Ver sin ser visto. Semejante pretensión, a todas luces imposible, formaba parte de la ilusión del objetivismo bajo el cual se desarrollaron desde el siglo XIX las ciencias sociales y las humanidades, arrastradas por ellas. Si a este requerimiento metodológico se sumaba una permanencia en la Unión Soviética , donde «los escritos críticos hacia el régimen eran considerados una señal de locura », podemos imaginar los retos a los cuales se enfrentó Sheila Fitzpatrick en su estancia doctoral allí, entre 1966 y 1970. Ensayo ‘Una espía en los archivos soviéticos’ Autora Sheila Fitzpatrick Traducción Teresa Arijón Editorial Siglo XXI Páginas 328 Precio 22,90 euros Valoración ****En realidad, este libro, imposible de adscribir a ningún género, pues constituye tanto unas memorias intelectuales como un ajuste de cuentas, en primer lugar de la autora consigo misma, apunta a su estancia moscovita en unos años fundamentales, cuando algunos de los últimos idealistas del comunismo de alguna manera se opusieron —o eso creyeron— a los crímenes terminales del régimen policial soviético. Los capítulos iniciales, extraordinarios, explican el delicado proceso de formación de una sovietóloga en donde correspondía, donde se fabricaban los mejores espías, en la Universidad de Oxford. Ni historiadores ni espías se caracterizan por formar parte de gremios tocados por la gracia de la gratitud, pero la excesiva crudeza con la que se retrata el St. Antony’s College, por cierto, origen del mejor hispanismo, informan de una personalidad difícil, quizás esperanzada en recabar atención, lo cual ciertamente no forma parte del protocolo de admisiones de la mencionada institución. Noticia relacionada No Gabriela Adameșteanu: «Denunciar las atrocidades del comunismo fue una obligación moral» William González GuevaraUna vez consigue llegar a Moscú en 1966 con el apoyo del British Council, lo cual ya supone una apuesta arriesgada, Fitzpatrick se introduce en la compleja trama de la vida soviética y pretende llegar lo más lejos posible en la investigación de su tesis doctoral. Sin remilgos, esta trató de Anatoli Lunacharski, primer comisario del pueblo de educación de la URSS, cargo que detentó entre 1917 y 1929, fallecido en Francia en 1933, cuando se dirigía a España como nuevo embajador de la URSS. El capítulo quinto, dedicado a los archivos, rememora la peripecia fascinante de todo historiador que navega en las tinieblas de los archivos insertados, a su pesar, en las maquinarias totalitarias que consideran el pasado razón de Estado. En su caso, había información sobre Lunacharski en los archivos del partido y el comisariado, todos dotados de una red organizada por la KGB y los agentes soviéticos consagrada a controlar, chantajear y convertir en aliados a estudiantes e investigadores extranjeros. Que eran espías occidentales por definición, pues en caso contrario ¿qué hacían allí? Las peripecias de la autora y su complicada relación con los estudiosos del periodo bolchevique inicial, alumbran páginas fascinantes.Las peripecias de la autora entre pretendientes repentinos, voluntarios para pasear, o su complicada relación con los estudiosos del periodo bolchevique inicial, alumbran páginas fascinantes. También sorprendentes, pues a fin de cuentas este volumen es la obra de una historiadora de Oxford, capaz y determinada, que llega a conclusiones brillantes tras muchos años de escritura e investigación. Alrededor de la figura estudiada en su tesis, se explica la prelación educativa del personaje, un bolchevique de primera hora, que se enfrenta al núcleo de la elite estalinista. En sus palabras, «burócratas toscos y semianalfabetos que pensaban que la revolución ya había cumplido su misión al permitir que salieran de la miseria». Frente a ellos, la autora encuentra la alternativa en idealistas cargados de esperanza, también de melancolía, a los que nunca olvida. Ver sin ser visto. Semejante pretensión, a todas luces imposible, formaba parte de la ilusión del objetivismo bajo el cual se desarrollaron desde el siglo XIX las ciencias sociales y las humanidades, arrastradas por ellas. Si a este requerimiento metodológico se sumaba una permanencia en la Unión Soviética , donde «los escritos críticos hacia el régimen eran considerados una señal de locura », podemos imaginar los retos a los cuales se enfrentó Sheila Fitzpatrick en su estancia doctoral allí, entre 1966 y 1970. Ensayo ‘Una espía en los archivos soviéticos’ Autora Sheila Fitzpatrick Traducción Teresa Arijón Editorial Siglo XXI Páginas 328 Precio 22,90 euros Valoración ****En realidad, este libro, imposible de adscribir a ningún género, pues constituye tanto unas memorias intelectuales como un ajuste de cuentas, en primer lugar de la autora consigo misma, apunta a su estancia moscovita en unos años fundamentales, cuando algunos de los últimos idealistas del comunismo de alguna manera se opusieron —o eso creyeron— a los crímenes terminales del régimen policial soviético. Los capítulos iniciales, extraordinarios, explican el delicado proceso de formación de una sovietóloga en donde correspondía, donde se fabricaban los mejores espías, en la Universidad de Oxford. Ni historiadores ni espías se caracterizan por formar parte de gremios tocados por la gracia de la gratitud, pero la excesiva crudeza con la que se retrata el St. Antony’s College, por cierto, origen del mejor hispanismo, informan de una personalidad difícil, quizás esperanzada en recabar atención, lo cual ciertamente no forma parte del protocolo de admisiones de la mencionada institución. Noticia relacionada No Gabriela Adameșteanu: «Denunciar las atrocidades del comunismo fue una obligación moral» William González GuevaraUna vez consigue llegar a Moscú en 1966 con el apoyo del British Council, lo cual ya supone una apuesta arriesgada, Fitzpatrick se introduce en la compleja trama de la vida soviética