Si se toma como una heroica victoria del pueblo el haber conseguido que a la Casita de Bad Bunny puedan entrar feos, gordas, sesentones, personas con discapacidad, torpes, chicas desaliñadas o, por subir a la utopía, aquellos puertorriqueños humildes a los que suponemos que Benito representa; si el triunfo de esta semana en la que se ha abusado de la palabra “contradicción” ha sido que seres poco agraciados sean admitidos en la dichosa Casita, lo que debiera celebrarse es que contemos con tiempo para andar ocupándonos de una reivindicación tan insustancial. Lo que se deduce de tanto debate autojustificativo es que necesitamos ahormar la realidad para que no se nos pille en un renuncio, más aún cuando con tanta frecuencia situamos la pureza en un listón tan alto. Resumiendo, si un rockero de 70 años se hubiera valido de ojeadores para pillar jovencitas entre el público le habría caído una buena, y con razón: polla vieja, viejuno, señoro, pero ha sido fascinante que quienes suelen apresurarse a señalar un comportamiento incorrecto apelaran ahora al derecho a gozar, citando la consabida frase de Emma Goldman que al parecer nunca dijo, “si no puedo bailar no es mi revolución”, pero con la que es imposible no estar de acuerdo. Pedirle a Benito Antonio una coherencia sin mácula es irreal. Benito Antonio, como todos estos artistas que envuelven su trabajo en una causa, sea feminismo, espiritualidad o identidad, y que ganan de golpe dinero y fama a espuertas, acaban arrollados por un capitalismo voraz que engulle cualquier discurso y lo escupe en merchandising. No quiero decir que para ser auténtico haya que ser pobre, porque cualquiera desarrolla mejor su trabajo si vive con holgura, pero cuando se sobrepasan ciertos límites de fama y privilegio es difícil no dejarse arrastrar por lo excesivo.
Si se toma como una heroica victoria del pueblo el haber conseguido que a la Casita de Bad Bunny puedan entrar feos, gordas, sesentones, personas con discapacidad, torpes, chicas desaliñadas o, por subir a la utopía, aquellos puertorriqueños humildes a los que suponemos que Benito representa; si el triunfo de esta semana en la que se ha abusado de la palabra “contradicción” ha sido que seres poco agraciados sean admitidos en la dichosa Casita, lo que debiera celebrarse es que contemos con tiempo para andar ocupándonos de una reivindicación tan insustancial. Lo que se deduce de tanto debate autojustificativo es que necesitamos ahormar la realidad para que no se nos pille en un renuncio, más aún cuando con tanta frecuencia situamos la pureza en un listón tan alto. Resumiendo, si un rockero de 70 años se hubiera valido de ojeadores para pillar jovencitas entre el público le habría caído una buena, y con razón: polla vieja, viejuno, señoro, pero ha sido fascinante que quienes suelen apresurarse a señalar un comportamiento incorrecto apelaran ahora al derecho a gozar, citando la consabida frase de Emma Goldman que al parecer nunca dijo, “si no puedo bailar no es mi revolución”, pero con la que es imposible no estar de acuerdo. Pedirle a Benito Antonio una coherencia sin mácula es irreal. Benito Antonio, como todos estos artistas que envuelven su trabajo en una causa, sea feminismo, espiritualidad o identidad, y que ganan de golpe dinero y fama a espuertas, acaban arrollados por un capitalismo voraz que engulle cualquier discurso y lo escupe en merchandising. No quiero decir que para ser auténtico haya que ser pobre, porque cualquiera desarrolla mejor su trabajo si vive con holgura, pero cuando se sobrepasan ciertos límites de fama y privilegio es difícil no dejarse arrastrar por lo excesivo. Seguir leyendo
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Cuando se sobrepasan ciertos límites de fama y privilegio es difícil no dejarse arrastrar por lo excesivo


