crimen que debería ser un drama y que, sin embargo, se convierte en una farsa absoluta?José Mota interpreta a Ramón, un empresario de reformas al frente de «Reformas Charlotte» cuya vida da un vuelco tras ese atropello sospechoso. Para el actor, el personaje es un ejercicio de contención y ternura. «Es un hombre bueno», explica en el porche de la casa madrileña, con la cicatriz todavía «abierta» en la frente. «Solo quiere ocuparse de su negocio, pero, por su afición al cine de suspense y a Alfred Hitchcock, es el primero en sospechar que algo no encaja». Mota se siente cómodo en el reto de aplicar la lógica del maestro del suspense a la cotidianidad manchega.Sin embargo, no es él quien sostiene el peso de la historia. Ese papel recae en Óscar de la Fuente y Carla Díaz, los dos guardias civiles encargados de resolver el caso en Cantoviejo, el pueblo donde transcurre la trama. «Son opuestos y complementarios», cuenta la actriz nada más llegar al set, antes de pasar por vestuario y maquillaje. Ella da vida a una agente recién salida de la academia, cuadriculada y profesional, que contrasta con el veterano Vázquez, interpretado por De la Fuente: un acomodado que ya está de vuelta de todo.«Soy un poco la aprendiz de Vázquez», explica Díaz. «Él es el típico que no quiere complicarse la vida; yo soy la que refresca el cuerpo, la que tiene la teoría más fresca y ganas de trabajar». Esa dinámica de «agua y aceite» es, según De la Fuente, lo que hace verosímil la película pese a su tono surrealista: «No es una comedia de gags por gags. Las situaciones crean el espacio para que la comedia suceda».Rodaje de ‘Matar a Ramón’, con su director, Álvaro Fernández ArmeroLa jornada de rodaje en Boadilla avanza lenta bajo un sol de verano que aplasta el ánimo. Ese calor alivia, en parte, las tensiones habituales de un rodaje corto —poco más de cuatro semanas—, pero también vuelve más serias las conversaciones, incluso cuando se habla de humor. «Álvaro Fernández Armero nos da una libertad inusual para improvisar. Nos reímos mucho», comenta De la Fuente. «Y es una gozada, porque sabe manejar el equilibrio entre la intriga y el humor absurdo». «La desgracia ajena es la que hace gracia, pero el personaje tiene que pasarlo mal para que tú te rías», remata Carla Díaz.La película, producida por Atresmedia Cine, La Terraza Films, True Crime Factory e Ikiru Films, se presenta como «algo inédito» en el cine español. Con el falso documental como aliado, narra las desastrosas intentonas de liquidar a Ramón y la inutilidad de quienes investigan el caso. «’Matar a Ramón’ es una comedia negra, patética y tierna, pero sobre todo un apasionante reto narrativo», resume el director. «Toca desmontar lo aprendido y tirarnos a la piscina para aprender a hacerlo mal… y así hacerlo bien».Entre medias, José Mota, que no se ha quitado el pijama ensangrentado con el que su personaje ha logrado escapar del penúltimo intento de asesinato, se sienta a comer con el resto del equipo. Buscan una sombra que aplaque un poco el sol madrileño. «Ramón tiene una humanidad que hace que el espectador empatice muy pronto», defiende. Sobre la experiencia de dejarse matar una y otra vez, sonríe: «Es divertido porque no termina de cuajar. Es como si el universo conspirara a su favor, como el señor Magoo. Algo tiene que tener: es un buen hombre». Y de su director destaca la precisión y el ambiente que crea en el set: «Álvaro trabaja desde la sutileza. Sabe muy bien lo que quiere, no es ambiguo y genera un paraguas de protección muy agradable para los actores. Abordamos el personaje desde la verdad más absoluta, porque el planteamiento ya es suficientemente surrealista». Mientras habla, el pijama manchado de sangre falsa y la cicatriz aún «abierta» en la frente recuerdan que, en esta comedia negra, matar a Ramón es casi tan difícil como no quererle. En un chalet de Boadilla del Monte con más metros cuadrados que muchos bloques de viviendas, están intentando matar a alguien. La cosa parece seria: los gritos desde la azotea llegan hasta el salón, donde media docena de tipos vestidos de negro, uniformados y perfectamente coordinados, podrían pasar por un clan. Los alaridos, lejos de asustarles, les hacen gracia. Cuando la víctima consigue escapar de las puñaladas y atraviesa el salón cubierto de sangre, en lugar de ayudarlo se ponen a vacilarle por la cicatriz de la frente y el chorretón rojo que le resbala por la camisa. Los gritos se transforman en risas en el momento en que el hombre abre la boca y se rompe el hechizo: es José Mota en pleno rodaje de ‘Matar a Ramón’, la comedia negra dirigida por Álvaro Fernández Armero en la que el actor se convierte en la «víctima perfecta».La película, que ya ha cerrado su rodaje tras un intenso y caluroso mes de trabajo en localizaciones de la Comunidad