Aún son los representantes del otro Dios en la tierra. Hace exactamente medio siglo sus Satánicas Majestades visitaron España por vez primera. Una década después de los conciertos de los Beatles en pleno desarrollismo franquista, The Rolling Stones actuaron en la plaza de toros Monumental de Barcelona. Son mundos distintos. Del elegante público yeyé que había enseñado el NO-DO en blanco y negro cuando cantaron trajeados los cuatro de Liverpool se había pasado a una juventud más pasota y fumeta, como muestra una grabación amateur. El 11 de junio de 1976, la Transición atravesaba un momento crítico: el rey Juan Carlos I había regresado de un viaje trascendental a Estados Unidos y Carlos Arias Navarro agonizaba en la presidencia. El show tuvo algo del espíritu lampedusiano del momento. Glamur decadentista en un país que hasta ese momento había quedado fuera del circuito de las grandes giras.
En un momento tortuoso para la banda y crítico para la Transición política, el grupo liderado por Mick Jagger y Keith Richards tocó en la Plaza de Toros Monumental de Barcelona en plena gira caótica y a 900 pesetas la entrada
Aún son los representantes del otro Dios en la tierra. Hace exactamente medio siglo sus Satánicas Majestades visitaron España por vez primera. Una década después de los conciertos de los Beatles en pleno desarrollismo franquista, The Rolling Stones actuaron en la plaza de toros Monumental de Barcelona. Son mundos distintos. Del elegante público yeyé que había enseñado el NO-DO en blanco y negro cuando cantaron trajeados los cuatro de Liverpool se había pasado a una juventud más pasota y fumeta, como muestra una grabación amateur. El 11 de junio de 1976, la Transición atravesaba un momento crítico: el rey Juan Carlos I había regresado de un viaje trascendental a Estados Unidos y Carlos Arias Navarro agonizaba en la presidencia. El show tuvo algo del espíritu lampedusiano del momento. Glamur decadentista en un país que hasta ese momento había quedado fuera del circuito de las grandes giras.
El 10 de junio, procedente de Lyon, donde habían actuado el día 9, el avión particular en el viajaban los Stones aterrizó a las 23.30 en el aeropuerto de El Prat. No pasaron control alguno. Los músicos y sus acompañantes se dirigieron a uno de los mejores hoteles de la capital catalana: el Princesa Sofía —que se había inaugurado el año anterior y era el segundo cinco estrellas de la ciudad—. Mick Jagger y Keith Richards tenían 32 años, el bajista Bill Wyman, 39; el batería Charlie Watts, 34, y el recién incorporado guitarrista Ron Wood, 29. El grupo en activo más importante del rock atravesaba un mal momento. Objetivamente pésimo.
Tras un arranque memorable en la década de los setenta —Sticky Fingers (1971) y Exile on Main St (1972), Dios, con meses de diferencia—, los Stones ensayaban otros caminos estéticos sin fortuna creativa. Con Black and Blue, que llegó a las tiendas de discos el 23 de abril de 1976, pareció que habían tocado fondo. No era solo una cuestión musical. En los juzgados seguían litigando con Allen Klein —su antiguo mánager—, tenían líos con el fisco británico, iban en aumento los problemas con las drogas y el guitarrista Mick Taylor había dejado la banda, desencantado con el lugar secundario en la composición al que le relegaban Jagger y Richards y convencido de que solo lograría desengancharse si dejaba la banda. Pero, después de grabar en varios estudios de diferentes países, tenían disco nuevo. Regulero, pero nuevo.

Antes de la distribución de Black and Blue, su tour manager Peter Rudge anunció gira europea: 41 actuaciones en 22 ciudades. Lo detalla Jordi Novell en su libro Black & Cat (Enderrock Llibres), dedicado al concierto de Barcelona. A mediados de abril empezaron a ensayar (Richards falló los primeros días) y a finales de mes dieron los primeros conciertos de la gira en Fráncfort. Al cabo de medio siglo se puede reconstruir con notable precisión. En YouTube hay grabaciones pirata, todo el show de París en vídeo o también un documental de la televisión inglesa.
