Aquel escritor inigualable que fue don Alfonso Reyes, citando a Baltasar Gracián, elogiaba su estilo de este modo: “Todos te conozcan, ninguno te abarque: que, con esta treta, lo moderado parecerá mucho; y lo mucho, infinito; y lo infinito, más”. No es poco alarde haber encontrado el modo de estirar todavía el infinito mediante una sola sílaba —más— que, a su vez, se alarga como un segundo infinito montado sobre el primero. Un procedimiento similar es el que ha usado con lucidez y ternura Carlos López-Otín (Sabiñánigo, Huesca, 1958) al titular su obra más reciente como La eternidad y un día más. La aparente paradoja, o imposibilidad, se resuelve poco a poco en las páginas del libro mediante aproximaciones artísticas, musicales, filosóficas, matemáticas y místicas que no voy a explicar porque no se trata de revelar aquí los secretos de su desarrollo.
Aquel escritor inigualable que fue don Alfonso Reyes, citando a Baltasar Gracián, elogiaba su estilo de este modo: “Todos te conozcan, ninguno te abarque: que, con esta treta, lo moderado parecerá mucho; y lo mucho, infinito; y lo infinito, más”. No es poco alarde haber encontrado el modo de estirar todavía el infinito mediante una sola sílaba —más— que, a su vez, se alarga como un segundo infinito montado sobre el primero. Un procedimiento similar es el que ha usado con lucidez y ternura Carlos López-Otín (Sabiñánigo, Huesca, 1958) al titular su obra más reciente como La eternidad y un día más. La aparente paradoja, o imposibilidad, se resuelve poco a poco en las páginas del libro mediante aproximaciones artísticas, musicales, filosóficas, matemáticas y místicas que no voy a explicar porque no se trata de revelar aquí los secretos de su desarrollo. Seguir leyendo
Aquel escritor inigualable que fue don Alfonso Reyes, citando a Baltasar Gracián, elogiaba su estilo de este modo: “Todos te conozcan, ninguno te abarque: que, con esta treta, lo moderado parecerá mucho; y lo mucho, infinito; y lo infinito, más”. No es poco alarde haber encontrado el modo de estirar todavía el infinito mediante una sola sílaba —más— que, a su vez, se alarga como un segundo infinito montado sobre el primero. Un procedimiento similar es el que ha usado con lucidez y ternura Carlos López-Otín (Sabiñánigo, Huesca, 1958) al titular su obra más reciente como La eternidad y un día más. La aparente paradoja, o imposibilidad, se resuelve poco a poco en las páginas del libro mediante aproximaciones artísticas, musicales, filosóficas, matemáticas y místicas que no voy a explicar porque no se trata de revelar aquí los secretos de su desarrollo.
El libro —y les anticipo que este es al mismo tiempo bello, doloroso, a ratos risueño y en cada página conmovedor— tiene que ver con una devastadora y rara anomalía del cuerpo que de inmediato pone en entredicho nuestra relación con el tiempo. Por una diminuta mutación en el genoma humano, hay bebés que nacen con una alteración en su reloj biológico: envejecen y mueren (según la medida humana) en muy poco tiempo, uno o dos decenios a lo sumo; es decir, son niños que ya a los ocho o diez años parecen y son niños viejos. Niños de diez años que, por una decadencia acelerada de sus células, biológicamente tienen 80 años. Todo en ellos envejece pronto, menos el cerebro, pues las neuronas no sufren el mismo deterioro que ocurre en las demás células del cuerpo. Técnicamente, esta anomalía se llama progeria y el doctor López-Otín es uno de los referentes mundiales en esta enfermedad huérfana.
Pese al fugacísimo paso del tiempo por su cuerpo, el joven Sammy Basso se va convirtiendo en maestro de su maestro
La eternidad, es decir, la máxima expectativa de una vida humana, hasta el sol de hoy, es de 122 años. Pero bien decía la madre Celestina que “Tan presto se va el cordero como el carnero. Ninguno es tan viejo que no pueda vivir un año, ni tan mozo que hoy no pudiese morir”. Todos somos turistas de paso por la tierra y el sentido de la vida no depende solamente de la duración de nuestro viaje. Si la vida se nos escapa muy rápido, como es el caso de los niños con progeria, lo que este libro enseña, entre muchas otras cosas, es que la mejor solución consiste en vivir con ferviente y humana intensidad lo que nos toque en suerte. Pero esto el libro no lo expone ni explica en abstracto, sino en una bellísima y muy concreta relación entre un profesor (el mismo López-Otín) y su extraordinario discípulo y paciente, el biólogo italiano Sammy Basso (1995-2024), un niño, un joven y un anciano (todo al mismo tiempo, y los tres maravillosos), que, pese al fugacísimo paso del tiempo por su cuerpo aquejado de progeria, se va convirtiendo en maestro de su maestro, y por esa misma vía indirecta, en maestro de todos los que leemos sobre él y sobre esta relación circular, maestro-discípulo-maestro. Estas dos vidas de mentor y pupilo se entretejen con la belleza de la amistad, la enseñanza y el cuidado recíproco.
Con la afortunada hibridación estilística de nuestro tiempo, no me importa definir si este libro es un ensayo científico o filosófico, un relato, una biografía o una autobiografía. De algún modo, es todas estas cosas a la vez. De género mestizo y estilo mezclado, como suele ser todo lo humano si se lo mira con profundidad. Por momentos me atrevería a afirmar, incluso, que tiene algo fantástico, pero en el sentido borgeano de tratado teológico. Pero mestizo, porque mezcla con feliz armonía la cultura alta con la popular, la científica y matemática con la humanística, la musical y pictórica con la biológica, la pedagógica con la médica, la antigua con la moderna y la contemporánea. Y, más que mezclarlas, diluye hábilmente lo que parece indisoluble. Un libro al mismo tiempo leve y profundo, ligero y denso, siempre luminoso, y digno de cualquier lector dispuesto a pensar y a mejorar su vida.
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