de Madrid y Castilla-La Mancha, juega con el formato de falso documental (al estilo de ‘The Office’). Un equipo de televisión sigue a dos guardias civiles de un aburrido pueblo manchego que, por casualidades de la vida, se ven obligados a investigar un extraño atropello. La pregunta que vertebra la historia es clara: ¿cómo reaccionan unos personajes desbordados ante un crimen que debería ser un drama y que, sin embargo, se convierte en una farsa absoluta?José Mota interpreta a Ramón, un empresario de reformas al frente de «Reformas Charlotte» cuya vida da un vuelco tras ese atropello sospechoso. Para el actor, el personaje es un ejercicio de contención y ternura. «Es un hombre bueno», explica en el porche de la casa madrileña, con la cicatriz todavía «abierta» en la frente. «Solo quiere ocuparse de su negocio, pero, por su afición al cine de suspense y a Alfred Hitchcock, es el primero en sospechar que algo no encaja». Mota se siente cómodo en el reto de aplicar la lógica del maestro del suspense a la cotidianidad manchega.Sin embargo, no es él quien sostiene el peso de la historia. Ese papel recae en Óscar de la Fuente y Carla Díaz, los dos guardias civiles encargados de resolver el caso en Cantoviejo, el pueblo donde transcurre la trama. «Son opuestos y complementarios», cuenta la actriz nada más llegar al set, antes de pasar por vestuario y maquillaje. Ella da vida a una agente recién salida de la academia, cuadriculada y profesional, que contrasta con el veterano Vázquez, interpretado por De la Fuente: un acomodado que ya está de vuelta de todo.«Soy un poco la aprendiz de Vázquez», explica Díaz. «Él es el típico que no quiere complicarse la vida; yo soy la que refresca el cuerpo, la que tiene la teoría más fresca y ganas de trabajar». Esa dinámica de «agua y aceite» es, según De la Fuente, lo que hace verosímil la película pese a su tono surrealista: «No es una comedia de gags por gags. Las situaciones crean el espacio para que la comedia suceda».Rodaje de ‘Matar a Ramón’, con su director, Álvaro Fernández ArmeroLa jornada de rodaje en Boadilla avanza lenta bajo un sol de verano que aplasta el ánimo. Ese calor alivia, en parte, las tensiones habituales de un rodaje corto —poco más de cuatro semanas—, pero también vuelve más serias las conversaciones, incluso cuando se habla de humor. «Álvaro Fernández Armero nos da una libertad inusual para improvisar. Nos reímos mucho», comenta De la Fuente. «Y es una gozada, porque sabe manejar el equilibrio entre la intriga y el humor absurdo». «La desgracia ajena es la que hace gracia, pero el personaje tiene que pasarlo mal para que tú te rías», remata Carla Díaz.La película, producida por Atresmedia Cine, La Terraza Films, True Crime Factory e Ikiru Films, se presenta como «algo inédito» en el cine español. Con el falso documental como aliado, narra las desastrosas intentonas de liquidar a Ramón y la inutilidad de quienes investigan el caso. «’Matar a Ramón’ es una comedia negra, patética y tierna, pero sobre todo un apasionante reto narrativo», resume el director. «Toca desmontar lo aprendido y tirarnos a la piscina para aprender a hacerlo mal… y así hacerlo bien».Entre medias, José Mota, que no se ha quitado el pijama ensangrentado con el que su personaje ha logrado escapar del penúltimo intento de asesinato, se sienta a comer con el resto del equipo. Buscan una sombra que aplaque un poco el sol madrileño. «Ramón tiene una humanidad que hace que el espectador empatice muy pronto», defiende. Sobre la experiencia de dejarse matar una y otra vez, sonríe: «Es divertido porque no termina de cuajar. Es como si el universo conspirara a su favor, como el señor Magoo. Algo tiene que tener: es un buen hombre». Y de su director destaca la precisión y el ambiente que crea en el set: «Álvaro trabaja desde la sutileza. Sabe muy bien lo que quiere, no es ambiguo y genera un paraguas de protección muy agradable para los actores. Abordamos el personaje desde la verdad más absoluta, porque el planteamiento ya es suficientemente surrealista». Mientras habla, el pijama manchado de sangre falsa y la cicatriz aún «abierta» en la frente recuerdan que, en esta comedia negra, matar a Ramón es casi tan difícil como no quererle.
En un chalet de Boadilla del Monte con más metros cuadrados que muchos bloques de viviendas, están intentando matar a alguien. La cosa parece seria: los gritos desde la azotea llegan hasta el salón, donde media docena de tipos vestidos de negro, uniformados y perfectamente … coordinados, podrían pasar por un clan. Los alaridos, lejos de asustarles, les hacen gracia. Cuando la víctima consigue escapar de las puñaladas y atraviesa el salón cubierto de sangre, en lugar de ayudarlo se ponen a vacilarle por la cicatriz de la frente y el chorretón rojo que le resbala por la camisa.
