La platea del Palau Sant Jordi está plagada de asientos que servirán de poco. Se ha prometido una orquesta, la Camerata Antonio Soler dirigida por Javier Mendoza, pero este es un show de reggaetón. Los recién llegados a Bad Bunny deberían saber que hoy toca su maestro, Yandel, la mitad melódica del dúo boricua Wisin y Yandel. Un formato icónico dentro del género, desde Los Cangris —Daddy Yankee y Nicky Jam— hasta, tomen nota, un listado de nombres como Zion & Lennox, Baby Rasta & Gringo, Alexis y Fido, Ñejo y Dálmata o Héctor & Tito. Todos ellos apodados los Rompediscotekas en los primeros 2000, por méritos propios. Si te ponen sus canciones, te las sabes, aunque no las hayas escuchado adrede.
El cantante congrega a 17.000 personas en un concierto maximalista en el Palau Sant Jordi
La platea del Palau Sant Jordi está plagada de asientos que servirán de poco. Se ha prometido una orquesta, la Camerata Antonio Soler dirigida por Javier Mendoza, pero este es un show de reggaetón. Los recién llegados a Bad Bunny deberían saber que hoy toca su maestro, Yandel, la mitad melódica del dúo boricua Wisin y Yandel. Un formato icónico dentro del género, desde Los Cangris —Daddy Yankee y Nicky Jam— hasta, tomen nota, un listado de nombres como Zion & Lennox, Baby Rasta & Gringo, Alexis y Fido, Ñejo y Dálmata o Héctor & Tito. Todos ellos apodados los Rompediscotekas en los primeros 2000, por méritos propios. Si te ponen sus canciones, te las sabes, aunque no las hayas escuchado adrede.
El warm-up anuncia verbena, con versiones revolucionadas de What is Love o The Rhythm of the Night. El contraste es bestia. Hay hasta una gang de chicas vestidas de la época dorada de la ópera, siglo XIX en el siglo XXI. Aparecen 40 músicos de cámara en el escenario, los únicos que van a sentarse durante todo el concierto para un público de 17.000 personas. Luego se pronostica el apocalipsis, hay fuego, humo, luces estroboscópicas, unos cuantos acoples que el equipo técnico solventa ágil y que parecen parte de la tormenta. Entonces se manifiesta Yandel, en un total look de púrpura Prince, conocido por arriesgarse en el vestuario y esa perilla de fantasía que confirma sus habilidades como barbero, su anterior profesión en los barrios de Cayey.
Autobautizado como El Tiburón Blanco dentro del bestiario del reggaetón, que como todo género masculino está plagado de animalidades, jerga bélica y trapicheos, aunque este no es el caso. Yandel le canta al amor, al sexo y al deseo, que no siempre van aparejados. Los primeros reggaetoneros en triunfar fueron los ligeramente más recatados, porque vivieron las políticas de censura tanto dentro como fuera del país. Si en su anterior gira sinfónica, motivada por un encargo de la Universidad Internacional de Florida, se centró en su carrera en solitario, ahora saca la cuarentena de canciones que le hicieron viral. Desde El teléfono, Rakata a Besos Mojados, que ha tenido remix de Rosalía.
A sus 49 años, y con 26 de carrera, ha dejado prueba de su resistencia colaborando con los más grandes de cada generación. Desde la suya, con Don Omar, Julio Voltio o Aventura, a las nuevas como Bad Bunny, Latin Mafia, Duki, Quevedo o Saiko, para citar algunos de sus países favoritos: México, Argentina y, por supuesto, España, donde ha vivido en los últimos meses, preparando la gira peninsular. Pocas fechas tan especiales como esta, en la que sube al escenario a su hermano, el también artista Gadiel. Y a Feid, expareja de Karol G, que toca en el mismo recinto al día siguiente.
El fetiche de la orquesta queda un poco camuflado bajo tanto arreglo electrónico, pero la energía es altísima, sobrepasada de estímulos, no da respiro ni en un brevísimo interludio donde incorporan algunos ritmos del flamenco. Quizás bajo tanto maximalismo convendría respirar, pero el público jalea cuando se lo pide, prenden los focos del teléfono para acompañar cuando el capitán Yandel (otro apodo) ordena. Hay bandera de Puerto Rico y algún breve altercado en primera fila, de la emoción. Nadie se ha sentado, eran sillas de decoración. Cierra con un guiño a Debí tirar más fotos, el estadio parece una versión macro de la portada. Todo ha sido macro, llevado al máximo, para alardear de que, si le llaman La Leyenda, será por algo.
EL PAÍS
