Si no entiendo lo del reguetón, y llevamos 30 años con esta brasa (el punk, el heavy, pobrecitos míos, fueron modas de pocos años), imagínense lo de la casita de Bad Bunny. Está vedado a mis maltrechas neuronas, está más allá de mi comprensión, como si fuera la vida extraterrestre, pero no cabe duda de que está entre nosotros. Es como un niño secuestrado en Italia por bandidos de las remotas montañas calabresas en los años ochenta, al que metieron en una cueva y pasó allí dos años, cosas de la época que se hacían con familias ricas para sacarles la pasta. “Cuando pedí un yogur y me preguntaron qué era eso supe dónde estaba”, ha relatado ahora en una entrevista. Hablo de ese tipo de extrañeza ante lo que te rodea. Yo tampoco sé dónde estoy y supongo que ya es tarde. Es abrumador cómo entran todos, no ya al estadio o a la casita, sino a la tontería. Y, sí, tampoco sé qué hago yo hablando de esto. El tema se impone, es “de lo que todo el mundo habla”, “no deja a nadie indiferente”. Sí, lo sé, los debates ya crecen espontáneamente, como por esporas, sobre las nimiedades más insospechadas. Las redes para algunas cosas han estado bien, pero la mayoría de todo eso que, se clamaba con indignación, los medios no nos decían, nos estaban ocultando, resulta que estaba muy bien ignorado, porque ya vemos que no tiene la menor importancia, pero la cobra (y se factura).
Chapoteamos en corrientes de vacuidad, por eso cuando llega la noticia de una desgracia siempre nos pilla hablando de bobadas. Una epidemia de Ébola o la muerte de la gran dibujante iraní Marjane Satrapi
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Chapoteamos en corrientes de vacuidad, por eso cuando llega la noticia de una desgracia siempre nos pilla hablando de bobadas. Una epidemia de Ébola o la muerte de la gran dibujante iraní Marjane Satrapi


Si no entiendo lo del reguetón, y llevamos 30 años con esta brasa (el punk, el heavy, pobrecitos míos, fueron modas de pocos años), imagínense lo de la casita de Bad Bunny. Está vedado a mis maltrechas neuronas, está más allá de mi comprensión, como si fuera la vida extraterrestre, pero no cabe duda de que está entre nosotros. Es como un niño secuestrado en Italia por bandidos de las remotas montañas calabresas en los años ochenta, al que metieron en una cueva y pasó allí dos años, cosas de la época que se hacían con familias ricas para sacarles la pasta. “Cuando pedí un yogur y me preguntaron qué era eso supe dónde estaba”, ha relatado ahora en una entrevista. Hablo de ese tipo de extrañeza ante lo que te rodea. Yo tampoco sé dónde estoy y supongo que ya es tarde. Es abrumador cómo entran todos, no ya al estadio o a la casita, sino a la tontería. Y, sí, tampoco sé qué hago yo hablando de esto. El tema se impone, es “de lo que todo el mundo habla”, “no deja a nadie indiferente”. Sí, lo sé, los debates ya crecen espontáneamente, como por esporas, sobre las nimiedades más insospechadas. Las redes para algunas cosas han estado bien, pero la mayoría de todo eso que, se clamaba con indignación, los medios no nos decían, nos estaban ocultando, resulta que estaba muy bien ignorado, porque ya vemos que no tiene la menor importancia, pero la cobra (y se factura).
Que coincidan en España el Papa y el Conejito Malo no deja de ser una paradoja más de estos tiempos tan tontos (y hasta puede que se vean). Se han invertido los términos de lo que es subversivo. Tenemos a un cantante que representa la ranciedad y un papa que incomoda por hablar de capitalismo salvaje, tecnofascismo, desigualdad, sueldos míseros, pobreza. El contraste con el gran debate en curso ahora en España, la casita esa y quién debería estar en ella, es sonrojante. La verdad, cada vez ponen más fácil ser transgresor (te saltas las normas sin darte cuenta, aunque pongas la mejor intención), y es aún más fácil parecerlo, porque basta seguirlas. El tribunal popular luego es implacable. E imprevisible, ahí está también la gracia. Porque siempre se le puede dar una vuelta más a una ofensa, que a casi nadie se le había ocurrido, y se abren nuevos espacios para marear la perdiz. Igual que en la extrema derecha siempre sale uno más a la derecha que dice barbaridades cada vez más gordas, en la izquierda, o lo que sea eso que dicen que es ahora, cada vez sale uno con una tontería más grande. A ambos lados se reacciona por complejo, por inseguridad, por temor, porque nadie sabe adónde demonios vamos, y la capacidad de emulación para asegurarse un sitio en el lado correcto de esa tarde se ha desarrollado más que los avances científicos contra el cáncer.
Como espectáculo es divertido, salvo que te lo tomes en serio. Desde luego mucha gente se lo toma en serio, cree estar librando una batalla crucial de la humanidad. Toda esta banalidad te va devorando el cerebro, te vuelve insensible, de verdad. Al menos yo lo noto, cuando llevas en el móvil 20 paridas ya te da igual una cosa que otra. Chapoteamos en oceánicas corrientes de vacuidad, por eso cuando ocurre algo realmente grave o llega la noticia de una desgracia siempre nos pilla hablando de bobadas. Una epidemia de Ébola que se dispara porque EE UU ya no financia ayuda humanitaria o la muerte de la gran dibujante iraní Marjane Satrapi. Se te saltan las lágrimas al leer que, simplemente, murió de tristeza. La vida son tres o cuatro cosas, y comprendes todo de golpe, después de pasar el día sin entender nada.
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