Los gritos se transforman en risas en el momento en que el hombre abre la boca y se rompe el hechizo: es José Mota en pleno rodaje de ‘Matar a Ramón’, la comedia negra dirigida por Álvaro Fernández Armero en la que el actor se convierte en la «víctima perfecta».
La película, que ya ha cerrado su rodaje tras un intenso y caluroso mes de trabajo en localizaciones de la Comunidad de Madrid y Castilla-La Mancha, juega con el formato de falso documental (al estilo de ‘The Office’). Un equipo de televisión sigue a dos guardias civiles de un aburrido pueblo manchego que, por casualidades de la vida, se ven obligados a investigar un extraño atropello. La pregunta que vertebra la historia es clara: ¿cómo reaccionan unos personajes desbordados ante un crimen que debería ser un drama y que, sin embargo, se convierte en una farsa absoluta?
José Mota interpreta a Ramón, un empresario de reformas al frente de «Reformas Charlotte» cuya vida da un vuelco tras ese atropello sospechoso. Para el actor, el personaje es un ejercicio de contención y ternura. «Es un hombre bueno», explica en el porche de la casa madrileña, con la cicatriz todavía «abierta» en la frente. «Solo quiere ocuparse de su negocio, pero, por su afición al cine de suspense y a Alfred Hitchcock, es el primero en sospechar que algo no encaja». Mota se siente cómodo en el reto de aplicar la lógica del maestro del suspense a la cotidianidad manchega.
Sin embargo, no es él quien sostiene el peso de la historia. Ese papel recae en Óscar de la Fuente y Carla Díaz, los dos guardias civiles encargados de resolver el caso en Cantoviejo, el pueblo donde transcurre la trama. «Son opuestos y complementarios», cuenta la actriz nada más llegar al set, antes de pasar por vestuario y maquillaje. Ella da vida a una agente recién salida de la academia, cuadriculada y profesional, que contrasta con el veterano Vázquez, interpretado por De la Fuente: un acomodado que ya está de vuelta de todo.
«Soy un poco la aprendiz de Vázquez», explica Díaz. «Él es el típico que no quiere complicarse la vida; yo soy la que refresca el cuerpo, la que tiene la teoría más fresca y ganas de trabajar». Esa dinámica de «agua y aceite» es, según De la Fuente, lo que hace verosímil la película pese a su tono surrealista: «No es una comedia de gags por gags. Las situaciones crean el espacio para que la comedia suceda».
La jornada de rodaje en Boadilla avanza lenta bajo un sol de verano que aplasta el ánimo. Ese calor alivia, en parte, las tensiones habituales de un rodaje corto —poco más de cuatro semanas—, pero también vuelve más serias las conversaciones, incluso cuando se habla de humor. «Álvaro Fernández Armero nos da una libertad inusual para improvisar. Nos reímos mucho», comenta De la Fuente. «Y es una gozada, porque sabe manejar el equilibrio entre la intriga y el humor absurdo». «La desgracia ajena es la que hace gracia, pero el personaje tiene que pasarlo mal para que tú te rías», remata Carla Díaz.
La película, producida por Atresmedia Cine, La Terraza Films, True Crime Factory e Ikiru Films, se presenta como «algo inédito» en el cine español. Con el falso documental como aliado, narra las desastrosas intentonas de liquidar a Ramón y la inutilidad de quienes investigan el caso. «’Matar a Ramón’ es una comedia negra, patética y tierna, pero sobre todo un apasionante reto narrativo», resume el director. «Toca desmontar lo aprendido y tirarnos a la piscina para aprender a hacerlo mal… y así hacerlo bien».
Entre medias, José Mota, que no se ha quitado el pijama ensangrentado con el que su personaje ha logrado escapar del penúltimo intento de asesinato, se sienta a comer con el resto del equipo. Buscan una sombra que aplaque un poco el sol madrileño. «Ramón tiene una humanidad que hace que el espectador empatice muy pronto», defiende. Sobre la experiencia de dejarse matar una y otra vez, sonríe: «Es divertido porque no termina de cuajar. Es como si el universo conspirara a su favor, como el señor Magoo. Algo tiene que tener: es un buen hombre». Y de su director destaca la precisión y el ambiente que crea en el set: «Álvaro trabaja desde la sutileza. Sabe muy bien lo que quiere, no es ambiguo y genera un paraguas de protección muy agradable para los actores. Abordamos el personaje desde la verdad más absoluta, porque el planteamiento ya es suficientemente surrealista».
Mientras habla, el pijama manchado de sangre falsa y la cicatriz aún «abierta» en la frente recuerdan que, en esta comedia negra, matar a Ramón es casi tan difícil como no quererle.
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