Para ser un gran columnista literario es importante tener capacidad de observación, saber de vinos y poetas, y cultivar un conservadurismo irónico que no implica indiferencia, sino la convicción de que tomarse las cosas demasiado en serio es, en el mejor de los casos, una vulgaridad. Pocos cumplen estas condiciones como Ignacio Peyró (Madrid, 1980). Autor de un diccionario personal de la cultura inglesa (Pompa y circunstancia), de un libro de gastronomía (Comimos y bebimos), de unos diarios de sus comienzos en el periodismo (Ya sentarás cabeza) y de una biografía de Julio Iglesias (El español que enamoró al mundo), Peyró ha reunido en Qué hacemos con los domingos por la tarde algunos de sus artículos de los últimos años; casi todos se publicaron en El País Semanal. Son unos “apuntes sobre la vida adulta”: el escritor llega a la mitad del camino de la vida y nos lo cuenta con una mezcla de melancolía y autoparodia.
Para ser un gran columnista literario es importante tener capacidad de observación, saber de vinos y poetas, y cultivar un conservadurismo irónico que no implica indiferencia, sino la convicción de que tomarse las cosas demasiado en serio es, en el mejor de los casos, una vulgaridad. Pocos cumplen estas condiciones como Ignacio Peyró (Madrid, 1980). Autor de un diccionario personal de la cultura inglesa (Pompa y circunstancia), de un libro de gastronomía (Comimos y bebimos), de unos diarios de sus comienzos en el periodismo (Ya sentarás cabeza) y de una biografía de Julio Iglesias (El español que enamoró al mundo), Peyró ha reunido en Qué hacemos con los domingos por la tarde algunos de sus artículos de los últimos años; casi todos se publicaron en El País Semanal. Son unos “apuntes sobre la vida adulta”: el escritor llega a la mitad del camino de la vida y nos lo cuenta con una mezcla de melancolía y autoparodia. Seguir leyendo
Para ser un gran columnista literario es importante tener capacidad de observación, saber de vinos y poetas, y cultivar un conservadurismo irónico que no implica indiferencia, sino la convicción de que tomarse las cosas demasiado en serio es, en el mejor de los casos, una vulgaridad. Pocos cumplen estas condiciones como Ignacio Peyró (Madrid, 1980). Autor de un diccionario personal de la cultura inglesa (Pompa y circunstancia), de un libro de gastronomía (Comimos y bebimos), de unos diarios de sus comienzos en el periodismo (Ya sentarás cabeza) y de una biografía de Julio Iglesias (El español que enamoró al mundo), Peyró ha reunido en Qué hacemos con los domingos por la tarde algunos de sus artículos de los últimos años; casi todos se publicaron en El País Semanal. Son unos “apuntes sobre la vida adulta”: el escritor llega a la mitad del camino de la vida y nos lo cuenta con una mezcla de melancolía y autoparodia.
Es una época de epifanías deprimentes: descubres que “a todos se nos lleva nuestro tiempo por delante”, que “nadie muere moderno”, que “sabemos que nos queda menos tiempo porque nos da miedo perderlo”, que las vidas empiezan con épica y terminan con picaresca. Con los años “las relaciones se enrarecen: a poco que te vaya bien, habrá muchos voluntarios para odiarte, pero ahora sabemos que, de no haberte ido bien, tampoco iban a quererte”. Registras los cambios en tus amigos, que se dividen entre “superpapis” y “divorciados”: “Como los bólidos están imposibles, veo a amigos en Facebook prepararse para el medio maratón. Si la crisis es muy intensa, maratón entero”. Algunas transformaciones, ya se sabe, son internas: “De niños no nos suelen gustar los espárragos ni las novelas de Thomas Mann, pero la vida nos va cambiando”: uno acaba aficionándose a la decoración de interiores. Peyró también escribe, pudorosamente, del amor y su pérdida: “el amor es el alumbramiento de un lenguaje compartido”; “nada termina nunca bien, pero no por eso hay que dejar de honrar la memoria de aquellos que amamos y nos amaron”, apunta.
Y, pese a ese aire de resignación barroca, alguna reflexión lúgubre y unos cuantos gruñidos ante las costumbres modernas y el tedio de la vida social, Qué hacemos con los domingos por la tarde es también una celebración de placeres serenos: de visitas a market towns inglesas, del café (que, como los hoteles, nunca es malo del todo), del alcohol (y de dejar de beber), del aprendizaje de idiomas, de la lectura y de los afectos.
El autor habla del vino blanco, de viajar en tren, de escribir con pluma o de los encantos del latín: a menudo, son cosas un poco pasadas de moda, pero eso forma parte de su gracia. “Queda lejos la época en que las ciencias eran ‘facultativas’, la danza ‘obligatoria’ y la religión se estudiaba con el firme compromiso de no hacerle mucho caso”, escribe. Tampoco es que se niegue a la novedad: en un artículo se pone a jugar al croquet; naturalmente, espera que su amplia experiencia descorchando botellas le haya ayudado a afinar el toque. Se burla de sí mismo y hace sátira social y literaria. Puede pasar rápidamente de un tono elevado, casi romano, a lo chabacano si hace falta. Y es capaz de ofrecer un juicio epigramático y demoledor: “Otros se fotografían rodeados de bustos de Proust: a veces queremos mostrar familiaridad y solo mostramos contraste”. Se divierte escribiendo y disfruta con la imperfección del mundo.
Quizá la clave del volumen sea una combinación de la observación íntima y universal de lo cotidiano con la construcción del personaje que nos lo cuenta: culto y cómico, hedonista y esquivo, a veces hace pensar en Camba, Pla, Cunqueiro o Valentí Puig, y otras en una versión castiza y menos amarga de Waugh y Larkin. Es un libro sobre el paso del tiempo, y la paradoja es que se diría que Peyró siempre quiso tener la edad que tiene.
El gran outing de la colección es el relato de una estancia en un campamento en Austria en los noventa, cuando llevaba una camiseta de John Lennon, todavía “no había descubierto la filosofía política de don Antonio Cánovas del Castillo” y tonteaba con una monitora descalza que le dio a probar su primera cerveza. Quién sabe: quizá este escritor que fingía más edad se vaya haciendo más joven, como el Dylan de My Back Pages. Su escritura es rica y precisa, de un lirismo contenido y creíble, y un humor que va de la caricatura a la coquetería. Está llena de frases que parecen aforismos y de citas bien escogidas. Hay muchas hipérboles, pero solo exagera para hacernos reír, y confirma que pocas compañías son tan gozosas como la de los falsos misántropos.

Ignacio Peyró
Libros del Asteroide, 2026
208 páginas. 18,95 euros
EL PAÍS
