Manuel Fernández-Montesinos apenas se acordaba de su padre ni de su tío Federico, asesinados los dos, con un día de diferencia, cuando él tenía cuatro años. Las fotos le concedían un espejismo de memoria. En la vida de un niño las personas desaparecen y nadie se ocupa de darle explicaciones, por un deseo de protección que a Fernández-Montesinos le pareció siempre equivocado. El padre y el tío tan querido unas veces están y otras ya no están, y ni siquiera vuelven a aparecer en ese porvenir indeterminado de la conciencia infantil, regresados de un viaje, trayendo ese regalo que quizás el niño no olvide nunca, aunque no pueda recordar al que fue su porrtador. El espacio en blanco de los muertos lo ocuparon en la niñez y la juventud de Manuel Fernández-Montesinos dos hombres mayores que a él se lo parecerían más aún, físicamente bien sólidos, a diferencia de los queridos fantasmas fotográficos, con un aspecto formal de señores de otro tiempo, casi de otro siglo: su abuelo Federico y quien él llamó siempre el tío Fernando, Fernando de los Ríos. En las fotos don Federico García Rodríguez tiene una gran cabeza cuadrada sobre un torso cuadrado y fornido, más rotundo aún por los hombros rectos y las anchas solapas de la chaqueta de un traje negro que durante los últimos nueve años de su vida fue un traje invariable de luto. En el paraíso de la Huerta de San Vicente, en la que el niño conoció y perdió muy pronto la eternidad feliz del verano, el abuelo era el gigante bondadoso que velaba por el nieto y le regalaba caramelillos y herramientas de hortelano hechas a la medida de las manos y las fuerzas infantiles por un herrero amigo. La silueta de encina del abuelo se recorta con la misma nitidez en la huerta familiar, en la cubierta del barco donde lo que queda de la familia va a exiliarse en Estados Unidos, en la orilla del río Hudson y entre los robles y los arces de Riverside Park, donde el antiguo niño hortelano ahora juega al beisbol y habla inglés sin ningún rastro de acento.
La vida pública y la política y el lenguaje nos ahogan en una pavorosa tempestad de grosería
Manuel Fernández-Montesinos apenas se acordaba de su padre ni de su tío Federico, asesinados los dos, con un día de diferencia, cuando él tenía cuatro años. Las fotos le concedían un espejismo de memoria. En la vida de un niño las personas desaparecen y nadie se ocupa de darle explicaciones, por un deseo de protección que a Fernández-Montesinos le pareció siempre equivocado. El padre y el tío tan querido unas veces están y otras ya no están, y ni siquiera vuelven a aparecer en ese porvenir indeterminado de la conciencia infantil, regresados de un viaje, trayendo ese regalo que quizás el niño no olvide nunca, aunque no pueda recordar al que fue su porrtador. El espacio en blanco de los muertos lo ocuparon en la niñez y la juventud de Manuel Fernández-Montesinos dos hombres mayores que a él se lo parecerían más aún, físicamente bien sólidos, a diferencia de los queridos fantasmas fotográficos, con un aspecto formal de señores de otro tiempo, casi de otro siglo: su abuelo Federico y quien él llamó siempre el tío Fernando, Fernando de los Ríos. En las fotos don Federico García Rodríguez tiene una gran cabeza cuadrada sobre un torso cuadrado y fornido, más rotundo aún por los hombros rectos y las anchas solapas de la chaqueta de un traje negro que durante los últimos nueve años de su vida fue un traje invariable de luto. En el paraíso de la Huerta de San Vicente, en la que el niño conoció y perdió muy pronto la eternidad feliz del verano, el abuelo era el gigante bondadoso que velaba por el nieto y le regalaba caramelillos y herramientas de hortelano hechas a la medida de las manos y las fuerzas infantiles por un herrero amigo. La silueta de encina del abuelo se recorta con la misma nitidez en la huerta familiar, en la cubierta del barco donde lo que queda de la familia va a exiliarse en Estados Unidos, en la orilla del río Hudson y entre los robles y los arces de Riverside Park, donde el antiguo niño hortelano ahora juega al beisbol y habla inglés sin ningún rastro de acento.
