Siempre he tenido un problema irresoluble con el teatro y es que pocas veces he logrado creérmelo. Tampoco acostumbra a suscitarme esa emoción, esas sensaciones, que me provoca el gran cine. El problema debe de radicar en mí. Exagero un poco. Hace infinitos años vi al extraordinario Vittorio Gassman en un escenario. Sin ninguna compañía. Recitando a Shakespeare, a Pirandello, a Herman Melville. Me resultó hipnótico. También me fascinó Albert Finney interpretando Hamlet. Fueron excepciones.
Todo me suena a teatro declamatorio, barato y tramposo cuando observo a mediocres o cochambrosos actores y actrices de la política
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Todo me suena a teatro declamatorio, barato y tramposo cuando observo a mediocres o cochambrosos actores y actrices de la política
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Siempre he tenido un problema irresoluble con el teatro y es que pocas veces he logrado creérmelo. Tampoco acostumbra a suscitarme esa emoción, esas sensaciones, que me provoca el gran cine. El problema debe de radicar en mí. Exagero un poco. Hace infinitos años vi al extraordinario Vittorio Gassman en un escenario. Sin ninguna compañía. Recitando a Shakespeare, a Pirandello, a Herman Melville. Me resultó hipnótico. También me fascinó Albert Finney interpretando Hamlet. Fueron excepciones.
Y todo me suena a teatro declamatorio, barato y tramposo cuando observo a mediocres o cochambrosos actores y actrices de la política recitando sus irrenunciables planes para lograr la felicidad colectiva, lo hacen ante auditorios entregados, con asistentes de gesto orgásmico e ideales comunes y enfebrecidos. Sospecho que en el fondo siento envidia por no estar dotado para meterme droga tan exaltante. Debe de proporcionar un colocón importante, felicidad y solidaridad compartidas, esas cositas. Solo puedo fraternizar con el escéptico, tierno, libertario y demoledor Brassens cuando afirmaba en una canción: “¿Morir por las ideas? La idea es excelente. Muramos por las ideas, de acuerdo, pero de muerte lenta”.
Y falta todavía un mes salvaje y mareante para que los votos decidan quiénes van a pillar el poder, eso tan adictivo y goloso para los que disfrutan de él. Por puro altruismo, por su anhelo de servir a los demás. Pensando ante todo en los vulnerables, esa gente que siempre les quita el sueño. Y todos juntos a los mítines, en los medios de ¿comunicación?, vendiendo sin tregua sus principios y sus soluciones, o en las calles voceando sin tregua que ellos son los buenos y los otros los malos.
¿Y los líderes? Qué pereza y grima me provocan los presuntos dueños del tinglado. No ya por lo que expresan y hacen, sino también por lo que parecen. Hay killers gélidos que no intentan disimular su condición, como Putin y Netanyahu. Pero qué horror la expresividad y gestualidad de los bocazas, actores sin sentido del ridículo, gente como Trump, Milei, Sánchez. John F. Kennedy debió de poseer aparentemente ese encanto. Y disfrutaba mucho con la inteligencia, la personalidad y la decencia del uruguayo José Mujica. Y fue grande Mandela, encarcelado durante casi 30 años y que evitó a su salida una orgía de sangre en Sudáfrica. Y qué estilazo el que desprendía Obama y su fantástica esposa, aunque las grandes corporaciones le cortaran tempranamente las alas. Y estoy convencido de que casi siempre la gente es lo que parece. Y abundamos los mal parecidos. Pero en la política aún más. Y me pregunto si poseían encanto para mí, que te dieran ganas de observarlos y escucharlos.
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