y pretende llegar lo más lejos posible en la investigación de su tesis doctoral. Sin remilgos, esta trató de Anatoli Lunacharski, primer comisario del pueblo de educación de la URSS, cargo que detentó entre 1917 y 1929, fallecido en Francia en 1933, cuando se dirigía a España como nuevo embajador de la URSS. El capítulo quinto, dedicado a los archivos, rememora la peripecia fascinante de todo historiador que navega en las tinieblas de los archivos insertados, a su pesar, en las maquinarias totalitarias que consideran el pasado razón de Estado. En su caso, había información sobre Lunacharski en los archivos del partido y el comisariado, todos dotados de una red organizada por la KGB y los agentes soviéticos consagrada a controlar, chantajear y convertir en aliados a estudiantes e investigadores extranjeros. Que eran espías occidentales por definición, pues en caso contrario ¿qué hacían allí? Las peripecias de la autora y su complicada relación con los estudiosos del periodo bolchevique inicial, alumbran páginas fascinantes.Las peripecias de la autora entre pretendientes repentinos, voluntarios para pasear, o su complicada relación con los estudiosos del periodo bolchevique inicial, alumbran páginas fascinantes. También sorprendentes, pues a fin de cuentas este volumen es la obra de una historiadora de Oxford, capaz y determinada, que llega a conclusiones brillantes tras muchos años de escritura e investigación. Alrededor de la figura estudiada en su tesis, se explica la prelación educativa del personaje, un bolchevique de primera hora, que se enfrenta al núcleo de la elite estalinista. En sus palabras, «burócratas toscos y semianalfabetos que pensaban que la revolución ya había cumplido su misión al permitir que salieran de la miseria». Frente a ellos, la autora encuentra la alternativa en idealistas cargados de esperanza, también de melancolía, a los que nunca olvida.
Ver sin ser visto. Semejante pretensión, a todas luces imposible, formaba parte de la ilusión del objetivismo bajo el cual se desarrollaron desde el siglo XIX las ciencias sociales y las humanidades, arrastradas por ellas.
Si a este requerimiento metodológico se sumaba una … permanencia en la Unión Soviética, donde «los escritos críticos hacia el régimen eran considerados una señal de locura», podemos imaginar los retos a los cuales se enfrentó Sheila Fitzpatrick en su estancia doctoral allí, entre 1966 y 1970.
Ensayo
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‘Una espía en los archivos soviéticos’

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Autora
Sheila Fitzpatrick -
Traducción
Teresa Arijón -
Editorial
Siglo XXI -
Páginas
328 -
Precio
22,90 euros -
Valoración
****
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En realidad, este libro, imposible de adscribir a ningún género, pues constituye tanto unas memorias intelectuales como un ajuste de cuentas, en primer lugar de la autora consigo misma, apunta a su estancia moscovita en unos años fundamentales, cuando algunos de los últimos idealistas del comunismo de alguna manera se opusieron —o eso creyeron— a los crímenes terminales del régimen policial soviético.
Los capítulos iniciales, extraordinarios, explican el delicado proceso de formación de una sovietóloga en donde correspondía, donde se fabricaban los mejores espías, en la Universidad de Oxford. Ni historiadores ni espías se caracterizan por formar parte de gremios tocados por la gracia de la gratitud, pero la excesiva crudeza con la que se retrata el St. Antony’s College, por cierto, origen del mejor hispanismo, informan de una personalidad difícil, quizás esperanzada en recabar atención, lo cual ciertamente no forma parte del protocolo de admisiones de la mencionada institución.
Una vez consigue llegar a Moscú en 1966 con el apoyo del British Council, lo cual ya supone una apuesta arriesgada, Fitzpatrick se introduce en la compleja trama de la vida soviética y pretende llegar lo más lejos posible en la investigación de su tesis doctoral. Sin remilgos, esta trató de Anatoli Lunacharski, primer comisario del pueblo de educación de la URSS, cargo que detentó entre 1917 y 1929, fallecido en Francia en 1933, cuando se dirigía a España como nuevo embajador de la URSS.
El capítulo quinto, dedicado a los archivos, rememora la peripecia fascinante de todo historiador que navega en las tinieblas de los archivos insertados, a su pesar, en las maquinarias totalitarias que consideran el pasado razón de Estado. En su caso, había información sobre Lunacharski en los archivos del partido y el comisariado, todos dotados de una red organizada por la KGB y los agentes soviéticos consagrada a controlar, chantajear y convertir en aliados a estudiantes e investigadores extranjeros. Que eran espías occidentales por definición, pues en caso contrario ¿qué hacían allí?
Las peripecias de la autora y su complicada relación con los estudiosos del periodo bolchevique inicial, alumbran páginas fascinantes.
Las peripecias de la autora entre pretendientes repentinos, voluntarios para pasear, o su complicada relación con los estudiosos del periodo bolchevique inicial, alumbran páginas fascinantes. También sorprendentes, pues a fin de cuentas este volumen es la obra de una historiadora de Oxford, capaz y determinada, que llega a conclusiones brillantes tras muchos años de escritura e investigación. Alrededor de la figura estudiada en su tesis, se explica la prelación educativa del personaje, un bolchevique de primera hora, que se enfrenta al núcleo de la elite estalinista.
En sus palabras, «burócratas toscos y semianalfabetos que pensaban que la revolución ya había cumplido su misión al permitir que salieran de la miseria». Frente a ellos, la autora encuentra la alternativa en idealistas cargados de esperanza, también de melancolía, a los que nunca olvida.
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