Cuentan que durante los ensayos del estreno de Salomé en Dresde, en diciembre de 1905, la soprano Marie Wittich se plantó ante Strauss y le espetó: «Das mach ich nicht» («Eso no lo hago»). Una adolescente bíblica, le reprochó, no puede doblegarse a una orquesta de cien profesores y cantar como una Isolda mientras baila semidesnuda para un padrastro rijoso. Strauss le concedió la razón en cuanto a la complexión de la señora Wittich, pero no en cuanto al papel. La historia le dio la razón a él, como suele ocurrirles a los genios cuando se obstinan.
Aquella anécdota me llevó siempre a preguntarme qué clase de soprano sería capaz de resolver ese imposible sin hacerse daño. La respuesta es: pocas. Muy pocas. Vida Miknevičiūtė, que ha debutado en España con este papel en el Palau de les Arts, puede contarse entre ellas. Probablemente en el número uno de la lista.
La producción es la de La Scala de Milán, que Damiano Michieletto estrenó en 2021 en plena pandemia y sin público. Ha tenido la fortuna de caer en manos de artistas que la han llevado a un nivel difícil de superar. Lo escribo sin exagerar, que para eso llevo muchos años en esto. Dos personas me comentaron en el patio de butacas, antes de que terminasen los aplausos: «Salgo agotado». Es el mejor piropo que puede hacérsele a una noche de ópera.
Miknevičiūtė tiene 46 años y lleva una década construyendo pacientemente una de las carreras más sólidas del panorama straussiano y wagneriano. Su Salomé rehúye el arquetipo histérico -esa soprano que grita lo que no puede cantar- y recupera el ámbito lírico casi juvenil que el propio Strauss reclamaba. Posee una voz con caudal, un timbre que brilla, agudos que penetran y una resistencia vocal en la escena final -ese inmenso poema sinfónico con voz que recapitula toda la ópera- que hizo que el Palau, puesto en pie, tronase de un modo que hacía tiempo que no escuchaba por estas latitudes. «He besado tus labios, Jochanaan». Y nosotros nos lo hemos creído.
Nicholas Brownlee firmó junto a ella una actuación redonda: voz torrencial y sin esfuerzo visible, timbre precioso incluso en los instantes más comprometidos. Su Jochanaan no fue el profeta hierático de costumbre, el mesiánico que sale de la cisterna a lanzar maldiciones. Fue un ser humano tocado por algo divino, lo que dramáticamente es más interesante. John Daszak volvió a la Sala Principal de Les Arts -lleva dos décadas sin pisarla- con un Herodes de referencia: afectado, libidinoso, grotesco y genuinamente inquietante a un tiempo. Michaela Schuster y Lioba Braun completaron un reparto sin fisura alguna.
Enorme ambición intelectual
James Gaffigan, que fue director musical titular de este teatro, realizó una lectura expresionista y sin concesiones, casi violenta en algunos momentos, que nunca aplastó a los cantantes aunque sí los hizo esforzarse. El equilibrio entre foso y escena en esta partitura es tan delicado que cualquier error se paga muy caro. Gaffigan lo ejecutó con una valentía que en algún instante rozó el abismo, pero salió airoso.
Y llegamos a Michieletto. El veneciano trae una propuesta de enorme ambición intelectual: Salomé como víctima de abuso familiar, un paralelo con Hamlet, una doble infantil de la protagonista, ángeles de alas negras, y la «Danza de los siete velos» convertida en violación simbólica colectiva. La escenografía -caja blanca, paredes negras, una luna que se convierte en péndulo gigante- y la iluminación son de primer nivel.