Un concierto a un precio altísimo
El promotor del concierto en España era Gay Mercader. Su ideal inicial era conseguir un recinto donde entrasen entre 25.000 y 40.000 personas y su primer proyecto fue habilitar una zona rural cerca de la ciudad de vacaciones de Salou para que fuera escenario de grandes conciertos. El alcalde de Cambrils no lo veía mal, pero los payeses del pueblo se opusieron por el riesgo moral y agrícola: pidieron un informe a la Organización Sindical de Canet —donde el año anterior se había celebrado un mítico festival de rock— y allí quedó claro que los melenudos no se cortaban y robaban frutas de los campos alrededor del concierto. Luego se pensó en la plaza de toros de las Arenas, como consta en las entradas, y finalmente fue la Monumental a un precio altísimo para la época: 900 pesetas (el equivalente a 5,41 euros). No se llenó. Se vendieron unas 11.000, muchas el mismo día en la taquilla. Mercader perdió tres millones de perras.
Para Keith Richards aquella fue una gira trágica. Tras uno de los conciertos en Londres, se durmió al volante. El único problema no fue el accidente. También lo fue la llegada de la policía: multa por posesión de marihuana y cocaína. Y lo peor estaba por venir. Antes del concierto de París supo que su hijo prematuro, a las dos semanas de vida, había fallecido por muerte súbita. Optó por actuar esa noche convencido de que no sabría dónde ir. El final de la gira también pudo ser dramático para Jagger. Una noche en Nueva York, según el empresario musical Marshall Chess, el cantante sufrió una sobredosis de heroína en su piso.
En ese caos vivía el grupo, pero el concierto de Barcelona también fue caótico en otro sentido. Se lo dijo Diego Manrique a la chica inglesa sentada a su lado en la grada de la Monumental. “La España de Fraga aún is different”, le dijo y consignó en su crónica para Vibraciones. Se habían producido cargas policiales dentro y fuera del recinto, lanzamientos de botellas desde dentro a la policía, que tuvo como respuesta el lanzamiento de una bomba de humo que provocó instantes de pavor. Aunque el viernes 11 de junio de 1976 es la fecha que ha entrado en la historia del rock local, lo trascendental empezó a ocurrir pasados 20 minutos de las doce de la noche de aquel día. En palabras de Moncho Alpuente en su crítica para EL PAÍS, fue “un juego desinhibido en el que la sexualidad y la provocación emanadas por Jagger desde el micrófono adquirían un valor casi ritual, como símbolos de una danza primitiva y liberadora”.
El show duró unos 90 minutos y el repertorio fue el básico de la gira. Arrancaron con el clásico Honky Tonk Woman. Luego dedicaron la primera parte del set a canciones de los setenta, con presencia especial de Black and Blue. Musicalmente destacaba la balada Fool to Cry, que Jagger cantó sentado al piano. En la lasciva y polémica Star, Star —dedicada a una groupie y que debía titularse Starfucker— no se pudo ver el globo en forma de pene que aparecía en la interpretación.
Después de cantar Hand of Fate, Jagger saludó con el catalán que había aprendido en el camerino: “Bona nit a tothom”. Y la segunda parte eran los clásicos de los sesenta, con Angie intercalada, la versión de Happy cantada como siempre por Richards más un par de piezas en las que brillaba el pianista Billy Preston, un músico de acompañamiento fundamental en aquel momento para la evolución musical la banda. Cerraron con Street Fighting Man y el número de los cubos de agua: Jagger los lanzaba al público, algunos a la banda, llenos de confeti, y el último se lo lanzaba a sí mismo. No hubo bises. No hubo Satisfaction. No hubo simpatía por el diablo.
Las variaciones de la noche barcelonesa se escucharon por megafonía. Antes de escuchar el riff de guitarra de Honky Tonk Woman, Jagger decidió que sonase de fondo el topiquísimo pasodoble taurino incluido en la ópera El gato montés, de Manuel Penella. Al cabo de un minuto del fin del concierto, mientras el público reclamaba “otra, otra”, sonó el anverso de la melodía inicial: la patriotera sardana La santa espina. Las cervezas valían 30 pesetas y los bocadillos de salchicha 50. Faltaban seis años para que regresaran. Fue el 7 de julio de 1982, el día del Diluvio Universal en Madrid.
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