Lo que no pudo aprender de su padre o de su tío Montesinos lo aprendió observando y escuchando al abuelo don Federico y al tío don Fernando, que en el destierro de Nueva York mantenía una fidelidad desalentada a la República española, a la que había servido tan honrosamente en el Ministerio de Justicia y en el de Instrucción pública, y por fin en la embajada de Washington. En los años cuarenta De los Ríos ejerció como ministro de Estado —entonces se llamaba así el de Asuntos Exteriores— en el Gobierno fantasmal de la República en el exilio, y pudo comprobar con la misma amargura que ni la derrota ni el destierro empujaban a los vencidos a ponerse de acuerdo en algo ni las llamadas potencias democráticas iban a apoyar de verdad la restauración de la democracia en España. A los ocho años, apoyado junto a su abuelo en la barandilla de cubierta del barco que se alejaba, Fernández-Montesinos lo oyó decir para sí: “Yo no vuelvo a ese jodío país mientras viva”. A Fernando de los Ríos siempre lo escuchó defender la esperanza, la libertad y las buenas formas. Al uno y al otro los vio morir en Nueva York. En Lo que nosotros vive, que es una de las grandes memorias del exilio español, Fernández-Montesinos atestigua la persistencia a lo largo de su vida de las enseñanzas que le dejaron el abuelo y el tío. Los muertos tutelares, los que más quisimos y más nos quisieron, permanecen en nosotros con una fidelidad que el paso de los años no debilita, y con frecuencia acentúa. “Lleva quien deja y vive el que ha vivido”, dice Antonio Machado en su poema de homenaje a Francisco Giner de los Ríos. En su vida adulta muy rica y siempre fracturada, entre España y Estados Unidos, a Manuel Fernández-Montesinos le volvían una y otra vez recuerdos de cosas que le decían su abuelo Federico o su tío Fernando, o de actitudes que había observado en ellos. Vuelto del exilio a principios de los cincuenta, sumergido en las asperezas de la dictadura y en los peligros de la militancia clandestina, en los momentos de mayor desolación le daba la razón al anciano que había jurado no volver, y en otros de lo que se acordaba era de la nobleza y la integridad política de don Fernando, y de una determinación de no rendirse nunca que solo el irreversible deterioro físico le impidió mantenr hasta el final.
Don Federico murió en 1945; don Fernando en 1949. Veintiocho años justos después, el nietecillo y sobrino Manolo fue elegido diputado por Granada en las primeras elecciones libres desde 1936. El recuerdo de su primer día en las Cortes queda deslucido por un hecho en apariencia menor: Fernández-Montesinos había imaginado que esa mañana se abrirían de par en par las puertas de bronce del Parlamento, y que los representantes de la democracia recobrada entrarían por ellas con una solemnidad propia de las circunstancias. Para su sorpresa, bedeles no muy bien encarados los guiaron por pasillos sin lustre, tan estrechos que se entorpecían los unos a los otros. La falta de formalidad ofendió al hijo de la represión fascista y del exilio, y le pareció un mal augurio. Las buenas formas no son un adorno superfluo, le había oído decir muchas veces a don Fernando de los Ríos; y había visto con su propios ojos cómo el tío Fernando se esmeraba tanto en ellas en su vida personal y en su vida pública, en su trabajo como profesor. La pobre y desbaratada república española en el exilio no podía sufragar viaje alguno a su ministro de Asuntos Exteriores, pero él ejercía esa tarea con la misma sobria dignidad que si representara a una gran potencia.
Y no encontraba excusa ninguna para la grosería. Un solo recuerdo nos puede iluminar durante muchos años. En agosto de 1945, Manuel Fernández-Montesinos asistió a uno de los pocos accesos de ira del siempre templado don Fernando. En The New York Times venían las fotos de la ceremonia de rendición del imperio japonés ante los Aliados. Serios, muy formales, con frac y chistera, los diplomáticos de Japón se presentaban ante el general MacArthur, que los recibía descamisado, con las piernas abiertas, con la pipa en la boca. Nada podía repugnar más a don Fernando de los Ríos que el militarismo japonés, cómplice de los fascismos que había costeado la destrucción de la república española. Y sin embargo, dice Montesinos, “eso a tío Fernando le pareció una innecesaria y cruel afrenta; según él, los vencidos, incluso aquellos que habían llevado tantísima atrocidad a gran parte de Asia, merecían, como seres humanos, respeto”.
Las palabras escritas en los libros no cambian, pero el momento y el estado de ánimo de cada lectura hacen que algunas resalten más, o que uno ponga en ellas una atención distinta a la de otras veces. Tuve un trato intermitente y siempre afectuoso con Manuel Fernández-Montesinos, y en este ejemplar de sus memorias hay una dedicatoria cariñosa para mi mujer y para mí. Pero, como ha pasado con tantas otras personas de entonces, ahora me arrepiento de no haberle preguntado más cosas, ese tipo de detalles concretos y cotidianos que son las pepitas del oro del tiempo. Porque la vida pública y la política y el lenguaje nos ahogan en una pavorosa tempestad de grosería, alimentada por la bajeza general de los tiempos, en particular una derecha que huele a victoria y revancha próxima ha decidido optar por un gamberrismo a la vez tabernario y tecnológico, esta vez me he fijado en una frase de Fernández-Montesinos sobre Fernando de los Ríos, y las personas de su estirpe anacrónica: “Había en él una constante preocupación por las formas, por todo aquello que facilita y enriquece la convivencia; la forma de vestir, de hablar, de saludar, de comportarse”. Perder las formas es perder la razón. Pero ahora vivimos en los tiempos de Isabel Díaz Ayuso y de Javier Milei.
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