La corrida duró casi dos horas y media, pero dio la impresión de que había comenzado una semana antes; ha sido uno de esos festejos del que el espectador sale con dolor en la espalda y las rodillas, y con el ánimo por los suelos, dispuesto a no volver más a los toros… hasta mañana, que será otro día, y quién sabe si la añorada emoción se erige en protagonista.
La corrida duró casi dos horas y media, pero dio la impresión de que había comenzado una semana antes; ha sido uno de esos festejos del que el espectador sale con dolor en la espalda y las rodillas, y con el ánimo por los suelos, dispuesto a no volver más a los toros… hasta mañana, que será otro día, y quién sabe si la añorada emoción se erige en protagonista. Seguir leyendo
La corrida duró casi dos horas y media, pero dio la impresión de que había comenzado una semana antes; ha sido uno de esos festejos del que el espectador sale con dolor en la espalda y las rodillas, y con el ánimo por los suelos, dispuesto a no volver más a los toros… hasta mañana, que será otro día, y quién sabe si la añorada emoción se erige en protagonista.
Los culpables del sopor de hoy han sido, fundamentalmente, los toros de Saltillo, cansinos, aburridos, sosos, mansos, complicados y ambiguos; sí, ambiguos porque acudían prestos a los caballos, pero unos levantaban la cara y tiraban cornadas al peto, y otros huían sin vergüenza alguna. Los lidiados en primer y tercer lugar mostraron casta en su comportamiento, pero una casta sin clase, desangelados ambos, y el sexto, que repitió en la muleta, fue dificultoso y soso en exceso. Humillaban en el inicio de los muletazos y levantaban la cara hacia las nubes al final de los mismos. Y los hubo imposibles, como el segundo, que no dejó de corretear desde su salida hasta su viaje al más allá, a su aire, distraído, desentendido absolutamente de los engaños, a los que acudía cuando se los encontraba en su camino, pero sin intención alguna.
En fin, que el festejo se hizo eterno, aburridísimo, y los tres toreros fueron incapaces de espantar el fastidio que se apoderó de la plaza.
Ninguno de los tres ostenta la vitola de figura, los tres están necesitados de un triunfo para enderezar sus carreras, pero los tres estrellaron sus ilusiones con el muro de unos toros que no encerraban en su alma interés alguno en colaborar al prestigio de su casa ni al de sus lidiadores.
A los tres se les nota, además, que torean poco. José Carlos Venegas, por ejemplo, no se vistió de luces la temporada pasada, y eso se transmite por mucha decisión que el torero pretenda mostrar. Se encontró, en primer lugar, con el toro que, quizá, ofreció más posibilidades, encastado y de corta movilidad, al que le robó algunos redondos estimables, pero no más. A Venegas le faltó dar el paso adelante que te permite la experiencia; se le vio inseguro, con esa sensación de incapacidad que provoca el paro, pero tiene buen gusto, alarga los muletazos y parece que merece más oportunidades de las que se le han presentado. Hoy, era una de ellas y… Tampoco su segundo le permitió confianza, incierto, áspero, soltando tornillazos…
Juan Leal se justificó sobradamente con el lote inservible que le tocó en suerte. Imposible el correcaminos que salió en segundo lugar, al que consiguió retener en algún momento y trazar una tanda de aceptables naturales; muy manso, soso y sin calidad alguna fue el quinto, el remiendo de Couto de Fornilhos, con el que no se amilanó, que no es poco.
Y el colombiano Juan de Castilla no acabó de confirmar que las esperanzas depositadas en su toreo son ciertas. Quizá, aún no está recuperado del muy grave percance que sufrió en enero en Manizales, pero lo cierto es que veroniqueó con gusto a su primero e inició la faena de muleta con una tanda de ceñidos redondos con las dos rodillas en tierra; pero ni el animal se entregó en sus embestidas, ni el torero pasó de un trasteo desangelado y tristón. Repitió las embestidas el sexto, dificultoso como todos, con la cara arriba al final de los muletazos, como todos, también, y lo que parecía que podría levantar el vuelo se quedó en un trasteo animoso y escaso brillo.
Una corrida soporífera y un horizonte oscuro para los tres toreros. Y ninguno de ellos decepcionó.
Cinco toros de Saltillo, desiguales de presentación, mansos y muy deslucidos; primero y tercero, encastados y de escasa calidad; primero y sexto, los únicos que cumplieron en los caballos. El quinto, de Couto de Fornilhos, correcto de presentación y muy manso.
José Carlos Venegas: casi entera tendida (ovación); casi entera tendida y un descabello (silencio).
Juan Leal: casi entera tendida y baja (silencio); estocada trasera y desprendida _aviso_ (silencio).
Juan de Castilla: estocada _aviso_ (palmas); media atravesada, dos pinchazos _aviso_ dos pinchazos y media estocada (silencio).
Plaza de toros de Las Ventas. 20 de mayo. Undécimo festejo de la Feria de San Isidro. Tres cuartos de entrada (17.687 espectadores, según la empresa).
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