Pero hay un precio que pagar. El erotismo blasfemo que es la médula misma de esta obra -esa fusión de Eros y Tánatos que escandalizó a las buenas conciencias de 1905 y que sigue siendo su fuerza explosiva- queda desactivado en aras del alegato. Una Salomé traumatizada que busca venganza es un personaje válido. Pero es otra Salomé. La calavera en lugar de la cabeza, Salomé arrancándose la peluca al final, envejeciendo y arrojándose a la mazmorra o la danza como flashback del horror son decisiones que tienen su lógica interna y su coherencia dramática, pero que le arrancan a la obra su veneno más profundo. El propio Strauss se quejó por escrito, en sus memorias, de las vedettes que agitaban en el aire la cabeza de Jochanaan con movimientos serpenteantes. Michieletto resuelve ese problema a su manera, con una sucesión de imágenes impactantes. Aunque me temo que Strauss habría preferido el escándalo original.
Una noche para la historia de Les Arts. Eso, también, es indiscutible, y un triunfo más para Jesús Iglesias y Jorge Culla, que cierran una temporada memorable.
“Salome” de Richard Strauss. Reparto: Vida Miknevičiūtė (Salome); Nicholas Brownlee (Jokanaan); Michaela Schuster (Herodías); John Daszak (Herodes); Christopher Sokolowski (Narraboth); Lioba Braun (Un paje de Herodías); Jorge Rodríguez Norton, Daniel Norman, Filipp Modestov, Mathias Frey, Horst Lamnek (judíos). Dirección de escena: Damiano Michieletto. Escenografía: Paolo Fantin. Vestuario: Carla Teti. Iluminación: Alessandro Carletti. Coreografía: Thomas Wilhelm. Orquestra de la Comunitat Valenciana. Dirección musical: James Gaffigan. Lugar: València, Palau de les Arts. Fecha: sábado, 3 de mayo 2026.
Cuentan que durante los ensayos del estreno de Salomé en Dresde, en diciembre de 1905, la soprano Marie Wittich se plantó ante Strauss y le espetó: «Das mach ich nicht»(«Eso no lo hago») Una adolescente bíblica, le reprochó, no puede doblegarse a una orquesta de cien profesores y cantar como una Isolda mientras baila semidesnuda para un padrastro rijoso. Strauss le concedió la razón en cuanto a la complexión de la señora Wittich, pero no en cuanto al papel. La historia le dio la razón a él, como suele ocurrirles a los genios cuando se obstinan.
Aquella anécdota me llevó siempre a preguntarme qué clase de soprano sería capaz de resolver ese imposible sin hacerse daño. La respuesta es: pocas. Muy pocas. Vida Miknevičiūtė, que ha debutado en España con este papel en el Palau de les Arts, puede contarse entre ellas. Probablemente en el número uno de la lista.
La producción es la de La Scala de Milán, que Damiano Michieletto estrenó en 2021 en plena pandemia y sin público. Ha tenido la fortuna de caer en manos de artistas que la han llevado a un nivel difícil de superar. Lo escribo sin exagerar, que para eso llevo muchos años en esto. Dos personas me comentaron en el patio de butacas, antes de que terminasen los aplausos: «Salgo agotado». Es el mejor piropo que puede hacérsele a una noche de ópera.
Miknevičiūtė tiene 46 años y lleva una década construyendo pacientemente una de las carreras más sólidas del panorama straussiano y wagneriano. Su Salomé rehúye el arquetipo histérico -esa soprano que grita lo que no puede cantar- y recupera el ámbito lírico casi juvenil que el propio Strauss reclamaba. Posee una voz con caudal, un timbre que brilla, agudos que penetran y una resistencia vocal en la escena final -ese inmenso poema sinfónico con voz que recapitula toda la ópera- que hizo que el Palau, puesto en pie, tronase de un modo que hacía tiempo que no escuchaba por estas latitudes. «He besado tus labios, Jochanaan». Y nosotros nos lo hemos creído.
Y llegamos a Michieletto. El veneciano trae una propuesta de enorme ambición intelectual: Salomé como víctima de abuso familiar, un paralelo con Hamlet, una doble infantil de la protagonista, ángeles de alas negras, y la «Danza de los siete velos» convertida en violación simbólica colectiva. La escenografía -caja blanca, paredes negras, una luna que se convierte en péndulo gigante- y la iluminación son de primer nivel.
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