Si se toma como una heroica victoria del pueblo el haber conseguido que a la Casita de Bad Bunny puedan entrar feos, gordas, sesentones, personas con discapacidad, torpes, chicas desaliñadas o, por subir a la utopía, aquellos puertorriqueños humildes a los que suponemos que Benito representa; si el triunfo de esta semana en la que se ha abusado de la palabra “contradicción” ha sido que seres poco agraciados sean admitidos en la dichosa Casita, lo que debiera celebrarse es que contemos con tiempo para andar ocupándonos de una reivindicación tan insustancial. Lo que se deduce de tanto debate autojustificativo es que necesitamos ahormar la realidad para que no se nos pille en un renuncio, más aún cuando con tanta frecuencia situamos la pureza en un listón tan alto. Resumiendo, si un rockero de 70 años se hubiera valido de ojeadores para pillar jovencitas entre el público le habría caído una buena, y con razón: polla vieja, viejuno, señoro, pero ha sido fascinante que quienes suelen apresurarse a señalar un comportamiento incorrecto apelaran ahora al derecho a gozar, citando la consabida frase de Emma Goldman que al parecer nunca dijo, “si no puedo bailar no es mi revolución”, pero con la que es imposible no estar de acuerdo. Pedirle a Benito Antonio una coherencia sin mácula es irreal. Benito Antonio, como todos estos artistas que envuelven su trabajo en una causa, sea feminismo, espiritualidad o identidad, y que ganan de golpe dinero y fama a espuertas, acaban arrollados por un capitalismo voraz que engulle cualquier discurso y lo escupe en merchandising. No quiero decir que para ser auténtico haya que ser pobre, porque cualquiera desarrolla mejor su trabajo si vive con holgura, pero cuando se sobrepasan ciertos límites de fama y privilegio es difícil no dejarse arrastrar por lo excesivo.
Recuerdo unas declaraciones de Paco de Lucía, hombre sincero y cabal donde los haya, en las que decía que él fue de izquierdas hasta que ganó los dos primeros millones de pesetas: “No construí una escuela, no mandé dinero a un país pobre, cogí el dinero y lo metí en el banco”. Si se tiene en cuenta que la fama y el dinero que pudo ganar el guitarrista a lo largo de una celebrada carrera no se puede comparar al éxito universal de alguien como Bad Bunny, pienso que sus palabras respondían a la necesidad de no presumir de altura moral. “Soy un burgués”, dijo con esa palabra que nos escuece. Lo afirmó el músico que elevó a los escenarios del Carnegie Hall, donde yo lo disfruté, la música del pueblo, nuestro blues patrio. Era el hombre que se vio con dinero y sintió alegría, cómo no, pero también ese pellizco de culpabilidad que persigue a quien no nació en la abundancia.
Ganar dinero no conlleva la renuncia a luchar por una sociedad justa (no puede negarse que la clase media ha sido esencial alzando la voz por los desfavorecidos o los olvidados), la cuestión es que deberíamos tener presente, uso el plural, que siempre es más fácil saltar al vacío con red. Con dinero todo es menos heroico. Y luego está el amor por la música, claro. Decía Martin Baron, el exdirector de The Washington Post, que no hay música pop como aquella que te hizo vibrar en tu primera juventud. Algo de cierto hay en eso, pero creo poseer una curiosidad insaciable y en absoluto desconozco el trabajo de Bad Bunny: unas veces me divierte, otras, me emociona, siempre me trae recuerdos de aquel acento boricua de un NuevaYol tan despreciado, no solo por los feroces republicanos, cuidado, también por esa sociedad altiva que ha mirado por encima del hombro a una comunidad históricamente excluida. No reúno las condiciones para estar en la dichosa Casita VIP, y es un alivio carecer de ese deseo. Mi propia casa me basta y sobra para perderme en la música, el ritmo lo llevo en la sangre y, por lo demás, vivan Willie Colon y Rubén Blades, los papás de la criatura, que el niño en cuestión no nació de un repollo.
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