Escuchábamos por tercera vez en estas convocatorias liederísticas del Teatro de la Zarzuela a la mezzosoprano escocesa Catriona Morison, una dama muy alta y erguida, ataviada con un traje estampado de vivas tonalidades azules. Actitud seria, pocos movimientos, siempre concentrada en las distintas músicas. La voz es de tinte muy agradable, la expresión, no muy variada, es grata y comunicativa. Dicción sin mácula en inglés o alemán. Hay un cierto distanciamiento expresivo en ella, aunque sigue las pautas de un canto bien diseñado.
El instrumento es flexible y se acopla bien a los distintos accidentes de un repertorio no muy variado en el que predominaba lo inglés. Páginas en algún caso de signo más bien folklórico. Pero el recital se abrió con Brahms, palabras mayores. Cinco canciones de opus distintos que permitieron ya calibrar los valores de la intérprete. La primera, «Dein blaues Auge hält so still, op 59 nº 8», nos informó ya del cuidadoso estilo de la cantante, sigilosa, con bien administrada media voz, meditativa. Suave emisión, prodigada con fortuna, en «Mädchenlied op. 107 nº 1», cerrada con suave pianísimo. Habilidoso crecimiento en «Die Mainacht».
Nos sorprendió la confección y el hálito romántico de las cuatro canciones elegidas de Josephine Lang, coetánea de Brahms, todas ellas al parecer estrenadas en España en esta ocasión. En «Ob ich manchmal Dein gedenke» comprobamos que la cantante maneja un grave más bien débil, pero también que sabe decir y expresar en frases como “Amarte es mi existencia”. Dentro de su seriedad y estilo a veces un tanto monocorde, la mezzo nos ofreció una traviesa interpretación de «Die Schwalben». Expresiva e íntima en «Mignons Klage» sobre texto de Goethe.
Arrebato postromántico
Expresión comedida, controlada, medida en las cuatro piezas ofrecidas de «Des Knaben Wunderhorn» de Mahler. En la dramática «Das irdische Leben» se echó en falta una mayor emocionalidad, una dicción más desgarrada. Muy musical y comedida recreación de la famosa «Urlicht». Un Mahler en general falto de chispa, de arrebato postromántico. En la segunda parte el concierto se hizo algo plúmbeo pues se nos ofrecieron una serie de canciones no excesivamente disímiles de Vaughan Williams, Howells, Wegener-Koopman y Gurney más un par de piezas populares. Nos agradó de todas formas la hermosa y nostálgica de Howells, «King David». La cantante se esmeró en «Sleep» de Gurney, en la que mantuvo una hermosa línea ascendente. Las palabras “Deja que mis dichas perduren un poco” fueron expresadas con convicción.
El concierto se cerraba con cuatro piezas de «Sea Pictures» de Elgar. Muy bella la primera «Sea slumber song», leve y cadenciosa, Juguetona la segunda, «In haven (Capri)», de repetitivo acompañamiento. Músicas en general poco exigentes, que Morison cantó con soltura y su seriedad habitual, siempre muy bien acompañada por ese pianista ya tan conocido por estos pagos que es Martineau, animado, concentrado, dialogante, con momentos de inesperada exquisitez. Al final, respondiendo a los numerosos aplausos, se nos regalaron una canción de Pauline Viardot, «Madrid, la más bella ciudad del mundo», y otra de Brahms, melódica y cálida.
Lieder y canciones de Brahms, Mahler, Elgar, Lang, Vaughan Williams, Howells, Wegener-Koopman y Gurney. Catriona Morison, mezzo. Malcolm Martineau, piano. XXXII Ciclo de Lied. Teatro de la Zarzuela, 22 de junio de 2026.
Escuchábamos por tercera vez en estas convocatorias liederísticas del Teatro de la Zarzuela a la mezzosoprano escocesa Catriona Morison, una dama muy alta y erguida, ataviada con un traje estampado de vivas tonalidades azules. Actitud seria, pocos movimientos, siempre concentrada en las distintas músicas. La voz es de tinte muy agradable, la expresión, no muy variada, es grata y comunicativa. Dicción sin mácula en inglés o alemán. Hay un cierto distanciamiento expresivo en ella, aunque sigue las pautas de un canto bien diseñado.
El instrumento es flexible y se acopla bien a los distintos accidentes de un repertorio no muy variado en el que predominaba lo inglés. Páginas en algún caso de signo más bien folklórico. Pero el recital se abrió con Brahms, palabras mayores. Cinco canciones de opus distintos que permitieron ya calibrar los valores de la intérprete. La primera, «Dein blaues Auge hält so still, op 59 nº 8», nos informó ya del cuidadoso estilo de la cantante, sigilosa, con bien administrada media voz, meditativa. Suave emisión, prodigada con fortuna, en «Mädchenlied op. 107 nº 1», cerrada con suave pianísimo. Habilidoso crecimiento en «Die Mainacht».
Nos sorprendió la confección y el hálito romántico de las cuatro canciones elegidas de Josephine Lang, coetánea de Brahms, todas ellas al parecer estrenadas en España en esta ocasión. En «Ob ich manchmal Dein gedenke» comprobamos que la cantante maneja un grave más bien débil, pero también que sabe decir y expresar en frases como “Amarte es mi existencia”. Dentro de su seriedad y estilo a veces un tanto monocorde, la mezzo nos ofreció una traviesa interpretación de «Die Schwalben». Expresiva e íntima en «Mignons Klage» sobre texto de Goethe.
Expresión comedida, controlada, medida en las cuatro piezas ofrecidas de «Des Knaben Wunderhorn» de Mahler. En la dramática «Das irdische Leben» se echó en falta una mayor emocionalidad, una dicción más desgarrada. Muy musical y comedida recreación de la famosa «Urlicht». Un Mahler en general falto de chispa, de arrebato postromántico. En la segunda parte el concierto se hizo algo plúmbeo pues se nos ofrecieron una serie de canciones no excesivamente disímiles de Vaughan Williams, Howells, Wegener-Koopman y Gurney más un par de piezas populares. Nos agradó de todas formas la hermosa y nostálgica de Howells, «King David». La cantante se esmeró en «Sleep» de Gurney, en la que mantuvo una hermosa línea ascendente. Las palabras “Deja que mis dichas perduren un poco” fueron expresadas con convicción.
El concierto se cerraba con cuatro piezas de «Sea Pictures» de Elgar. Muy bella la primera «Sea slumber song», leve y cadenciosa, Juguetona la segunda, «In haven (Capri)», de repetitivo acompañamiento. Músicas en general poco exigentes, que Morison cantó con soltura y su seriedad habitual, siempre muy bien acompañada por ese pianista ya tan conocido por estos pagos que es Martineau, animado, concentrado, dialogante, con momentos de inesperada exquisitez. Al final, respondiendo a los numerosos aplausos, se nos regalaron una canción de Pauline Viardot, «Madrid, la más bella ciudad del mundo», y otra de Brahms, melódica y cálida.
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